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lunes, 15 de agosto de 2011

MARÍA ANTONIA DE PAZ Y FIGUEROA. La primera ‘rebelde’ santiagueña


MARÍA MERCEDES TENTI
Primeros años
El papel de las mujeres argentinas en el siglo XVIII, inmersas en una sociedad patriarcal, era, sin dudas, de un rol subordinado: se dedicaban a las tareas del hogar y se preparaban para el matrimonio. No podían tomar decisiones por sí mismas, ya que eran los hombres -padres, esposos o hermanos mayores- los que lo hacían por ellas. La cultura imperante por entonces determinaba los modos de conducirse y de relacionarse, según el género.
Los espacios de sociabilidad de las mujeres eran reducidos: el hogar doméstico, las reuniones familiares, la concurrencia a la iglesia. La educación estaba restringida a unas pocas, sólo a las pertenecientes a familias de la élite, quienes accedían a los estudios elementales en sus propias casas, de la mano de algún familiar o de un maestro particular.
La niñez de María Antonia de Paz y Figueroa, nacida en Santiago del Estero en 1730, no varió respecto de la de muchas niñas de su edad. Hija del maestre de campo Francisco Solano de Paz y Figueroa y de Andrea de Figueroa, su niñez transcurrió en la encomienda de indios de su padre, seguramente correteando por las tierras de Silípica, jugando con sus hermanas y con los hijos de los nativos que integraban la encomienda paterna. Ello no fue impedimento para que recibiera una esmerada educación, poco frecuente por entonces.
Siendo adolescente, su familia se estableció en la ciudad y allí la joven María Antonia comenzó a visitar la iglesia de los jesuitas, con quienes empezó a colaborar en la preparación de los ejercicios espirituales, que se impartían en el antiguo convento. Inmersa en estas funciones, a los quince años adoptó la túnica negra como vestimenta, en calidad de beata de la compañía. No era precisamente una monja ya que, por entonces, no había, en Santiago del Estero, religiosas de vida activa. Su consagración a Dios se dio a través de un voto íntimo y personal, como una forma de religiosidad laica. A partir de entonces, su función fue ayudar a los sacerdotes, enseñar el catecismo a los niños, coser, bordar, repartir limosnas y cuidar a los enfermos.
Las prácticas benéficas le permitían, junto a otras mujeres de vida consagrada –siempre en forma privada-, desarrollar nuevos roles que la ponían en contacto con otros sujetos sociales, incluidos los provenientes de sectores populares, y salir de la esfera doméstica a la que estaban relegadas las mujeres por entonces. En ella primaba el amor, la paciencia y la entrega, tras el ejercicio del apostolado que había elegido por vocación.
Las beatas vivían en comunidad, sin votos de clausura, colaborando con las tareas de los jesuitas. Generalmente, tomaban el nombre de algún santo, por ello, María Antonia abandonó su apellido y adoptó el de María Antonia de San José. Consagrada como laica a la vida religiosa, adoptó como vestimenta el sayal negro de los jesuitas y, junto con sus hermanas en la religión, asistía a enfermos, auxiliaba a los pobres y colaboraba con los sacerdotes ignacianos en la preparación de los ejercicios espirituales, que realizaban periódicamente.


