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martes, 8 de marzo de 2011

LA MUJER EN SANTIAGO DEL ESTERO por María Mercedes Tenti

En 1910, el Congreso Internacional de Mujeres Socialistas propuso el 8 de marzo como día internacional de la mujer, en memoria de las mujeres que iniciaron una huelga textil en Nueva York en 1857 y de otras mujeres, del mismo gremio y ciudad, que murieron en 1908 en el incendio intencional de la fábrica, a cuyos dueños peticionaban mejores condiciones de trabajo. Pasado el tiempo, en 1975, las Naciones Unidas ratificaron, el 8 de marzo, como día internacional de la mujer. Si bien se pretendió transformar la fecha en un día de celebración, somos conscientes de la importancia de mantenerla como día de reivindicación en la lucha de las mujeres por ejercer los mismos derechos y tener las mismas oportunidades que los hombres.
En todo el mundo las mujeres siguen demandando igualdad de oportunidades para ejercer los derechos civiles, políticos, económicos y gremiales. En Santiago del Estero si bien se lograron muchos avances, todavía queda camino por recorrer. En la historia de las santiagueñas está generalmente circunscripta a la actuación de algunas que se destacaron en algún ámbito de las ciencias, las letras o las artes. No es la intención de esta exposición hacer una descripción de la labor desplegada por estas últimas. Más bien me interesa hacer una apretada síntesis del accionar de las mujeres, como colectivo en los ámbitos laborales y políticos.
Poco se sabe de la situación de la mujer en los pueblos originarios, antes de la llegada de los españoles, sin embargo, al irrumpir la conquista, los colonizadores valiéndose de la superioridad que le otorgaban las armas de fuego y los caballos para someter a todos y, en particular, a las mujeres.
Aprovechando las técnicas que ya habían adquirido para la tejeduría y cestería, las encomiendas y los obrajes de paño fueron los ámbitos de mayor dominación de las mujeres santiagueñas. Algunos españoles hicieron conocer el sometimiento de hombres y mujeres, como Alonso de Rivera, gobernador del Tucumán que, en 1608 denunciaba al rey cómo, en su gobernación –entre otras atrocidades- pobleros, mulatos y mestizos quitaban las mujeres a los indios, sin dejarles hacer vida en común. El maltrato era moneda corriente hacia hombres y mujeres, aunque la situación de éstas estaba agravada por el sometimiento sexual.
La misma carta denuncia la explotación a que eran sometidas en los obrajes de paño, en donde hilaban todo el año, sin respetar la ordenanza referente a los descansos de viernes y sábados, ni los domingos, fiestas y pascuas, además de someterlas a castigos corporales y violaciones.
A pesar de la legislación protectora de indios, en la práctica, las leyes y ordenanzas no se cumplían, al ser Santiago del Estero un lugar tan alejado de los centros de decisión. Sólo algunas hijas de españoles recibían algún tipo de educación. La instrucción, por estas tierras, era bastante precaria, ya que funcionaban algunas pocas escuelas conventuales a las que asistían pocos niños divididos por sexo. Las mujeres siempre eran minoría.
La primera ‘rebelde’ santiagueña fue María Antonia de Paz y Figueroa, perteneciente a una familia de raigambre capitular. Los espacios de sociabilidad de las mujeres de la élite eran reducidos: el hogar doméstico, las reuniones familiares, la concurrencia a la iglesia. La educación estaba restringida a unas pocas, quienes accedían a los estudios elementales en sus propias casas, de la mano de algún familiar o maestro particular.
