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domingo, 2 de septiembre de 2012

CONSIDERACIONES ACERCA DE LA FUNDACIÓN DE SANTIAGO DEL ESTERO

Juan Nuñez de Prado
Francisco de Aguirre

















por María Mercedes Tenti


La conquista y población del antiguo Tucumán guardó relación estrecha con el espíritu moderno de toda la conquista de América. Hombres provistos de aliento conquistador y medieval, que partieron en busca de posibilidades de enriquecimiento y ascenso social, forjaron los hábitos y técnicas de apropiación y colonización territorial. Por ello el problema planteado acerca de la fundación de Santiago del Estero guarda estrecha relación con el carácter privado de la conquista y los conflictos jurisdiccionales generados como consecuencia.
A partir de 1535 al disminuir el ritmo antes vertiginoso de la expansión territorial española en América sobrevino la conquista más difícil de territorios con poblaciones en estadio cazador-recolector asociados a agricultura incipiente, de menor densidad y de estructuras políticas y sociales más débiles. La expansión se precipitó como  consecuencia de las guerras civiles del Perú y de la necesidad de desembarazarse de los conquistadores sin empleo, aventureros, soldados y mestizos sin ocupación que podían volver a perturbar la paz colonial. De allí la extensión de la conquista a lo largo de la costa del Pacífico, por Chile, y la internación por la región del Tucumán, expandiéndose por el sur en búsqueda del puerto atlántico. Ambas regiones respondían a las necesidades del Perú minero. Si bien la necesidad empujaba a los gobernadores del Perú a ‘descargar la tierra’ para aminorar la tensión social, al poco tiempo la acción adquirió otro valor: el de empujar las fronteras incorporando nuevos territorios.
En 1536 Diego de Almagro había incursionado por la región del Tucumán en su paso para Chile, pero la primera expedición que penetró en territorio santiagueño fue la de Diego de Rojas. El gobernador del Perú, Cristóbal Vaca de Castro, nombró a Rojas, que había sido gobernador de La Plata (Charcas), para reconocer la región del Tucumán. En 1543 partió desde el Perú con unos cien hombres. Luego debía seguirle Gutiérrez y más tarde Heredia, con cien hombres más entre los dos. Pasó por el valle Calchaquí y los llanos tucumanos. Tras continuos enfrentamientos con los aborígenes, penetró en territorio santiagueño por las sierras de Guasayayán,
En la zona de Maquijata - actual departamento Choya- en un enfrentamiento con los tonocotés, Diego de Rojas fue herido en una pierna con una flecha probablemente envenenada y finalmente murió. La expedición siguió por el país de los diaguitas, recorriendo las actuales provincias de Catamarca, La Rioja y norte de San Juan, hasta entrar en Córdoba y continuar rumbo al Paraná. En esta primera entrada se levantaron, en tierras de indios, reales y fuertes de efímera existencia. La importancia de esta empresa reside, en  que fue la primera que realizó un reconocimiento efectivo de la región del Tucumán, base para expediciones pobladoras posteriores.
El movimiento de expansión y ocupación del espacio se explica como respuesta a vastos intereses privados.  La corona, de acuerdo con particulares decididos a arriesgar sus capitales en el sometimiento de los nuevos territorios, firmaba capitulaciones -instrumento legal-contractual- en el que las partes fijaban sus respectivos compromisos. En otros casos, aventureros y soldados decidían, por su cuenta, la empresa. Si bien las capitulaciones eran firmadas generalmente por un solo hombre, por detrás había socios capitalistas que costeaban las sociedades de conquista y participaban de sus beneficios.
Tal el caso de la ‘entrada’ de Diego de Rojas, solventada por el propio Rojas, más Felipe Gutiérrez y Nicolás de Heredia, con un aporte de 30.000 pesos oro cada uno, suma muy considerable para la época. También invirtieron montos similares o mayores otros conquistadores como Jerónimo Luis de Cabrera, Juan Núñez del Prado y Francisco de Aguirre. La carga económica recaía enteramente sobre quien capitulaba. En las probanzas de méritos y servicios de los conquistadores constaban las sumas invertidas por cada uno de ellos. Los costos de la jornada explican por qué las capitulaciones fueron siempre firmadas con personajes de caudales y alguna figuración, ya que el que capitulaba financiaba el grueso de los gastos además de costear el equipo de los pobres y endeudados que debían reembolsarlo al repartirse el primer botín. Había también quienes se pagaban su propio equipo y armamentos y el de otros combatientes.
Las condiciones en que se estipulaba la participación pesaban en el momento de repartir los premios. Si bien la adjudicación de mercedes de tierra, encomiendas de indios o cargos de gobierno podía recaer en guerreros de lucida actuación en el campo de batalla, frecuentemente se distinguía a la jerarquía económica del militar que había convenido de antemano la categoría que asumiría en el reparto.
Los españoles tendían a extenderse sobre espacios desmesurados cuando el número de indios no colmaba las ambiciones de encomiendas, por ello era importante contar con cierto número de soldados que les garantizara oposición a la resistencia indígena. Muchas veces la soldadesca constituía un foco de presión que estallaba a menudo en disturbios y conspiraciones, como sucedió con la expedición de Diego de Rojas. También podemos observar en Núñez del Prado, fundador de El Barco, que no pudo oponer resistencia a Villagra y a Aguirre. Por ello la turbulencia interna de la hueste, en algunos casos, determinó giros imprevistos en los planes trazados por las autoridades para ordenar la anexión de los nuevos territorios. Tal lo que sucedió con la expedición de Núñez del Prado.
El carácter privado de la expansión entrañó la obligación de premiar a los responsables de la avanzada conquistadora sobre los vastos espacios vacíos. El régimen de recompensas fue establecido en función de la necesidad de incentivar el interés por la riesgosa aventura, aunque apareciera como un ‘gracioso’ reconocimiento de servicios. Las mercedes, de corte señorial, fueron provistas por el mismo conquistado: indios y tierras. Las encomiendas constituían el premio más codiciado. Las disputas suscitadas en torno de ellas creaban rencillas y litigios permanentes. Cada cambio de gobernador o de titularidad presuponía el cambio de titular de numerosas encomiendas. Esto es lo que sucedió cuando llegó Francisco de Aguirre. Los indios encomendados fueron uno de los móviles principales de la población en territorio del Tucumán, además de la pregonada expansión de la fe cristiana.
Debemos entender la conquista del Tucumán y la fundación de Santiago del Estero como el resultado de la necesidad de ampliar las fronteras y anexar territorios que iban a ser a la vez proveedores y contrafuertes para el desarrollo y la seguridad del Perú, que por su producción de plata era una pieza vital del imperio. La entrada de Rojas, de una duración de tres años y medio, permitió dar una información muy valiosa sobre la región central y norte de nuestro país.
A mediados del siglo XVI, el Licenciado La Gasca acababa de poner fin a una guerra civil en el Perú y se veía en la necesidad, como antes Vaca de Castro, de emplear a la soldadesca que se encontraba desocupada y promovía desórdenes. Por ello encomendó a Juan Núñez de Prado que organizara una expedición y fundara una ciudad para proteger el camino a Chile y para que se informase de las probabilidades de ocupación del territorio y facilitar el descubrimiento de la ruta al Río de la Plata.
Núñez de Prado partió de Potosí y el 29 de junio de 1550 fundó una ciudad en el valle de Gualán -actual territorio de la provincia de Tucumán- y le puso por nombre El Barco, en honor a La Gasca que había nacido en El Barco de Ávila, en España. Realizó el trazado del poblado, conformó el Cabildo y distribuyó los indios en encomiendas.
Estando allí instalado se planteó el primer conflicto de jurisdicción con tropas chilenas, que al mando de Francisco de Villagra, obligaron a Núñez a reconocer la dependencia de su ciudad respecto de la gobernación de Chile. Una vez que se retiraron Villagra y sus hombres, Núñez de Prado desconoció su autoridad y decidió trasladar la ciudad. En 1551 la ubicó en el valle de Quiriquiri  -actual provincia de Salta- y cambió su nombre por el de El Barco del Nuevo Maestrazgo de Santiago. Poco duró en esta ubicación ya que al año siguiente, por los ataques continuos de los naturales y cumpliendo órdenes de las autoridades del Perú, la trasladó nuevamente a orillas del río del Estero - hoy río Dulce-, cerca de la actual Santiago del Estero.
El gobernador de Chile Pedro de Valdivia, por creer que El Barco estaba dentro de sus territorios, designó gobernador de esta ciudad a Francisco de Aguirre -destacado capitán que había luchado en Europa y América- y lo envió a tomar posesión de ella. Su objetivo era unir en una sola gobernación toda la tierra existente entre el Atlántico y el Pacífico, desde La Serena hasta el Río de la Plata.
