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sábado, 26 de julio de 2014

FORMACIÓN Y CAMBIOS DEL ESTADO ARGENTINO Entre el siglo XIX y el XXI


MARÍA MERCEDES TENTI
Para Oszlak la estatidad supone una serie de propiedades: 1) capacidad de externalizar su poder, obteniendo reconocimiento como unidad soberana; 2) capacidad de institucionalizar su autoridad, imponiendo una estructuras de relaciones de poder que garantice su monopolio sobre los medios organizados de coerción; 3) capacidad de diferenciar su control, a través de instituciones públicas, profesionalización de sus funcionarios y control centralizado sobre sus variadas actividades: y 4) capacidad de internalizar una identidad colectiva, a través de símbolos que refuerzan sentimientos de pertenencia y permiten el control ideológico como mecanismo de dominación.
El Estado nacional es una instancia de organización del poder y de ejercicio de la dominación política; es decir una relación social y, al mismo tiempo, un aparato institucional. La existencia del estado presupone la presencia de condiciones materiales que posibiliten la expansión e integración del espacio económico (mercado) y la movilización de agentes sociales que instituyen relaciones de producción e intercambio mediante el control y empleo de recursos de dominación. La formación de una economía capitalista y de un estado nacional son aspectos de un proceso único. El estado nacional surge en relación a una sociedad civil que tampoco adquirió el carácter de sociedad nacional. El tema de la estatidad no puede desvincularse del tema del surgimiento de la nación.
En la Argentina el período de conformación del estado arranca en 1860 y culmina en 1880. Desde el punto de vista formal, los instrumentos del gobierno habían sido delineados por la Constitución de 1853 con el establecimiento de tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), pero la organización y el afianzamiento de esas instituciones de gobierno no fueron activos durante el período. La caída de Buenos Aires en 1880 fue la manifestación más clara de que la relación provincias-Nación había cambiado.
A partir de 1880 las formas de dominación del Estado oligárquico aparecen asociadas a líderes político-militares (caudillos de élite) y a un sistema de favores y lealtades propios de la oligarquía, conformada por un grupo cuyos miembros tienen capacidad para concentrar el poder económico, controlar el poder político y colocarse en la cima del poder social. Se excluía a quienes no pertenecían a las élites conformadas por intrincadas redes familiares. Estos sectores burgueses iban a emprender un proceso de modernización, sentando las bases de un país agroexportador y receptor de inmigración masiva y de capital externo. Los partidos políticos del ‘orden conservador’ (liberales en lo económico y conservadores en lo político) carecían de programas y se reunían en torno a caudillos de élite.
La conformación del la Unión Cívica Radical en 1891 inauguró en el país la etapa de los partidos políticos modernos, con democracia interna, dispuestos a enarbolar el respeto a la Constitución Nacional y a las prácticas democráticas en el sistema político argentino. Luego de la sanción de la ley Sáenz Peña, en 1916, el radicalismo accedió al Poder Ejecutivo. El Estado democrático se conformó para desplegar una política que privilegiaba  -por lo menos en un principio- el arbitraje como base de la relación social. El yrigoyenismo impulsó una política reparadora capaz de hacer posible la vigencia del juego democrático a través de los partidos políticos y el respeto a la Constitución Nacional.
En 1930 se produjo la crisis del Estado oligárquico y liberal; cerró una etapa de la historia argentina –la del crecimiento hacia fuera- y dió origen a la presencia del Estado militar intervencionista. Se inauguró en el país un ciclo de crisis permanente, de democracia restringida que desembocó, hacia 1966,  en el Estado burocrático-autoritario. Entre ambos extremos el Estado nacionalista y popular, que aparece en los años 40 y hasta 1955, inauguró una nueva etapa de transformación del Estado nacional.
Con el Ejército en el poder en 1930 y junto a él una fracción importante del nacionalismo y la colaboración del neoconservadorismo, se rompió por primera vez en el país el orden institucional, al mismo tiempo que cobró cuerpo el Estado intervencionista que dejó sentir su presencia en la economía, las finanzas y la sociedad argentina. El auge del poder militar coincidió con la crisis de un sistema económico agroexportador que hizo próspera a la Argentina.
El golpe militar del 4 de junio de 1943, inauguró una etapa signada por el liderazgo vertical, popular y nacionalista de Juan Domingo Perón. Nació el Estado dirigista y planificador, sustentado en el principio democrático, pero más heterogéneo y complejo de lo que su estructura monolítica supone. En este tipo de gobierno populista, de matriz estado-céntrica, la participación popular no sólo es el ejercicio del sufragio, sino también la asistencia a actos públicos, ritos y festivales donde se exhibía el entusiasmo, con símbolos que identificaban el ideario democrático-popular. La seducción populista como régimen en el poder y como moviente social y político implicaba: un estilo personalista de liderazgo carismático; un discurso político de confrontación (pueblo versus oligarquía), un mecanismo de patronazgo y de articulación líder-base clientelar.
El populismo se convirtió en una respuesta a los procesos de aceleración de la industrialización, la diferenciación social y la urbanización, que incorporó a los sectores subalternos, promoviendo la alianza entre obreros y pequeña burguesía. El populismo era un movimiento político con fuerte apoyo popular, con la participación de sectores de clases no obreras con importante influencia en el partido.
En junio de 1966, después de la desperonización emprendida por los hombres de la denominada Revolución Libertadora y de períodos breves de democracia débil, se inauguró el tiempo de la llamada Revolución Argentina y con ella la vigencia del Estado burocrático autoritario, hasta fines de 1983. Este tipo de Estado resultó garante y organizó la dominación, ejercida a través de una estructura de clases subordinada a los sectores superiores de una burguesía oligopólica y transnacionalizada, como su principal base social. Institucionalmente estaba compuesto por un conjunto de organizaciones coactivas, dedicadas a la “normalización de la economía”. El estado burocrático autoritario, deseaba cumplir dos tareas esenciales: la reimplantación del ‘orden’ en la sociedad, subordinando al sector popular, y la restauración del sistema económico.  Se estructuró como un sistema de exclusión política de los sectores populares, consolidando la dominación social y sesgando la distribución general de recursos.
El Estado burocrático autoritario suprimió la ciudadanía y la democracia política; representó la prohibición de lo popular y se respaldaba en la coacción. Tendió a acrecentar las desigualdades, al suprimir las instituciones canalizadoras de las demandas de justicia social. A pesar de su discurso marcial y patriótico negaba la representación de la  Nación a la que hacía referencia.
En 1983 se produjo la recuperación de la ciudadanía por parte de la sociedad argentina, de la mano de Raúl Alfonsín de la Unión Cívica Radical, después de más de siete años de dictadura militar. Comenzó a instaurarse un Estado democrático y de política deliberativa: se incrementó la participación popular, se organizaron los partidos políticos, la prensa comenzó a desenvolverse con libertad. Entre los vaivenes de juicio a las juntas y levantamientos militares carapintadas, poco a poco se fue consolidando la transición democrática.
A pesar de los intentos de consolidación económica. frente al incremento descomunal de la deuda externa y la inflación, la coyuntura de 1989  condujo a la hiperinflación y al triunfo peronista encabezado por Carlos Menem. Con el menemismo se produjo un viraje en la concepción del Estado, al abordar la denominada Reforma del Estado, de orientación neoliberal y con una fuerte matriz mercadocéntrica.
La reforma del Estado en la Argentina, si bien comenzó a gestarse a fines del período presidencial de Alfonsín, aunque con la severa oposición del parlamento en especial de los diputados y senadores justicialistas, se llevó a cabo durante el gobierno peronista siguiente. El objetivo era poner en práctica el nuevo rol del Estado, decisorio en la formulación de políticas necesarias para convalidar un nuevo modelo del propio Estado que resumía en sí mismo los intereses de los grupos financieros externos -especialmente de los acreedores- y de los grupos económicos nacionales e internacionales que buscaban la reconversión de la economía para convertirse en beneficiarios directos de la nueva configuración del aparato estatal, en el marco de posturas neoliberales.
La propuesta menemista no implicaba sólo la privatización de las principales empresas estatales, sino que comprendía una reforma integral que abarcaba prácticamente todos los estamentos del Estado. Los diez objetivos trascendentes: relocalización del Estado, redistribución de la economía, reorganización del gobierno, reconversión de la descentralización, recreación del control, reinstalación legislativa, redefinición federal, redimensión municipal, reformulación del derecho y finalmente, renovación del Estado. El proyecto era amplio  y contemplaba prácticamente todos los resortes del Estado y de la burocracia estatal. Tres leyes le daban sustento jurídico conjuntamente con varios decretos del poder ejecutivo: la ley Nº 23.696 de Reforma del Estado y reestructuración de empresas públicas, la ley Nº 23.697 de Emergencia económica y social (las dos de 1989)  y la ley Nº 24.629, ampliatoria de la Reforma del Estado, de 1996.
Los propósitos eran vastos. Por un lado, conformar un sector público con capacidad de decisión, moderno y eficiente y, por otro, buscar la mejor asignación y utilización de recursos a través de la privatización de empresas públicas,  regulación de mercados monopólicos de servicios públicos, reforma administrativa, transformación del sistema de administración financiera y control de gestión y desregulación.
Con este modelo, el Estado fue desprendiéndose de roles tradicionalmente básicos en la sociedad argentina. Todo esto, sumado a un proceso de desindustrialización, aumento de la deuda externa, precarización laboral, crecimiento del desempleo y surgimiento de movimientos sociales como consecuencia de la exclusión social, entre lo más destacado, fue conduciendo a la Argentina a un camino que hizo eclosión en la crisis del 2001.
Hacia dónde vamos en este siglo XXI? Se observa una recuperación del rol del Estado frente a los avances del mercado. Un rol más activo en la regulación de la economía.  Una suerte de combinación entre Estado, capitales nacionales y mercado. Estamos frente a la recuperación de la concepción de que el Estado debe jugar un papel preponderante en la conducción tanto del modelo de desarrollo económico-social, como en la gestión de los recursos que son imprescindibles para asegurar su continuidad y profundización. ¿Será este el camino? Más allá de estos interrogantes resulta claro que, cuando el diseño de la sociedad parecía que iba a quedar por completo en manos del mercado, la política volvió a instalarse en procura de asignar un nuevo rol al Estado, pero con la participación de todos los sectores involucrados. 