María Antonia comenzó a frecuentar los ejercicios espirituales dados por los jesuitas y, a partir de los 15 años, se asumió como beata de la Compañía. Expulsada la orden en 1767, acompañada de un grupo de mujeres como ella, decidió tomar su bandera y reinstaurar los ejercicios -antes de cumplido un año de su expulsión-, no sólo destinados a hombres, sino también a mujeres. A los ejercicios concurrían hombres y mujeres por separado, sin distinción de clases sociales, participando unos y otras con sus criados y sirvientas. En un largo peregrinar, junto a otras compañeras de lucha, recorrió el noroeste argentino, hasta llegar, finalmente a Buenos Aires, donde estableció una casa de ejercicios espirituales, a pesar de la oposición del virrey y del obispo. Con el tiempo, su labor fue reconocida, por ambas autoridades, y extendió su labor por la costa uruguaya. Su epistolario muestra una mujer con fortaleza, que pudo superar las restricciones de su tiempo y trascender también en el espacio, ya que sus cartas fueron traducidas y difundidas por diversos países del mundo. Su rebeldía radica en no tener en cuenta la orden real de expulsión de los jesuitas y reivindicar su obra, desde su rol femenino.
Las mujeres santiagueñas en el siglo XIX tienen poca visibilidad en los documentos oficiales. Sin embargo, si uno indaga más allá de los textos, puede intuir que la visión tradicional de la mujer, destinada sólo al cuidado del hogar, estaba casi constreñida a unas pocas ya que, la mayoría, contribuía con su trabajo al sostenimiento de la familia. El informe de José Domingo Iramaín, de 1805, al Consulado de Buenos Aires, consigna que el principal ingreso de Santiago del Estero provenía de los telares, la mayoría accionados por mujeres.
Producido el derrumbe de las artesanías santiagueñas por el ingreso de productos manufacturados provenientes del exterior, la labor de las teleras fue mermando. Sin embargo, en la exposición industrial de Córdoba, de 1871, Santiago del Estero expuso sus escasos productos manufacturados: lienzos de hilo, tejidos a mano, toallas, enaguas, vuelos, pañuelos de hilo bordados a mano, botas, botines, cueros curtidos, añil, jabones y vino, la mayoría producidos por el trabajo de las mujeres.
Una carta existente en el Museo Histórico Sarmiento escrita por Pastora Ruiz, que acompañaba una colcha de lana tejida por sus propias manos “a costa de mucha paciencia y trabajo durante un dilatado número de meses”, muestra el interés de esta ‘niña pobre’, como se autodefinía, por llamar la atención del presidente sobre la falta de apoyo a este tipo de manufacturas que demandaban “tanto tiempo de paciencia, constancia y trabajo”.
La tejeduría continuó siendo uno de las principales industrias de la provincia, siempre en manos de mujeres. Según la Memoria descriptiva de Gancedo, escrita en 1876, “la industria de tejidos da origen al principal ramo de comercio entre las mujeres de la provincia, quienes se dedican exclusivamente a su manufactura”. La mayoría con lana y pocas con algodón, tejían colchas y ponchos, a mano, sin maquinaria moderna; se valían tan sólo del primitivo uso para el hilado, del telar y la pala. Teñían también las fibras con vegetales y con la tintura extraída de la cochinilla. Los bordados y pasamanerías también eran productos femeninos.
Con el impulso que se le dio a la educación, a partir de las presidencias de Sarmiento y Avellaneda y con la creación de escuelas normales y, luego, con la sanción de la ley Láinez, las mujeres comenzaron a ocupar otro espacio importante en el mercado laboral, como maestras y profesoras. Si bien, en principio no eran muchas, poco a poco superaron en número a los hombres. Sin embargo, los principales cargos de la ecuación en la provincia (presidente del Consejo de Educación, inspectores) estaban en mano de hombres. Algunas mujeres lograron ocupar un papel relevante en este campo como Juan Pérez, primera rectora de la Escuela Normal y Francisca Jaques, que llegó a ocupar, aunque por un breve período, un cargo en el Consejo de Educación.