Aguirre, apenas llegó a territorio santiagueño en mayo de 1553, se apoderó de la ciudad, designó otras autoridades, organizó un nuevo cabildo, apresó a Núñez de Prado que estaba explorando en las cercanías, lo envió prisionero a Chile y decidió trasladar la ciudad a corta distancia de su antigua ubicación, por estar demasiado expuesta a las crecidas del río. Finalmente le cambió su  nombre primitivo por el de Santiago del Estero.
Mudar la ciudad implicaba riesgos: elegir nuevo lugar, lograr la adhesión, consensuada o por la fuerza, de los capitulares -o cambiarlos como se hizo en el caso de Santiago del Estero- alterar la distribución de solares y los repartimientos de indios, etc. Si a esto sumamos que era la única ciudad existente en la zona, razón por la cual tenía que resolver sola los problemas de abastecimiento, provisiones, armas y hombres, podemos imaginarnos que los primeros años debieron ser muy difíciles. Así lo atestiguan los documentos. Los primeros años de existencia fueron de extrema dureza para los pobladores, que se veían obligados a alimentarse con insectos, hierbas y raíces y a vestirse con cueros de venados, además de estar permanentemente acosados por la hostilidad de los indígenas.
A pesar de ello, desde Chile se continuó impulsando la población del Tucumán y desde Santiago del Estero partieron numerosas expediciones fundadoras. Pasada la jurisdicción al Perú continuó la etapa fundacional por la necesidad imperiosa de mantener la relación entre el Perú y el Tucumán, desde allí afianzar la ocupación del Río de la Plata y terminar con las rebeliones de los indígenas. Las penurias y privaciones continuaron por muchos años.
El acta de la fundación de El Barco nunca fue encontrada, como tampoco la de Santiago del Estero. Es por ello que en 1952, a pedido del gobierno de la provincia, una comisión de historiadores de la Academia Nacional de la Historia determinó que Santiago del Estero había sido fundada por Francisco de Aguirre el 25 de julio de 1553, basándose especialmente en dos actas del cabildo santiagueño, del 14 de abril de 1774 y del 21 de julio de 1779, es decir de dos siglos posteriores a la fundación.
En la primera de ellas, se acordaba organizar la festividad de Santiago Apóstol el 25 de julio, "... en memoria de que en días semejantes introdujeron las armas españolas el santo Evangelio y se hizo la primera fundación de dicha ciudad". La referencia es confusa y está fechada doscientos veintiún años después de la fundación de Aguirre.
Por otra parte, hay innumerables testimonios en probanzas, cartas, relaciones, etc., contemporáneas al hecho que nos ocupa, que identifican ambas ciudades como una sola. Como ejemplo enunciaremos solamente uno de los más significativos: en la carta que escribió Francisco de Aguirre al rey el 23 de diciembre de 1553, sostiene: “... Porque habrá dos años escribimos a la Audiencia de V.M. que reside en la ciudad de los Reyes lo sucedido en esta ciudad de Santiago...". Como vemos hace referencia a 1551, cuando la ciudad se llamaba El Barco.
Eudoxio de Jesús Palacio, en su obra A orillas del río Dulce, afirma que el fundador de Santiago del Estero es Juan Núñez de Prado, ya que fundar implica crear algo que no existía con anterioridad, como trasladar presupone la existencia anterior de la cosa trasladada.
Las opiniones se encuentran divididas. A favor de la tesis de la fundación por Aguirre encontramos a los historiadores santiagueños Alfredo Gargaro y Andrés Figueroa, a los chilenos Luis Silva Lazaeta y Diego Barros Arana y al boliviano Jaimes Freyre. En defensa de la fundación de Núñez de Prado, al citado Eudoxio de Jesús Palacio, a Vicente Sierra y a los santiagueños Orestes Di Lullo y José Néstor Achával, por citar sólo los más conocidos.
Luis Alen Lascano, en su Historia de Santiago del Estero, publicada en 1991, da a conocer el resultado de investigaciones realizadas por Gastón Doucet, investigador del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), en archivos de Sucre (Bolivia), que clarifica bastante este confuso panorama.
Según Doucet el libro capitular de la ciudad se inició el 29 de junio de 1550, con la fundación de Núñez de Prado y fue continuado durante el gobierno de Francisco de Aguirre y los gobernadores sucesivos, a partir de 1553. Es decir que no se cambió de libro de actas porque se consideraba a Santiago del Estero como una continuidad jurídica de la ciudad de El Barco.
Asimismo Doucet extractó de las mencionadas actas capitulares unos documentos por los cuales el escribano del cabildo santiagueño de 1590, daba cuenta que el 25 de julio de 1553 Francisco de Aguirre "... mudó esta Ciudad e le puso por nombre Santiago". A treinta y siete años del suceso, los cabildantes confirmaban la fecha del traslado.
Por todo esto coincidimos con Alen Lascano en que debe considerarse a Juan Núñez de Prado como el primer fundador y a Francisco de Aguirre como su poblador definitivo. Pero a pesar de ello y hasta tanto no aparezcan las actas fundacionales, el tema de la fundación de Santiago del Estero no está totalmente resuelto.
Los problemas de jurisdicción entre Chile y Perú por la posesión de Santiago del Estero y de otras ciudades que se habían fundado a partir de ella, concluyeron cuando el rey Felipe II, por Real Cédula de 1563 creó la Gobernación del Tucumán, dependiente en lo político del Virreinato del Perú y en lo judicial de la Audiencia de Charcas. A partir de entonces se desarrolló una política fundacional con objetivos precisos que eran: consolidar las fundaciones en el noroeste para una mejor unión con el Perú por Charcas y buscar una salida hacia el océano Atlántico que permitiera una comunicación más directa con España.
Se considera a Santiago del Estero ‘madre de ciudades’ porque desde aquí partieron expediciones que fundaron numerosas ciudades en el noroeste argentino. Por ello corresponde a Santiago, no sólo el mérito de ser la ciudad más antigua del país, sino también el de haberle dado un sinnúmero de ‘hijas’, muchas de las cuales subsisten en la actualidad y son pujantes cabeceras de provincias, mientras que otras desaparecieron como consecuencia de los avatares de la conquista. En realidad la formación de un modesto conjunto de asentamientos organizados en cabildos de vecinos fue el resultado de un lento proceso de fundaciones, destrucciones y traslados de ciudades que continuó aún durante el siglo XVII.
Si bien la expedición de Núñez del Prado respondió al plan de ‘descargar’ la tierra peruana, las traslaciones de El Barco fueron un intento de escapar al avance chileno sobre el Tucumán que culminó con la fundación de Santiago del Estero en 1553. Durante una década se consolidó la preponderancia chilena. A pesar de que el territorio concedido a Valdivia se extendía a lo largo del Pacífico y penetraba en parte por el actual territorio argentino, sus pretensiones iban más allá, ya que intentaba buscar la salida al Atlántico. Aguirre fue el encargado de llevar adelante el proyecto y Santiago del Estero el comienzo de su ejecución. Aunque la ciudad no cayera bajo la jurisdicción de Chile, el asentamiento, una vez consumado, era un buen argumento para solicitar su incorporación.
En 1563 terminó el litigio con Chile a través de una Real Cédula que modificaba y ampliaba el distrito judicial de la audiencia de Charcas incorporándole nuevas regiones y la recién creada gobernación del Tucumán. Francisco de Aguirre consiguió que el virrey de Nieva lo designara gobernador, teniendo en cuenta que era un avezado guerrero y experto conocedor de la zona. Desde La Serena se extendía su vasto feudo con pretensiones de extender su jurisdicción hasta el Atlántico, no ya para unir los dos océanos, sino para abrir una ruta directa desde el río de la Plata hacia Potosí.
Santiago del Estero fue la primera ciudad mediterránea destinada a perdurar. La instalación en la gobernación de Tucumán tuvo características comunes y similares a las de otras áreas periféricas de las posesiones españolas y la continuidad de sus ciudades estuvo vinculada a la capacidad de administrar el trabajo indígena para hacer producir las tierras en virtud de las demandas altoperuanas.
Como vemos, los intereses jurisdiccionales se mezclaban con los privados de los conquistadores que habían financiado la conquista. A la hora de dirimir el pleito fundacional de nuestra ciudad deben ser tenidos en cuenta para estudios futuros. La cuestión, indudablemente, no está cerrada. Nuevas búsquedas documentales son necesarias para clarificar la problemática, además de nuevas lecturas a la documentación conocida. El conocimiento de nuestras raíces implica el estudio fiel de nuestro pasado, no tras confortaciones inútiles sino en pos del encuentro de nuestra propia identidad como pueblo dentro del contexto nacional.