EL TIEMPO DE LA DICTADURA


Por María Mercedes Tenti
El año 1976 implicó un cambio significativo, no sólo por el inicio de la dictadura más cruel y violenta de la historia argentina del siglo XX, sino también porque marcó el comienzo de un proceso de reconversión económica y social que, en parte, fue el eco de la crisis mundial iniciada en 1973 como consecuencia de la suba de los precios del petróleo.
A partir de 1976, una vez más, las Fuerzas Armadas se constituyeron en actores políticos directos de la vida nacional y desplazaron del poder al partido peronista que había sido elegido democráticamente en 1973 con el apoyo del 49.5 % de los votos. Sin embargo,  la mayoría de los argentinos no ofreció resistencia, como consecuencia de la estancada economía, la violencia generalizada, la crisis de autoridad del gobierno nacional, la falta de credibilidad y el deterioro de la autoridad presidencial.
El asalto militar al poder en 1976 se inscribe en una tradición de conductas ‘pretorianas’ de una sociedad que, en parte, descreía de la democracia política y ponía en tela de juicio la legitimidad de un gobierno débil como el de Isabel Perón. La dictadura militar tuvo como principal objetivo la instauración de un nuevo orden para reestructurar la sociedad argentina, transformando la estructura de los partidos políticos e instaurando una larga hegemonía militar.
La gran prensa nacional abaló el golpe. Las Fuerzas Armadas buscaron legitimar su intervención en el escenario político argumentando, a través de una estrategia discursiva, vacío de poder, caos económico y social, peligro de la ‘subversión terrorista’, disolución de la nación y anarquía. Los comportamientos pretorianos de la sociedad a lo lago del siglo XX revelan la poca creencia de ciudadanos y dirigentes en los valores de la democracia. El pretorianismo es la aceptación de la participación de los militares en la esfera política. La politización de las Fuerzas Armadas y su participación en el sistema político comenzó en la Argentina, a partir de 1930.
El Estado burocrático autoritario, instaurado, pretendía establecer un nuevo orden político en el que las Fuerzas Armadas tuvieran una participación orgánica y estable en el sistema de decisiones. De inmediato el autoritarismo militar pretendió poner en marcha un plan de reforma económica y de disciplinamiento social. A partir de la gestión del ministro de economía José Alfredo Martínez de Hoz se fue suprimiendo la función subsidiaria del Estado y alentando la apertura de la economía. Paralelamente se organizó un aparato represivo para eliminar las organizaciones guerrilleras, acallar todas las voces opositoras y modificar el comportamiento de los actores políticos y gremiales.
El régimen militar pretendía afianzar una nueva hegemonía en la sociedad. Las Fuerzas Armadas debían jugar un rol protagónico en la reestructuración del Estado y la sociedad, buscando configurar un nuevo sistema de dominación autoritaria.
El Estatuto del Proceso de Reorganización Nacional establecía un cuerpo colegiado, la Junta Militar, como órgano supremo del Estado y un órgano unipersonal, el presidente de la Nación, como ejecutor de las grandes políticas acordadas por el poder supremo. Se puede calificar a este gobierno militar como una dictadura institucional, impersonal, del conjunto de las Fuerzas Armadas, que se arrogó el poder constituyente, por encima de la Constitución Nacional. La organización del régimen miliar puso fin al estado de derecho.
Se suprimió la vida política del país, los mandatos de presidente y gobernadores, se disolvió el Congreso Nacional, las legislaturas provinciales, los miembros de la Corte Suprema, se removieron jueces, se suspendió la actividad política de los partidos y la actividad gremial de los trabajadores, empresarios y profesionales. Las Fuerzas Armadas, en una actitud mesiánica, aparecían como garantes de los principios y valores constitutivos de la Nación, que darían “apertura a un nuevo ciclo histórico” para constituir una ‘convergencia cívico-militar’ heredera del Proceso de Reorganización Nacional. Se pretendía la prolongación en el tiempo de formas autoritarias de gobierno.
Las condiciones para el retorno a la democracia eran la conclusión de la lucha antisubversiva, la consolidación de un orden económico adecuado y la renovación de los partidos políticos. Se imaginó como punto de llegada para el orden autoritario una convergencia cívico-militar, con un sistema político pluripartidista. Se buscaba la continuidad del nuevo orden político en gestación. De esta manera, las condiciones para el diálogo estaban impuestas y sólo participarían aquellos que compartieran la filosofía política del gobierno militar.
En la economía se produjo un cambio radical en el que nuevos grupos de poder se beneficiaron en un proceso de acumulación centrado en un mercado financiero que operaba sin restricciones y abierto al exterior. La apertura de la economía, la paridad cambiaria y la política arancelaria produjeron un daño irreparable a la industria nacional y a las pequeñas y medianas empresas productoras. El resultado fue el quiebre de fábricas, la irrupción de artículos importados y la invasión de nuevos bancos y organismos financieros que otorgaban plazos fijos, hasta a ‘siete días’. 
A partir del proceso iniciado en 1976 se fue abandonando la matriz Estado-céntrica que, desde los 40’ privilegiaba el pleno empleo, la demanda del mercado interno como factor de crecimiento sobre la base de la protección de la industria sustitutiva y el papel del Estado como regulador del salario y como garante del bienestar de las personas, mediante diversas formas de prestaciones sociales. El quiebre de ese modelo y su reemplazo por una matriz mercado céntrica no mejoró la calidad de vida de la sociedad argentina, sino que, por el contrario, se generó un proceso de exclusión social nuca visto hasta entonces y que persiste en la actualidad.
El gobierno de facto se proponía terminar con el rol distributivo del Estado, con la matriz Estado céntrica y, a partir de 1978 comenzaron a implementarse políticas de estabilización monetaria, propias del modelo neoliberal de apertura financiera que intentaba articular una economía abierta al comercio internacional, equiparando los precios internos a los del mercado mundial. Esto produjo un alto endeudamiento en dólares, la apertura comercial, la quiebra de la industria nacional ante la competencia extranjera y, finalmente, en 1980 una crisis financiera que provocó la quiebra de varias instituciones bancarias, fuga de capitales privados y aumento del endeudamiento público. La nueva matriz mercado céntrica condujo a una creciente desnacionalización de la riqueza.
En el mundo del trabajo se aplicó una política de ‘disciplinamiento’ que implicaba someter a los obreros a un fuerte proceso de disciplina laboral, como imponer el silenciamiento de las dirigencias gremiales y políticas de los trabajadores. El régimen militar llevó a cabo una durísima represión que comprendió desde la ocupación militar de las fábricas hasta la persecución y desaparición física de centenares de militantes gremiales. Además los militares desestructuraron el inmenso poder político de la dirigencia sindical tradicional y se negó al diálogo con los sindicatos. Al final del período, el deterioro y de desgaste de la dictadura militar permitieron, en cierta medida, la recomposición de las estructuras gremiales.
Si bien el golpe militar surgió en medio de un clima de violencia e intolerancia política, con represión ilegal y paraestatal, en el gobierno de María Estela Martínez, durante el denominado Proceso de Reorganización Nacional esos métodos se oficializaron y generalizaron. Se profundizó la desintegración social al imponerse un verdadero régimen de terror que apelaba a la eliminación y desaparición de personas. Al haber eliminado las instituciones democráticas y republicanas, los militares organizaron una represión clandestina encargada de secuestrar a opositores políticos, que eran recluidos en centros clandestinos de detención en los que se convirtieron en ‘desaparecidos’ hasta ser asesinados, la mayoría, con total impunidad.
La dominación autoritaria puso en marcha un sistema represivo nunca antes visto en la Argentina, basado en la intimidación, la tortura, la muerte y la desaparición de personas, que encerraba la violación organizada de los derechos fundamentales del hombre. El Estado autoritario organizó una estructura represiva paralela y oculta que controlaba ‘centros clandestinos de detención’ y los denominados ‘grupos de tarea’. El sistema de detención-desaparición respondió al objetivo de someter al individuo al mayor aislamiento y soledad, con la intención de desconectarlo de la vida pública y privada, para facilitar la rapidez de las investigaciones. El detenido-desaparecido privado de toda protección legal y de defensa, fue sometido al dominio total de sus captores (siendo torturado, forzado a colaborar, asesinado) sin que se dieran noticias de su persona.
La respuesta extendida de la sociedad argentina fue el silencio generalizado. Actitud similar fue asumida por la cúpula de la Iglesia Católica, por la dirigencia sindical tradicional y por la prensa.
El rol opositor fue asumido fundamentalmente por los organismos de derechos humanos que se constituyeron en las únicas caras visibles y voces de protesta al silencio impuesto por la dictadura militar. La lucha por los derechos humanos interpeló los fundamentos del orden autoritario y montó un nuevo escenario que organizó una relación diferente entre derechos humanos y política.
Derechos humanos y autoritarismo son dos términos que resultan irreconciliables. La consigna ‘aparición con vida’ voceada por las Madres de Plaza de Mayo, junto a otros organismos, creó un espacio político delimitado por el campo de los derechos humanos, que, desde entonces, coincide con el espacio público político. En una segunda etapa (entre 1878 y 1981) la oposición política rompió su aislamiento y comenzó a emerger con algunos pronunciamientos y manifestaciones públicas para comenzar a disputar al Estado autoritario el campo de la política.
Aunque los militares fueron los principales responsables del genocidio, esto no implica desconocer la colaboración prestada por amplios sectores de la sociedad, ya sea mediante el apoyo explícito a la dictadura o a través del silencio que ayudó a conformar el consenso civil al régimen. Las evidencias del apoyo de políticos, empresarios, obispos y periodistas al gobierno dictatorial son irrefutables.
Pero el mayor impacto fue sin duda el respaldo de amplios sectores de la sociedad civil a partir de dos acontecimientos diferentes como el fútbol y la guerra. Esto se pone de manifiesto en las imágenes del mundial 78’ y el mundial de fútbol juvenil de Japón del año siguiente. El primero fue una impresionante operación de búsqueda de consenso y legitimidad y de ocultamiento de las aberrantes violaciones de los derechos humanos. En el segundo, mientras el presidente Videla saludaba desde los balcones de la Casa Rosada a una manifestación que festejaba el triunfo futbolístico, familiares de desaparecidos hacían largas filas ante la sede de la Comisión Iberoamericana de Derechos Humanos para formular sus denuncias.
Tal vez la sociedad de entonces quiso negar una realidad que no podía afrontar y que le generaba sentimientos contradictorios. Lo que resulta difícil de sostener es el argumento del desconocimiento absoluto de lo que estaba pasando por los testimonios personales, comentarios, denuncias de los familiares de las víctimas y la atmósfera irrespirable de la época que llevaba a percibir el modo de actuación del Estado autoritario. El informe condenatorio de la CIDH, conocido en 1980, ratificaba las denuncias y daba una condena moral a la par que avalaba el reclamo de los familiares de ‘aparición con vida’ y ‘castigo a los culpables’. Por entonces Adolfo Pérez Esquivel fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, en un claro reconocimiento al movimiento por los derechos humanos.
La guerra de Malvinas, en 1982, fue también una operación destinada a buscar consenso social, operación que llevó a cientos de soldados mal entrenados y peor armados a la muerte y a una segura derrota. Resulta difícil comprender el masivo apoyo que, con diversos matices, brindó casi todo el arco político y gremial a la ‘recuperación de las Malvinas, imbuidos de un espíritu nacionalista o antiimperialista. El desastre militar cambió la recepción de la población, de los medios de comunicación y de la dirigencia política.
Hacia 1982 el régimen militar se hallaba debilitado no sólo por el fracaso del proyecto económico, sino porque tampoco había logrado imponer el disciplinamiento social y político, aunque dio una definitiva derrota a la guerrilla urbana y rural. Además de los enfrentamientos internos y el desgaste internacional como consecuencia de la acción de los grupos de derechos humanos, desde que en 1977 se realizó la primera marcha de las Madres en torno de la Plaza de Mayo, la derrota de Malvinas marcó el comienzo del fin de la última dictadura militar, su repliegue y el reordenamiento desordenado de la actividad política y de una breve, compleja y tumultuosa transición a la democracia.
El fracaso del proyecto económico, el desprestigio del gobierno, la débil unidad de las Fuerzas Armadas y el despertar de la sociedad civil son los elementos principales que rodearon la aventura de Malvinas. El desembarco argentino el 2 de abril de 1992 conmovió al país y unificó los sectores detrás de la reivindicación histórica. El régimen se lanzó en una operación audaz e irresponsable a la conquista de consenso y al fortalecimiento de la unidad militar; se utilizó la guerra como forma de legitimación. La rendición de las fuerzas argentinas el 14 de junio dio por terminada la aventura del Atlántico Sur y concluyó el intento de otorgar legitimidad al régimen militar a través de la guerra.
El fracaso desprestigió totalmente a los militares y apresuró la descomposición del orden autoritario. Luego de la derrota vino la crisis de posguerra. La sociedad no ocultó su frustración y descontento. El conflicto interno que se suscitó quebró la unidad de las Fuerzas Armadas. Luego de cambios de conducción, los jefes de las tres fuerzas decidieron consensuar con los partidos políticos la transición democrática.
Realizadas las elecciones en 1983 fue electo presidente el radical Raúl Alfonsín por el 52 % de los votos, que barrió el reducido espacio de negociación de las Fuerzas Armadas. El 6 de diciembre se disolvió la Junta Militar y tres días después se puso fin al Proceso. El triunfo electoral del radicalismo, del 30 de octubre de 1983, tuvo un doble significado: clausuró el régimen autoritario de 1976 y cerró el sistema de alternancia de poder entre civiles y militares y quebró la hegemonía electoral de cuatro décadas del peronismo. Un nuevo ciclo histórico se abría en la sociedad argentina: la reconstrucción de la democracia y la consolidación de un sistema político civil. 

