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martes, 30 de octubre de 2012

LA CLASE COMO IDENTIDAD SOCIAL




por María Mercedes Tenti
Introducción

En el presente trabajo abordaremos el tema de la identidad de clase, partiendo genéricamente de sus primeras elaboraciones teóricas, en particular de Carlos Marx, Alfred Weber y Emilio Durkheim, para detenernos en el pensamiento del historiador inglés Edward Palmer Thompson (1.924 - 1.993). Thompson, en especial desde sus investigaciones sobre los orígenes del movimiento obrero inglés, dio interesantes aportes para el estudio de la cultura popular de los siglos XVIII y XIX  abordando una perspectiva particular sobre el concepto de clase, en oposición a otras corrientes de pensamiento, en particular a la escuela alemana neomarxista. También critica a Althusser y a formas del estructuralismo marxista, al idealismo anticomunista de Karl Popper y al dogmatismo stalinista. Con su perspectiva plantea una renovación del marxismo heterodoxo y podemos afirmar que el impacto de su obra en análisis posteriores, ha trascendido la tradición marxista.
Nuestro principal objetivo es poner en diálogo no sólo a quienes primero emprendieron sistemáticamente el tema de las clases sociales como identidades particulares, sino avanzar sobre las últimas corrientes de pensamiento en la materia, generadas en particular a partir del acuerdo o desacuerdo con el pensamiento de Thompson, dentro del ámbito historiográfico, y el impacto en los análisis posteriores que trascienden, como dijimos, la tradición marxista.