sábado, 1 de septiembre de 2012

MUJERES SANTIAGUEÑAS DESTACADAS: Clementina Rosa Quenel














María Mercedes Tenti





  Clementina Rosa Quenel
    Nació en Santiago del Estero el 22 de agosto de 1901 y murió el 20 de septiembre de 1980 en su ciudad natal. Escritora de fina sensibilidad, en un mundo literario eminentemente masculino integró el grupo La Brasa.  Dejó obras trascendentes como ‘La luna negra” en la que se adentra a ‘los destinos desolados’ de su tierra y con la que obtuvo el Primer Premio Literario Regional de la Comisión Nacional de Cultura; “El bosque tumbado” en donde retrata el arrasamiento forestal  de su provincia; “Los ñaupas” con consejos, refranes y dichos de viejos paisanos. Escribió obras de teatro como ‘La Telesita’ y ‘El retablo de la gobernadora’. Fue una referente de las letras santiagueñas en ámbitos nacionales e internacionales. 

domingo, 26 de agosto de 2012

MOVIMIENTO OBRERO Y PERONISMO










María Mercedes Tenti






Planteo inicial

En las investigaciones sobre la historia del movimiento obrero argentino, los historiadores no coinciden en la interpretación de la influencia de los distintos sectores que lo integraban en la etapa de organización del peronismo, en particular en el período previo que llevó a la conformación del partido Laborista. Tampoco concuerdan en lo referente a la mayor o menor influencia de la vieja guardia sindical y al papel que les cupo a los nacientes sectores de trabajadores, especialmente a los provenientes del interior, y a los nuevos dirigentes surgidos como consecuencia de la conformación de nuevos gremios.
El propósito de este trabajo no es estudiar los hechos político – sociales, ni los cambios que se produjeron en la organización de los trabajadores. Se pretende examinar la perspectiva de los distintos autores que analizaron el tema, con el objeto de confrontarlos, compararlos y tratar de llegar a una conclusión que pueda servir para el estudio de esta etapa trascendental dentro de la historia del movimiento obrero argentino.

El movimiento obrero pre peronista

En 1930 se constituyó la Confederación General del Trabajo (CGT) a los pocos días de haberse producido el golpe de estado que derrocó al gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen. Sus comienzos fueron conflictivos como todos los intentos anteriores de constituir una central de trabajadores que nucleara a los distintos sindicatos, por entonces agrupados por rama de actividad, sumamente divididos y con bajos índices de afiliación.
Cinco años después se originó la primera fractura, y en 1943 al producirse el golpe militar de junio, los motivos de la división anterior se instalaron nuevamente en la agenda gremial, provocando una nueva ruptura. Al igual que entonces, la pretendida prescindencia política de la central de los trabajadores era cuestionada por algunos sectores, que en este caso, veían con desagrado, el acercamiento de otros a los grupos políticos próximos al gobierno de facto.
La denominada CGT 1, conducida por el socialista José Domenech, dirigente de la Unión Ferroviaria, en una actitud ¨neo – sindicalista¨ (del Campo, 1983), pretendía que la central no tuviese ningún tipo de relación política, argumento no compartido por la CGT 2, que agrupaba a socialistas, más próximos a las estructuras partidarias dirigidos por el diputado Francisco Pérez Leirós, y a sindicatos comunistas.
En ambas centrales primaban ciertos intereses de grupo y ambiciones individuales de poder. Ya por entonces el movimiento obrero, y más precisamente sus dirigentes, funcionarios rentados, se habían convertido en factores de poder y fueron conformando lo que hoy denominamos  ¨burocracia sindical¨. Frente a ello la mentada autonomía de los sindicatos anterior al peronismo no lo era acabadamente, ya que existía cierta limitación con respectos a los afiliados, quienes, al no ser las afiliaciones obligatorias, ¨castigaban¨ a los dirigentes con la desafiliación que provocaba, en consecuencia, la caída de los cotizantes (del Campo, 1983).
Si bien el representante del Departamento Provincial del Trabajo, advirtió en aquel tiempo a ambas centrales sindicales sobre la prohibición de participar en política y a pesar  de recibir el apoyo de la CGT 2, el gobierno dispuso intervenir la primera y clausurar la segunda, con el propósito evidente de neutralizar  ambas influencias.
Por la misma época el coronel Juan Domingo Perón asumió la dirección del Departamento de Trabajo, transformado poco tiempo después en Secretaría de Trabajo y Previsión Social, con rango ministerial. A partir de allí la flamante secretaría invitó a los dirigentes gremiales a participar en la redacción  de la nueva legislación social.  Desde entonces se inició un nuevo tipo de relación entre Estado y sindicatos que, luego de un período preparatorio de dos años, culminó con una alianza entre ambos que permitió el desarrollo del proceso populista argentino  desde 1946 en adelante (Pont). En realidad, más que un cambio en los sindicatos, la modificación de actitud provino del poder político.
Durante este período intermedio, y gracias a la vinculación de los dirigentes sindicales con el poder político, se sancionaron una serie de decretos-leyes que favorecían a los trabajadores, como los estatutos del peón, de obreros del petróleo y de empleados bancarios, de protección de la maternidad, sobre aprendizaje, trabajo y salario para los menores, vacaciones pagas y muchos más que luego, en el período peronista, fueron convertidos en leyes.
Los acontecimientos políticos – militares que culminaron con los sucesos del 17 de octubre de 1945, sirvieron para catapultar un movimiento obrero que adquirió conciencia de su fuerza, de su cohesión, y de su posibilidad de incidir en la política nacional para defender las conquistas logradas. La interpretación de este momento histórico desde la óptica del peronismo triunfante en las elecciones de febrero de 1946, fue elaborada a partir de la necesidad de marcar  un corte con el antiguo orden, de elaborar la imagen de una sociedad nueva en la que los nuevos trabajadores del interior, arribados a la gran ciudad como consecuencia de las migraciones internas, jugaron un papel preponderante en el respaldo a Perón, conductor y líder (Torre).