jueves, 13 de diciembre de 2012

CONSIDERACIONES SOBRE EL VOCABULARIO POLÍTICO DE SAN MARÍN



María Mercedes Tenti


Al analizar el pensamiento político de José de San Martín, encontramos una serie de términos utilizados a lo largo de sus numerosos escritos, en distintas épocas y circunstancias, que conducen a formular nuevas preguntas y a replantear otras ya enunciadas, con el propósito de diferenciar las categorías históricas y las categorías analíticas contenidas en dichos términos. Sin duda su vocabulario, es acorde no solamente a sus estudios y lecturas, sino también al momento histórico en que vivía, y a su propia visión del mundo y de las cosas.

Los análisis estructuralistas del lenguaje lo hacen desde la diferencia, el significado se fabrica a través del contraste, manifiesto o sobreentendido. Una definición afirmativa, esconde una negación o antítesis. Según la concepción de Ferdinand de Saussure, cada elemento del lenguaje cobra significación en su relación con todo lo demás. De allí que no siempre podemos explicar el significado de una palabra desde su estructura presente, sino que, por el contrario, tenemos que analizarla dentro de su propio contexto.

El post – estructuralismo considera que palabras y textos no tienen un significado fijo ni intrínseco; no hay entre ellos una relación clara, ni tampoco están en  correspondencia directa con el mundo en el que están inmersos. Para Michel Foucault el lenguaje no manifiesta una realidad acabada y anterior al propio lenguaje, no existen separadamente las palabras y las cosas, sino que ambos están fusionados, y el lenguaje pasa a ser un constituyente de lo real. Los conceptos van constituyéndose gradualmente a lo largo del tiempo, y adquieren distintos campos de  constitución y validez según su uso. Al mismo tiempo, se debe tener en cuenta su significación dentro del contexto y de la unidad[1]. En consecuencia resulta importante analizar las transformaciones que sufren las palabras en cuanto a su significado y establecer categorías analíticas según el recorte y el límite que se quiera asignar.

El estudio del lenguaje brinda una nueva posibilidad de análisis, ya que no sólo se piensa al lenguaje como una representación de ideas, sino también como un principio desde el que se pueden comprender las relaciones sociales y hasta establecer las identidades colectivas. De allí la conveniencia no sólo de analizar frases en los documentos, sino también las formas de expresión que incluyen prácticas socio culturales de una época determinada, siempre dentro de un contexto también determinado.

Las palabras seleccionadas en esta ocasión, tienen que ver con la identidad asumida por José de San Martín a partir del momento de su decisión de abandonar Europa y regresar a su Patria para sumarse al movimiento independentista, hasta sus últimos años en Francia. En este proceso, su identidad no permaneció estática, sino que fue evolucionando conjuntamente con los acontecimientos y sus circunstancias. Tampoco era en ningún caso, una identidad individual, ajena al sentimiento de pertenencia colectivo, o circunscripta a un reducido ámbito, ya que por ejemplo, encontramos similitud en la identidad de los americanos residentes en el ¨viejo¨ mundo, y en la de los grupos dirigentes que en el ¨nuevo¨ mundo luchaban por consolidar el proceso político emancipador, puesto en marcha desde comienzos del siglo XIX.

