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viernes, 15 de junio de 2012

JOAN SCOTT Y EL POSESTRUCTURALISMO EN LOS ESTUDIOS FEMINISTAS

MARÍA MERCEDES TENTI














Introducción
Joan Wallach  Scott, investigadora estadounidense, indaga desde una perspectiva feminista la historia de las mujeres, tratando de marcar la diferencia entre hombres y mujeres  y acentuar la especificidad femenina en la historia.  Sus planteos  tienen como objetivo resaltar la importancia de la teoría dentro de los estudios feministas y el rol que cumple para el caso el posestructuralismo.  Considera que quienes cuestionan la aplicación de la teoría posestructuralista aduciendo que esta corriente pretende poner en conflicto teoría y política –en oposición binaria-, no tienen en cuenta que ambos elementos están vinculados intrincadamente.Examina términos tomados por el feminismo del posestructuralismo que le resultan útiles para analizar, a partir de un estudio de caso, el debate sobre “igualdad-versus-diferencia” y las distintas posturas teóricas al respecto. Desde los estudios de Foucault pretende indagar en los discursos la extensión del poder de las ideologías dominantes.Considera que la tradición filosófica de occidente descansa en oposiciones binarias. En consecuencia, los análisis deben deconstruirse de los procesos. La deconstrucción implica la exploración de la diferencia en los textos. El método a utilizar es el de reversión y desplazamiento de las oposiciones binarias buscando la interdependencia de los términos e indagando en qué contextos y con qué propósitos fueron construidos.

Igualdad-versus-diferencia: el caso Sears

En su libro Género e Historia, un clásico de los estudios de género, analiza el caso Sears.  Para profundizar el debate de igualdad-versus-diferencia, analiza un proceso judicial, el caso Sears, en el que se acusó a la empresa de dicho nombre de discriminación sexual. En defensa de la empresa y de la parte acusadora (Comisión en pro de la Igualdad de Oportunidades en el Empleo, EEOC) debatieron dos historiadoras: Rosalind Rosenberg y Alice Kessler-Harris, respectivamente. Este juicio generó un gran debate entre historiadoras e historiadores sobre las implicaciones políticas de los estudios de mujeres y los compromisos políticos que debían o no tener las historiadoras feministas.

Los argumentos en contra de la igualdad y a favor de la diferencia fueron esgrimidos por Sears/Rosenberg, considerando que las diferencias eran consecuencia de la cultura, de la socialización y de los intereses. Scott critica a Kessler-Harris de no refutar la idea de la igualdad de mujeres y varones y centrarse en oponerse a los argumentos de su contrincante en lo referente  a la variedad de los trabajos que podían realizar las mujeres, en las actitudes de las propias mujeres hacia el empleo y en la afirmación que la separación por sexos era algo impuesto por el empleador. Considera que tiene más sentido negar los efectos integradores de la diferencia y poner más énfasis en la diversidad.

Scott cuestiona las exigencias de la corte tras la búsqueda de la ‘verdad’  y la aplicación de análisis estadísticos (método cuantitativo)  para realizar generalizaciones totalizadoras. En ello hay una crítica indirecta a la aplicación del método científico positivista aunque no explicita que se podría haber utilizado recursos metodológicos cualitativos para indagar el comportamiento y motivaciones de las mujeres. Para la autora, el problema de la argumentación de Kessler-Harris fue no encontrar un modelo que explicara la diferencia pero que, al mismo tiempo, la negara. Con ello Scott reafirma su teoría que sostiene que la enunciación de igualdad-versus-diferencia no es más que una ilusión o una trampa intelectual. Al finalizar el juicio, triunfaron los argumentos de Rosenberg y la diferencia quedó suplida por la desigualdad (antítesis de igualdad), legitimándola paradójicamente. Con la manipulación de conceptos y definiciones, termina justificándose el poder político y el institucional.

De esta manera, igualdad y diferencia se convierten en una dicotomía binaria imposible de optar. A juicio de Scott, el feminismo no puede renunciar a ninguna de las dos. Se debe rechazar la igualdad como antítesis de la diferencia y, en definitiva, rechazar la construcción dicotómica de opciones en la perspectiva feminista.  Lo opuesto de igualdad, sería inequidad, o falta de equivalencia. La noción de igualdad, incluye el reconocimiento de la diferencia. 

Según Scott, en algunos casos podría aceptarse el término igualdad como antítesis de diferencia, pero siempre teniendo en cuenta el contexto. Las opciones universales no son admitidas dentro de la socialización por tratarse ésta de un proceso complejo. Para la autora el reclamo de las mujeres no debe ser la igualdad ni la identidad, sino la diversidad (más amplia y complicada) que se expresa, según los contextos, de forma diferente.

