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sábado, 16 de julio de 2016

REFLEXIONES EN TORNO AL BICENTENARIO
María Mercedes Tenti
Dra. En Ciencias Sociales


Generalmente, en ocasiones de festejos y aniversarios de fechas patrias, se exacerban los sentimientos nacionales en pos de construir una memoria colectiva sobre ideas de unidad y consenso. Cuando se reunió el Congreso de Tucumán en 1816, nada estaba más lejos de conseguirse que esa unidad tan mentada. Las denominadas Provincias Unidas del Río de la Plata estaban más desunidas que nunca: el Litoral fragmentado por la influencia de Artigas, las ciudades del Noroeste y Cuyo luchaban por la elección de gobiernos que respondieran a sus necesidades y fueran autónomos en la toma de decisiones, mientras que, desde el Poder Ejecutivo nacional -el Directorio y el Congreso- se buscaba la centralidad y el orden. Desde el exterior, el regreso de Fernando VII al trono y el triunfo de las fuerzas realistas en el norte y Chile constituían una amenaza permanente.
Conseguir que el Congreso reunido en Tucumán declarara la independencia de las Provincias Unidas de Sud América fue un avance en pro de la conformación de una nación que costaba conformar y de una unidad difícil de conseguir. Los congresales dieron un paso adelante tras estos objetivos y si bien cortaron los vínculos con “el rey de España, sus sucesores y metrópoli” y con “toda otra dominación extranjera”, tuvieron que pasar casi cuarenta años para que el país se organizara constitucionalmente y acordara la forma de gobierno.
La invención de las tradiciones, al decir de Hobsbawm,  fue un elemento importante de estabilidad en sociedades en proceso de cambio. Justamente, la sociedad argentina, en permanente cambio desde el siglo XIX, estuvo y está sujeta a los vaivenes de la construcción de tradiciones, tanto a nivel nacional como en ámbitos locales y regionales; invención de tradiciones  que parte de estructuras gubernamentales y sectores de poder, sin tomar en cuenta la participación efectiva de los distintos actores sociales involucrados.
Hoy la independencia que la sociedad necesita abarca múltiples perspectivas.  No sólo pensamos en la independencia política respecto de alguna potencia extranjera, sino también la independencia económica que subordina a otras metrópolis o centros de poder; la independencia cultural, no desde la óptica del aislamiento, sino, por el contrario, aquella que pretende hacer valer, en este mundo globalizado, el multiculturalismo y la diversidad cultural como componentes propios de la sociedad plural que aspiramos formar. En el ámbito interno se anhela la real independencia de los poderes del Estado, la independencia de la prensa respecto de los poderes públicos o de las corporaciones, la independencia y el respeto por los valores individuales y colectivos y la aceptación de las diferencias en una sociedad plural e igualitaria.
A doscientos años de la declaración de la independencia, la Argentina se encuentra con un período prolongado de continuidad democrática, con  marchas y contramarchas en lo                 que respecta a las políticas económicas y sociales y a su inserción en el mundo, pero como mayor involucramiento de la ciudadanía en los problemas que competen a todos. Quizás debamos repensar las normas y prácticas ritualizadas vigentes, instauradas con el propósito de inculcar valores que, en muchos casos, no concuerdan con la realidad objetivada, y podamos configurar prácticas entre todos los sectores involucrados, que reflejen más acabadamente el sentir de la sociedad toda.

Publicado en Nuevo Diario

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