Distintas posturas

Quien primero analizó este período fue Gino Germani en su obra ¨Política y sociedad en una época de transición, de la sociedad tradicional a la sociedad de masas¨. Germani recurre a un modelo dicotómico para plantear el paso de una sociedad tradicional a otra desarrollada; considera que, al ser el cambio acelerado y repentino, coexistieron elementos de ambas. Según este modelo analítico, así como la inmigración extranjera masiva jugó un papel trascendental en la transformación de la sociedad argentina y en la modernización del país, a partir de la década del 40 fueron las masas provenientes del interior las que irrumpieron y permitieron el afianzamiento del liderazgo personalista de Perón. Este último fenómeno lo analiza desde la perspectiva de factores psicosociales, como el impacto que recibieron ante su entrada en la gran urbe y la continuidad de su cultura tradicional conformada ya desde la época colonial y que continuaba vigente.
Murmis y Portantiero, en ¨Estudios sobre los orígenes del peronismo¨, analizan la orientación del sindicalismo en esa etapa de transición y concluyen en la existencia de tres tipos de sindicatos: ¨viejos, nuevos y paralelos¨. Los sindicatos ¨viejos¨ eran los tradicionales anteriores a 1930 como los de los ferroviarios, gráficos y trabajadores del estado. Los ¨nuevos¨ eran los surgidos a partir de 1943 como consecuencia del crecimiento industrial. Y los ¨paralelos¨, nuevos sindicatos conformados en forma paralela a instancias de Perón, y en contraposición a los ¨viejos¨, en ramas en las que ya existían sindicatos.
Los autores afirman que fue la vieja guardia sindical la que participó en la acción política que permitió la consolidación de una nueva elite dirigente a partir del golpe del 43. Consciente de su importancia, Perón buscó su apoyo para penetrar en el interior del movimiento obrero y, con él, se catapultó al poder político. De esta manera, cuestionaban la línea interpretativa de Germani, ya que, según ambos, los actores sociales provenientes del movimiento obrero, podían delimitarse independientemente  de los cambios socio económicos producidos con anterioridad a la toma del poder por Perón.
Laura Golbert y Hugo Rapoport, siguiendo la línea interpretativa de Murmis y Portantiero, destacan la importancia de las estructuras sindicales anteriores al peronismo y restan trascendencia al argumento de la existencia de un quiebre generacional de la clase obrera, entre los antiguos sindicalizados y los nuevos proletarios provenientes del interior, y su influencia en el período analizado.
Juan Carlos Torre si bien comparte en líneas generales el análisis de Murmis y Portantiero, considera que el mismo no abarca en totalidad el complejo proceso. Rescata la postura de Germani, pero para incorporar una nueva dimensión analítica que tiene que ver con ¨la constitución de nuevas identidades colectivas populares¨. Considera que el análisis de los dos autores, focaliza en particular el problema social y descuida, en cierta medida, el político. Si bien la clase trabajadora, actúa según un interés de clase, buscando ampliar sus beneficios a través del Estado, para Torre, este proceso desemboca en una identificación política entre las masas y el conductor. De allí que la acción política no solamente es emprendida con el objeto de alcanzar mejoras materiales, sino que  tiene como objeto, fortalecer la identidad política colectiva de los actores sociales implicados.
Elena Susana Pont indaga la influencia de las características propias del proletariado argentino, en la consolidación del populismo peronista. Sostiene que la estructura proporcionada por los antiguos dirigentes y los sindicatos, y su accionar desde la nueva estructura partidaria creada al efecto, el partido Laborista, permitió el surgimiento del peronismo. Si bien el sindicalismo en esta etapa tenía un carácter autónomo (a nivel político y sindical), a partir de la disolución del partido laborista y la conformación  del peronista, se perdió la autonomía política de los gremios y parte de la sindical. En este punto disiente con Murmis, Portantiero y Torre que subrayan el carácter autónomo de los sindicatos durante los primeros años del gobierno peronista.
Hugo del Campo considera, al igual que Murmis y Portantiero, Torre y Pont, que la composición de los gremios anteriores al peronismo no cambió demasiado. El cambio se produjo recién a partir del ascenso de Perón a la presidencia de la república. Algo similar sucedió con la autonomía política del sindicalismo pre peronista, autonomía que, coincidiendo con Pont, fue perdiéndose a partir de 1946, en pos del liderazgo centralizado y autoritario de Perón.
Daniel James brinda una nueva visión respecto a las anteriores, para detenerse en la acción de los trabajadores y sus dirigentes el 17 de octubre desde una dimensión socio cultural no analizada hasta entonces. Pone énfasis en el apoyo de la clase obrera al proyecto reformista de Perón a partir de un ¨pragmatismo¨ de clase y no solamente por la necesidad de defender las conquistas socio económicas alcanzadas, sino también como una forma de cuestionamiento social a la jerarquía y a los símbolos de la autoridad.
Julio Godio adopta una postura intermedia, ya que considera que la clase obrera que apoyó a Perón surgió como producto de la conjunción de lo que denomina ¨memoria colectiva¨, integrada por los antiguos sectores sindicales, integrados por trabajadores extranjeros y criollos, y los nuevos asalariados  migrantes del interior del país, provenientes de sectores campesinos, incorporados al mundo urbano a través de las fábricas a partir de la década del 30. Los primeros encontraron en Perón la meta a sus antiguas luchas y los segundos la solución paternalista (por su tradición federalista y populista de la época de Yirigoyen), a sus reclamos sociales y laborales.
Samuel Baily, sostiene que Perón fue quien comprendió por primera vez que de los anhelos no cumplidos de los trabajadores podía obtener una ventaja política y aquí se observa un acercamiento al análisis de Torre. Sin embargo, a su juicio, Juan Perón debilitó la influencia del socialismo y del comunismo dentro del movimiento obrero y se apoyó en los trabajadores provenientes del interior que, por sus tradiciones, permitieron el desarrollo de sus ideas nacionalistas, que desembocó en  la conformación de una fuerza política independiente sustentada en esos sectores. El autor afirma que entre migrantes del interior y trabajadores sindicalizados surgió una especie de disputa por ocupar el lugar protagónico dentro de las estructuras gremiales, que terminó con el triunfo de los primeros, en una especie de ¨nacionalismo criollo¨, a su juicio dominante dentro del movimiento obrero. Baily trata de demostrar la conformación de lo que denomina ¨nacionalismo criollo¨, a partir del apoyo de los nuevos trabajadores a Perón.
Con algunos puntos coincidentes, Rubén Rotondaro cree que el acercamiento entre estado y sindicatos se vio favorecido por la conformación de nuevos gremios. Sus dirigentes generaron una nueva corriente de opinión que fue la que impulsó la candidatura de Perón a la presidencia. Sin embargo, no deja de reconocer la importancia del apoyo al nuevo líder de los sindicatos claves como Unión Ferroviaria, obtenido luego de la intervención  en 1943 a cargo del coronel Mercante, que finalizó al año siguiente con elecciones normalizadoras que catapultaron una dirigencia que apoyó el proceso.
Hugo Leguizamón, concuerda en general  con las posturas de Rotondaro y Bailly en lo que respecta al papel asignado a los nuevos trabajadores llegados a la gran ciudad. Asigna mucha importancia a la actuación de los gremios paralelos creados a instancia de Perón, allí donde los dirigentes tradicionales ponían obstáculo para el desarrollo de sus planes. Si bien los comunistas quisieron coparlos, mayormente no tuvieron éxito, debido a que los dirigentes peronistas contaron pronto con el apoyo de las masas obreras. Por su parte, Santiago Senén González y Fabián Bosoer, insisten en la existencia de un corte generacional (oponiéndose así a lo sostenido por Golbert y Rapoport), fruto de las migraciones a la gran ciudad, que dará como consecuencia el surgimiento de una nueva generación de dirigentes gremiales, totalmente diferenciada de la anterior, que fue la que principalmente apoyó a Perón, concordando con la versión tradicional peronista.