Las argumentaciones en las que se apoyaba la promoción de políticas, relacionadas con la ocupación de cargos docentes por parte de mujeres, estaba basada en la escasez de escuelas y la falta de maestros competentes en las provincias, en la responsabilidad de la nación, en calidad de ‘contribución’ para las provincias, en la fundación y sostenimiento de establecimientos específicos (las escuelas normales), en la falta de ambición que tenían las mujeres, en las dificultades de acceso a otras carreras y en los salarios más económicos. Si bien no se excluía a los varones como destinatarios de la iniciativa estatal, el discurso oficial incitaba a la movilización de las mujeres a través de una legitimación de la división sexual del trabajo. La docencia exigía perseverancia, dedicación y la mujer estaba dotada, ‘naturalmente’, de las cualidades necesarias: delicadeza, dulzura, gracia, belleza, en fin, las competencias comunicacionales básicas para relacionarse con los niños, según las concepciones de la sociedad moderna. La escuela como prolongación del hogar doméstico era otra construcción simbólica, enunciada con el propósito de favorecer la salida de las mujeres a uno de los pocos lugares que se percibían como ‘decentes’.
La editorial, de 1900, de la revista “Los anales de la educación”, órgano del Consejo General de Educación de Santiago del Estero, escrita por el inspector Maximio S. Victoria, sintetiza el pensamiento de los sectores dirigentes. En ella jerarquizaba la organización de la humanidad, según su criterio: la familia dentro de la Patria y la Patria edificando la Humanidad. A continuación sintetizaba el modelo positivista vigente, dirigiendo su prédica a: “…los hombres útiles, inteligentes y enérgicos nuestro grito de aliento; a la mujer, amiga en la tormenta y en el idilio del protagonista del drama”. El protagonista de la historia era el hombre, la mujer sólo la amiga y compañera en los avatares de la vida y en los lazos de amor y sexo.
A pesar de que las mujeres no figuraban en las estadísticas laborales, siempre estuvieron integradas al mundo del trabajo. En la Memoria Descriptiva de Fazio, de 1890, sólo aparecían aquellas que se desempeñaban en el servicio doméstico: cocineras, amas de llave, amas de leche, sirvientas y planchadoras. Cuando detalla los salarios percibidos, por igual trabajo, por ambos sexos, saltan las desigualdades: los cocineros cobraban $40 por mes, mientras que las cocineras sólo $16; los sirvientes $12 y las sirvientas $8. Las asimetrías eran manifiestas.
Las mujeres de la élite participaban en la Sociedad de Beneficencia, tutelando a pobres, ancianos, desamparados y a las mujeres detenidas en la cárcel, que hasta mediados de los años 30, del siglo XX, compartían con los hombres. Las ‘tuteladas’, que no podían accionar por si mismas, salvo bajo la tutela de padres, esposos o hermanos, tutelaban a los sectores desprotegidos.
Una intervención interesante de las mujeres de la élite católica fue en ocasión de la convención constituyente, que reformó la constitución provincial en 1884. Por entonces, se discutía el sostenimiento del culto católico por parte del Estado. La campaña en pro de su sostenimiento estaba encabezada por grupos cercanos a la Iglesia, el vicario foráneo y por Manuel Argañarás, diputado y dueño del periódico El País, desde el que encabezaba la prédica. La esposa de Argañarás, junto a un grupo numeroso de mujeres de la élite católica, en un hecho inédito para Santiago del Estero, concurrieron en manifestación a la legislatura para hacer oír sus reclamos por la no inclusión del sostenimiento del culto. En una sociedad tradicional como la santiagueña, la presencia femenina, en un ámbito eminentemente masculino, generaba reacciones encontradas. El País justificaba su accionar:
“Pudo todavía decirse que iban extraviadas, pero jamás que las arrastraron móviles indignos (…) No hay que juzgar si ellas debieron ir personalmente a peticionar a la convención, son cuestiones que nadie debe tocar, dejando a cubierto el pudor y el honor de nuestras familias, que es el nuestro. Pero como quiera que se considere su conducta, lo cierto es que el espíritu se sentía agitado al verlas a ellas, que son la santa custodia del hogar, luchando con su palabra y su aliento por su religión y su Dios”.