Para Eric Hobsbawn, ese sentimiento de pertenencia que permite consolidar la identidad colectiva, se establece según cuatro aspectos destacables: 1º) De manera negativa, al reconocer un ¨nosotros¨, diferente a un ¨ellos¨. Es decir, que se afianza no tanto a partir de las semejanzas entre quienes integran un grupo, sino desde las diferencias con el grupo opuesto.  2º) Las identidades son intercambiables o combinadas con diferentes características. 3º) No son fijas, se cambian y se modifican según las circunstancias. 4º) Dependen del contexto, que al igual que las circunstancias, se modifica[2].

Teniendo en cuenta estas consideraciones teóricas, podemos abordar las categorías históricas que se reconocen dentro del vocabulario de San Martín y analizarlas en el marco de distintas concepciones, para tratar de establecer categorías analíticas que contribuyan a una mejor comprensión del pensamiento sanmartiniano.

La identidad americana

La identidad americana está presente en el pensamiento de San Martín desde sus primeros escritos y en su propia actuación. Con una carrera militar exitosa en Europa, no vaciló en dejar de lado un futuro promisorio y regresar a su patria tras la defensa de sus ideales íntimamente ligados al sentimiento de pertenencia a lo americano y de diferencia  u oposición con respecto a lo otro, lo europeo, lo español. ¨Por una fatalidad incomprensible, escribía, ha sido la guerra desde el 25 de mayo de 1810 el único término de las diferencias entre los españoles y los americanos que han reclamado sus derechos¨[3].

Si bien hasta comienzos del siglo XIX  se usaban las expresiones ¨español americano¨, o ¨americano¨ por oposición a ¨español¨, el término ¨argentino¨ era más bien sinónimo de los habitantes de Buenos Aires y sus alrededores, de los rioplatenses, según la perspectiva de José Carlos Chiaramonte[4]. El sentimiento de ¨americano¨ era una percepción más abarcativa que comprendía lo que hoy consideramos como inherente a la nación argentina. ¨Un americano republicano por principios e inclinación...¨ hacía la siguiente observación al Congreso reunido en Tucumán en 1816, a través de una carta al diputado por Mendoza, Tomás Godoy Cruz: ¨Los americanos o Provincias Unidas, no han tenido otro objeto en su revolución que la emancipación del mando de fierro español, y pertenecer a una Nación¨[5]. En este caso, americano equivalía a argentino, a ¨pueblo¨ de las Provincias Unidas del Río de la Plata con aspiraciones a constituir una Nación, luego de declarada la independencia. Por ello escribía nuevamente a Godoy Cruz el 16 de julio de 1816: Ha dado el Congreso el golpe magistral con la declaración de la Independencia; sólo hubiera deseado que al mismo tiempo hubiera hecho una pequeña exposición de los justos motivos que tenemos los americanos para tal proceder; esto nos conciliaría y ganaría muchos afectos en Europa¨[6].

Iniciada su campaña continental, el término adquiere también una significación también  continental, para hacer referencia a los ¨pueblos¨ de la América del Sur a cuya independencia dedicó sus esfuerzos y su vida. Escribía al virrey de la Pezuela en 1818, ¨Hasta ahora nadie ha dado a una carta privada la validez de credencial para ningún convenio público de Nación a Nación, a menos que se pretenda que los americanos cierren los ojos a la mera insinuación de un jefe español¨[7]. Como americano, su objetivo principal era luchar por la independencia de América, para ello debía abocarse a la tarea de concretar esta grande obra ¨...porque tiempo ha que no me pertenezco a mí mismo sino a la causa del Continente Americano¨[8], decía a O´Higgins en 1.819.

Su visión iba más allá de la de los habitantes de las Provincias Unidas, incluso de la de sus gobernantes. Su misión era luchar por la independencia de América del Sur, por ello para San Martín los americanos eran los habitantes de las antiguas posesiones españolas en América, de las nacientes naciones que, contra sus aspiraciones, tendían cada una a constituirse como naciones independientes, cortando los lazos que las unían a la América toda. Su percepción traspasaba los imprecisos límites impuestos por las costumbres o las guerras. Cuando decía americanos se refería a los sudamericanos en su conjunto, y a los chilenos, los peruanos, los argentinos, individualmente, pero como partes de un todo común. ¨La Comisión mediadora de Chile que remitirá a usted ésta, se compone de americanos honrados y virtuosos¨, decía refiriéndose a una comisión de representantes chilenos, en carta a Estanislao López[9].

Su condición de americano era su honra y su más preciado título, más que el de ciudadano. ¨Hablo a usted lo que mi corazón siente, escribía a José Gervasio de Artigas en 1.819, si usted me cree un americano con sentimientos inequívocos en beneficio de nuestro suelo, espero que esta intervención que hago como un simple ciudadano, será apoyada por usted en los términos más remarcables¨[10].

Ya en el exilio, y ante el bloqueo anglo francés al río de la Plata, resurgió en San Martín su arraigado sentimiento americano, a pesar de que consideraba a Francia su ¨segunda patria¨, según sus propias palabras, luego de permanecer allí durante tantos años. Era su suelo, su patria de origen, su patria americana, la que estaba amenazada por las fuerzas europeas.  Por ello no podía concebir ¨que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española¨[11]. Aquí no hay confusión entre americanos y rioplatenses. Para él, americanos eran los habitantes de la América toda, más precisamente de Sud América.

La identidad americana estaba ya totalmente construida, era más abarcativa que la identidad regional argentina. Dos entidades distintas; una contenida en la otra. No existía contradicción entre ambas; entre ellas no había oposición. Escribía en 1847: ¨He leído la exposición titulada: De los males, desgracias de la República del Plata – Documentos para su Historia, publicada por el general La Madrid en Montevideo: como Argentino, como Americano, como hombre cuya posición en la época a que se refiere dicha Exposición debe tener un gran valor, declaro que cuanto ella contiene es un tejido absurdo de infames y groseras imposturas¨[12]. La identidad argentina estaba dentro del marco de la identidad americana, estaba contenida en ella.

Esta concepción se pone de manifiesto también en la carta a Ramón Castilla, presidente del Perú, de fecha 11 de setiembre de 1848. Comenzaba haciendo un extracto de su vida en España y afirmaba: ¨Una reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos, acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarle nuestros servicios en la lucha, que calculábamos se había de empeñar¨. Y más adelante, ¨El segundo punto fue el de mirar a todos los estados americanos, en que las fuerzas de mi mando penetraron, como Estados hermanos interesados todos en un santo y mismo fin¨[13]. Su identidad americana como hombre, como nacido en América, como quien luchó por la libertad continental, como parte del tejido social, la trasladaba de los actores a los estados, que también eran americanos, y como tales, como pueblos, como naciones,  como cuerpos políticos, debían tender a la unidad continental.

Su dimensión continental, en un principio circunscripta a la América del Sur,  o a las antiguas posesiones españolas en América, con el tiempo, y especialmente a partir de su estadía en Europa, se extendía a todo el continente, y refería la categoría de americano a todos sus habitantes. En carta de 1.846 al general Pinto, recordaba ¨el desafío de dos americanos¨[14] en una comida festejando el aniversario de la independencia de Estados Unidos,  refiriéndose a dos norteamericanos. Su visión se globalizaba desde la distancia.


El pueblo, los pueblos

Hermann  Heller diferencia el concepto de ¨pueblo¨ según se lo analice como formación natural o como formación cultural. La concepción de ¨formación natural¨ surgió como una reacción al pensamiento de la Ilustración, y entiende por pueblo lo que éste tiene de natural, ya sea como población o como raza. El pueblo como ¨formación cultural¨ apareció a fines del siglo XVIII cuando se elimina el orden social jerárquico y se consolida la sociedad civil. A partir de entonces el ¨pueblo¨ comienza a constituirse como ¨nación política¨. Lo logra cuando la conciencia de pertenencia al conjunto social se transforma en una voluntad política.

El concepto de ¨pueblo ¨ en el siglo XIX variaba según se lo considerase en singular o en plural. El ¨pueblo¨ podía significar desde el depositante de la soberanía, con sentido político jurídico, o el ciudadano, entendiendo como tal al ¨vecino¨: hombre, mayor de edad, afincado, propietario. Según la tradición política española – que en algunos casos subsistía -, era la unión de jerarquías, corporaciones y territorios. También podía incluirse dentro de la categoría de ¨pueblo¨ a los habitantes de un lugar, a la población. Los ¨pueblos¨, en plural, designaban a las comunidades, a las provincias y también a las ciudades, con sentido político no territorial, de allí que a veces resulta difícil discernir a qué o a quiénes se hacía referencia. Los ¨pueblos¨, podían ser las provincias en oposición a la capital, o bien los habitantes del país o del continente. En general implicaba la pertenencia a un grupo humano con lazos comunes, a una colectividad.

