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lunes, 26 de septiembre de 2011

ÁRABES Y JUDÍOS EN AMÉRICA LATINA COMPILADO POR IGNACIO KLICH

María Mercedes Tenti
Presentación en Universidad Católica de Santiago del Estero
Junio 2008
Árabes y judíos en América Latina. Historia, representaciones y desafíos, compilado por Ignacio Klich, ofrece a la comunidad académica y al público lector una mirada diferente sobre el proceso inmigratorio latinoamericano. Como sabemos quienes conocemos a Ignacio, es un investigador de fuste que ha ahondado la problemática del medio oriente desde distintas perspectivas, en particular abordando la cuestión tan intrincada de sus relaciones internacionales.
En Árabes y judíos en América Latina enfrenta un nuevo objeto de estudio para las ciencias sociales en general: aborda la investigación de estos flujos migratorios desde una perspectiva comparada. Para ello, convocó a diversos autores para que, desde diferentes escenarios geográficos y temporales, brindaran los resultados de pesquisas previas o recientes sobre la cuestión.
El resultado es este libro que hoy presentamos, que creo constituye un punto de inflexión en los estudios migratorios latinoamericanos ya que la obra representa un viraje en las formas de encarar los estudios inmigratorios en países periféricos. Los estudios tradicionales de la inmigración en estos países realizaban el análisis de dichos procesos en cada uno en particular, centrados, mayoritariamente, en inmigrantes provenientes de estados europeos o asiáticos, o de regiones específicas, al interior de cada país. A estos mismos estudios preocupaba inquirir las políticas migratorias, las formas de penetración, el cálculo de cifras estimativas de los recién llegados y ubicación y modos de integración a los pueblos y culturas impactados. Gran parte de ellos, desde una visión positivista, acentuaban los procesos de integración dentro de la idea generalizada que, para nuestro país, se sintetiza en la frase “Argentina, crisol de razas”.
Esta forma de abordaje de la cuestión dejaba de lado, en la mayoría de los casos, los conflictos suscitados a partir de la llegada de los extranjeros y pretendía justificar la ‘fusión’ y ‘confluencia’ de razas y culturas, anheladas por los hombres del 37 y del 80. Nuevas posturas historiográficas, sociológicas y antropológicas, surgidas en las últimas décadas, comenzaron a entrecruzar las distintas variables de análisis, para ir más allá de esta visión idealizada y tratar de vislumbrar los conflictos originados y las resistencias a la integración por parte de inmigrantes y habitantes nativos. Esta tendencia revirtió el viejo paradigma dominante del crisol de razas, para mostrar, como resultado, la configuración de un mosaico cultural mucho más complejo.
Los autores que escriben en esta compilación coinciden comúnmente en las formas en que se produjeron las migraciones, tanto de árabes como de judíos, a los países de América latina estudiados, Argentina, Chile, México, Brasil y Centro América, y en la mayoría de las políticas migratorias desarrolladas por cada país, aunque con algunas variantes específicas. Plantean las formas de integración y/o asimilación mutua en las sociedades, los modos de nucleamiento generados entre los inmigrantes, con prácticas asociativas que los hermanaban a la hora de integrar socios y comisiones directivas; los encuentros producidos entre ambos grupos migratorios, en espacios de confrontación o de colaboración, las actividades comunes que emprendían y los grupos sociales que integraban. No faltan los análisis de prácticas discriminatorias con respecto a unos u otros, en distintos países, regiones y épocas.
Coinciden en que tanto árabes y judíos eran inmigrantes no deseados por las élites dirigentes de fines del siglo XIX y principios del XX, que buscaban impulsar la llegada de hombres y mujeres europeos, hábiles para el trabajo agrario y portadores de capital propio, especialmente de países anglo-sajones. La inmigración que arribó, finalmente, a las costas latinoamericanas no respondía en general a estas expectativas, por cuanto la mayoría eran inmigrantes pobres, expulsados –por la fuerza o por la circunstancias- de sus países de origen, muchos de ellos analfabetos, de zonas no comprendidas en el proyecto de país diseñado por las élites –como España e Italia- y agravado aún, por estos inmigrantes ‘extraños’ provenientes del África, Asia y de la Europa oriental, con lenguas aglutinantes y religiones y costumbres ‘exóticas’. Para ellos la discriminación fue moneda corriente y emerge en los trabajos presentados en esta obra.