A pesar de que la sociedad de la época no veía con buenos ojos la movilización de mujeres por sí mismas, sin la representación masculina que las legitimara, se argüía, como paliativo, el papel que ellas cumplían como custodia de las virtudes domésticas. En tal carácter ocupaban un espacio -vedado hasta entonces para ellas- en la arena política, para hacer pública su postura.
Como testimonio de la vida que sufrían las mujeres en la Argentina el informe que Bialet Massé elevó al gobierno nacional, a principios del siglo XX, da cuenta que:
“No eran pocas las mujeres que cargaban con el sostén de la familia, con la rudeza de la vida; de aquí que acepten resignadas que se pague su trabajo de manera que sobrepasa la explotación y con tal de satisfacer las necesidades de los que ama prescinde de las suyas hasta la desnudez y el hambre (...) La clase más numerosa la constituyen las costureras (…)”. Luego se refiere a la situación de las mujeres en Tucumán, similar a las de Santiago del Estero y de todo el norte argentino: “El ramo de las planchadoras en Tucumán está tan malo como en las otras ciudades del país. Muchas mujeres trabajan en sus casas, y hay varios conatos de taller con una oficiala y dos o tres aprendices. Trabajan de 6 de la mañana a las 6 de la tarde, teniendo un descanso de media hora para el mate, mañana y tarde, y hora y media a mediodía, de modo que la jornada efectiva es de diez horas y media (...) otro oficio era la lavandera. Estas son unas desgraciadas; flacas, enjutas, pobres hasta la miseria. Visité algunas lavanderas y planchadoras y me enteré cómo efectúan estos trabajos de modo primitivo. En una batea, debajo de un árbol o de unas ramas, unos tarros de petróleo, en el que hacen hervir la ropa, puestos en un fogón, que son tres o cuatro piedras en el suelo (...) La mujer del artesano tucumano es la bestia de carga sobre la que pesa toda la familia; ella es la que revendiendo frutas o amasando o lavando o recibiendo pensionistas para darles de comer, consigue economizar unos centavos para vestir a sus hijos y no pocas veces para alimentarlos (...) ¿Cómo vive la mujer del peón? En medio de la inmundicia; el agua sólo entra en el rancho para la alimentación, nunca para la higiene. La mujer del peón, la lavandera, la que hace la comida con destino a las cárceles, la amasadora, llevan una vida de trabajos y sufrimientos; trabajan durante el tiempo de la gestación; trabajan en cuanto abandonan el lecho en donde han alumbrado y trabajan mientras dan de mamar y continúan haciéndolo hasta que la tuberculosis las consume”. El informe de Bialet Massé mostró que la idea imperante de que la mujer vivía en su casa con su familia, era más una expresión de deseo.
Las primeras huelgas organizadas por mujeres en Santiago del Estero, las encontramos en el año 1908. El numeroso gremio de mujeres comerciantes del mercado de la Capital y de La Banda, especialmente las verduleras y vendedoras del campo, que concurrían diariamente con pequeños bultos de comestibles, iniciaron una huelga por habérseles aumentado el derecho de sisa, que percibía como rentas el municipio. Apoyadas por el Partido Socialista y el diario El pueblo, de esa orientación política. Luego de varios días de huelgas y manifestaciones por las calles de la ciudad portando escobas como estandarte, consiguieron su objetivo.