Según Francois – Xavier Guerra, a lo largo del período que analizamos, convivieron dos actitudes frente al término. La primera, que consideraba al pueblo como un actor real, que se expresaba a través de determinadas personas; los enemigos no formaban parte de él. La segunda, que ignoraba palabras como pueblo, nación, ciudadano, etc.,  como una reacción al romanticismo imperante hasta entonces.

El problema se agudiza cuando consideramos al término ¨pueblo¨ con múltiples significados. Puede representar al conjunto de la población o a aquellos pertenecientes a las clases bajas, opuestos a los poderosos. También en algunos casos se asocia con el vulgo, el ¨bajo pueblo¨, es decir, que en general se trata de una categoría social. Sin embargo, en este caso, nos interesa la categorización política del término, referida a las relaciones entre los hombres - con exclusión por entonces de las mujeres - que constituían la sociedad, y a sus códigos culturales, ya sean los de un grupo o de un conjunto de grupos sociales en un momento dado, ya que  toda relación social posee un contenido cultural básico. Dentro de ese marco está contenida la noción de ¨pueblo soberano¨[15].

La soberanía del pueblo es a veces una ilusión, ya que es a través de dicha soberanía como se puede acceder al poder. La soberanía, en realidad, estaba depositada entonces en una minoría limitada, que gobernaba a nombre del pueblo.  El pueblo lograba expresarse: en la acción a través de la conspiración o el pronunciamiento de un jefe militar, y en la palabra a través de los escritos de los políticos. En el caso de San Martín  encontramos ambas alternativas; representaba al pueblo como jefe del ejército libertador, y a través de sus proclamas se expresaba el sentir general de la población.

En un primer momento los conceptos de ¨pueblo¨ y ¨nación¨ se entrecruzaban por la necesidad imperiosa de constitución de naciones independientes frente al poder español. Sin embargo, a partir de los intentos federativos, durante la época de Rosas, renació nuevamente la soberanía de los ¨pueblos comunidades¨, de los ¨pueblos provincias¨; allí el concepto volvió a perder su dimensión nacional.

Para San Martín la categoría de ¨pueblo¨  adquiere una significación especial en el manifiesto donde detalla su conducta como gobernador intendente de Cuyo y general en jefe del ejército de los Andes frente a la actuación de los hermanos Carrera. El documento lo presenta al  ¨público¨, es decir, a la comunidad toda, sin distinciones de ningún tipo, incluyendo a españoles y americanos, cualquiera fuera su situación social. Él había sido nombrado gobernador de Cuyo y su principal objetivo era gobernar para el bien común,  incluyendo a todos sus habitantes, por ello le debía al ¨público¨ una satisfacción de su conducta.

Aquí el concepto de ¨pueblo¨ va más allá, tiene connotaciones de pertenencia, de identidad, y en algunos casos hasta, en cierta forma, de ciudadanía. Por ello decía ¨Habiendo chocado vivamente a mi espíritu, que estos señores - se refiere a los Carrera - quisiesen conservar una autoridad de Gobierno Supremo; sin pueblo, sin súbditos y en territorio extraño...¨[16]. Por tratarse de un grupo minoritario que había pretendido imponerse por la fuerza, sin el consenso popular, San Martín les negaba no solamente la adhesión del ¨pueblo¨, como categoría de conjunto de potenciales  ¨ciudadanos¨, sino la de todos los habitantes, y hasta la propia pertenencia a una parte del territorio americano.

En contrapartida, él, habiendo nacido en las Misiones y vivido en Europa toda su juventud, se sentía americano, parte del ¨cuerpo social americano, aunque no pudiésemos llamarnos un pueblo¨[17], decía. El cuerpo social estaba consolidado, no así el sentimiento de pertenencia que se relaciona con el de nacionalidad, por ello continuaban, a su juicio, las luchas intestinas en las naciones emergentes y la falta de unidad del ¨cuerpo social americano¨. Por consiguiente, si los ¨chilenos¨ y los ¨provincianos unidos¨, colectivamente, gozaban de igualdad, sin dependencias recíprocas, quienes atentasen individualmente contra unos u otros, debían enfrentarse a las dos partes unidas. Nótese la denominación de ¨provincianos unidos¨, para referirse a los habitantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata, nominación poco usual en la época y en el propio San Martín.

En algunos casos otorgaba al pueblo virtudes cívicas, que tienen que ver con el patriotismo y con la defensa de la Patria. En un oficio al cabildo de Buenos Aires manifestaba: ¨El día de mañana se da a la vela la expedición libertadora del Perú. Como su general, tengo el honor de informar a V.E., que representa al pueblo heroico, al virtuoso pueblo más digno de la historia de Sud América y de la gratitud de sus hijos...¨[18]. Y ya en el cargo de Protector del Perú escribía al Director Supremo de Chile: ¨Destruir para siempre el dominio español en el Perú y poner a los pueblos en el ejercicio moderado de sus derechos, es el objeto esencial de la expedición libertadora¨[19]. Los pueblos eran los ciudadanos en potencia, de allí que les asignaba el ejercicio limitado de los derechos hasta que alcanzasen su madurez política. ¨Mientras existan enemigos en el país, y hasta que el pueblo forme las primeras nociones del gobierno de sí mismo, yo administraré el poder directivo del estado...¨[20], decía.

En otros casos adjudicaba de hecho al ¨pueblo¨ la categoría de ¨ciudadano¨,  como depositario de la soberanía, como conjunto de actores reales, que transfería simbólicamente su voluntad a uno o varios hombres. Por ello hacía referencia al voto explícito del pueblo: ¨... de acuerdo con el Senado y voto del pueblo, me han nombrado jefe de las fuerzas expedicionarias¨[21], expresaba en una proclama a los habitantes de las Provincias del Río de la Plata, fechada en  Valparaíso el  22 de julio de 1820. Al año siguiente, escribía al presidente de la Junta Gubernativa de Guayaquil sobre la necesidad ¨... de consultar la voluntad del pueblo, tomando las medidas que ese gobierno estime conveniente a fin de que la mayoría de los ciudadanos exprese con franqueza sus ideas...¨ El sistema de gobierno que se adoptase debía ser aclamado por la mayoría del pueblo luego de deliberar libremente[22].

La consulta popular era a través del voto censitario según la concepción de la época. Para alcanzar la felicidad del Perú era indispensable consultar la voluntad de los pueblos. Para ello el ayuntamiento de Lima debía convocar a ¨... una junta general de vecinos honrados, que representando al común de habitantes de esta capital, expresen si la opinión general se halla decidida por la independencia¨[23]. Los ¨pueblos¨  estaban representados por los ¨vecinos¨,  por una expresión minoritaria de la población que asumía la delegación de la mayoría.

El ¨pueblo¨ también podía tener entidad jurídica y virtudes cívicas. ¨Volved, pues, españoles habitantes de Lima - les decía en una proclama -, a vuestras pacíficas tareas en el seno de un pueblo que, como vosotros mismos lo habéis experimentado, es el modelo de la moderación y de la generosidad¨[24].

También hacía referencia al ¨bajo pueblo¨ - en algunos casos con identidad de ¨masa¨ -, diferenciándolo del ¨pueblo¨ a secas, según las concepciones de la época. En carta a Guido, escrita en París en 1834, diferenciaba la postura de ¨... la masa del bajo Pueblo de la capital beleidosa por carácter, y fácil de extraviar por un corto número de demagogos¨, de la actitud del ¨pueblo¨ interesado en evitar los trastornos que acarrearía la acción de un par de regimientos de milicias de la campaña que trataba de impedir la entrada de ganado a la capital[25]. Esta categoría de ¨bajo pueblo¨ también estaba asociada al nivel cultural de la población, ya que la ignorancia hacía que los hombres no conociesen las leyes y, en consecuencia, la revolución no podía alcanzar su culminación. De allí la obligación de que las constituciones estuviesen en armonía con las necesidades de los pueblos[26].

Con referencia a las revoluciones producidas en Europa en 1848, se definía en contra de los movimientos revolucionarios que, a su juicio, eran provocados por grupos de activistas de los clubes, que a través de miles de panfletos, trataban de inculcar en la ¨gran masa del bajo pueblo¨ ideas tales como que quienes nada tenían podían tratar de despojar  a los propietarios[27].

Sin embargo, en otras ocasiones se refería a la masa del pueblo como al común del pueblo, diferente u opuesto a la elite o clase principal, adjudicándole una categoría social. Decía refiriéndose al bloqueo anglo – francés que sólo afectaría a ¨... un corto número de propietarios, pero la masa del pueblo que no conoce las necesidades de estos países – en referencia a los europeos -, le será bien indiferente su continuación¨[28]. Reconocía las privaciones y necesidades del común del pueblo americano - de la masa de la población -, su atraso por falta de leyes fundamentales y por la primacía de pasiones e intereses particulares frente a los generales de los pobladores[29], pero no por ello lo menospreciaba o subestimaba. Al contrario, siempre estaba presente su respeto al pueblo en su totalidad, sin distinciones sociales.

En ocasiones también hacía alusión al ¨pueblo¨ como conjunto de habitantes de un lugar o región.  Luego de la victoria de Chacabuco,  saludaba a los cabildos de Mendoza, San Juan y San Luis, felicitándolos conjuntamente con el ¨pueblo¨, al tiempo que les hacía llegar su más cálida gratitud[30]. De la misma manera designaba al ¨pueblo¨ peruano, al de Guayaquil, al cuyano, al chileno, etc.