Las clases para Marx, Weber y Drukheim

La “clase” como principio analítico aparece, entendida en términos modernos, en los siglos XVII y XVIII. Surge como un tipo social claramente diferenciado, que la define como un “nosotros”, dentro del contexto más grande de la sociedad. En ese sentido, puede ser identificada en términos económicos, en general productivos, y es precisamente esa unidad la que le da identidad. En el origen moderno de clase está la noción de conflicto. Surge alrededor de la aparición de la burguesía que adquiere una identidad fuerte en oposición a los otros grupos sociales. En general la idea de la burguesía aparece vinculada a lo productivo, a lo económico y en un espacio físico particular, la ciudad.
El concepto de clase en términos de explicación del progreso universal, en el eje y motor del desarrollo histórico surge con el socialismo utópico y especialmente con Carlos Marx. Para Marx las clases son grupos sociales que poseen una función concreta en el proceso de producción. Las tres grandes clases en que divide la sociedad son: los dueños de la tierra, los propietarios del capital y los trabajadores que no poseen mas que su fuerza de trabajo. Estos tres grupos corresponden a los tres factores de la producción según la economía clásica: la tierra, el capital y el trabajo. Al hacer una división tan amplia, omite casos anexos, si bien destaca las diferencias entre las tres clases, a costa de las diferencias existentes entre ellas mismas.
Frente a esta clasificación general, Marx usa el término clase en varios sentidos diferentes. Algunas  veces distingue las tres clases señaladas, otras sólo diferencia dos: los explotadores y los explotados, los opresores y los oprimidos. Es decir que en unos casos emplea un concepto amplio de clase, mientras que en otros lo hace en forma restringida.
Marx divide las clases según los modelos de producción. Así, al producirse una “subordinación formal del trabajo al capital”[1], se da una simple relación monetaria entre quien se apropia del plustrabajo (el capitalista) y entre quien lo proporciona (el trabajador). El primero pone bajo su dependencia económica al segundo que vende su fuerza de trabajo. Hay una relación de superioridad y de subordinación.
Por otro lado, el capital se le opone también al obrero cuando reúne las condiciones de trabajo objetivas, es decir los medios de producción, y las subjetivas que son los medios de subsistencia. La subordinación del trabajo al capital aparece en forma de imposición a través del plustrabajo, ya que debe establecer los medios para satisfacción de las necesidades del trabajador, además del esparcimiento necesario para ocupar el tiempo libre.
Se produce una sujeción real del trabajo al capital, del trabajador al capitalista, especialmente a partir de la multiplicación del capital que se apodera prácticamente de la producción y el surgimiento de capitalistas industriales poderosos. Si bien los trabajadores son libres, a diferencia de los esclavos, siervos, vasallos, etc., son libres solamente en lo formal ya que están supeditados al factor económico que los condiciona.
Las relaciones de dominación y subordinación son el resultado del modo de producción capitalista, distintas también a las relaciones jerárquicas de otros procesos de producción en donde existía cierta autonomía, tal el caso de los campesinos y arrendatarios libres, que sólo debían pagar al propietario de la tierra o al Estado, según lo producido, o el caso de los artesanos o pequeños productores domésticos. Marx plantea el concepto de clase social como actor fundante del proceso social concreto, y la historia de la humanidad, como la historia de la lucha de clases.
En el modo de producción, la estructura crea las condiciones para desestructurar el proceso. Las fuerzas productivas entran en contradicción con las relaciones sociales de producción y surge una coyuntura de cambio revolucionario. Surge un momento de revolución.  En él las clases cambian  su posición en la sociedad. En el momento particular de la contradicción, una de las clases, destinada a apropiarse de los cambios, toma conciencia y realiza acciones para modificar el estado de cosas. Esa clase es el proletariado. La conciencia de clase es un elemento básico de la práctica política.
Para Marx una clase social es un grupo social con una función concreta en el proceso de producción. Las distintas funciones les dan intereses conflictivos y hacen que actúen de distintas formas. Marx Weber reintroduce la idea de clase, la legitima dentro del contexto de las ciencias sociales. Discute con el marxismo  y las clasifica según grupos de status. Distingue las clases según las oportunidades en la vida. El status a veces se adquiere por nacimiento y puede llevar consigo poder y privilegio. Pone énfasis en el espíritu de lucro puesto de manifiesto en los proceso poroductivos concretos. La moral protestante explicaría el origen del capitalismo y de la burguesía.
Donde Marx definió sus clases en términos de producción, Weber definió sus estados en términos de consumo, aunque no obstante, ellos no son siempre índices fiables de status. El modelo de Weber se presentó como una alternativa al de Marx. Contrariamente, el concepto de Marx se opone al de los status de Weber, al considerarlos no como la expresión de un consenso, ya que la sociedad está determinada por los valores impuestos por la clase dominante a todas las demás.
Marx estaba particularmente interesado en la dominación y el conflicto - de allí que formula la idea de conciencia de clase -, mientras que Weber estaba interesado en los valores y estilos de vida. En consecuencia los modelos de clase y de grupo de status, como los modelos de conflicto y de consenso pueden considerarse formas complementarias de ver la sociedad, en vez de contradictorias.
Emilio Durkheim hace otro planteo a partir de la adhesión de los individuos a los grupos sociales, renunciando total o parcialmente a su propia naturaleza. El hombre, por ser un ser social, vive actuando en grupos múltiples, entre los cuales los más importantes son la familia, la patria y la humanidad[2]. Entre ellos impone una jerarquía, hay una imagen estática de la estratificación social. Alienta también un tipo de organización corporativa.
Divide la sociedad en categorías que tiene por función abarcar todos los conceptos. Las relaciones que ellas expresan existen en las conciencias individuales y sólo pueden hacerse conscientes en y por la sociedad. La sociedad supone una organización consciente de sí, es decir una clasificación. El tiempo social, el espacio social, las clases sociales, la causalidad colectiva, están en la base de las categorías. En síntesis la sociedad no es un ser ilógico o incoherente, es la forma más alta de la vida psíquica, ya es “una conciencia de conciencias”[3].