A modo de síntesis
Frente a estas disímiles interpretaciones, que, sin embargo, tienen algunos puntos coincidentes que fui señalando a lo largo del trabajo, creo que resulta más interesante detenernos en las que aportan análisis más esclarecedores. El precursor es, indudablemente, Gino Germani, por el enfoque social de su estudio, y por el peso que pone en los factores  psico sociales y culturales que influyeron en la adhesión a Perón de los nuevos actores sociales que irrumpieron en escena. Esta orientación, si bien difiere de la ¨oficial¨ peronista, da mayor importancia al aporte de los nuevos trabajadores llegados a la capital y sus alrededores.
Daniel Murmis y Juan Carlos Portantiero, desde una perspectiva socio económica, tratan de indagar la influencia que el nuevo proceso industrial generado a partir de la década del 30 ejerce sobre la alianza de clases dominantes y el movimiento obrero. Para ellos, fueron los antiguos dirigentes los que permitieron la conformación de una nueva elite sindical que permitió la llegada de Perón al poder, todo, independientemente de los cambios económicos y sociales que se produjeron por entonces. Si bien  hacen una diferenciación en tipos de sindicatos, diluyen la separación entre vieja y nueva clase obrera, ya que consideran que ambas comparten en los años 30 la explotación propia del sistema capitalista.
Juan Carlos Torre, fiel a su estilo, busca la interpretación política de los problemas socio económicos. De allí su crítica al enfoque de Murmis y Portantiero, que, a su juicio, descuida el problema político y  mira sólo desde la perspectiva de la lucha social. Torre reconoce la presencia del interés de clase en la lucha, pero cree que en ella también late una conciencia política. Por lo tanto, la atención puesta por las masas, no fue sólo para reparación de intereses materiales, sino que se trató de una identificación política directa con la figura de su líder. No sólo encontraban en Perón  la satisfacción de sus planteos referentes al mejoramiento del nivel de vida y de trabajo, sino que buscaban, y lo encontraron, el reconocimiento de su calidad de ciudadanos, es decir, la salida del estado de marginalidad política en que se encontraban.
Daniel James al estudiar lo que ocurrió el 17 de octubre, desde otros ámbitos distintos a Buenos Aires, en particular Berisso y La Plata, trata de indagar el problema desde una perspectiva simbólico cultural. Difiere de la interpretación de Murmis y Portantiero y de Hugo del Campo en el sentido de la continuidad del movimiento sindical anterior al peronismo. En cierto modo reivindica la intuición planteada por Gino Germani de la importancia del peronismo como punto de inflexión en la historia argentina. Para James, con el peronismo se da una ruptura, más que una continuidad.
También difiere del análisis de Murmis y Portantiero en lo concerniente a la búsqueda de beneficios materiales por parte de los trabajadores, para enfatizar cuestiones referentes a la identidad de las masas con su líder y a temas de carácter simbólico. A su juicio fue la identidad que se forjó en el 45 la que permitió la continuidad del movimiento peronista.
A pesar de los importantes aportes, creo que el tema no está resuelto. Falta indagar más sobre los años previos al peronismo y no solamente en Buenos Aires y las principales ciudades, sino en todo el país, puesto que el peronismo surgió como un movimiento nacional que, con variantes, aún conserva esa característica.
Creo que no fue homogéneo el comportamiento de los trabajadores en la etapa anterior a 1945, y que debe investigarse aún más, inclusive desde la influencia del radicalismo y el conservadorismo  que tenían mayor peso político en el período analizado, ya que por lo general se estudia mayormente desde el ascendiente del socialismo y comunismo. Quizás parezca absurdo relacionar en esta etapa al movimiento obrero con los partidos conservador y radical, pero se debe considerar que la clase obrera en el momento de votar (aún reconociendo el fraude), optaba por alguno de estos dos partidos. Muchos de sus caudillos se pasaron luego al peronismo y continuaron ejerciendo su ascendencia sobre los asalariados.
A esto debemos sumar la necesidad de reconstruir las fuentes referentes a los trabajadores, ya que hay un olvido sistemático: carencia de repositorios, falta de conciencia de conservar la memoria por parte de los propios trabajadores, además de intentos concretos desde sectores del poder de borrar la memoria  colectiva.

Bibliografía

- Baily, Samuel; Movimiento obrero, nacionalismo y política en la Argentina; Paidós; Buenos Aires, 1984.
- Campo, Hugo del; ¨Sindicatos, partidos ¨obreros¨ y Estado en la Argentina preperonista¨, ponencia presentada en las VII Jornadas de Historia Económica, rosario, setiembre de 1985.
- Campo, Hugo del; Sindicalismo y peronismo, los comienzos de un vínculo perdurable; Clacso; Buenos Aires, 1983.
- Germani, Gino; Política y sociedad en una época de transición, de la sociedad tradicional a la sociedad de masas; Paidós, Buenos Aires, 1962.
- Godio, Julio; El movimiento obrero argentino (1943 – 1955); Legasa; Buenos Aires, 1990.
- Golbert, Laura y Rapoport, Hugo; ¨El movimiento obrero argentino en la década infame¨, en Historia del movimiento obrero; Nº 49; Centro editor de América Latina; Buenos Aires, 1973.
- James, Daniel; ¨17 y 18 de octubre de 1945: el peronismo, la protesta de masas y la clase obrera argentina¨; en Desarrollo económico; Nº 107; Buenos Aires, octubre – diciembre de 1987.
- James, Daniel; Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora en la Argentina; Sudamericana; Buenos Aires, 1990.
- Leguizamón, Hugo; ¨Argentina: el 17 de octubre de 1945¨, en Historia del movimiento obrero; Nº 63; Centro editor de América Latina; Buenos Aires, 1973.
- Murmis, Miguel y Portantiero, Juan Carlos; Estudios sobre los orígenes del peronismo; Siglo XXI; Buenos Aires, 1987.
- Pont, Elena Susana; Partido Laborista: Estado y sindicatos; Centro editor de América Latina; Buenos Aires, 1984.
- Rotondaro, Rubén; Realidad y cambio en el sindicalismo; Pleamar; Buenos Aires, 1971.
- Senén González, Santiago; Breve historia del sindicalismo argentino; Alzamor; Buenos Aires, 1974.
-  Senén González, Santiago y Bosoer, Fabián; ¨Los gremialistas y el 17 de octubre¨; en Todo es historia; Nº 339; Buenos Aires, octubre de 1995.
- Torre, Juan Carlos; ¨Interpretando (una vez más) los orígenes del peronismo¨; en, Mackinnon, María Moira y Petrone, Mario Alberto; Populismo y neopopulismo en América Latina, el problema de la Cenicienta; EUDEBA; Buenos Aires, 1998.

martes, 7 de agosto de 2012

LOS NACIONALISTAS ANTE EL GOLPE DE ESTADO DE 1930



María Mercedes Tenti

Introducción

Resulta difícil conceptualizar al nacionalismo ya que el concepto encierra significados diversos según se trate de una ideología, un grupo político o de un movimiento cultural. El nacionalismo surgió en Europa a comienzos del siglo XIX; puede tener distintas significaciones: la doctrina política que contempla el desarrollo autónomo de una colectividad; puede abarcar el dato psicológico y emotivo, como un estado de ánimo; puede también referirse a la idea de autodeterminación y autogobierno, en algunos casos a favor de un grupo privilegiado[1].
Si bien los nacionalistas nunca constituyeron un partido político, los intelectuales que profesaban las ideas así denominadas ejercieron importante influencia o actuaron como nexo en diversos sectores de poder, especialmente en los militares. Sus fuentes doctrinarias eran de diverso origen. Algunos se remontaban a las Siete Partidas de la España del medioevo, al carlismo español, o al franquismo,  otros imitaban las normas de Charles Maurras o admiraban a Benito Mussolini. La mayoría se mostraban tradicionalistas, con una fuerte adhesión al pasado, antipositivistas y algunos con marcada fidelidad al catolicismo.
En general, el nacionalismo es un fenómeno complejo, heterogéneo, y que varía según las distintas etapas históricas en que actuaron sus sostenedores. También implica una conciencia de pertenencia por parte de quienes así se definían, al mismo tiempo que un reconocimiento como tales por parte de quienes no compartían sus ideas.
Para Eric Hobsbawn, el sentimiento de pertenencia que permite consolidar la identidad colectiva, se establece según cuatro aspectos destacables: 1º) De manera negativa, al reconocer un ¨nosotros¨, diferente a un ¨ellos¨. Es decir, que se afianza no tanto a partir de las semejanzas entre quienes integran un grupo, sino desde las diferencias con el grupo opuesto.  2º) Las identidades son intercambiables o combinadas con diferentes características. 3º) No son fijas, se cambian y se modifican según las circunstancias. 4º) Dependen del contexto, que al igual que las circunstancias, se modifica[2].
Si bien genéricamente podemos dividir al nacionalismo en nacionalismo de elite y nacionalismo popular, integran el variado espectro de ¨los nacionalistas¨, tradicionalistas católicos,  filofascistas, nacionalistas doctrinarios, nacionalistas republicanos, de matriz laico – democrática, de base católica popular, de derecha, de izquierda, y varios otros, según la interpretación de los distintos autores que abordaron la problemática[3].
En el presente trabajo se pretende discernir el papel que jugaron los principales teóricos del nacionalismo en el golpe militar de 1930 que derrocó a Hipólito Yrigoyen del poder e inició una serie de golpes de Estado en la Argentina, en los que los militares desempeñaron un rol preponderante como grupo de presión y de poder. A partir de entonces las relaciones entre civiles y militares fueron más estrechas y contribuyeron a la persistencia de la debilidad institucional que caracterizó la mayor parte del siglo XX.