Los ¨pueblos¨, en plural, comprendían al conjunto de la población toda, sin diferencias sociales ni raciales. A ellos había que convocar para la lucha; a ellos había que exigir el juramento de obediencia a los nuevos gobiernos;  la felicidad y prosperidad de los pueblos era su meta; sus promesas y su honor eran para los pueblos; su suerte estaba en sus manos; la libertad e independencia eran producto de la voluntad de los pueblos; las constituciones y las leyes debían estar en armonía con las necesidades de los pueblos. En consecuencia, cabía esperar de los pueblos que no fuesen ingratos con quienes dieron todo por ellos. 

San Martín luchaba por los derechos de los ¨pueblos¨ y se avenía a su voluntad. No era una voluntad sujeta al sufragio, tal como entendemos hoy, sino a la voluntad expresada a través de actos de adhesión hacia la figura del conductor de la empresa libertadora: Mi autoridad, que es la única que me dice V.E. reconoce para tratar, escribía a La Serna en 1822, es ninguna si no está apoyada en el voto de los pueblos, a cuya voluntad circunscribiré absolutamente todas mis operaciones públicas, gloriándome de cumplir sus órdenes¨[31] . La soberanía residía en los ¨pueblos¨ según el pacto societal, luego pasará a la ¨nación¨. Se necesitaba del voto de los pueblos, de su voluntad para constituir la futura nacionalidad.

Toda esta ambigüedad aparente del término ¨pueblo¨ se debe a sus características polisémicas, más acentuadas en la época en que le tocó actuar a San Martín. Las identidades estaban en construcción en un período de convulsiones revolucionarias, cambios institucionales, afianzamiento de las nacientes nacionalidades y conformación de los nuevos estados. De allí los deslizamientos que va sufriendo el vocablo según las circunstancias y el momento.

Nación – Estado

El análisis de los términos ¨nación¨ y ¨estado¨ en la primera mitad del siglo XIX resulta engorroso ya que la idea de nacionalidad como fundamento de un Estado nacional es de tardía aparición en esta época[32].  Las identidades nacionales estaban cimentándose y coexistían formas diversas que, en algunos casos, se confundían. De hecho no debemos considerar el significado de estos vocablos según su moderna acepción, sino que, dentro del contexto de la época, tenemos que desentrañar el sentido del lenguaje político.

Para Antonio Sáenz, en el curso dictado sobre derecho natural y de gentes en la universidad de Buenos Aires en 1822 y 1823, ¨sociedad¨, ¨estado¨ y ¨nación¨ era una misma cosa: ¨La Sociedad llamada así por antonomasia se suele también denominar Nación y Estado. Ella es una reunión de hombres que se han sometido voluntariamente a la dirección de alguna suprema autoridad, que se llama también soberana, para vivir en paz, y procurarse su propio bien y seguridad¨[33]. Condición para la existencia de la ¨nación¨ y el ¨estado¨ era el ejercicio de la soberanía por parte de la sociedad. De acuerdo con el romanticismo en boga, hacía coincidir al ¨estado¨ con la ¨nación¨ y revalorizaba el papel del ¨pueblo¨ como sujeto de la vida política.

Si bien el término ¨nación¨ se incorporó en el discurso político europeo a partir de la revolución francesa, recién a mediados del siglo XIX, con la obra de Giuseppe Mazzini, comenzó una reflexión formal sobre la nación como  ¨fundamento natural de la organización del poder político¨[34]. Siguiendo a Benedict Anderson, ¨nación¨ es ¨una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana¨ . Imaginada, porque la mayoría de sus miembros nunca se conocerán entre sí, pero tienen en su imaginario colectivo la idea de su correspondencia. Es limitada porque, independientemente del número de habitantes que la puebla, tiene fronteras determinadas, aunque flexibles. Finalmente la nación se imagina como comunidad soberana[35]. En la primera mitad del siglo XIX existía en el imaginario colectivo la idea de correspondencia, de lazos comunes y de un destino también común;  se pensaba la nación como despositaria de la soberanía, pero las fronteras estaban en conformación, todavía no estaban definidas.

Constituir una nación supone raíces culturales comunes, comunidad religiosa, lengua y costumbres comunes, todo con personalidad colectiva que consolida los vínculos para la conformación del poder político. Esto conlleva a la configuración de un sentimiento de pertenencia nacional, vigente en el imaginario colectivo, y que  implica una situación de poder por su fuerte carga ideológica.

En el concepto de ¨nación¨ encontramos elementos ideales y materiales. Los elementos ideales son los ya referidos a la transmisión de símbolos, valores y sentimientos de pertenencia a una comunidad que va conformando su carácter común a través de las tradiciones, etnias, lenguas, costumbres, etc. Los elementos materiales están enlazados con el desarrollo de intereses económicos, la conformación de un mercado propio y de burguesías nacionales[36].

Sin embargo, la categoría de ¨nación¨ que privó en los primeros años del período independiente respondía a la concepción racionalista y contractualista de la Ilustración. Esto lo observamos en la Gazeta de Buenos Aires, que en 1815 publicaba: ¨Una nación no es más que la reunión de muchos Pueblos y Provincias sujetas a un mismo gobierno central y a unas mismas leyes...¨[37] Es decir, un conjunto de personas, representadas por los órganos de gobiernos de las ciudades o pueblos y de las provincias.

Con respecto al término ¨estado¨, encontramos distintas definiciones dentro del pensamiento clásico social contemporáneo. Para Emilio Durkheim  ¨es un órgano especial encargado de elaborar ciertas manifestaciones que tienen valor para la comunidadad¨. Para Max Weber, el estado racional surge como asociación de dominio institucional con el monopolio del poder legítimo. Según el pensamiento de Carlos Marx, el ¨estado¨ puede ser considerado como ¨la sociedad en acción¨, de allí la identificación de la función social del estado para asegurar la convivencia y la cooperación entre los hombres[38].

De acuerdo con Hall e Ikenberry el Estado  incluye tres elementos: 1º) Está constituido por un conjunto de instituciones formalizadas por el propio personal del Estado, y controla los medios de violencia y coerción; 2º) Dichas instituciones se encuentran dentro de un territorio delimitado, al que se denomina sociedad y 3º) El Estado tiende a crear una cultura política común en la que están involucrados todos los ciudadanos[39].

La conformación del ¨estado¨ tiene que ver con un proceso de configuración social. No se constituye de un día para otro, sino que atraviesa un proceso constitutivo de larga duración, no coyuntural. En esa evolución el estado nacional garantiza la conformación de la etapa política que articula la dominación en la sociedad y se materializa a través de instituciones que permiten su ejercicio. Para Oscar Oszlack la estatidad supone  conseguir por parte del Estado las siguientes propiedades: 1º) Capacidad de externalizar su poder para ser reconocido por otros Estados como entidad soberana; 2º) Capacidad de institucionalizar su autoridad, para alcanzar, según la concepción weberiana, el monopolio de la coerción; 3º) Capacidad de diferenciar su control, a través de la creación de instituciones públicas a cargo de funcionarios profesionalizados;  4º) Capacidad de internalizar una identidad colectiva, a través de la emisión de símbolos que generan sentimientos de pertenencia y que a su vez permiten el control ideológico como dispositivo de dominación[40]. El ¨estado¨ se constituye así en un actor social diferenciado, representa la autoridad suprema, pretende asumir el interés general de la sociedad y aparece como una arena de negociación y conflicto[41].

Según Heller  no toda actividad del ¨estado¨ es actividad política, aunque la política y el Estado se encuentran fuertemente conectados. Por otra parte el Estado se diferencia de toda forma de poder político, ya que tiene a su disposición el orden jurídico establecido y consolidado por órganos estatales[42]. El Estado se encuentra así por encima de todas las demás unidades de poder. Su poder es legal, es decir, está jurídicamente organizado.

Las nociones de ¨estado¨ en la época en que le tocó actuar a José de San Martín, según la bibliografía que se manejaba por entonces en la universidad de Buenos Aires - además del texto de Sáenz ya citado -, igualaban, como dijimos, los conceptos de ¨nación¨ y ¨estado¨. El ¨Derecho de Gentes...¨ de Emer de Vattel, autor francés de mediados del siglo XVIII que se leía en Buenos  Aires hasta la década del veinte del siglo XIX decía: ¨Las naciones o Estados, son cuerpos políticos, de sociedades de hombres reunidos para procurar su salud y su adelantamiento¨[43]. Existía una correspondencia entre ambos términos. Tanto la ¨nación¨ como el ¨estado¨ tenían como objetivo el mejoramiento de la población o, en lenguaje sanmartiniano, alcanzar ¨la felicidad de los pueblos¨.

Definidos muy genéricamente los conceptos de ¨nación¨ y ¨estado¨, pasaremos a estudiar las categorías históricas y analíticas de ambos términos, según el vocabulario político de José de San Martín. En el período en que le tocó actuar, las naciones americanas estaban en formación, los límites territoriales no eran definidos, y los sentimientos de pertenencia nacional estaban en un proceso de conformación, entremezclándose con los sentimientos de identidades locales, provinciales y de ciudades.