El concepto de clase en Thompson

Dentro de la concepción marxista, el análisis de Thompson es un análisis teórico conceptual. El objeto del conocimiento histórico son los datos empíricos y la investigación historiográfica debe organizarse a partir de una interacción entre los datos empíricos y los conceptos teóricos.
Considera que se debe hablar de “clase”, no de “clases”. Define a la clase como proceso activo, la clase obrera estuvo presente en su propia formación. La noción de clase implica la de relación histórica. Para Thompson no pueden existir dos clases con existencia independiente y luego ponerlas en relación. La clase cobra existencia cuando los hombres y mujeres que la componen, y que tienen intereses comunes, se relacionan con otros con intereses diferentes.
Allí surge la conciencia de clase, determinada por las relaciones de producción, y que se expresa en expresiones culturales[4]. Si diferencia la situación de clase y la formación de clase, es porque distingue entre condiciones de clase y la propia clase[5].
Para Thompson “la clase  es una formación tanto cultural como económica”[6] y diferencia entre situaciones de clase y formaciones de clase, así como entre condiciones de clase y la misma clase[7], ya que los individuos actúan a modo de clase, aún antes de que la clase esté totalmente constituida. Mientras la gente vive con sus relaciones de producción y ellas la conducen a un  conjunto de relaciones sociales, sus formas culturales propias le permiten capitalizar su experiencia. Thompson recupera la “historia desde abajo”  como empresa intelectual y como proyecto político[8].
La clase es algo en formación, tanto social como cultural, y la definen los hombres a lo largo de su propia historia, como producto de procesos [9] en períodos de larga duración. Thompson toma a la clase como un concepto histórico, está en contra de la definición estructural de clase. Explica las clases no desde la teoría, sino a partir de su historia. Las clases se van formando, son proceso históricos. Siempre están en construcción. “La clase la definen los hombres mientras viven su propia historia y, al fin y al cabo, esta es u única definición”[10]. Allí encontramos conexión con la afirmación de Waldo Ansaldi que las clases no son, se hacen.
La experiencia va a constituir la conciencia de clase. La explotación es la experiencia común que lleva a la lucha de clases. La experiencia es la que une y ablanda la estructura y la superestructura. El  concepto de experiencia es el nudo, el articulador que le hace hablar de la clase en sí y la clase para sí. La experiencia es un proceso cultural común que unifica a la clase, más allá de las relaciones de producción.
Considera que la lucha de clases es anterior a las clases, ya que la formación de la clase y el reconocimiento de la conciencia  de clase surgen de la lucha[11], por lo tanto plantea la lucha de clases previamente a los modos de producción capitalistas. La categoría analítica adoptada por Thompson para el análisis de la acción humana es la experiencia. Si la conciencia se percibe a través de la experiencia, no es directa, sino que toma elementos de la cultura popular. Es por tanto indirecta. La cultura popular no es una, es heterogénea. Thompson estudia la clase en sí, aún en ausencia de la conciencia. En la lucha de clases sin clases, la clase en sí se convierte en clase para sí[12].
La preocupación de Thompson es mostrar a la clase en forma visible en la historia, como proceso social real[13]. Las relaciones de clase son dinámicas y cambiantes con referencia a los modos de producción, por lo tanto diferencia a la clase de las relaciones sociales de producción. Se opone a la ecuación a la que se reducía  la formación de la clase obrera: “energía de vapor + sistema industrial = clase obrera”[14]. Es en el ámbito de la cultura donde se conformaron las identidades de las clases subordinadas y de allí surgieron los grupos sociales que trataron de alterar el orden social.