En la Argentina, y en particular en Santiago del Estero, las mujeres vivieron la experiencia de ser la periferia de la periferia. Todo les llegó con retraso y deteriorado. Durante las dos primeras décadas del siglo XX, la mayoría de ellas siguió trabajando en las explotaciones de tipo familiar y en las pequeñas empresas artesanales. Las modistas y costureras realizaban trabajo a domicilio. El Censo de 1914 comprobó la existencia de las siguientes ocupaciones femeninas en la provincia: empleadas de comercio (1151, duplicada por el número de hombres), 460, en total, en la industria, aunque muchas costureras, lavanderas, modistas, tejedoras, mucamas, cocineras, maestras y parteras, no figuraban en el censo. Tampoco figuraban aquellas que con su trabajo contribuían al sostenimiento del hogar en el campo, ayudando con las majadas, ordeñando, amasando, y en las ciudades vendiendo de puerta en puerta empanadas, tortillas, chipacos, cabritos, pollos o huevos, fruto de la producción doméstica.
Durante el período radical, en la década del 20, las maestras obtuvieron la ley de jubilación para docentes y la de licencia para maestras parturientas; En la década iniciada en 1930, con el golpe militar de Uriburu y continuada con los gobiernos conservadores, que se apropiaron del gobierno a través de un sistemático fraude electoral, disminuyó notablemente el desarrollo del pensamiento progresista. A pesar de ello, las mujeres, en particular de sectores medios emergentes, tuvieron cierta participación en cuestiones debatidas por entonces como el divorcio vincular y el voto femenino, aunque con una fuerte influencia de la Iglesia Católica, en la cual algunas de ellas participaban en la naciente Acción Católica. Las posturas opuestas entre católicos y socialistas eran manifiestas, aunque no se observa mayor pronunciación femenina. Sin embargo, cuando se dio la discusión por la enseñanza laica, en la convención constituyente de 1939, las encuestas realizadas por El Liberal a profesoras y maestras del medio, dan cuenta de la inclinación de la mayoría, a sostener la enseñanza laica en la provincia, más allá de sus creencias religiosas particulares.
Quizá Eva Perón constituya el mito femenino de la historia argentina del siglo XX. Si bien es cierto que Evita tuvo una posición subordinada con relación a Perón y, en sus discursos criticaba a las feministas, en una muestra más de su ambigüedad, en su cotidianeidad estimuló el protagonismo social de la mujer argentina.
Su praxis rebasó el papel formal de Primera Dama de la República, trabajando en favor de los sectores subalternos. En un momento llegó a decir: “Así como los obreros sólo pudieron salvarse por sí mismos y así como siempre he dicho, repitiéndolo a Perón, que solamente los humildes salvaran a los humildes, también pienso que únicamente las mujeres serán la salvación de las mujeres. Allí está la causa de mi decisión de organizar el Partido Femenino, fuera de la organización política de los hombres peronistas. Nos une totalmente el líder, único e indiscutido por todos. Pero nos separa una sola cosa, nosotras tenemos un objetivo nuestro que es redimir a la mujer. Ese objetivo está en la doctrina justicialista pero nos toca a nosotras, mujeres, alcanzarlo”.
Con la irrupción del peronismo en la provincia y, particularmente luego de la sanción del voto femenino, comenzaron a incorporarse mujeres a la Cámara de Diputados. Cuando Perón visitó Santiago, en ocasión del IVº centenario, visitó la sede local del Partido Peronista Femenino, representado por subdelegadas censistas, dirigentes del partido en el orden local. Por entonces la misión de las unidades básicas femeninas eran centros de instrucción para chicos y chicas, para “enseñarles sus deberes, corte y confección, economía doméstica”, es decir repitiendo el modelo patriarcal que relegaba a la mujer al hogar. “La acción en la mujer va a permitir una mayor ampliación en el orden familiar, de lo que nosotros llamaremos la verdadera cultura cívica de nuestro pueblo”, sostenía Perón en ocasión de su visita.