Los alegatos de Lugones

Leopoldo Lugones jugó un papel decisivo en la formación de la ideología del golpismo militar. Contribuyó en forma concluyente a crear un clima golpista tres años antes de producirse efectivamente el golpe de Estado de Uriburu, ya que en su lógica estaba planteado el nuevo tipo de correspondencia entre el poder civil y el militar. Esta correspondencia es la preocupación de Victoria Itzcovitz que investiga sobre la naturaleza de las estructuras sociales, políticas e ideológicas que condujeron a la consolidación del predominio de las instituciones militares[4].
A pesar de sus primitivas ideas anarquistas y socialistas de fines del siglo XIX y principios del XX, y de los cargos públicos que ocupó durante distintos gobiernos, incluidos los radicales, Leopoldo Lugones poco a poco fue desarrollando ideas nacionalistas, coincidentes con el desarrollo de concepciones antidemocráticas y fascistas en Europa, y como una reacción en contra de la revolución comunista rusa y su posible vinculación con los hechos de la ¨semana trágica¨ y de la ¨Patagonia trágica¨.
Para Lugones el país se enfrentaba a una doble amenaza, encarnada fundamentalmente en la inmigración extranjera, portadora de ideas anarquistas y maximalistas, y en la integración a la vida política de nuevos sectores sociales que desestabilizaban el orden imperante.
Sus críticas al sistema democrático se manifestaban en el odio exacerbado hacia los extranjeros que, a su juicio, actuaban respondiendo a una confabulación internacional que conduciría a una guerra nacional, por cuanto ¨no hay guerra civil con extranjeros¨[5], afirmaba. Su xenofobia se exteriorizaba permanentemente en sus escritos en los que proponía desde partir de una política inmigratoria selectiva, hasta la expulsión lisa y llana de aquellos considerados indeseables por sus ideas.
Con respecto a sus ideas políticas, descalificaba a la democracia mayoritaria, a las instituciones legislativas y a la propia constitución. Criticaba a la política y a los políticos, especialmente a los radicales y sentía una repulsa manifiesta por el ¨bajo pueblo¨, negándoles, en consecuencia, capacidad para elegir a sus gobernantes.
Otorgaba al ejército un papel jerárquico y aristocrático, y consideraba que había llegado ¨la hora de la espada¨, puesto que ésta era la única institución capaz de poner orden y jerarquía en la sociedad ya que contaba con la trilogía indispensable para ello: jerarquía, disciplina y mando[6]. Esta idea fue puesta de manifiesto en el discurso pronunciado en Lima en ocasión del centenario de la batalla de Ayacucho en 1924.
Consideraba que la amenaza venía desde el exterior, producto de la influencia del maximalismo. Por ello propiciaba la guerra a lo extranjero y la exaltación del amor a la patria, considerada como un bien de los argentinos. El pacifismo escondía el culto al miedo, de allí la importancia del ejército, la ¨última aristocracia¨[7].
En ¨La  grande Argentina¨, luego de señalar la incapacidad del pueblo para entender el plan de progreso de la república, por él planteado, señalaba como objetivo del gobierno asegurar el bienestar a través del orden, la libertad, la igualdad y la defensa. Para ello, el gobierno debía estar compuesto por los idóneos, y así el orden se transformaba en la imposición de la equidad[8]. Luego de unas ¨vacaciones políticas¨ por unos diez años, proponía reestructurar el aparato del Estado a través de una organización corporativa y verticalista de los tres poderes.

Otros alegatos

Miguel Carlés fue presidente de la Liga Patriótica durante veintiocho años. En su discurso ¨Salvemos el orden y la tradición nacional¨, pronunciado en la Sociedad de Beneficencia en 1919 enunciaba la trilogía básica de la asociación: ¨Dios, patria y hogar¨. Coincidía con la xenofobia de Lugones y, en oposición a la influencia extranjera, exponía la vuelta a la tradición y al ¨espíritu de la moral argentina¨[9].
El director de ¨La Nueva República¨, periódico nacionalista aparecido durante la presidencia de Alvear, era el entrerriano  Rodolfo Irazusta, influenciado por la derecha francesa (integralista) de Charles Maurras, al igual que su hermano Julio. Ambos cuestionaban el legado de la revolución francesa y se declaraban enemigos del liberalismo.
Para los Irazusta, la iglesia y el ejército (en esto coincidían con Lugones) eran quienes estaban desde la fundación de la patria. En un principio se mostraron enemigos del sistema democrático, aunque más adelante valoraron esta forma de gobierno, al igual que al ¨pueblo¨ que antes identificaban con el ¨populacho¨.
En el artículo sobre ¨La mejor forma de gobierno¨, escrito en ¨La nueva República¨ en 1928, Julio Irazusta mostraba a la Constitución como  fuente del caos y del desorden y consideraba que la democracia que se practicaba por entonces era el sistema más absurdo. La democracia era ¨la utopía, la abstracción¨. El gobierno republicano implicaba la aceptación de las diferencias, de la superioridad de la posición, de la cultura y de la edad. Se debía tender a un buen entendimiento entre trabajadores y capitalistas[10]. De allí su apoyo al sufragio restringido.
Entendía la república como cosa pública; pero no significaba la participación del pueblo. La democracia era una alteración del orden; en consecuencia, el desorden. Los partidos políticos debían sustentar ideas; por tanto las corporaciones eran quienes verdaderamente podían representar los intereses profesionales, económicos y sociales. Se debía poner fin a la ley Sáenz Peña, origen de la anarquía.
Rodolfo Irazusta emprendió un análisis de la constitución para entender la crisis de la república. Coincidía con su hermano en la concepción de república como cosa pública. Repúblicanismo y democraticismo no eran lo mismo; eran, a su juicio, antitéticos. En el gobierno representativo no había una delegación real del poder. La solución eran formas corporativas, según las cuales las elecciones debían darse entre hombres de igual condición social o profesional[11]. Federalismo y democracia también eran incompatibles; o se daba uno u otra.
En el programa de gobierno de ¨La nueva República¨, sus adherentes proponían  un sistema uninominal por circunscripciones, la derogación de la Ley Sáenz Peña y el establecimiento del voto censitario, un Código Penal más severo, inmigración selectiva, supresión de la enseñanza laica y respaldo al tradicionalismo.
En la revista ¨Criterio¨, de orientación católica,  colaboraron numerosos autores provenientes de sectores del nacionalismo católico entre los que descolló Ernesto Palacio, también jefe de redacción de ¨La nueva República¨. Palacio consideraba que los pueblos obedecían a las pasiones, no a la razón; en consecuencia, se equivocaban. Contrariamente no se equivocaban, cuando se oponían a un régimen o cuando aceptaban a quien velaba por el bienestar general (soberanía del pueblo). La satisfacción del bienestar del pueblo decidía la legitimidad o no del gobierno, aunque el pueblo no tenía discernimiento para distinguirlo. Como el pueblo no tenía ideas definidas, podía favorecer sin quererlo a un verdadero hombre de gobierno[12] .
Por entonces, su postura era antipopular y con tendencia a la dictadura. Su concepción era elitista y menospreciaba el rol del pueblo. Al final del artículo ¨El pueblo y la política¨, está la clave para entender su posterior adhesión al peronismo, ya que sostenía que el líder era capaz de encorsetar a la masa. El líder establecía los límites dentro de los que se movía la masa.