La expulsión de los jesuitas y el comienzo de su peregrinar
Cuando, por real orden del rey Carlos III, fueron expulsados los jesuitas, en 1767, quienes estaban bajo su tutela, no sólo temporal sino también espiritual, quedaron desamparados. El poder alcanzado por la orden de San Ignacio se había tornado ‘sospechoso’ para la corona, que veía peligrar su autoridad. Los jesuitas habían logrado gran influencia entre la población americana, como consecuencia de la instalación de misiones, en zonas donde los blancos no tenían prácticamente acceso, y por el desarrollo de la educación entre nativos y criollos -con su impulso y sostenimiento-, a través de colegios, bibliotecas, universidades y verdaderos centros de investigación científica. Con esta drástica medida, el rey trataba de poner fin a su ascendiente, no solamente en el plano espiritual, sino también en los aspectos científico, cultural y económico.
Sus bienes, que eran muchos y valiosos (propiedades, ganados, esclavos, etc.), pasaron prontamente a manos privadas, diputados como botín de guerra. Los nativos abandonaron las reducciones y muchos colegios cerraron sus puertas. Las bibliotecas -las de mayor valor en la colonia por la cantidad y variedad de volúmenes- fueron desarmadas y sus libros dispersados. Los ejercicios espirituales que organizaban los religiosos quedaron sin sus figuras rectoras y, como consecuencia, dejaron de realizarse.
Frente al abandono espiritual, María Antonia, que por entonces tenía 37 años, decidió tomar la bandera de los expatriados y reinstaurar los ejercicios, antes de cumplido un año de su expulsión. Comenzó a transitar, de puerta en puerta, invitando a realizar los ejercicios, bajo la dirección de sacerdotes que la respaldaban y apoyaban.
Los inició en su ciudad natal y, poco a poco, empezó a caminar los polvorientos caminos del campo santiagueño, expandiendo la práctica de los expulsos a través de los antiguos poblados que salpicaban el camino real: Silípica, Loreto, Atamisqui, Salavina y Soconcho. No conforme con ello, decidió extenderlos por los pueblos del noroeste argentino, para lo que solicitó permiso al obispo del Tucumán, Juan Manuel de Moscoso y Peralta, para pedir limosnas por las ciudades principales de la gobernación, con el fin de solventarlos.
La presencia de los jesuitas, a pesar de la expulsión real, se sentía en los ejercicios organizados por la ‘mama’ Antula –como la llamaban cariñosamente en Santiago del Estero-, ahora no solamente destinados a los hombres, sino también a las mujeres, ambos provenientes de distintos sectores sociales. Casa por casa recorría pueblos y ciudades, invitando a las familias a sumarse a los ejercicios y pidiendo limosna para mantener a los ejercitantes.
Las prácticas se realizaban, en un primer momento, en casas particulares, donde los fieles permanecían diez jornadas, reflexionando y orando en comunidad, bajo la guía de un sacerdote. Durante esos días, los participantes se alimentaban con la comida realizada con alimentos donados por la comunidad y preparados por el grupo de beatas consagradas. Así, recorrieron las provincias de Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca y La Rioja.
A los ejercicios concurrían hombres y mujeres, por separado, sin distinción de clases sociales, participando unos y otras con sus criados y sirvientas. En 1777 pasó a Córdoba donde continuó con los ejercicios en la antigua iglesia jesuita, apoyada por Ambrosio Funes -luego gobernador-, con quien cultivó una larga amistad y un interesante epistolario y con quien compartía la admiración por la obra jesuítica.

María Antonia en Buenos Aires
Dos años más tarde llegó a Buenos Aires. No le fue fácil insertarse en la capital del virreinato. Tanto el obispo como el virrey se mostraron, en un principio, recelosos de estas mujeres, objeto de burlas, calificadas por algunos de locas o de brujas, como cuenta María Antonia en cartas que escribió al padre Gaspar Juárez, jesuita santiagueño radicado en Roma, luego de la expulsión.
Tras nueve meses de espera, el obispo Sebastián Malvar y Pinto terminó aceptando su petición y, en agosto de 1780, se abrieron los ejercicios en Buenos Aires. Al principio asistían pocas personas hasta que, vencido el recelo, comenzaron a concurrir cada vez más, según lo relata la propia María Antonia:
"La gente se tira sobre esteras, colchas y colchones. Es necesario que su Divina Majestad y mi señora de Dolores me provean de habitación correspondiente a la multitud de almas que anhelan nutrirse con el mane que adquieren mediante las sabias cristianas reglas que nos prescribió San Ignacio. El alimento(…) lo da Dios muy sobrante, excesivo y sazonado, con que logro complacer a todas las que participan, quien a mas de esta dicha que logro no rehúsan mezclarse las señoras principales, con las pobrecitas domésticas, negras y pardas que admito con ellas" .

Las barreras sociales se rompían en la intimidad de los ejercicios. La concurrencia era cada vez más numerosa:

“Hubo tandas de 200 personas y la Providencia fue tan generosa que diariamente sobraba para proveer comida a los presos de la cárcel y alimentar a los mendigos que concurrían a la casa. Conque a la vista de tanto beneficio, le alabo y le doy infinitas gracias” .

Por acción de María Antonia, la fiesta de San Ignacio, que había sido suprimida en cumplimiento de las ordenanzas reales, fue restablecida después de diecinueve años. Su labor se desplegaba también en la atención de enfermos, visita a las cárceles y ayuda a los carenciados, con los sobrantes de la limosna que ella y las mujeres que la apoyaban pedían para sostener los ejercicios. Según el obispo Malavar, en los primeros cuatro años de permanencia en Buenos Aires habían concurrido a los ejercicios unas 15.000 personas,

“…sin que se les haya pedido ni un dinero por diez días de su estada y abundante manutención (…) La gente viene desde la campaña, donde viven lejos de las parroquias y de los curas. Unos que nunca se han confesado, otros que en muchos años no lo han hecho, y todos con arrepentimiento verdadero, lloran sus miserias y hacen firmes propósitos de enmendarse. Y en todos se palpa el aprovechamiento espiritual" .