El libro no contiene solamente investigaciones socio-historiográficas, sino que agrega como plus, estudios desde la literatura y el cine. Estos nos muestran otras facetas que no siempre aparecen en los primeros y se refieren a las representaciones desde la ficción, de hombres y mujeres comunes, a partir de su vida cotidiana, que permiten quizás, con menos convencionalismos, mostrar lo que pasaba al interior de las comunidades, lo que no surgía de una primera mirada, pero que estaba latente en diferentes ámbitos y que afloraba de una forma u otra.
Klich expresa, en la primera parte del libro, la complejidad que se presenta a la hora de categorizar y designar a los grupos llegados por estas tierras, con diferente origen y religión, que venían desde distintos lugares con sus propias representaciones a cuesta y que, una vez llegados, causaban, a su vez, diferentes representaciones en la población nativa, según el lugar y el momento histórico del arribo. Destaca también cómo, con el tiempo, fueron mutando las representaciones genéricas de estos grupos étnicos, influenciadas por  el conflicto del medio oriente que complejiza aún más la cuestión.
En general, estas corrientes migratorias “no deseadas”  para América Latina, por las políticas decimonónicas y de comienzos del siglo XX, desarrollaron, por un lado la convivencia pacífica entre ambos grupos y, por otro, la lucha por superar los prejuicios de la sociedad de entonces. Poco a poco se fue ensanchando el espacio público y los hijos y nietos de árabes y judíos, fueron ocupando un rol destacado en la sociedad de los países que los acogieron.
Árabes y judíos en América Latina aporta una mirada innovadora al estudio de la inmigración en la región, desde una perspectiva latinoamericana, llenando un espacio vacío en la agenda de investigación. De la misma manera, al plantear el estudio de los dos grupos de inmigrantes, en clave comparativa, enriquece la perspectiva analítica y aporta sustantivamente para desentrañar el complejo mapa social latinoamericano del siglo XXI. Hoy no pueden estar al margen de  las agendas políticas, tema tales como la noción de multiculturalismo, respeto por los diferentes grupos étnicos, más allá de su procedencia, lengua, religión o costumbres, entre otros. Este libro colabora con  elementos importantes para su diseño.  
Frente al auge de los estudios regionales, que evidencian cierta dificultad en articular la historia  regional con la global, cuando pretenden tomar como único punto de referencia los producidos en el centro, sin enfatizar la singularidad de los procesos que caracterizaron la evolución de la periferia, Árabes y judíos en América Latina  centra el foco de atención precisamente en esta última, buscando categorías de análisis propias. La obra también ayuda a percibir cómo el acercamiento entre ciencias sociales y humanas contribuye a comprender mejor la naturaleza y las condiciones de transformación de procesos sociales de larga duración, cuya racionalidad no podría ser desentrañada sin examinar su desarrollo en el tiempo e interdisciplinariamente.
El balance, indudablemente, es positivo. Su lectura contribuirá a comprender más acabadamente el tránsito de la sociedad en América Latina y dejar de lado ‘certidumbres’, sostenidas hasta no hace mucho, sustentadas en positivistas interpretaciones del pasado. En los trabajos se observa un intento de revisión de las herramientas conceptuales y metodológicas para abordar la cuestión.
Coincido con Jorge Balán que en el prólogo afirma que “este volumen contribuye significativamente (…) para latinoamericanos comprometidos con la lucha contra el prejuicio y la discriminación”, a la vez que “…colocará una voz y un mensaje relevantes para los que asumen compromisos semejantes en otras regiones del mundo”.