Conclusión
En general los autores analizados tienen un discurso clasista,  dirigido a una minoría intelectual. Planteaban una nueva relación entre sociedad civil y poder político en la que el papel del ejército como grupo de poder era decisivo. Establecían como objetivo principal modificar el régimen democrático vigente por un sistema corporativo en el que debían participar los más capaces o más representativos. En consecuencia, el voto censitario era imprescindible para garantizar la nueva República.
Coincidían en general en la crítica al parlamentarismo, especialmente Lugones, aunque Palacio proponía una suerte de restauración de las instituciones. Lugones se mostraba por lo general anticristiano, a diferencia de Palacio que militaba en el catolicismo, si bien al final de su vida, el primero,  adhirió a la religión católica. La xenofobia acentuada hacia los extranjeros está presente tanto en Lugones como en los Irazusta y Carlés.
Con referencia al trabajo de Itzcovitz sobre la ideología de Lugones, se advierten ciertas debilidades tales como que no indaga por qué caminos Lugones cambia de orientación de revolucionario a reaccionario. En su pensamiento se dan múltiples cruzamientos de ideas que el texto no analiza ya que se basa especialmente en las memorias de su hijo que, obviamente no son imparciales.
Quizás falta un estudio analítico de las distintas influencias literarias, filosóficas, etc. que condujeron a sus cambios de postura, además de la situación interna (semana trágica y rebelión de la Patagonia) y externa (revolución bolchevique), señalados como determinantes por la autora. Si bien destaca el ataque de los nacionalistas a la figura de Yrigoyen, quedan desdibujadas las causas de dicho ataque. En realidad se atacaba al sistema; se atacaba a Yrigoyen porque representa el sistema. Se atacaba, en definitiva,  al sistema democrático.
Los nacionalistas miraban al sistema político vigente como un régimen que había cercenado antiguas tradiciones (en los Irazusta se advierte una defensa encendida hacia el federalismo). Constituían una elite que respondía a los intereses de la clase propietaria, representados por un hombre fuerte - como Mussolini en Italia -, de ahí el apoyo a Uriburu.
Muchos de los postulados adoptados por los nacionalistas aquí analizados, fueron tomados por los militares que intervinieron en el golpe militar que derrocó a Irigoyen en 1930 y por otros que jugaron un papel preponderante en la política nacional a lo largo de muchos años. Si bien sus ideas no alcanzaron difusión entre los sectores populares, ya que no fueron capaces de galvanizar a las masas, gravitaron sobre todos los sectores políticos del país.
Se relacionaron especialmente con los militares y con la iglesia católica y, aunque en general representaban a la derecha, también ejercieron su influencia posteriormente sobre sectores de izquierda, con sus mitos, sus técnicas propagandísticas y su perfil ideológico. Asimismo los nacionalistas dejaron sus huellas en casi todos los aspectos de la vida pública como la literatura, el arte, el periodismo, la educación, además de la iglesia y la política ya mencionados.
En la actualidad, frente a un mundo globalizado, comenzaron a reaparecer antiguas formas remozadas de nacionalismo que ya se creían desterradas, tales como propuestas para transformar estados multi culturales en territorios mono – étnicos y mono – culturales[13], al decir de Hobsbawn, todo tras la búsqueda de nuevas identidades colectivas.
Sin embargo, estas formas nuevas de nacionalismo, no significan de ninguna manera una vuelta a posturas antiguas, sino que surgen como un fenómeno sociológico nuevo. De allí que su análisis debe realizarse con nuevos abordajes desde una perspectiva multidisciplinar y dentro del contexto en el cual se desarrollan.

 Publicado   en Revista La Fundación Cultural N° 52, septiembre de 2012, Santiago del Estero, p. 14-18.

Bibliografía

-          Barbero, María Inés y Devoto, Fernando; Los nacionalistas; Centro Editor de América Latina; Buenos Aires; 1983.
-          Bobbio, Norberto y Matteucci, Nicola; Diccionario de política. Siglo XXI. México, 1986.
-          Criterio; Buenos Aires; 12/9/1929; Año II, Nº 80.   ¨El pueblo y la política¨.
-          Criterio; Buenos Aires; 19/9/1929; Año II, Nº 81. ¨El pueblo y la política¨.
-          Hobsbawm, Eric; ¨La izquierda y la política identitaria¨, en Apuntes de investigación; CECYP; Nº 2/3; Buenos Aires, 1998.
-          Hobsbawm, Eric; ¨Nación, estado, etnicidad y religión: transformaciones de la identidad¨; en Anuario 16; Escuela de Historia; Universidad Nacional de Rosario; Rosario, 1994.
-          Itzcovitz, Victoria; ¨La ideología golpista antes de 1.930 (Los escritos políticos de Leopoldo Lugones)¨, en El bimestre económico social; Buenos Aires, 1986.
-          Rock, David; La Argentina autoritaria, los nacionalistas, su historia y su influencia en la vida pública; Ariel; Buenos Aires, 1993.




[1] Bobbio, Norberto y Matteucci, Nicola; Diccionario de política. Siglo XXI. México, 1986; p.1080-1081.
[2] Hobsbawm, Eric; ¨La izquierda y la política identitaria¨, en Apuntes de investigación; CECYP; Nº 2/3; Buenos Aires, 1998; p. 7-9.
[3] Barbero, María Inés y Devoto, Fernando; Los nacionalistas; Centro Editor de América Latina; Buenos Aires; 1983.
[4] Itzcovitz, Victoria; ¨La ideología golpista antes de 1.930” en El bimestre económico social; Buenos Aires, 1986; p. 7.
[5] Ibídem; Pág. 8.
[6] Ibídem; p 10-11.
[7] Barbero, María Inés y Devoto, Fernando; Los nacionalistas; p. 56.
[8] Ibídem; p. 61.
[9] Ibídem; p. 42.
[10] Ibídem; Pág. 101 a 103.
[11] Ibídem; ´p. 105.
[12]Palacio, Ernesto;  Criterio; Año II, Nº 81; Buenos Aires, 1929; p. 76 -77.
[13] Hobsbawm, Eric; ¨Nación, estado, etnicidad y religión: transformaciones de la identidad¨; en Anuario 16; Escuela de Historia; Universidad Nacional de Rosario; Rosario, 1994; p. 16.

domingo, 29 de julio de 2012

LA INDEPENDENCIA ARGENTINA


María Mercedes Tenti
El complejo proceso de revolución e independencia argentina se inició en 1810 y culminó en 1816, proceso que se abrió con la revolución de mayo, en Buenos Aires, dando paso a un nuevo orden político y  alcanzó su punto descollante con la declaración de la independencia, el 9 de julio en Tucumán, mostrando la apertura del poder revolucionario hacia ese interior que le había sido fiel y que había contribuido tanto a las guerras de la independencia.  El camino recorrido no fue fácil ya que tuvo que transitarse en medio de disputas entre los defensores y detractores de ese nuevo orden. La fragmentación de la antigua unidad virreinal fue una de sus consecuencias.
A pesar de la ruptura del antiguo régimen no lograba cristalizarse la independencia. Quizás el momento más radical de la revolución fue en 1813, en ocasión de celebrarse la Asamblea General Constituyente que, si bien no dictó una constitución, avanzó en la consolidación de la soberanía con la sanción de la libertad de prensa, la libertad de vientres, la extinción del tributo, de la mita y el yanaconazgo, la supresión de los títulos de nobleza y la exclusión de la fórmula de juramento de fidelidad al rey  Fernando VII.
A partir de entonces, la tensión entre la capital y el resto de las jurisdicciones fue una constante, tensión que obstaculizaba el camino hacia la emancipación. Pero, producido del regreso de Fernando VII al trono luego de la derrota de Napoleón Bonaparte, y de las circunstancias adversas en territorio americano, en particular porque los ejércitos nativos  habían sido derrotados en el norte y en Chile, los criollos vieron  la perentoria necesidad de reunirse en Tucumán, en 1816, para definir los destinos de esta nación en  formación.
Unos y otros, de una u otra manera, eran partícipes de este intrincado proceso: En las guerras de la independencia en contra del avance realista participaron criollos, indígenas y negros; En la Banda Oriental, Artigas comandaba a la población, que se organizaba a partir de verdaderas asambleas populares de la campaña; En el norte Martín Güemes impedía el avance español, con una guerra de guerrillas sostenida por sus gauchos  y en Cuyo, José de San Martín,  organizaba el ejército de los Andes con el aporte de toda la sociedad cuyana.
Mientras tanto, el Congreso, reunido en Tucumán, integrado por representantes de cada una de las regiones del antiguo virreinato -con excepción del litoral y de la Banda Oriental- debía decidir sobre cuestiones claves como la independencia, la forma de gobierno y la organización de la nación. El camino no era fácil. Sin estar en el seno del propio congreso, San Martín, desde Cuyo, y Belgrano, de paso por Tucumán, insistían en la necesidad de declarar la independencia.
El 9 de julio de 1816 se concretó el reconocimiento solemne de la independencia de los reyes de España, sus sucesores y metrópoli, tal como reza la declaración firmada por cada uno de los diputados asistentes. Diez días después, el 19 de julio, se agregó, a continuación de la propuesta de emancipación, “y de toda otra dominación extranjera”. Con ello se echaban por tierra los intentos de establecer un protectorado europeo.
La declaración revitalizaba la revolución en un momento de grave peligro por la embestida española. La independencia simbolizaba, políticamente, plasmar la voluntad de la nación de asumir plenamente la soberanía y conducir por sí su destino, sin sujeción a ningún poder exterior. Fue un paso fundamental para solidificar el poder político de la comunidad nacional, estructurado sobre la base de instituciones propias que la sostenían. Para ratificar esta decisión soberana, el 25 de julio el Congreso aprobó la bandera celeste y blanca, creada por Manuel Belgrano, como símbolo fundante de la nación.  
A pesar de las diferentes ideas imperantes entre los diputados, respecto a la forma de gobierno a adoptar, todos y cada uno de ellos fueron coherentes con el mandato dado por los pueblos a los que representaban y concretaron el principal objetivo del congreso: la independencia nacional. El 9 de julio de 1816 se puso fin, definitivamente, al orden colonial.
Los congresales ratificaron su voluntad de independencia de las “provincias unidas de Sud América”. ¿Por qué de Sud América? La Argentina, tal cual la concebimos hoy, todavía no estaba delimitada. La voluntad de la unión de los pueblos que componían el antiguo virreinato estaba vigente y trascendía sus fronteras; prueba de ello era la propuesta de Belgrano de una monarquía incaica para definir la forma de gobierno, y la posterior campaña libertadora de San Martín,  cruzando los Andes rumbo a Chile y navegando el Pacífico hacia el Perú, para lograr la independencia americana.
Hoy, frente a nuevas formas de penetración extranjera, frente a una economía globalizada que pretende condicionar las políticas nacionales, nuestros representantes deben ser también coherentes con el mandato dado por la ciudadanía, dejar de lado sus intereses partidarios y unirse en pos de consolidar la independencia nacional que costó tanto conseguirla y que cuesta aún más mantenerla.
¿Cuál es hoy, para los argentinos, la dimensión de la independencia en este mundo globalizado? Sin lugar a dudas la respuesta no es unívoca. Sin embargo, todos somos conscientes que deben estar presentes valores como consolidar la democracia, respetar las diferencias de opiniones e ideas, hacer más equitativa la distribución de los recursos públicos, fortalecer la autodeterminación de la Argentina como nación, reafirmando, permanentemente, el ejercicio de su soberanía. El camino está trazado y, con convicción, lo seguimos transitando.