Por ello Malvar dispuso que

"…ningún seminarista se ordenase sin que primero la Beata certificase la conducta con que se hubiesen portado en sus Ejercicios" .

En ocasiones, fue el obispo el encargado de dar personalmente las pláticas. Asistían grupos -separados por sexo- y participaban de los ejercicios, conducidos por sacerdotes que confesaban y daban la comunión. María Antonia tenía la virtud de atraer a la gente, no solamente para participar de estos verdaderos ‘retiros espirituales’, sino también para colaborar con limosnas, que hacían posible el sustento de los participantes.
El virrey Juan José de Vértiz y Salcedo, que en un principio objetaba la realización de estas prácticas religiosas, poco a poco cambió de opinión, no solamente por acción de la beata, sino también por influencia de la llegada del ex virrey de Lima, Manuel Guirior, cuya esposa asistía a los ejercicios con mucha humildad y devoción. Vértiz autorizó a María Antonia a trasladarse a la costa uruguaya para continuar su obra, costeándole el pasaje y yendo personalmente a despedirla. Permaneció tres años en territorio oriental -en Colonia y Montevideo- y dejó todo preparado para la instalación de una casa de ejercicios en Uruguay.
A su regreso a Buenos Aires -respaldada por varias mujeres que la ayudaba a atender a los ejercitantes, realizando labores domésticas y enseñando las primeras letras a los analfabetos-, inició una forma de organización religiosa destinada, precisamente, a mujeres que realizaban una vida en común, hacían votos privados, vestían la túnica ignaciana y obedecían a quien presidiera la casa, en este caso la propia María Antonia de San José.
Conseguida la donación de un terreno, y luego de sortear varios impedimentos, inició la construcción de un edificio, con beaterio para mujeres y un hogar anexo, refugio para prostitutas que querían cambiar su forma de vida. Enseguida comenzó la construcción de la obra y entró a funcionar la casa de Ejercicios, aún antes de estar la obra terminada. Allí, además de auxiliar en las prácticas religiosas y en los ejercicios, las beatas cosían y bordaban ornamentos religiosos y hábitos para los sacerdotes, además de ropa para familias indigentes.

Su epistolario
Conocedores de la obra de María Antonia, por el epistolario que mantenía con los sacerdotes expulsados, en particular con el santiagueño Gaspar Juárez -residente en Roma-, los jesuitas hicieron traducir sus cartas a diversos idiomas (latín, francés, inglés, alemán y ruso) y difundieron su labor a través de un opúsculo titulado “El estandarte de la mujer fuerte en nuestros días” . Su fama trascendió el virreinato para expandirse por Europa y Asia, al igual que sus prodigios.
Las cartas que María Antonia escribió al exjesuita Juárez, durante once años, se encuentran en el Archivo di Stato di Roma y fueron recopilados por Beguirztain. Alicia Fraschina analiza la cuestión autobiográfica en el epistolario de la beata, indagando cómo fue construyendo su ‘yo’, como ‘heredera’ de la Compañía, al tomar como objetivo de su misión el lema de los jesuitas “la mayor gloria de Dios y provecho de las almas” .
Por pedido del padre Juan Nicolás Aráoz, María Antonia escribió a Juárez narrándole con precisión su empresa: los lugares transitados, las mujeres que la acompañaban y los sacerdotes que daban los ejercicios. Su construcción autobiográfica, en realidad, no sólo está dirigida a los destinatarios de sus cartas, sino que trasciende el tiempo y el espacio, al ser traducidas a distintos idiomas y circular por diferentes países.
Complementa este epistolario, el que mantuvo Ambrosio Funes con el Padre Juárez quien, consciente de la importancia de la obra de María Antonia, instaba al cordobés a que
“…desde ahora y me alegraría fuese una relación exacta desde cuándo comenzó su felicísima misión dicha Beata: con qué ocasión, con qué medios y auxilios de Dios y de los hombres: el número de Ejercicios que se han dado: y en qué partes: con qué fruto particular: o qué conversiones raras ha habido en dichos Ejercicios; qué contradicciones de los hombres, y qué trabajos personales ha padecido ella, etc., etc., etc., para que de esta suerte se pudiese formar aquí una carta edificante de que resultaría grande gloria de Dios y honor de nuestras Provincias Americanas; y de no poco crédito para en delante de dicha Señora para autorizar más sus misiones, y si alguno de sus confesores o directores de conciencia enviase también por escrito un testimonio de algunas cosas particulares suyas, a que ella diese primero licencia, y declarase con humildad de espíritu y sinceridad de corazón, sería muy acertado y daría mayor realce para dicha carta edificante” .