lunes, 19 de septiembre de 2011

A CIEN AÑOS DE LA INUNDACIÓN DE VILLA LORETO (21 de diciembre de 1908)

Por María Mercedes Tenti

La antigua Villa de Loreto se había ido conformando, con el correr de los años, en el siglo XVIII, en la antigua estancia de los Islas, a la vera del camino al Alto Perú. Sus habitantes aprovechaban las inundaciones del río Dulce para hacer sementeras y sembrar en épocas de inundaciones; también construían pozos de agua para abrevar el ganado, especialmente ovejas y cabras de las que obtenían lana para sus telares.
La imagen de la Virgen de Loreto, traída por los jesuítas, ya se reverenciaba desde el siglo XVI cuando estaba en posesión de la india Lula Paya, según la tradición oral. En 1731 Catalina Bravo de Zamora hizo construir una capilla, capilla que fue reconstruida varias veces como consecuencias de las inundaciones del río. Hasta fines del siglo XVIII dependía del curato de Tuama, hasta que en 1793 fue erigida parroquia. La nueva iglesia comenzó a construirse a partir de 1830, por iniciativa del gobernador Juan Felipe Ibarra, cuando era párroco Pedro Francisco de Uñarte. Uriarte había sido designado representante por Santiago del Estero ante la Junta Grande y se desempeñó como tal en el Congreso Constituyente reunido en 1816 en Tucumán, trasladado luego a Buenos Aires.
En la tercera década del siglo XIX, Loreto comenzó a declinar, como consecuencia del cambio de cauce del río que la dejó sin el líquido vital para hombres, mujeres, cultivos y ganado. Otra vicisitud fue causa de su decadencia: el ferrocarril que conducía a Rosario tendió sus vías esquivando la antigua villa; La estación Loreto era la escala más próxima. Poco a poco se fue notando el éxodo de pobladores que emigraban en busca de horizontes más promisorios. Los censos de 1869 y 1895 constituyen una prueba irrefutable de ladisminución de la población:
Si bien la economía de la zona había decaído, el departamento contaba con 10 atahonas a mula -que abastecían de harina a la zona-, 3 obrajes y una fábrica de materiales. Antiguos comercios y otros nuevos proveían a la población de lo necesario para la vida: 3 almacenes por menor, 3 bazares, 4 carnicerías, 1 casa consignataria, 7 corredores comerciales. Los 18 "boliches con licores" eran un ámbito de socialización eminentemente masculina (Fazio). Las mujeres se reunían en tertulias en las que ejecutaban el arpa y cantaban (Gancedo).
A comienzos del siglo XX se organizó una comisión para la construcción del templo en la estación y se colocó la piedra fundamental. La capilla fue inaugurada en 1904 (Ar. Parroquial). La capilla de la villa estaba bien conservada. El altar tenía un sagrario movible de algarrobo y dos confesionarios del mismo material. El baptisterio poseía una pila bautismal de mármol. Contaba con importantes imágenes, entre las que se destacaba la de Nuestra Señora de Loreto, un Señor crucificado de 2.20 m de madera (que actualmente se encuentra en la capilla de Perchil Bajo), la Dobrosa de rostro encarnado, Purísima Concepción, San Luis, Jesús Nazareno de vestir, San José y Santa Bárbara -a cada lado del altar mayor- y un vía crucis con cuadro y cruz de madera, según consta en el inventario conservado en el archivo parroquial.
El clamor por el agua
Desde el momento en que la naturaleza hizo variar el cauce del río, el anhelo de los moradores que quedaron en la zona, más el de los inmigrantes que llegaban en busca de nuevos horizontes, era contar con el agua necesaria para impulsar nueva vida a la antigua villa. Ya en 1896 el gobernador Adolfo Ruiz gestionó la venida de un ingeniero especialista en hidráulica para proyectar una serie de obras, entre ellas el canal de Tuama a Loreto, construido durante su gobierno.
Pero la bendición del agua duró muy poco. Si bien en 1903, el canal regaba 887 has. el gobernador Pedro Barraza, en su mensaje anual a la legislatura, señalaba los problemas de su mantenimiento: la bocatoma era angosta para el caudal de agua que se vertía y no se había realizado la compuerta para que, en épocas de crecientes, se detuviera el paso de las aguas. En 1907, José Santillán denunciaba en su mensaje que el río, durante las últimas crecientes, se volcaba impetuoso por el canal el cual, al no tener compuerta, no sólo no contenía el agua, sino que provocaba además el desborde hacia otros rumbos, en forma de verdaderos brazos del río, poniendo en peligro la villa de Loreto. Si bien, la provincia había comprado y traslado materiales para iniciar la obra, argumentaba el gobernador que no se contaban con los fondos necesarios para emprenderla sin el auxilio de la nación, ya que su costo ascendía a $500.000.
Primeras inundaciones
Generalmente se tiene conocimiento de la inundación que arrasó con Loreto en 1908. Sin embargo, ésta no fue la única. Dos inundaciones ocurridas un año antes preanunciaron la tragedia y, sin embargo, los poderes públicos no tomaron los resguardos necesarios para preservar la vida y los bienes de sus moradores.