Discurso pronunciado en el acto del 9 de julio de 2012

viernes, 27 de julio de 2012

CUADERNOS DE INVESTIGACIÓN


María Mercedes Tenti
Me toca presentar el Segundo Cuaderno de Investigación del Equipo Política y Ciudadanía en Santiago del Estero, continuación de una serie de publicaciones de este mismo grupo de trabajo, iniciado con el libro El protector ilustre y su régimen, compilado por María Isabel Silveti y continuado con el primer Cuaderno de Investigación, recién presentado, que tienen como eje o núcleo aglutinador los estudios sobre el juarismo en Santiago del Estero.
Aportan a este segundo cuaderno investigadores consolidados como Homero Saltalamacchia y Roberto Follari, además de la mencionada Marisa Silveti y jóvenes investigadores como la ya doctorada Celeste Schneyder y los doctorandos Ernesto Picco, Romina Cordero y Hernán Campos.
Procedentes de distintas disciplinas aportan, desde diversos ángulos y miradas, perspectivas de investigación,  teóricas y metodológicas orientadas todas a ampliar la visión del tema que les preocupa en esta provincia periférica, con características particulares, mostrando que el trabajo interdisciplinario es posible.
Tanto la presentación como los avances de investigación y el taller metodológico están centrados en el estudio del juarismo en su última etapa, como aporte para entender la política subnacional, según lo expresa Celeste Schnyder, presentando como particularidad el estudio de caso del funeral de Carlos Juárez como una contribución para entender la política local, sus redes y entramados, sus alianzas y su impacto en la sociedad.
El tema de la muerte, abordado especialmente a partir de la antropología, hoy ha trasvasado las fronteras de esta disciplina para entrecruzarse con casi todas las ciencias sociales y las humanidades. La historia, la sociología, la política, la psicología social, entre otras, recurren a esta cuestión con el propósito de entender acontecimientos y procesos.
El mundo de representaciones que se abre a partir de esta temática cruza el límite de lo particular para atravesar lo intercultural y lo universal. Sin embargo, el estudio de sus rituales y significados nos permitirá ver más allá de las exteriorizaciones para inferir otros aspectos que las trascienden y que tienen que ver con lo cultural en general y con la cultura política en particular, para el caso que nos interesa.
A partir de la descripción minuciosa de los momentos y circunstancias que arrancan con la muerte de Juárez, en una especie de cartografía espacial y temporal, Romina Cordero y Hernán Campos nos sitúan en el escenario mismo del ritual en el que sus protagonistas, cual actores de una trama, van dejando las huellas que serán interpretadas luego a posteriori de la representación. Interesa todo: las presencias, las ausencias, las expresiones, los cánticos, la ubicación de todos y cada uno, el entorno, el público. La observación participante es la técnica elegida por los autores a los efectos de plasmar el resultado de su investigación.
Esta introducción al tema de la muerte es utilizada por Ernesto Picco para analizar las muertes más significativas de políticos ocurridas en Santiago del Estero en las dos últimas décadas, a la luz de tres categorías teóricas: reivindicación, amenaza y oportunidad, entendidas cada una dentro del contexto temporal y político en que se produjeron: Benjamín Zavalía, César Iturre, Juan Rodrigo, Mario Bonacina, Fernando Lobo y Carlos Corbalán. La apropiación, significación y resignificación de cada una de estas muertes dependerá del momento y de las circunstancias políticas en que sucedieron.
Luego de estos desarrollos, María Isabel Silveti se formula una serie de preguntas que orientarán su investigación relacionada con las exequias y los factores que inciden en la mayor o menor importancia de las mismas, para formular y afirmar su hipótesis relacionada con las decisiones que toman los actores gubernamentales a la hora de intervenir sobre ellas.
Enmarcado en este desarrollo, el metodólogo Homero Saltalamacchia aprovecha los ejemplos precedentes para poner en el tapete una cuestión no siempre resuelta en el ámbito de las ciencias sociales que tiene que ver con los estudios de caso y su mayor o menor aporte, al no poder formular conclusiones generalizadoras y reducir la propuesta a una categoría marginal. Luego de un análisis epistemológico y metodológico propone su hipótesis sobre la posibilidad de producir teorías individuales que pueden servir para futuros estudios comparados, respaldando, de este modo, las investigaciones realizadas.
En la última parte del Cuaderno N° 2, además de un estado de la cuestión sobre el juarismo, realizado por Ernesto Picco, y consideraciones de Marisa Silveti sobre el trabajo con becarios, se trascribe la entrevista a Roberto Follari luego de la publicación de su libro La alternativa neopopulista, en la que el autor reflexiona sobre su postura respecto de esta categoría analítica, muchas veces tomada por otros autores en forma peyorativa. Señala las diferencias que, a su juicio, son un parte aguas entre populismo y neopopulismo tales como la radicalización ideológica de los segundos y el conservadurismo de los primeros, teniendo como elementos en común el antiliberalismo, el nacionalismo y el fenómeno popular de masas. Reafirma que el neopopulismo es una teoría de lo político y que la democracia neopopulista es más democrática que la liberal, por lo que, concluye, se debe repensar la democracia desde teorías que vayan más allá del liberalismo.
En síntesis este segundo cuaderno de investigación, complemento del primero, si bien avanza sobre la teoría sustentada en aquél -incorporando avances de investigación- no deja de lado los aspectos teórico-metodológicos que los sostienen. Con todo, no es un caso cerrado. Más bien estamos seguros que ambos cuadernos serán sólo el inicio de otros más que darán continuidad y relevancia a este esfuerzo mancomunado de investigar en equipo desde distintos ámbitos académicos, pero con un objetivo común.

Presentación en la UNIVERSIDAD NACIONAL DE SANTIAGO DEL ESTERO, junio de 2012 

EL FOLCLORE EN LASLUCHAS POR LA ORGANIZACIÓN NACIONAL   https://www.academia.edu/168899440/El_folclore_en_las_luchas_por_la_organizaci%C3%B3...