Las críticas a las concepciones de Thompson

El concepto de clase de E. P. Thompson dio lugar una serie de argumentaciones en su contra, por parte de distinguidos teóricos e historiadores europeos.  Como conclusión haremos una síntesis de las principales críticas, desde distintas posturas, aunque la mayoría surgen del seno de la propia teoría marxista y giran alrededor de las implicancias políticas a que conducen sus distintas vertientes.
Stuart Hall lo critica al considerar que con su postura inmoviliza al marxismo en la conexión de la clase en sí y la clase para sí, y las consecuencias políticas y prácticas que conlleva esta concepción. A juicio de Hall este optimismo thompsoniano tiene manifestaciones populistas.
Cohen se opone a su idea respecto a que la clase no determina la conciencia de clase, argumentando que la clase puede ser definida estructuralmente según los modos de producción. Esta idea es compartida por Perry Anderson  que afirma que “la definición de clase es en exceso voluntarista y subjetivista[15] y critica la forma de tratar las condiciones objetivas de acumulación de capital y de industrialización, externamente a la formación del proletariado inglés[16].
En general Thompson desplaza el foco de tensión de las críticas hacia la explicación de la presencia histórica de la clase obrera en las fases pre capitalistas o de formación del capitalismo, afirmando que las relaciones de producción y explotación estaban ya establecidas con anterioridad. Plantea a la clase como una relación interna, oponiéndose a la concepción de las clases como “categoría de estratificación”[17].
Además del subjetivismo y del voluntarismo, se lo acusa de excesivo empirismo, de experiencialismo, ya  que no define la clase en forma de modos de producción, a la vez que no define experiencia y cultura. En general le da prioridad explicativa a lo empírico y los valores empíricos que crea, dificultan el proceso de generalización. Ante su oposición a realizar análisis de tipo estructurales recibe críticas obviamente de los estructuralistas.
La concepción de Thompson es voluntarista ya que considera que la clase debe encontrar por si misma su propio destino. La clase con la conciencia que tiene debe defender sus intereses, razón por la cual no debería existir una clase de intelectuales que lleve adelante sus postulados.  Al incluir la historia dentro de la teoría, la acerca demasiado a la política, por su propia militancia en el laborismo.
Finalmente, el análisis de Meikisins Wood, justifica los textos y la postura de Thompson en una discusión encerrada en si misma, de defensa de sus postulados teóricos. Coincide con Thompson en que la teoría marxista significó un abandono de la clase trabajadora como agente de transformación social a través de la lucha de clases[18], para proponer finalmente una redefinición de la teoría y práctica marxista, para poner fin a la negación de la actividad de la clase trabajadora en la construcción de la historia.




Bibliografía

- DURKEHEIM, Emile; “De la división del trabajo social”; Schapire; Buenos Aires; 1.967.
----- “El suicidio”; Schapire; Buenos Aires; 1.965.
----- “La educación moral “; Schapire; Buenos Aires; 1.972.
- ILLADES, Carlos; “Introducción”’ en THOMPSON, E. P.; Historia social y antropología; Instituto Mora; México; 1.997.
- MEIKSINS WOOD, Ellen; “El concepto de clase en E. P. Thompson”  en Contra la corriente. Historia, Teoría y Política Año 1, N* 1; Buenos Aires; 1.993.
- RUBEL, Maximilien; “Páginas escogida de Marx para una ética socialista”; Amorrortu. Tomo I. Buenos Aires; 1.974.
- THOMPSON, E. P.; “La formación de la clase obrera en Inglaterra”; Tomo I. Crítica; Barcelona 1.989.
- WEBER, Max; “Economía y sociedad”; Fondo de Cultura Económica; México; 1.969.


[1]RUBEL, Maximilien; “Páginas escogida de Marx para una ética socialista”; Amorrortu. Tomo I. Buenos Aires; 1.974; pág. 225.
[2] DURKEHEIM, Emile; “La educación moral “; Schapire; Buenos Aires; 1.972 pág. 86.
[3] DURKEHEIM, Emile; “El suicidio”; Schapire; Buenos Aires; 1.965; pág. 451.
[4]THOMPSON, E. P.; “Prefacio”; en La formación de la clase obrera en Inglaterra; Tomo I. Crítica; Barcelona 1.989; Pág. XIII y XIV.
[5]MEIKSINS WOOD, Ellen; “El concepto de clase en E. P. Thompson”  en Contra la corriente. Historia, Teoría y Política Año 1, N* 1; Buenos Aires; 1.993; pág. 53.
[6]THOMPSON, E. P. “Prefacio...”, citado; pág. XVII.
[7]MEIKSINS WOOD, Ellen; “El concepto...”, citado; pág. 54.
[8]IBÍDEM; pág. 44.
[9]THOMPSON, E. P.; “Prefacio...” citado; pág. XV y XVI.
[10]IBÍDEM; pág. XV.
[11]MEIKSINS WOOD, Ellen; “El concepto de clase...” citado; pág. 49 y 50.
[12]IBÍDEM; pág. 74.
[13]IBÍDEM; pág. 64.
[14]ILLADES, Carlos; “Introducción”’ en THOMPSON, E. P.; Historia social y antropología; Instituto Mora; México; 1.997 pág. 14.
[15]MEIKSINS WOOD, Ellen; Obra citada; pág. 46 a 48.
[16]IBÍDEM; pág. 54 y 55.
[17]IBÍDEM; pág. 65.
[18]IBÍDEM; pág. 75.