El 31 de diciembre de 1906, mientras los santiagueños y santiagueñas celebraban la llegada de un nuevo año, la compuerta intermedia de defensa del canal Tuama-Loreto, que estaba en construcción, se rompió por la fuerza de las aguas que comenzaron a entrar en la villa, ante el pánico de la población. Todo enero, luchando contra las adversidades y el calor, los vecinos se pasaron construyendo bordos alrededor de sus casas para evitar que el agua las arrasara. No sólo se había desbordado el canal, sino que el agua se había escurrido por el brazo seco del río Pinto, inundando campos y cultivos. "La zona se ha convertido en un mar con una pequeña isla que es Loreto", afirmaba El Liberal.
Cuando todo hacía pensar que la villa estaba a salvo, sobrevino una segunda inundación, a los pocos días, a fines de enero de 1907. La creciente nuevamente rompió el bordo del canal, en El Yugo, e inundó casas y quintas. El 13 de marzo entró el agua a la villa, anegando plaza, escuela y muchas viviendas. Las familias, a la intemperie, esperaban ayuda que no llegaba. En abril, nuevamente se rompió el bordo improvisado a fuerza de trabajo y coraje de los moradores, que luchaban por preservar el poblado. El agua alcanzó 50 cm. en algunas partes y en otras aún más. Las familias huían de sus hogares, buscando lugares altos, presas de pánico, mientras los ranchos comenzaban a desplomarse y escaseaban los víveres. Los trabajos de defensa eran infructuosos. Al mismo tiempo, un centenar de hombres trabajaba denodadamente colocando bolsas de arena para detener la corriente, animados por un grupo de músicos que, al compás de bombo y violín les daban aliento, mientras el agua avanzaba implacable. En medio de llantos desconsolados, la gente se congregaba en la iglesia haciendo rogativas a toda hora. Un bordo alrededor del edificio contenía la gran masa de agua. Con el paso de los días recién las aguas comenzaron a descender. Sin embargo el daño ya estaba hecho: Casas derrumbadas, enseres perdidos, el cementerio inundado y chacareros y quinteros con sus productos inutilizados.
Ante los hechos tan graves ocurridos el año anterior, en 1908 Santillán comisionó al Director de obras Públicas Ing. Tomás Bruzzone para la prosecución de las obras del canal de Tuama, obras que no eran más que un paliativo, por cuanto la ampliación del canal y la construcción de la compuerta no se habían iniciado a la espera de fondos que debía aprobar el congreso nacional. El preanuncio de la tragedia comenzó en la capital santiagueña, jaqueada por la inundación a mediados de diciembre. El 19 la creciente rompió los bordos del canal a la altura del Yugo y el agua comenzó a avanzar, nuevamente amenazante, sobre la villa de Loreto.
El 20 se desencadenó la catástrofe; el 21 de diciembre de 1908 Loreto sucumbió al avance de las aguas que, en algunos puntos superaba los dos metros y medio de altura. A pesar de los esfuerzos de operarios y habitantes, no se pudo evitar el avance de las aguas. Faltaban brazos; los peones estaban extenuados luego de trabajar día y noche en forma agotadora. Los ranchos comenzaron a derrumbarse y las familias desesperadas, esperaban ayuda a la intemperie. Desde Loreto, a través del telégrafo, llegaban a Santiago los pedidos de auxilio: carpas, galletas para los peones, alimentos, ropa.
Si bien el gobierno provincial mandó por tren cuadrillas de servicio para reemplazar a los extenuados peones, 30 soldados y carpas y abrió una cuenta especial denominada "Gastos inundación Loreto", todo fue inútil. La población estaba convertida en un lago. Casi todas las familias tuvieron que emigrar apresuradamente. Afortunadamente, no hubo que lamentar víctimas fatales, según pudo constatarse en los libros de defunciones de la villa y de la estación Loreto, en el Archivo del Registro Civil de Loreto.
Esta vez se daba por descontado la total destrucción de la villa. Nuevas crecientes más el enlame producido con troncos y árboles que destruían las defensas e imposibilitaban que el agua retrocediese, hacían más dramática la situación. Se necesitaban botes para el
traslado de personas ubicadas en los lugares altos, víveres para alimentarlas y abrigos. La ayuda no llegaba debido a la misma creciente que no permitía el arribo de botes, a la falta de trenes y a la inoperanciadel gobierno provincial.
Los pobladores emigraban: unos a la estación y otros sobre el río viejo. Todas las casa estaban inundadas, incluidas la iglesia y la escuela. Sólo el edificio del telégrafo, construido en una zona elevada, se había salvado y era el único contacto con la capital. A pesar de los esfuerzos de Bruzzone, que pedía auxilios desesperados, la villa fue abandonada. Las autoridades de la localidad se trasladaron a Chimpa Macho, a 15 cuadras al este de la villa. Cuando llegaron tardíamente los botes, mujeres y niños pugnaba por subirse a ellos, mientras las casas se derrumbaban y los hombres trataban de preservar muebles, ropas y mercaderías. Con los botes llegó también la ayuda del gobierno y se comenzó a distribuir víveres entre los pobres.