El fruto de las cartas de Funes a Juárez, fue El estandarte de la mujer fuerte, opúsculo anónimo, verdadera hagiografía de la beata –descripta como una heroína-, a quien el autor compara con los apóstoles, santos y figuras bíblicas, aunque la describe, también, según la concepción de mujer, vigente en la época:

“…mujer de edad avanzada, ignorada, pobre, sin poder, sin crédito, sin autoridad, sin talentos en apariencia, y aún casi sin razón (…) es el imán, la veneración y aprecio de cuantos la oyen y miran pues en ella está el dedo de Dios acreditando el imperio de los débiles” .

María Antonia, en su construcción personal de la vida jesuítica, apeló también a imágenes mediadoras, puestas en evidencia durante las celebraciones o en su vida diaria: el Nazareno, que sacaban en procesión por las calles de Buenos Aires los jueves santos; su Manolito –un cristo niño sobre la cruz- que llevaba al cuello y al que atribuían capacidad milagrosa ; la virgen de los Dolores, imagen de María presenciando la muerte de su hijo, que perteneció a la antigua Compañía de Jesús, y San Cayetano, ‘santo de la providencia’, cuya veneración inicia en la Argentina.

Muerte y legado
El 7 de marzo de 1799, a los 69 años, María Antonia de San José murió en Buenos Aires. En su testamento dio cuenta de sus actos y dejó encomendado, expresamente, que una mujer debía hacerse cargo del gobierno económico de la Casa de Ejercicios. Con ello dejaba sentadas las bases de lo que fue, más adelante, la congregación de Hijas del Divino Salvador. Sus restos se encuentran sepultados en la iglesia de la Piedad. En 1905 se inició el proceso de beatificación y canonización y hoy todavía se espera, de la Santa Sede, su aprobación. En mayo de 1929, Pío XI la declaró venerable.
La primera ‘rebelde’ santiagueña, consiguió dignificar el papel de la mujer, cumpliendo funciones vinculadas culturalmente a la maternidad, en las que primaban el amor a Dios y a sus semejantes -en particular a los más necesitados-, la entrega, la paciencia y el brindarse en esta misión, que derribaba barreras sociales, ya que se preocupaba también por los pobres, los presos y las prostitutas y, a la vez, le permitía cumplir su apostolado. Supo también relacionarse con el poder político y religioso, papel que hasta entonces sólo desempeñaban los hombres, sin dejar de lado los rasgos femeninos que la sociedad de la época le asignaba a las mujeres.
Si bien los roles que desempeñaron las beatas fueron prolongación de los tradicionales, el grupo tuvo que aprender otros, nuevos para las mujeres de entonces, relacionados con aspectos legales, contables, etc. Sin lugar a dudas, y mirado desde una perspectiva histórica, María Antonia contribuyó a consolidar el papel de la mujer como sujeto social, de allí que se reafirma su denominación de “primera rebelde santiagueña”.

Bibliografía
Barbero, Estela (2002): Mª Antonia de Paz y Figueroa. La mujer fuerte; Fundación Mater Dei, Rosario.
Blanco, José (1942): Vida documentada de la Sierva de Dios María Antonia de la Paz y Figueroa fundadora de la Casa de Ejercicios de Buenos Aires, Amorrortu, Buenos Aires.
Beguiriztain, Justo (1933): Apuntes biográficos, cartas y otros documentos referentes a la sierva e Dios María Antonia de la Paz y Figueroa; Baiocco; Buenos Aires.
Bruno, Cayetano (1970): Historia de la Iglesia en la Argentina; V. VI; Don Bosco. Buenos Aires.
Fraschina, Alicia (2004): “La cuestión autobiográfica en el epistolario de María Antonia de San José, Beata de la Compañía de Jesús, 1730-1799”, en Congreso internacional del monacato femenino en España, Portugal y América, 1492-1992, Universidad de León.
Gorostiaga Saldías, Leonor ((2008): María Antonia de Paz y Figueroa. La Beata de los Ejercicios (1730-1799): Dunken, Buenos Aires.
Miglioranza, Contardo (1989): María Antonia de Paz y Figueroa, La beata de los ejercicios; Misiones franciscanas conventuales; Buenos Aires.
Olaechea y Alcorta, Baltasar (1909): Vida religiosa de Santiago del Estero, Santiago del Estero.
Tenti, María Mercedes (28 de marzo de 1999): “La primera rebelde santiagueña, María Antonia de Paz y Figueroa” en El Liberal; Santiago del Estero.
Tenti, María Mercedes (julio 2002): “La beata de los ejercicios: María Antonia de San José” en El Liberal, Santiago del Estero.

En Sitiales, libro de la Academia de Artes, Ciencias y Letras de Santiago del Estero (2010).

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