domingo, 20 de noviembre de 2011

EL TIEMPO HISTÓRICO

Por María Mercedes Tenti

LA TEMPORALIDAD 
Para Marc Bloch, la historia es ¨la ciencia de los hombres en el tiempo¨. El tiempo que concierne a los historiadores es el de los hombres y mujeres en su organización social, entendiendo la persistencia de dicha organización y la propia historia como proceso que crea lo humano. El tiempo histórico es sin duda, el tiempo de lo social[1]
El tiempo es fundamental para comprender la naturaleza de lo histórico. No se concibe un análisis historiográfico sin su situación temporal.

¨La historiografía tiene que captar el tiempo y hacer de él una entidad empírica que permita su medida, el análisis de su significado, y, en definitiva, muestre que la historia misma es un encadenamiento temporal inteligible y explicable¨ [2].

El comportamiento histórico es el que determina el tiempo y no a la inversa como aparentemente parece.

¨Explicar el tiempo es explicar el comportamiento histórico¨ [3].

EL TIEMPO PARA LOS HISTORIADORES
Para Sergio Bagú existen tres dimensiones de la temporalidad a tener en cuenta para el estudio de los seres humanos integrados en sociedades:

1.    El tiempo ordenado en secuencias o transcurso. Por ejemplo hay procesos  sociales iniciados hace poco tiempo mientras que otros comenzaron varias décadas o siglos atrás.
2.    El tiempo como espacio. Algunos sucesos ocurren en un espacio reducido, otros en una mayor superficie o en lugares distantes entre sí.
3.    El tiempo según su intensidad, es decir según la rapidez de los cambios. Algunos sucesos tienen un ritmo lento mientras que otros se suceden rápidamente.

También se puede distinguir entre el tiempo físico y el tiempo subjetivo. El primero tiene que ver con la datación, con la cronología, la búsqueda de una periodización; éste es un tiempo lineal. El segundo es el tiempo vivido, el tiempo subjetivo o simbólico, el ¨tiempo cultural¨. Según el último, cada sociedad concibe el tiempo a su manera, según su ritmo de vida social. En esta concepción circular del tiempo, el tiempo se incorpora a las cosas, a la realidad social.
El criterio de causalidad tiene que ver también con la concepción del tiempo. Para el positivismo, la causalidad lineal era acorde con la visión de la historia episódica que respondía a una visión del mundo ajustadamente causal y determinista.  Actualmente se considera una causalidad ¨estructural¨, ya que se parte de una visión integral de la sociedad, como un todo estructurado.
Frente a  cualquier concepción, el tiempo histórico debe ser concebido por los historiadores en forma múltiple, teniendo en cuenta distintas dimensiones temporales. Para este caso sirve el ejemplo de las tres dimensiones temporales enunciadas por Fernand Braudel:

3   La corta duración, la de los acontecimientos.
3   La media duración, la de la coyuntura.
3   La larga duración, la de las estructuras.

También se debe tener en cuenta la desigualdad de los ritmos de desarrollo de los procesos históricos. El tiempo en algunos casos da la sensación de transcurrir lentamente, mientras que en otros la velocidad de los cambios nos indica la sucesión de los acontecimientos.
Frente a un mismo tiempo cronológico pueden suceder distintos tiempos internos, aunque el verdadero tiempo histórico es el que se mide en cambios frente a la duración; la medida es interna no externa. Sin embargo el tiempo histórico mide ambos tiempos simultáneamente: es cuantitativo y cualitativo. Toma en cuenta el transcurso y el devenir, los cambios lentos y las rápidas modificaciones[4].