La navidad de 1908 fue sin dudas la más amarga que pasaron los loretanos. Habían perdido todo. La población acampada en un lodazal esperaba ayuda, que demoraba en llegar. Sólo la iniciativa privada brindaba su apoyo y solidaridad a través de las comunidades extranjeras (especialmente la española), el Conservatorio Verdi y las conferencias de San Vicente de Paul de Buenos Aires. "Ya que el elemento nacional no se siente obligado a correr en auxilio de los que sufren hambre y enfermedades lo hacen los extranjeros", denunciaba El Liberal. El Congreso nacional no enviaba el auxilio de $20.000, al no sancionar la ley respectiva "por falta de quorum". Una vez más, los representantes estaban ausentes a la hora de bri ndar el apoyo a sus representados.
La venerada imagen de la virgen de Loreto, según la tradición, fue salvada en un bote por el párroco Retambay y llevada a la capilla de la estación. De la antigua iglesia desaparecieron en la inundación, conforme al inventario realizado, sacristía, baptisterio, depósito, retablo, tabernáculo, barandas de madera, altares, túmulo, araña, tumba para pozos en los entierros, dos confesionarios de madera, un reloj de campana y uno de mesa, piano de cola, crismeras de plata, vinajeras, bujiario y dos pilas de agua bendita de mármol. Todo lo demás pudo salvarse.
La fecha de la inundación que destruyó Villa Loreto, 21 de diciembre de 1908, ya fue señalada por el historiador Luis Alen Lascano en su obra Historia de Santiago del Estero. Numerosas e invalorables fuentes ratifican esta fecha y describen paso a paso la forma en que se fue desarrollando la catástrofe, en particular la información contenida en la colección de El Liberal y de El Siglo -que permanecen microfilmadas en el archivo de El Liberal-, que describen las dramáticas jornadas.
Por tratarse del desborde de un canal, la inundación se produjo lentamente, dando la posibilidad, a la mayoría de sus moradores, de poner a salvo sus pertenencias y de alejarse de la zona anegada, pasando en botes al otro lado del río Pinto. Pero ¿por qué se destruyó Loreto? Ambos diarios dan cuenta de las penurias de la villa: Por un lado, una copiosa lluvia -del mismo día 21- dio "el golpe de gracia a la población" y por otro, el más grave, a partir del 22 de diciembre el agua siguió aumentando, porque el canal se encontraba obstruido aguas abajo con un gran enlame, originado por el estancamiento de los árboles arrastrados por la corriente, que formaron una 'tranca' en la embocadura del río Pinto. Por la escasez de recursos y hombres el deslame se hacía imposible, según lo denunciaba el Ing. Bruzzone. Por esta causa, el agua permaneció estacionada en la villa y no pudo retroceder -por la diferencia de nivel- hasta tanto se concluyeron los trabajos emprendidos en el canal de derivación, aguas arriba de Loreto. La mayoría de las viviendas, construidas con adobe, no pudieron resistir el embate de las aguas y comenzaron a desplomarse ante la desesperación de sus pobladores. Si bien algunos habían emigrado en busca de lugares seguros, otros, los más pobres, permanecieron hasta último momento cuidando las pocas pertenencias que les quedaban.
Cotejada la documentación existente a la fecha y analizada contextualmente, se puede afirmar, con precisión, que la destrucción total de la Villa Loreto se produjo el 21 de diciembre de 1908 cuando las aguas alcanzaron, en algunas zonas, 2 metros y medio de altura, según lo consignan El Liberal y El Siglo. Los pobladores hicieron todo lo que pudieron por salvar sus vidas y bienes; la población se destruyó por la desidia de los gobernantes que no completaron la construcción de las compuertas que debían regular el paso del agua del río. El enlame hizo el resto, la antigua Villa de Loreto se convirtió en una laguna que permaneció anegada hasta enero del año siguiente.
Los loretanos recibieron el año nuevo del 1909 en medio del horror y la desolación. El Liberal del 30 de diciembre realiza una síntesis admirable de los sucesos:
"Hace mucho que la desgracia la persigue.
Repetidas veces ha sufrido inundaciones.
La de hace dos años la amenazó de muerte.
Los habitantes vivían en perpetua zozobra.
Un furioso ciclón la azotó hace poco.
Aun no se habían reparado los daños del tornado cuando una nueva inundación la sorprende.
Hace 15 días que el canal le lanza la mayor parte de su caudal de agua.
Las casas que no están en el suelo, lo estarán pronto.
La mayor parte esta a la intemperie sufriendo desnudeces, hambre y peste.
No tienen quien los cure.
Ni medicamentos.
Ni una mano generosa que los ayude en su desgracia. A excepción del gobierno.
Pero lo que éste hace es deficiente.
Apenas puede proporcionarles un poco de carnes y eso en proporción mezquina.
¿Dónde esta la acción particular? ¿Dónde las sociedades caritativas?
No se las ve.
La colectividad española nos da una lección.
Ha sido la primera en levantar una inscripción pro-víctimas dela inundación.
Mientras tanto la caridad criolla duerme y duerme. Pero se confiesa y comulga".