San Martín era consciente que la identidad nacional estaba configurándose, pero, insistía en la necesidad de su consolidación para poder ocupar un lugar relevante en el concierto de las naciones del mundo: ¨Los americanos o Provincias Unidas, no han tenido otro objeto en su revolución que la emancipación del mando de fierro español y pertenecer a una Nación¨, frase ya citada pero que ilustra su propósito de constituir una nación independiente.

La nación podía ser pensada a veces por San Martín como la población, los habitantes de una región, de una ciudad: ¨Mi pensamiento ha sido dejar puestas las bases sobre que deben edificar los que sean llamados al sublime destino de hacer felices a los pueblos. Me he encargado de toda la autoridad, para responder de ella la nación entera¨[44]. Concebía a los ¨pueblos¨ como provincias o ciudades; su conjunto constituía la nación. Ésta podía ser pensada como un territorio con límites en proceso de construcción, producto de la conformación de nuevas naciones pertenecientes con anterioridad a un tronco común. Así, en 1918, consideraba a las Provincia Unidas y a Chile como naciones colindantes al virreinato del Perú[45].

En ocasiones, los conceptos se entremezclan y resultan difíciles categorizarlos: ¨Yo pudiera haber dispuesto - decía en un decreto como Protector del Perú de fecha 3 de agosto de 1821 – que electores nombrados por los ciudadanos de los departamentos libres designasen la persona que había de gobernar, hasta la reunión de los representantes de la Nación Peruana: mas como por una parte la simultánea y repetida invitación de gran número de personas de elevado carácter y decidido  influjo en esta capital para que presidiese a la Administración del Estado me aseguraba un nombramiento popular; y por otra había obtenido ya el asentimiento de los pueblos que estaban bajo la protección del ejército libertador, he juzgado más decoroso y conveniente el seguir esta conducta franca y leal, que debe tranquilizar a los ciudadanos celosos de su libertad¨[46]. En este párrafo podemos diferenciar los conceptos de ¨pueblos¨ y ¨ciudadano¨, cuando se refiere al conjunto de la población y a los vecinos caracterizados con derecho a voto, respectivamente. Con referencia al concepto de  ¨nación¨, le adjudica un sentimiento de pertenencia colectivo, mientras que con ¨estado¨,  alude al ejercicio del poder político, de la administración.

También equiparaba el concepto de ¨nación¨ al de ¨estado¨ cuando hacía referencia a la necesidad de firmar convenios de nación a nación en 1818, o cuando en 1821 proponía que fuesen al Perú dos diputados por el Estado de Chile, quienes unidos con los del Perú, influirían en la felicidad futura de ambos Estados. Categorizaba de igual modo cuando mencionaba la conformación de la escuadra del Estado chileno; las fuerzas del Estado, haciendo referencia al ejército; los recursos de los Estados; los territorios ocupados por fuerzas enemigas que pertenecían a un Estado; las convulsiones de los Estados, etc.

Por entonces, desde territorio peruano, auguraba al cabildo porteño ¨un porvenir funesto a la causa de la humanidad si las Provincias del Río de la Plata no se vinculan con los lazos de la sociabilidad, que las hizo temibles de nuestros enemigos y dio tantas glorias a sus beneméritos hijos; si un Poder central no preside a las grandes deliberaciones de este Estado (...) Yo interpreto el celo de esa ilustre Corporación para que desaparezca la lucha fratricida y contribuya con los pueblos hermanos a dar a la Nación el grado de esplendor y consistencia que lo atraiga al respeto y consideración de Europa¨[47]. Aquí asignaba al ¨estado¨ una función social, de unir a la comunidad, aunque lo equiparaba, nuevamente, a la ¨nación¨. San Martín estaba convencido que sin la unidad no podía conformarse la nacionalidad, y para ello otorgaba un papel destacado a las autoridades, en este caso al cabildo. Para alcanzar la categoría de ¨estado¨, era imprescindible el reconocimiento de otros estados, en especial de los modernos estados europeos.

En carta a Ramón Castilla del 11 de setiembre de 1848 utilizaba nuevamente  el término ¨estado¨ como sinónimo de ¨nación¨: ¨El segundo punto, decía, fue el de mirar a todos los estados americanos, en que las fuerzas de mi mando penetraron, como Estados hermanos interesados todos en un santo y mismo fin¨. Y más adelante: ¨Por otra parte, la oposición al gobierno se servía de mi nombre, y sin mi conocimiento, ni aprobación manifestaba en sus periódicos, que yo era el sólo hombre capaz de organizar el Estado y reunir las provincias, que se hallaban en disidencia con la capital¨[48]. El problema al que se había enfrentado permanentemente y del que estaba obsesionado, era el de constitución de la nación, conformada por la unión de las distintas ciudades y provincias que, por desavenencias internas no podían organizarse definitivamente como nación independiente. San Martín se preocupaba por la disgregación de las naciones americanas, que les restaba esplendor y consistencia, necesarias para atraer el respeto de los estados europeos.

En otras ocasiones, hacía referencia explícita al poder político, asignándole la categoría de ¨estado¨, cuando hablaba del Director del Estado, de los almacenes del Estado, las finanzas del Estado; las rentas generales de todo Estado; la administración del poder directivo del Estado, etc. En estos casos, el ¨estado¨, representaba la autoridad suprema, la institución pública por antonomasia.

Ya en Europa, con una visión más global y actualizada por la lectura de escritores políticos contemporáneos y periódicos de los principales países europeos, San Martín diferenciaba con mayor claridad que sus propios compatriotas los conceptos de ¨nación¨ y ¨estado¨, adjudicando a este último el sentido de autoridad superior que representaba la potestad general, otorgándole el poder político y el poder de coerción. De allí que mencionase insistentemente la existencia en América de Estados débiles y naciones poco cohesionadas, o hiciese alusión a quienes querían ¨vivir a costa del Estado¨.

Con referencia a esta última expresión, la utilizó  en varias oportunidades. En 1834 escribía a Guido: ¨El foco de las revoluciones, no sólo en Buenos Aires, sino de las provincias, ha salido de esa Capital: en ella se encuentra la crema de la anarquía, de los hombres inquietos y viciosos, de los que no viven más que de trastornos, porque no han tenido nada que perder, todo lo esperan ganar en el desorden; porque el lujo excesivo, multiplicando las necesidades, se procura satisfacer sin reparar en los medios; ahí es en donde un gran número quiere vivir del Estado y no trabajar, etc... ¨[49] Le preocupaba la actitud de quienes querían usufructuar en provecho propio los cargos estatales, opuesta a su inclinación de renunciamiento de las ventajas materiales que le podían haber proporcionado su obra de libertador o sus funciones públicas.

En carta a Miller, de 1.841 escribía: ¨Nada me sorprende el que Ud. haya sido borrado de la lista militar del Perú: desgraciadamente los nuevos Estados de la América no saben apreciar los hombres que como Ud. han derramado su sangre por su independencia y libertad, sin mezclarse en sus disensiones, y sólo obedeciendo a la autoridad constituida por la ley (...) pero consuélese mi buen amigo con la idea, que todos los hombres de bien de los estados de Sudamérica sabrán valorar la noble y brava conducta del general Miller¨[50]. En el primer caso podría hacer alusión a la concepción moderna de ¨estado¨, refiriéndose a la autoridad suprema, no así en el segundo en donde identifica ¨estado¨ con ¨nación¨, al hacer referencia a los pueblos de las nuevas naciones.

A modo de conclusión

Los numerosos escritos del General San Martín, que constituyen en conjunto una verdadera autobiografía, son una fuente incalculable de estudio de su vida, obra y pensamiento. Abordar la temática de las identidades históricas y analíticas contenidas en ellos constituye un desafío, especialmente si tratamos de no caer en el anacronismo de interpretar sus palabras según su significado actual. Esta forma de abordaje de los textos históricos no es una invención de la nueva historiografía, sino que fue advertido por los propios protagonistas de la época estudiada. Ignacio Gorriti en 1836, refiriéndose a la teología moral en su obra ¨Reflexiones...¨, avisaba del peligro que significaba citar una autoridad antigua y concluir de ella una incoherencia, cuando se pretendía dar a las palabras  un sentido no asignado por el autor[51].

Lenguaje y pensamiento son dos entidades íntimamente unidas y, según el postulado saussuriano, debemos realizar un corte horizontal y sincrónico para colocar a las palabras dentro de la estructura de la época, y, a través de la lingüística dicacrónica, estudiar le evolución de la lengua, su transformación sucesiva. Si bien muchas de sus posiciones científicas positivistas han sido superadas, su enfoque nos permite abordar el estudio del lenguaje como sistema de expresiones convencionales usado por una comunidad. El análisis del discurso de José de San Martín brinda un amplio campo de investigación, del que sólo fueron elegidas algunas palabras de su vocabulario político  para categorizarlas y estudiarlas, aclarando que quedan otras pendientes, tales como ¨patria¨, ¨ciudadano¨, ¨paisano¨, ¨federación¨ o ¨república¨, tan ricas como las aquí analizadas.