[1] Cardoso, 1.982; Pág. 196.
[2] Aróstegui, 1.995; Pág. 217.
[3] Ibídem.
[4] Cardoso, 1.982; Pág. 195.

lunes, 21 de febrero de 2011

LA NUEVA HISTORIA









Por María Mercedes Tenti


Lo primordial en el oficio del historiador es la necesidad cada vez más acuciante, de ayudar a construir la memoria, frente a las aceleradas transformaciones que sufre la humanidad. Todos somos conscientes de que ya no basta con ir a los archivos oficiales en busca de datos para escribir lo acontecido; allí se resguarda sólo una ínfima parte de lo sucedido.
El universo del historiador se ha expandido vertiginosamente. La historia nacional, predominante en el siglo XIX, ha de competir ahora con la historia mundial y la local. La historia social se independizó de la económica para acabar fragmentándose en demografía histórica, historia del trabajo, historia rural, historia urbana, etc. La historia económica no sólo alcanzó perfiles propios sino que se desdibujan las fronteras entre historia económica y administrativa, por ejemplo.
La historia política también se ha modificado. Los historiadores ya no están interesado solamente en los centros de gobierno, sino que les preocupa también la política de los hombres y las mujeres de la calle.
La expresión ¨nueva historia¨ surgió en Francia por el nombre de una colección de ensayos dirigida por Jacques Le Goff, emparentada con la escuela de los Annales. La nueva historia es una historia escrita como reacción al paradigma tradicional, según el concepto de Thomas Kuhn, es decir en contra de la escuela rankeana, concebida por el historiador alemán Leopoldo von Ranke en el siglo XIX.
Según el paradigma tradicional el objeto de la historia es la política, en particular el Estado nacional e internacional. Los historiadores piensan la historia como una narración de acontecimientos, con una mirada desde arriba, centrada en las grandes hazañas de los grandes hombres. Para este paradigma la historia debe basarse en documentos, especialmente en los oficiales procedentes de los gobiernos y conservados en archivos. Para interpretar los principales hechos hay que centrarse en acciones individuales. Un ejemplo claro de ello es la explicación de Collingwood cuando afirmaba : ¨cuando un historiador preguna ¿Por qué Bruto apuñaló a César?, quiere decir ¿En qué pensaba Bruto para decidirse a apuñalar a César?¨ Y finalmente de acuerdo con el paradigma tradicional la historia es objetiva. La tarea del historiador es ofrecer al lector los hechos, ¨como ocurrieron realmente¨.
En contrapartida a estos postulados, la nueva historia se interesa por cualquier actividad humana, ¨todo tiene una historia¨, de ahí la ¨historia total¨ tan cara a la escuela de los Annales. Como consecuencia, en los últimos treinta años los historiadores han comenzado a preocuparse por temas como la niñez, la muerte, la locura, el clima, los gustos, la suciedad y la limpieza, la feminidad, el habla y hasta el silencio. Aquello que se consideraba inmutable, se ve ahora como una ¨construcción cultural¨ sometida a variaciones en el tiempo y en el espacio. El fundamento filosófico de la nueva historia es la idea de que la realidad está social o culturalmente construida.
La nueva historia se desinteresa por la historia de los acontecimientos, se dedica más al análisis de estructuras, como Fernand Braudel en su obra El Mediterráneo, lo que verdaderamente importa son los cambios económicos y sociales a largo plazo. También interesa la ¨historia desde abajo¨, es decir, construida por las opiniones de la gente corriente y su experiencia en el cambio social. Así cobra cada vez más importancia la historia de la cultura popular, de las mentalidades colectivas, etc.
Con respecto a las fuentes, a la nueva Historia le resultan insuficientes los registros oficiales, de allí que recurra a otro tipo de fuentes como las orales o las estadísticas, a la par que se interesa tanto por las acciones individuales como por los movimientos colectivos. Finalmente respecto a la objetividad de la historiografía positivista, se enfrenta el relativismo cultural que se aplica, obviamente, tanto a la historiografía misma como a los que se denominan sus objetos (su objeto de estudio). Percibimos el mundo sólo a través de una red de convenciones, esquemas y estereotipos que varían de una cultura a otra. Todo esto nos obliga a los historiadores a trabajar interdisciplinariamente, en el sentido de aprender de la antropología social, de la economía, de la crítica literaria, de la psicología social, de la sociología, etc. y a colaborar con quienes trabajan en estas disciplinas.