Publicado en Revista de la Fundación Cultural (2007)

domingo, 4 de septiembre de 2011

LORENZO LUGONES

Conferencia pronunciada en la Escuela de Policía Coronel Lorenzo Lugones de Santiago del Estero en junio de 2011


MARÍA MERCEDES TENTI
Hijo de Germán Lugones y de Petrona Trejo, nació en Pampallajta, Santiago del Estero, el 10 de agosto de 1796. Ingresó al ejército libertador a su paso por Santiago en calidad de cadete del cuerpo de Patricios Santiagueños creado por Juan Francisco Borges, a la edad de 14 años. Como era menor de edad y su padre tenía la patria potestad, él lo autorizó. Cuenta Lugones en sus Recuerdos Históricos, que su padre le escribió una carta en la que le decía que le remitía la cama y la ropa militar, además de la fe de bautismo, y una orden a la tesorería y comisaría del ejército para que se le abone la onza mensual que le asignaba según ordenanza, hasta que llegue a ser oficial. Muchos jóvenes se enrolaban en el ejército o eran entregados por sus padres, por la posibilidad de lograr un salario seguro y la posibilidad de un ascenso social. La asalarización de los ejércitos fue una posibilidad, para los jóvenes pertenecientes a antiguas familias capitulares, de encontrar una ocupación rentable y prestigiosa. de Su padre había estado con Borges en los enfrentamientos con el cabildo santiagueño, por la no adhesión a la Junta revolucionaria de mayo, en 1810.
El ejército marchaba sin preparación previa, mal vestido y mal alimentado, en medio de miles de penurias y vicisitudes y, aún así, se enfrentaban con el enemigo con coraje y valentía.
Estuvo con el ejército en Tiahuanaco, el 25 de mayo de 1911, cuando Castelli leyó la proclama de libertad para los indios del Alto Perú. En ella, otorgaba la libertad a los indios, los liberaba de los servicios personales y los consideraba ciudadanos. Esta lección de civismo, seguramente caló hondo en el joven Lugones.
En Yuraicoragua, en junio de 1911, tuvo su bautismo de fuego, donde fue derrotado Viamonte.  Allí Castelli le entregó como distinción un cordón de plata, que, sumado al que tenía, llevó a que lo apodaran el cadete de los dos cordones”. Luego del desastre de Huaqui, el ejército patriota, ya al mando de Belgrano, se replegó hasta Jujuy. Allí el creador de la bandera dispuso el éxodo jujeño, una epopeya colectiva bajo la presión y los deseos de libertad. El éxodo fue pensado como una medida de protección de los territorios y de dejar la tierra arrasada para que los realistas no pudieran abastecerse. Por convicción o cumpliendo órdenes, todos marcharon abandonando sus casas y pertenencias, llevando en carretas lo que podían cargar, arriando mulas y ganados e incendiando cultivos.
Lugones marchaba atacando desde los flancos. Cuenta el temor que infundían las medidas severas en contra de los desertores que eran fusilados. Participó en el combate de Las Piedras, Tucumán, Salta, Ayohuma, Puesto de Marquez, Venta y Media, Vilcapugio y Sipe-Sipe, hasta alcanzar el grado de capitán. Así fue ascendiendo a medida de su participación en la campaña.
Refiriéndose a la batalla de Las Piedras, luego del éxodo jujeño, describe la actuación de la sociedad civil y ejército mancomunado:
“Emigrados de Jujuy y Salta, peones de servicio, comerciantes y cuántos más venían a la par del ejército, todos tomaron parte en aquel glorioso lance que dio vida a la patria. El enemigo, completamente ofuscado, huía en desordenados trozos, sin mirar en lo que dejaban atrás; fue perseguido con el mayor rigor el espacio de una legua, dejando en todo el camino muchos despojos, prisioneros, heridos y cadáveres; más de cien prisioneros de los nuestros lograron escaparse, rescatamos las carretas que poco antes nos habían tomado y por último pudimos recuperar en mucha parte nuestras pérdidas” (…) “El triunfo hizo desaparecer de golpe la fatiga, el cansancio, el hambre, la sed y el desaliento; en aquellos momentos de alegría inexplicables, no se pensaba más que en las glorias de la patria”.
Luego de la victoria de Tucumán, teniendo en cuenta sus méritos en la batalla, Lorenzo Lugones fue ascendido a porta-estandarte del regimiento de Dragones, aún siendo menor de edad. Pensemos que los enfrentamientos eran bastante desordenados. El ejército realista era disciplinado y adiestrado y debía enfrentarse a las tropas criollas poco preparadas, a pesar de los esfuerzos de Belgrano, en parte indisciplinadas, montadas en mulas y caballos y con armamentos dispares.
Estos pormenores los conocemos no sólo por Recuerdos Históricos del propio Lugones, sino también por las Memorias de Paz y por las de La Madrid. Teniendo en cuenta unas y otras podemos hacer un parangón y tratar de clarificar la misma. Recordemos que cada quien que escribe sus “Memorias” lo hace para dejar a la posteridad su actuación y, en consecuencia, la misma está sesgada por el interés de lo que quiere mostrar. Sin embargo, las mismas son un documento importante para el historiador.
Después del triunfo de Tucumán estuvo junto a Belgrano en el juramento a la bandera a orillas del río Pasaje que, por ese glorioso momento, pasó a denominarse Río Juramento. Así describe Lugones el momento:
“Habiendo el ejército formado en parada conforme a la orden general, se presentó en el cuadro, Belgrano con su bandera blanca y celeste en la mano que la colocó con mucha circunspección y reverencia en un altar situado en medio del cuadro (…) y concluyó diciendo: Este será el color de la nueva divisa con la que marcharán a la lid los nuevos campeones de la Patria (…) El ejército ratificó su juramento besando una cruz que formaba la espada de Belgrano, tendida horizontalmente sobre el asta de la bandera (…) A distancia de cien pasos del paso del río, sobre la ribera que gira al oeste, a la altura de un notable barranco, había un árbol que por su magnitud se distinguía sobre todos los de sus cercanías; limpiando una parte de su corteza, hacia media altura de un hombre, en medio de un círculo de palma y laurel, dibujado en el tronco del árbol se garbó una inscripción que decía; Río del Juramento, y más abajo la siguiente estrofa:
Triunfaréis de los tiranos
Y a la patria daréis gloria
Si, fieles americanos
Juráis obtener victoria”.
Durante la jefatura de Belgrano al frente del ejército del norte, Lugones fue ayudante de campo de creador de la bandera.
Pero no todo era gloria. Luego de la derrota de Vilcapugio, Lugones continúa con su relato, esta vez desalentador: “No me detendré en los pormenores de cuanto padeció y sufrió en esta campaña el ejercicito auxiliar: Entre las remesas de abastos que nos hicieron de Potosí y Chuquisaca, se encontró una porción considerable de chalonas y charquis podridos, que los rancheros no  podían hacer uso sino a costa de mucho trabajo entresacando lo mejor y despreciando la mayor parte: sin embargo el general mandaba repartir esos charquis un día si y otro no, hasta que se acabase la mala provisión”.
En diciembre de 1816, Lugones unió a Borges y Goncebat en lo que se conoce como el segundo intento autonomista de Borges. Derrotado Borges en Pitambalá, fue condenado por Belgrano a morir fusilado, según las órdenes del Congreso de Tucumán que establecían que, en caso de revueltas internas fuesen así tratados quienes atentasen contra el orden. Sólo podían ser indultados los reos “menos principales”. Lugones fue perdonado por Belgrano, estuvo cuarenta días en prisionero y fue degradado como castigo, perdiendo su rango y sólo permitiéndole continuar en el ejército como “aventurero”.
Esta forma data de la dominación española; según una antigua ordenanza se permitía la existencia de aventureros en el ejército. Eran individuos que entraban voluntariamente a la milicia a servir al rey, sin sueldo ni gratificación alguna. Se mantenían a su costa y eran tenidos en poca estima.
Aún así continuó luchando en el ejército libertador, participando en las luchas en el Alto Perú bajo las órdenes de Belgrano. Luego de la batalla de la Tablada, y debido a su actuación, recuperó su jerarquía militar y continuó luchando hasta la pérdida definitiva del Alto Perú, en Sipe Sipe.
Colmado de gloria pero pobre, regresó a Tucumán, en donde se casó en 1818 con Eulalia Drago. Después de la crisis del año 20, Lugones participó de las guerras civiles aliado con sus antiguos jefes, Aráoz de La Madrid, José María Paz y Lavalle, del bando de los unitarios y en contra de los caudillos federales, primero Facundo Quiroga, Juan Felipe Ibarra y luego Juan Manuel de Rosas. Así participó en las batallas de La Tablada y Oncativo, en 1830.
Luego de firmado el Pacto Federal, en el mismo años, la guerra civil se agudizó. Lugones pasó a luchar por la Liga unitaria. Derrotada esta, partió al exilio en Bolivia. En 1832 regresó a Tucumán cuando el coronel Alejandro Heredia asumió como gobernador. Si bien se mantuvo al margen de las luchas intestinas fue confinado a prisión por su antigua participación y luego, liberado. Se trasladó a Buenos Aires en donde se dedicó al comercio.
Comisionado La Madrid por Rosas, en 1840, a traer armamentos de Tucumán, Lugones partió con su antiguo camarada y amigo y se plegó a la Coalición del Norte. Posteriormente  se sublevó Lavalle en el litoral y continuó hasta el norte, hasta que fue herido y muerto en Jujuy. Lugones tuvo que exiliarse nuevamente en Bolivia, donde mantuvo a su familia trabajando de panadero. Luego de un destierro de 12 años y, una vez producida la batalla de Caseros donde fue derrotado Rosas, regresó a Tucumán y más tarde a Rosario donde puso una agencia de negocios comerciales.
El presidente Urquiza le reconoció  por decreto el cargo de coronel de caballería con goce de sueldo en “disponibilidad”. Después de Cepeda, en 1859, se retiró definitivamente a Tucumán, donde murió en 1868.
Sus últimos años debieron ser tranquilos. La república ya estaba organizada, había caído Rosas contra quien luchó en sus últimos tiempos de actuación militar. Fue un hombre que luchó por sus ideales, aún a costa de postergar sus propias ambiciones personales y teniendo que sufrir destierros y degradaciones. La historia no está para juzgar a quienes vivieron en el pasado. Por el contrario está para comprenderlos dentro del contexto en que les tocó actuar. Así tenemos que intentar analizar la vida y obra de Lorenzo Lugones, un santiagueño destacado que antepuso su amor por la patria, la justicia y la libertad en pos de una Patria grande, única indivisible y soberana.

