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jueves, 14 de junio de 2012

LAS IDEAS PEDAGÓGICAS DE MANUEL BELGRANO

María Mercedes Tenti


A fines del siglo XVIII y principios del XIX, el crecimiento económico, cultural y educacional de los países europeos distaba mucho de las dificultades estructurales de las colonias de Hispanoamérica. Algunos jóvenes criollos, hijos de familias acomodadas, leían libros que llegaban de contrabando o estudiaban en las universidades de Lima, Charcas o España. En el Río de la Plata, la educación era bastante precaria. En ese ambiente intelectual se formó Manuel Belgrano.

Nacido en Buenos Aires, cursó sus primeros estudios en el Colegio de San Carlos de donde egresó, a los 17 años, como licenciado en Filosofía. Continuó sus estudios en España, a donde llegó  para adquirir conocimientos sobre comercio -según era la voluntad de su padre- inclinándose, sin embargo, por el derecho y graduándose como abogado.
A raíz de su brillante carrera profesional, el Rey de España lo designó como secretario perpetuo del Consulado a establecerse en Buenos Aires. Este Consulado fue instituido con un doble carácter: jurisdicción comercial (fomento de las actividades comerciales en el rubro del agro y la industria) y Junta Económica. Esta designación impuso a Belgrano la obligación de escribir una memoria anual. En estas memorias se encuentran las ideas pedagógicas que imaginó llevar a la práctica para ilustrar y mejorar las condiciones de vida de los más humildes y de los más jóvenes. Seguía el pensamiento de la Ilustración Española, representada por Campomanes y Jovellanos. El pedagogo Pestalozzi, nacido en Zurich, tuvo gran influencia en España y en Manuel Belgrano, quien se compenetró con las nuevas ideas mientras estudiaba. Así mismo recibió las influencias del abate Genovesi y del francés Condillac.
Belgrano fue el primero que reclamó se conservasen asientos para niños negros y mulatos, a fin de que recibiesen instrucción común en las escuelas públicas. Se preocupó por la situación moral y económica de los que vivían en ranchos y sostenía que con una educación adecuada para el trabajo, se combatiría la vagancia recuperando de esa manera seres humanos aptos y capacitados para desarrollar la patria.
Influido por los fisiócratas ingleses, consideraba que la agricultura era “el verdadero destino del hombre”, base de la riqueza. A su criterio había tres requisitos fundamentales para practicarla: se debía amar y trabajar la tierra a gusto, poder hacerlo, es decir contar con los recursos imprescindibles para mejorar los cultivos y, finalmente, saber hacerlo, pues la falta de conocimientos de lo que atañe a los cultivos era la causa de muchos fracasos.
Esta situación sólo podía remediarse abriendo una Escuela de Agricultura. En esa institución la juventud aprendería todo lo concerniente a los distintos tipos de cultivos, plagas, formas de combatirlas, abonos, tiempo de siembra, cuidados,  etc. Había que premiar a los jóvenes que aplicaran este saber y era menester gratificar también a quienes plantaran árboles.
Belgrano afirmaba que “La ciencia del comercio no se reduce a comprar por diez y vender por veinte”, por ello, desde el Consulado, impulsó la creación de una Escuela de Comercio, donde se enseñara aritmética, teneduría de libros, principios de cambio, reglas de navegación, leyes y costumbres mercantiles, elementos de geografía y estadística comercial comparada.
Creía que la producción y riqueza de un pueblo estaban en relación directa con su instrucción. Que era, precisamente, la educación, el agente más activo del trabajo, en consecuencia, la educación obligatoria y gratuita debería ser una función pública. Toda su obra estuvo impregnada de un profundo contenido social. Su sensibilidad se volcaba hacia los seres más desprotegidos y, así, atacaba a la ignorancia como fuente de corrupción en la mujer y como destructora de “las tiernas inteligencias infantiles”. Las escuelas gratuitas para niñas, donde se les enseñara a leer, escribir y bordar, era una forma de combatir la ‘ociosidad’. Introdujo de Europa, como aporte a la educación técnica, al progreso industrial y como original fuente de trabajo, las escuelas de hilazas de lana.
A su apoyo se debe la creación de la Escuela de Dibujo, necesaria para todos los oficios: carpintero, bordador, sastre, herrero y zapatero. Los egresados podrían dibujar planisferios, planos y mapas, diseñar máquinas, los agrimensores plantear los terrenos, los médicos estudiar el cuerpo humano y las mujeres para aplicar al ejercicio de sus labores. La escuela se inauguró en 1799 y funcionó dos años.
Propuso también la creación de una Escuela de Náutica que proporcionaría a los jóvenes una “carrera honrosa y lucrativa” y conocimientos para el comercio, la milicia y otros estudios. Los cursos debían desarrollarse en cuatro años y las materias principales eran aritmética, geometría, trigonometría plana y esférica, álgebra, dibujo, hidrografía, principios de mecánica, geografía y navegación. La escuela se inauguró en 1779 y duró un corto tiempo. Otra aspiración de Belgrano fue la Academia de Matemáticas, destinada a la formación técnica de militares, ya que debían ser sus alumnos, todos los oficiales y cadetes de la guarnición.
Fiel a los objetivos trascendentes que había fijado para su vida, al recibir un oficio de la Asamblea Constituyente, en el que se le notificaba de los premios que se le otorgaba, entre ellos cuarenta mil pesos, los destinó a la dotación de cuatro escuelas públicas de primeras letras. Las quería instalar en las ciudades de Jujuy, Tarija, Tucumán y Santiago del Estero. Redactó luego el Reglamento que debía regirlas. En él tenía en cuenta que en la enseñanza, lo nacional prevaleciera sobre lo extranjero. Preveía que los salarios docentes y aportes para niños pobres fueran pagados por el gobierno.
En el documento se detallaba el calendario y los horarios, las actividades, los contenidos y los días de asueto. Se establecían mecanismos de control tales como la entrada de los niños a la escuela conducidos por su maestro, la cantidad de hojas que debían escribir por día, lectura obligatoria diaria, estudio de la doctrina cristiana, aritmética y gramática castellana. El modelo de disciplina era rígido, pero más avanzado que el colonial. Puso de manifiesto también su interés por la dignificación del maestro, que tenía que hacerse acreedor de ese honor. Los cargos docentes debían cubrirse por concurso de oposición, a partir de una convocatoria pública. Este documento marca una transición entre la modalidad educativa colonial, con sus valores y rituales, y una educación independiente y progresista.
Es indudable que para Manuel Belgrano el progreso de una nación estaba vinculado básicamente a la calidad y cantidad de sus habitantes. Mejorar la calidad a través de la educación y de las condiciones de vida y la cantidad, marcando la necesidad de aumentar nuestra población y medios de conseguirlo sin recurrir fuera de nuestras provincias¨ (Expresado en sus Memorias del año 1805).
Pobre y olvidado, el 20 de junio de 1820, murió Belgrano en Buenos Aires. A diez años de la revolución de mayo -de la que había sido protagonista- luego de brindar la vida al servicio de su patria, concluyó la existencia de un hombre obstinado en transformar la existencia de los habitantes de este suelo. Un hombre que creía en las utopías y soñaba con escuelas pobladas de niños y niñas y con la posibilidad de que sus jóvenes pudiesen contribuir con el estudio y el trabajo al progreso personal y de todo el colectivo social.

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