El argumento de Spencer según el cual el cambio social sustenta la necesidad de nuevas identidades, se corresponde perfectamente con los cambios políticos de la etapa independentista que trajeron aparejados innovaciones en la sociedad y nuevas formas de identidad política. El establecimiento en sociedades tradicionales como las americanas de instituciones, prácticas e imaginarios modernos, llevó a la conformación de nuevas identidades que fueron conformándose a lo largo de los años hasta adquirir hoy su forma actual.

El sentimiento de pertenencia a una sociedad humana es una cuestión de contexto y de época, de allí que privilegiar una identidad sobre otra varía también según el contexto y la época estudiada. Si bien el concepto de identidad comenzó a utilizarse a partir de la década del sesenta del siglo XX, su estudio y análisis dentro del vocabulario político de San Martín nos permite descubrir nuevas facetas de su pensamiento.

Pese a que las identidades son diversas y variadas,  y los actores no pueden distinguirlas como tales separadamente sino que las experimentan en forma múltiple y combinada, resulta  interesante y clarificador estudiarlas dentro del contexto histórico y de la movilidad de una época de crisis como la analizada,  en la que se gestaron importantes cambios estructurales, y en la que José de San Martín jugó un papel preponderante.

Publicado en Anales de la Academia Sanmartiniana Nº17 (Pág. 129 a148); Instituto Nacional Sanmartiniano; Buenos Aires.
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q Salas, Carlos A.; Renunciamientos del capitán general don José de San Martín a la gloria, al poder y a la riqueza; Instituto Nacional Sanmartiniano; Buenos Aires, 1973.

q San Martín, su correspondencia (1823 – 1850); Assandri; Córdoba.

q Saussure, Ferdinand de; Curso de lingüística general; Losada; Buenos Aires, 1982.

q Siri, Eros Nicolás; San Martín, los unitarios y federales y el regreso del Libertador al Río de la Plata en 1829¨; Peña Lillo; Buenos Aires, 1965.

q Terán Oscar; Michel Foucault, discurso, poder y subjetividad; El cielo por asalto; Buenos Aires, 1995.

q Yaben, Jacinto; Efemérides Sanmartinianas; Instituto Nacional Sanmartiniano; Buenos Aires, 1978.

q Yaben, Jacinto; Por la gloria del General San Martín; Buenos Aires, 1950.



[1] Foucault, Michel; La arqueología del saber; Siglo XXI; México, 1969. Introducción.
[2] Hobsbawm, Eric; ¨La izquierda y la política identitaria¨, en Apuntes de investigación; CECYP; Nº 2/3; Buenos Aires, 1998. Pág. 7 a 9.
[3] Instituto Nacional Sanmartiniano; Documentos para la historia del Libertador General San Martín; Tomo VII; Pág. 181. Oficio del General San Martín al virrey del Perú Joaquín de la Pezuela, después de la batalla de Maipú, Santiago de Chile, 11 de abril de 1818.
[4] Chiaramonte, José Carlos; Ciudades, provincias, Estados: orígenes de la Nación Argentina (1800 – 1846; Ariel; Buenos Aires, 1997; Pág. 73.
[5] Pérez, René; San Martín en la teoría y la historia de las instituciones políticas; Buenos Aires, 1.989. Pág.73.
[6] Ibarguren, Carlos; San Martín íntimo, el hombre en su lucha; Peuser; Buenos Aires. Pág. 268.
[7] Instituto Nacional Sanmartiniano; Documentos para la historia del Libertador General San Martín; Tomo IX; Buenos aires, 1.970; Pág. 139. Carta de San Martín a Joaquín de la Pezuela del 10 de noviembre de 1.818.
[8] Ortega, Exequiel; José de San Martín, doctrina, ideas, carácter y genio; La Facultad; Buenos Aires, 1.950; Pág.221.
[9] Pérez, René; San Martín en la teoría..., citado; Pág. 85.
[10] Instituto Nacional Sanmartiniano; Documentos para la historia del Libertador General San Martín; Tomo XII; Buenos aires, 1974.Pág. 16; Carta de San Martín a José de Artigas, Mendoza, 13 de marzo de 1819.
[11] San Martín, Su correspondencia (1823 – 1850); Asandri. Córdoba. Pág. 147; Carta a Juan Manuel de Rosas, fechada en Grand Bourg, el 10 de julio de 1839.
[12] Siri, Eros Nicolás; San Martín los unitarios y federales; Peña Lillo, Buenos Aires, 1965. Pág. 76.
[13] Ramallo, Jorge María; San Martín, las logias, la revolución social y su amor por Buenos Aires. Fundación Nuestra Historia; Buenos Aires, 1998. Pág.91 y 92.
[14] San Martín, su correspondencia..., citada; Pág. 236.
[15] Guerra, Francois – Xavier; Modernidad e independencia; F.C.E., México, 1993. Pág. 352.
[16] Instituto Nacional Sanmartiniano; Documentos para la historia del Libertador General San Martín;  Tomo VII; Pág. 523. Manifiesto de  San Martín como general en Jefe de los Ejércitos Unidos; Buenos Aires, 25 de junio de 1818.
[17] Ibídem, Pág. 525.
[18] Más, José; San Martín el austero; La Obra; Buenos Aires, 1950. Pág.278.
[19] Ibídem; Pág. 346.
[20] Instituto Nacional Sanmartiniano; La conducción política del general San Martín durante el protectorado del Perú. Tomo II; Buenos aires, 1982. Pág.15. Estatuto Provisional dado por el Protector de la libertad del Perú.
[21] Palcos, Alberto; Hechos y glorias del general San Martín, espíritu y trayectoria del Gran Capitán; El Ateneo; Buenos Aires, 1950; Pág. 519.
[22] Pérez, René; San Martín en la teoría..., citado; Pág. 59.
[23] Instituto Nacional Sanmartiniano; La conducción política..., citado; Tomo II; Pág. 4. Oficio de San Martín al Ayuntamiento de Lima; 14 de julio de 1821.
[24] Galván Moreno, C.; Bandos y proclamas del general San Martín, una exposición documental de su heroica gesta libertadora; Claridad; Buenos Aires. Pág. 213.
[25] Lázaro, Orlando; San Martín y Rosas; Tucma; Tucumán. Pág. 48 y 49.
[26] San Martín, su correspondencia..., citado; Pág. 138. Carta a Vicente López; Bruselas, 12 de mayo de 1830.
[27]Ibídem; Pág. 157. Carta a Juan Manuel de Rosas; Boulogne Sur Mer, 2 de noviembre de 1848.
[28] Ibídem; Pág. 81 y 82.
[29] Yaben, Jacinto; Por la gloria del General San Martín; Buenos Aires, 1950; Pág. 442. Carta a Tomás Guido; Bruselas, 6 de enero de 1827.
[30] Levene, Ricardo; El genio político de San Martín; Kraft; Buenos Aires. Pág. 82.
[31] ¨De Gandía, Enrique, San Martín, su pensamiento político; Pleamar; Buenos Aires, 1964; Pág.329.
[32] Chiaramonte, José Carlos; Ciudades, provincias… citado; Pág. 61.
[33] Ibídem, Pág. 511.
[34] Bobbio, Norberto y Matteucci, Nicola; Diccionario de política; Siglo XXI; México, 1986. Pág.1075
[35] Anderson, Benedict; Comunidades imaginadas, reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo; Fondo de Cultura Económica; México, 1991.
[36] Oszlak, Oscar; La formación del estado argentino; Ed. de Belgrano; Buenos Aires, 1982. Pág. 16.
[37] Chiaramonte, José Carlos, Ciudades, provincias..., citado; Pág. 116.
[38] Portantiero, Juan Carlos y De Ipola, Emilio; Estado y sociedad en el pensamiento clásico, antología conceptual para el análisis comparado¨; Cántaro; Buenos Aires.
[39] Hall, John e Ikenberry, John; El estado; Alianza; Madrid. Pág. 10 y 11.
[40] Ibídem; Pág. 14 y 15.
[41] Ibídem. Pág. 19.
[42] Heller, Hermann; Teoría del Estado; Fondo de Cultura Económica; México, 1992. Pág.222 y 223.
[43] Chiaramonte, José Carlos, Ciudades, provincias..., citado; Pág. 118.
[44] Galván Moreno, C.; Bandos y proclamas... citados; Pág. 214. Bando del 8 de octubre de 1821.
[45] Instituto Nacional Sanmartiniano, Documentos..., citado. Tomo VIII. Pág. 182.
[46] Instituto Nacional Sanmartiniano; La conducción política..., citado, Tomo I; Pág. 31.
[47] Levene, Ricardo; El genio..., citado; Pág. 179.
[48] Ramallo, Jorge María; San Martín..., citado; Pág.92.
[49] Siri, Eros Nicolás; San Martín..., citado; Pág.83.
[50] Yaben, Jacinto; Por la gloria..., citado; Pág. 363.
[51] Chiaramonte, José Carlos; Ciudades, provincias...; Citado; Pág. 113.

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