La mujer santiagueña acompañaba al hombre al obraje y trabajaba en el campo aunque, en ninguno de los dos casos, era considerada ‘trabajadora’. Estudios realizados sobre el trabajo en Santiago del Estero, como los de Carlos Zurita y Nora Gómez, dan cuenta del incremento de la emigración en la época, de hombres y mujeres hacia el litoral. De las mujeres, la mayoría se empelaban en el trabajo doméstico según los censos y noticias publicadas por periódicos locales. La idea imperante de desigualdad natural entre el hombre y la mujer se ponía de manifiesto a la hora de de las asignaciones laborales.
Una de las excepciones fue Antonia Banegas, obrera textil santiagueña, que trabajaba en una fábrica del gran Buenos Aires, quien, como miembro del Comité Central de Partido Comunista, participó en el Primer Congreso de Mujeres en París, en 1945.
Durante el régimen peronista, con relación al trabajo femenino, en la legislatura se discutió el aumento de las ganancias de las teleras, lo que nos habla de la supervivencia de esta industria artesanal, y de las costureras que trabajaban en condiciones precarias y eran mal pagadas. Con ello reforzaban esta actividad tradicional para el sector femenino, En 1951, se logró la sanción de la ley que fijaba el pago del aguinaldo, para el personal de servicio doméstico.
Una de las medidas más progresistas de Perón fue el voto femenino -largamente reclamado por socialistas y anarquistas-, que permitió llegar a la legislatura a las primeras diputadas mujeres, y el divorcio; este último fue precisamente lo que aceleró su caída. La Iglesia Católica, en alianza con las Fuerzas Armadas, el empresariado —y los opositores al régimen, alentaron el golpe militar de 1955. Uno de primeros decretos del gobierno militar fue la anulación de la ley de divorcio.
Durante las décadas de 1960 y 1970 los jóvenes (hombres y mujeres) irrumpieron en la arena política y aportaron en la difusión de ideas de emancipación de la mujer, a través de publicaciones y de mayor participación. Cuando este movimiento estaba en los inicios de una fase ascendente fue cortado abruptamente por la dictadura militar. Durante la dictadura se acentuó el curso reaccionario en relación a la mujer, que había inaugurado otra mujer, Isabel Perón, que en su gobierno prohibió, por ejemplo, el libre uso de anticonceptivos y vetó la ley de Patria Potestad.
La ideología de la dictadura militar insistió entonces en que la excesiva politización del período anterior había provenido de un descuido en “el reducto que garantizaba el orden. Así, la familia ‘célula básica de la sociedad’ se convirtió en el refugio, que había que recuperar para no volver a caer nuevamente en el peligro de la disgregación y la subversión. Naturalmente, ese retorno a la familia reforzaba más la posición subordinada de la mujer, a quien se interpelaba como madre y como esposa, constituida en custodio del orden familiar.
Hombres y mujeres, de una u otra manera, se oponían al orden burocrático autoritario fueron perseguidos. Entre los detenidos-desparecidos, exiliados y cesanteados, las mujeres santiagueñas estuvieron presentes.
La caída de la dictadura significó la apertura de un proceso, cuyos espacios democráticos trataron de ganar rápidamente los grupos femeninos. No obstante su débil implantación en el seno de la clase trabajadora y de los sectores populares, se han desarrollado numerosos grupos, algunos de los cuales participaron en Congresos Latinoamericanos de Mujeres, en Encuentros Nacionales anuales y promoviendo talleres de discusión y trabajo, tendientes a enfrentar problemáticas específicas de la mujer.
En la actualidad, resulta difícil cuantificar la participación de la mujer santiagueña como sujeto y actor de su propia historia, El hecho de tener, por primera vez una mujer presidenta electa para el cargo, Cristina Fernández de Kirchner, nos da la pauta del avance logrado por la mujer.
La opresión de la mujer cruza todos los aspectos de la vida, por eso su participación protagónica presenta una característica de diversificación sumamente rica, por la experiencia que aún está acumulando desde sus diferentes lugares de lucha.