El movimiento a favor del cambio ha nacido de la convicción de lo inadecuado del paradigma tradicional, por ejemplo la descolonización y los movimientos feministas han tenido un fuerte impacto en la historiografía, y hoy surgen nuevos movimientos como el ecologista, que plantean un nuevo enfoque de la historia. De allí que no es desatinado hablar de la crisis del paradigma historiográfico tradicional. Sin embargo el nuevo paradigma también aborda problemas de fuentes, de método y de exposición, en especial porque los historiadores nos estamos introduciendo en territorios, a veces desconocidos. Por ejemplo: la historia universal ha sido vista por los occidentales del norte, como el estudio de las relaciones entre Occidente y el resto del mundo, ignorando las interacciones entre Asia y África, Asia y Latino América, etc.; o la historia desde abajo fue concebida por la inversión de la historia desde arriba, es decir poniendo la cultura ¨baja¨, en el lugar de la ¨alta¨.
Sin embargo los investigadores han demostrado que el problema va más allá. Por ejemplo, si la cultura popular es la cultura del pueblo, quién es el pueblo. ¿Lo son todos, los pobres, las clases inferiores?, como solía llamarlas Antonio Gramsci; ¿son los analfabetos, las personas sin educación?; ¿la gente corriente carece de educación, o tiene una educación diferente, una cultura distinta a las de las elites? La expresión ¨historia desde abajo¨ va más allá. Por ejemplo: ¿la historia política desde abajo debe tener en cuenta las opiniones de la gente corriente, la política local?; ¿la historia de la iglesia desde abajo, es la vista desde la perspectiva de los laicos sin interesar su rango social?; ¿la historia de la educación desde abajo tendría que olvidarse de los ministros y teóricos de la educación y centrarse desde el punto de vista de los estudiantes?
También la historia de la vida cotidiana, rechazada hasta no hace mucho por insignificante, ha tomado importancia. Surge el interés por abordar el mundo de la vida diaria, en el sentido de mostrar que el comportamiento o valores dados por supuesto en una sociedad se descartan en otra como evidentemente absurdos. Sin dudas el concepto de vida cotidiana varía y tiene muchas acepciones que van desde la vida privada hasta el mundo de la gente común. Por ejemplo los visitantes forasteros advierten en la vida de toda sociedad ritos cotidianos (formas de comer, de saludarse, etc.), que los habitantes locales no logran percibir en absoluto como rituales. El reto planteado al historiador social es mostrar cómo el relacionar la vida cotidiana con los grandes sucesos (como la revolución francesa, o las guerras de la independencia argentina), o con tendencias a largo plazo (como el nacimiento del capitalismo, la conformación del populismo latinoamericano), forma parte de la historia. El sociólogo Max Weber acuñó el término ¨rutinización¨ ( o podría ser cotidianización). De allí, que uno de los focos de atención de los historiadores sociales podría ser el proceso de interacción entre acontecimientos y tendencias de gran importancia por un lado, y estructuras de la vida cotidiana por otro.
Los mayores problemas de los nuevos historiadores son las fuentes y los métodos. Para complementar los documentos oficiales se debe releerlos de una manera nueva, recurrir a otras fuentes como la historia oral, apelar a los registros judiciales por ejemplo para rescatar aspectos de la cultura popular en los interrogatorios de sospechosos. Sin embargo, estos nuevos métodos también tienen sus dificultades ya que se trata de reconstruir las ideas ordinarias partiendo de sucesos que fueron extraordinarios para sus protagonistas (como un crimen, por ejemplo), es por lo tanto necesario leer los documentos entre líneas.