Frente a la oposición binaria igualdad-versus-diferencia, Joan Scott opone diferencia-diferencia como condición para la conformación de identidades tanto individuales como colectivas. Niega la fijación de identidades, razón por la cual no debe establecerse cualidades absolutas para varones y mujeres. Esto no quiere decir  que se rechaza la diferencia de género, sino que la misma depende de las construcciones específicas en contextos particulares. La igualdad implica el reconocimiento y la inclusión de diferencias.

Como síntesis propone una postura feminista crítica que niegue la ‘verdad última’, en nombre de la igualdad apoyada en las diferencias; como el poder se construye en el campo de las diferencias, allí hay que combatirlo.


Conclusión

Joan Scott no está de acuerdo con las oposiciones binarias por ser, a su juicio, contradictorias y a la vez no susceptibles de ser clasificados por separado (adhiere al análisis de Jacques Derrida). En el estudio del caso Sears deja traslucir la relación entre poder y conocimiento y entre teoría y política. Piensa la diferencia a partir del modo en que su construcción teórica define relaciones entre individuos y grupos sociales. En consecuencia, las relaciones de género no implican solamente diferencias entre sexos, sino que traen aparejadas connotaciones sociales y culturales que marcan diferencias dentro de las diferencias.
El posestructuralismo le sirve para analizar el caso estudiado y, dentro de él, los distintos procesos discursivos que producen diferencias y permiten,  a través de ellos, entender el poder. Por ello trata de indagar la complejidad de las relaciones de poder puestas de manifiesto en los argumentos del juicio, en las que el género ocupa un lugar de privilegio: “El género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales fundado sobre las diferencias percibidas entre los sexos y el género es una primera forma de significar las relaciones de poder”[1]. Esta es una mirada más política, en el sentido de que el género determina distribuciones desiguales de poder y, en consecuencia, genera conflictos. La tarea del/la historiador/a es indagar en los discursos de qué forma el género interviene en la construcción de las relaciones sociales[2].
Con esto se pone en el tapete el debate surgido a partir del posestructuralismo sobre el conflicto entre teoría y política, que no son elementos opuestos, sino, por el contrario, íntimamente vinculados. Si se oponen teoría y política se excluye la experiencia de una indagación crítica. Por lo tanto se demanda un debate concurrentemente teórico y político.
Como propuesta superadora del trabajo podría proponer una actitud más pluralista en el sentido de indagar con mayor detenimiento los modos en que se conforman las relaciones de poder entre hombres y mujeres y pensar en términos de conexiones y de interconexiones del conjunto de las relaciones sociales y culturales.
De la misma manera podría ampliarse la investigación mediante una indagación más empírica sobre la situación de las mujeres trabajadoras en circunstancias similares a la estudiada aplicando métodos cualitativos como historias de vida o cuali-cuantitativos para el uso del método comparativo, en los que pueda combinarse el estudio de las relaciones entre los sexos tanto en el ámbito de la representación del poder como en la práctica del trabajo cotidiano, para el caso Sears. Además de los aspectos epistémicos-metodológicos, también pueden modificarse  los contenidos y los planteos.
Indudablemente el caso permite una pluralidad de enfoques y una reflexión epistemológica más profunda, pero, de ninguna manera, se puede aceptar que discusiones estériles en el campo del feminismo pongan piedras en el camino para el avance de los estudios de género.

Bibliografía

-          Lamas, Marta, Usos, dificultades y posibilidades de la categoría género. http://www.udg.mx/laventana/libr1/lamas.html.
-          Pujal i Llombart, Margot (1996) “La marca del género en la encrucijada entre subjetividad e intersubjetividad”, en Zona franca, Nº 5; Centro de estudios interdisciplinarios sobre las mujeres. Universidad nacional de Rosario
-   Scott, Joan  (1998):  Gender and the politics of history, New York, Columbia university press,
-          Scott, Joan (1994): “Deconstruir igualdad-versus-diferencia: usos de la teoría posestructuralista para el feminismo”, en Feminaria Nº 13; Buenos Aires.
-          Scott, Joan (1996) “Historia de las mujeres”, en Burke, Peter, Formas de hacer Historia, Alianza Universidad, Madrid.
-          Thébaud, Francoise (1998), El tiempo del gender, Institute of Latin American Studies, University of London.

Publicado en la Revista La Fundación Cultural N° 50, marzo de 2012, Santiago del Estero. 



[1] El subrayado es mío.
[2] Se observa la influencia de Jacques Lacan, de Michel Foucault y de Jacques Derrida.

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