La dispersión que presenta el accionar femenino también dificulta la tarea de rastrear en detalle lo que ocurre en el presente. Sin embargo, tanto en los Encuentros Regionales como Nacionales o Latinoamericanos se produce un intercambio de experiencias, dificultades y logros que contribuye, decisivamente, a clarificar el rol de las mujeres. Cada mujer que sale de su casa a participar, da el primer paso que transgrede el sistema de dominación e impide las manipulaciones del sistema patriarcal dominante.
Por ser Santiago del Estero una provincia tradicional, con una cultura patriarcal muy arraigada, resulta difícil erradicar ciertos rasgos culturales, acendrados por las costumbres, que coartan la participación femenina en ciertos ámbitos de la vida pública, asignándole todavía un papel casi insustituible en los quehaceres del hogar. A la hora de querer participar en actividades gremiales, políticas o culturales, tiene que multiplicarse en el juego de roles, recargándose con mayor número de tareas, gran parte de ellas no remuneradas.
Su participación en política, si bien amparada en la actualidad por la ley de cupo femenino (sancionada durante la última gobernación de Juárez), se ve opacada a la hora de ocupar puestos claves en los lugares de decisión, en donde muchas veces se privilegia el parentesco (esposa, madre, hermana) con un político de actuación destacada y no su militancia o su capacidad para la dirigencia. Tal el caso de la primera gobernadora electa en el siglo XXI, Marina Aragonés de Juárez que, con sus contradicciones, propiciaba, por un lado, algunas medidas que favorecían a la mujer, como la ley de jubilación de las amas de casa, pero, por otro, no permitía su integración con los hombres, en los ámbitos partidario y de gobierno
Si bien hay excepciones a la regla, mayoritariamente se advierte este comportamiento tanto en los partidos tradicionales, como en los gremios, en las empresas, asociaciones o lugares donde se concentra el poder de decisión.
La generación de estos espacios de poder es de por sí muy disputada por los hombres y, frente a ello, el sitio a alcanzar por la mujer queda relegado a un segundo lugar, en una condición de desigualdad manifiesta. Algo similar sucede a la hora de buscar empleo. Frente a mujeres en edad fértil o con hijos menores a su cargo, se prefiere ocupar hombres en empleos estables. Prueba de ello es que, en el censo de 2001, la ocupación masculina superó en la provincia en 23.8 puntos a la femenina. Aunque aumentó la participación económica femenina, las mujeres, en particular las menos calificadas, alcanzaron un registro mayor en tareas informales.
En la vida académica, las mujeres también van logrando ocupar espacios de conducción. En la Universidad Nacional de Santiago del Estero, la asunción de la primera mujer rectora es, sin dudas, un hecho auspicioso. En un ámbito opuesto, las mujeres campesinas luchan, junto a los hombres, por la defensa de sus tierras en instituciones y organizaciones que se ocupan de la problemática.
Sin embargo, la participación no es el signo mayoritario, frente a la movilización. Si bien la movilización está ligada a movimientos de autogestión y autodefensa, en la práctica se circunscribe a responder a consignas pre establecidas de antemano por otros actores. La participación apunta a la inclusión de todos los actores sociales con el fin de darles un lugar protagónico en la toma de decisiones y en la ejecución de acciones resultantes.
Si bien las mujeres debemos seguir luchando por ocupar un lugar igualitario en la sociedad, indudablemente, quienes manejan los centros de decisión y la sociedad toda deben facilitar la tarea, brindando correspondencia de oportunidades, igual salario por igual trabajo, guarderías o jardines maternales barriales o en los lugares de trabajo, para que las madres jóvenes puedan dejar a sus hijos atendidos por personal especializado cuando se ausenten del hogar, protección contra la violencia de género, etc. La propuesta es un cambio duradero de valores y actitudes que permita a la mujer cumplir un rol equivalente, tanto en la vida cotidiana como en la laboral, gremial y en la función pública. Sólo así, mujeres y hombres podrán construir una sociedad más justa e igualitaria.

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