Es justo admitir que investigar a los socialmente invisibles como las mujeres trabajadoras, los ancianos, los indigentes, o escuchar a quienes no se expresan (la mayoría silenciosa, los muertos), es algo que implica riesgos, pero que son necesarios correrlos en pro de la historia total. Además de la historia oral se puede recurrir a registros audiovisuales (fotografías, videos, cine, etc.), que también ponen en el tape el tema de la objetivación o no de la realidad a través de estos medios. Los fotógrafos, como los historiadores, no ofrecen un reflejo de la realidad sino representaciones de la misma.
El territorio tradicional de los arqueólogos es la cultura material de épocas carentes de documentos escritos. Sin embargo en la actualidad han dejado el campo de la prehistoria y han comenzado a estudiar la Edad Media, la primera revolución industrial, y hasta la sociedad de consumo. Los historiadores comenzamos también a prestar más atención en los objetos físicos. Algo similar sucede con las fuentes literarias.
Una de las más importantes innovaciones metodológicas es la aplicación de los métodos cuantitativos a la historia, denominados a veces satíricamente Cliometría, es decir las medidas de la diosa de la historia. Este enfoque es muy aceptado por los historiadores de la economía y los demógrafos históricos. También se puede aplicar en la historia política, por ejemplo teniendo en cuenta la cantidad de votos en las elecciones, o en la ¨historia serial¨, nacida en Francia y denominada así porque sus datos se disponen en series cronológicas (por ejemplo estudio de los precios, de la población, etc.). La estadística, ayudada por ordenadores, permite realizar infinidad de estudios desde otra óptica, como la historia de la Inquisición explorada desde métodos cuantitativos con ¨bancos de datos¨, etc.
Todo lo expuesto lleva a repensar la explicación de la historia, ya que las tendencias culturales y sociales no pueden analizarse de la misma forma que los acontecimientos políticos. Hasta no hace muchos los historiadores de la economía y de la sociedad se sentían atraídos por modelos de explicación histórica más o menos deterministas. Hoy, historiadores como Giovanni Levi delinean modelos desde la micro historia y hacen hincapié en la libertad de elección de la gente corriente, en sus estrategias, etc.
Otra perspectiva de análisis es la psicología histórica, o psicología colectiva, que es de importancia para vincular las explicaciones sobre lo individual y lo colectivo, o lo consciente y lo inconsciente. Al intentar evitar la hipótesis de que las personas del pasado pensaban y sentían lo mismo que nosotros, existe el peligro de caer en el extremo contrario de ¨desfamiliarizar¨ tanto el pasado, que resulte ininteligible. Una posible forma de eludir esta dificultad es utilizar la noción de ¨hábito¨ de un determinado grupo social expuesta por el sociólogo Pierre Bourdieu. A diferencia del concepto de ¨regla,¨, el hábito posee la ventaja de permitir a quien lo utiliza reconocer el ámbito de la libertad individual dentro de ciertos límites impuestos por la cultura.
Aunque la expansión del campo de los historiadores y el diálogo con otras disciplinas es bien recibido, se corre el riesgo de la fragmentación de la historia. Así por ejemplo los historiadores de la economía pueden hablar en el lenguaje de los economistas y los historiadores sociales en el de la sociología, pero a veces resulta difícil a los historiadores hablar entre sí. Por ello hay que tratar de buscar la síntesis, el centro. Así los historiadores de la cultura popular se interesan por analizar las relaciones entre lo alto y lo bajo, o los historiadores de las mujeres extienden su interés en las relaciones de los sexos en general.
Quizás lo más importante sea la eliminación final de la vieja oposición entre historiadores políticos y no políticos, o historiadores del pasado o historiadores del tiempo presente. De pronto descubrimos un interés por el componente social en la política y por los elementos políticos en la sociedad, ambos con implicancia hasta el presente. También sociedad y cultura se consideran ahora terreno de juego de las tomas de decisión, y los historiadores debaten temas como la política de la familia, la política del lenguaje, etc.
Todavía estamos lejos de la ¨historia total¨ preconizada por Braudel, pero creo que estamos en la búsqueda de conseguirla.

  EL LIBERAL  31/7/2022 Santiago #HISTORIA ORÍGENES DEL FÚTBOL EN SANTIAGO DEL ESTERO Por María Mercedes Tenti. Especial para EL LIBERAL htt...