miércoles, 17 de agosto de 2011

SAN MARTÍN EN SANTIAGO DEL ESTERO



María Mercedes Tenti



Luego de las derrotas de Vilcapugio  y Ayohuma sufridas por el Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano, a fines de 1813 el Segundo Triunvirato encomendó al entonces Coronel José de San Martín el mando de las fuerzas que debían marchar en auxilio -unos mil doscientos hombres- y la jefatura del ejército. Tanta cantidad de hombres transitaban con caballos y mulas y llevaban los víveres y armamentos en pesadas carretas. El viaje era lento y tortuoso, por caminos sinuosos e intransitables, por lo que debían detener su marcha, a lo largo de las postas, para alimentar y hacer descansar animales y tropas. Junto a San Martín, marchaban también doscientos cincuenta granaderos a caballo y cien artilleros montados. A todo esto debemos sumar la enfermedad del Libertador y los calores tórridos del verano que dificultaban y hacían aún más lenta la travesía.

Era función de San Martín ir incorporando reclutas, a lo largo del camino, y disciplinarlos para la lucha. Los gobernadores y tenientes de gobernadores de los pueblos del interior colaboraban enganchando hombres, además de aportar con alimentos, pólvora y ganado en pie.

La notificación del Triunvirato a los Maestros de Postas, para que preparasen la recepción del ejército libertador, se hizo con urgencia. Teniendo como fuente la documentación inédita analizada por el historiador Alfredo Gargaro, las postas correspondientes al territorio santiagueño eran las siguientes, de sur a norte:

  • AMBARGASTA O REMANSO, en el actual departamento Ojo de Agua; Carlos Peralta era el maestro de posta.
  • NORIA DE AYUNCHA, en el actual departamento San Martín, a treinta leguas de la anterior; maestro de posta José Sinforoso Santillán.
  • SIMBOLAR, en el actual departamento Silípica; maestro de posta Bernardo Morales.
  • SILÍPICA, en el actual departamento del mismo nombre, cerca de la capilla erigida bajo la advocación de la Virgen de Monserrat; maestro de posta José Vicente Rojas.
  • MANOGASTA, en el actual departamento Silípica, muy cerca de la capilla erigida en honor a Santa Bárbara. El maestro de posta era Bernardo Roldán.
  • SANTIAGO DEL ESTERO, en la actual capital de la provincia; por entonces eran maestros de posta Roque Jacinto Suárez y Juan Osvaldo Paz
  • JIMÉNEZ, en el actual departamento Río Hondo, cercana a la capilla que veneraba al Señor Hallado. Pedro Pablo Soria era el maestro de posta. 
  • VINARÁ, en el actual departamento Río Hondo;  José Marcos Jiménez era el maestro de posta.

Generalmente las postas estaban instaladas en estancias de propiedad de hacendados acaudalados, que contaban con lugares para alojar a los viajeros, albergar a los animales y  numeroso personal que atendía las tareas del servicio.

Durante el trayecto, San Martín recibió el nombramiento de Mayor General del Ejército Auxiliar del Perú, en reemplazo de Eustaquio Díaz Vélez. Con esta designación quedaba bajo su responsabilidad todo el ejército derrotado, para su reorganización y adiestramiento. El nuevo jefe del ejército se abocó de inmediato a la tarea encomendada, consiguiendo durante los cuatro meses que permaneció en Tucumán levantar la moral de la tropa y disciplinarla.

En el viaje de ida -que duró casi un mes- viajaba entre las huestes el Capitán de Infantería Martín Miguel de Güemes, quien había sido enviado  por Manuel Belgrano, castigado a la Capital. Durante el trayecto y los meses que estuvo Güemes con San Martín en Tucumán, seguramente sirvieron para que el futuro libertador tuviera más claro su proyecto  emancipador y se convenciese aún más que no era posible el camino por el norte. Lo escarpado del territorio, que atravesaba el actual noroeste argentino hasta Perú, era un flanco fácil de derrotar para los realistas.  En el norte bastaba la presencia de Güemes con sus gauchos quienes, a través de la guerra de guerrillas, podían poner una barrera sólida al avance enemigo.

La ruta libertadora debía ser por Cuyo: cruzar la cordillera de los Andes, con varias columnas que sorprendieran al enemigo y luego, una vez derrotados y con la ayuda de los patriotas chilenos, partir por mar al Perú para atacar a los realistas en el corazón del virreinato más poderoso de Sud América.

Convencido de su estrategia comenzó a poner en práctica su plan: en abril de 1914 solicitó licencia a Rodríguez Peña, para reponerse de su enfermedad en Córdoba, al tiempo que le expresaba su anhelo de que se lo nombrara gobernador de Cuyo, para iniciar desde allí la campaña liberadora.  Aceptada su licencia, entregó el mando del ejército a Fernández de la Cruz y partió rumbo a Córdoba, atravesando nuevamente los polvorientos caminos santiagueños.

El 22 de mayo desde Loreto escribió a Manuel Belgrano, que se encontraba en la ciudad de Santiago del Estero. Por la fecha de esa carta y de la que escribió a Fernández de la Cruz el 29 de mayo, diciéndole que comenzaba la ‘travesía’ a Córdoba -es decir que iba a cruzar las salinas-, se infiere que entre los días 23 y 26 de mayo permaneció en nuestra ciudad.

Teniendo en cuenta que el 25 de mayo se cumplía el cuarto aniversario de la revolución de mayo el hay quienes concluyen en que ambos próceres participaron de la ceremonia de la celebración maya (hecho no comprobado) y que el Cabildo ordenó pasear por la ciudad la bandera de la patria creada por Belgrano.

Si bien el paso del libertador por Santiago del Estero fue fugaz, recordarlo es tener presente la gesta libertadora y el aporte a la misma, con hombres, animales y pertrechos, de la sociedad santiagueña. Mientras Europa sucumbía presa del despotismo, el ideal de libertad fraterna, enarbolado por San Martín, encontró eco a lo largo de los caminos que transitaba, logrando que las poblaciones se pusiesen al servicio de la causa emancipadora.


Bibliografía

       Díaz de Raed, Sara (1978): San Martín en Santiago del Estero, Santiago del Estero.

-  Instituto Nacional Sanmartiniano (2007): Documentos para la Historia del Libertador General San Martín, Tomo XIX, Buenos Aires.

-  Gargaro, Alfredo (1950): Itinerario de San Martín al Ejército del Norte y abrazo con Belgrano en Tucumán, Santiago del Estero.

-  Lizondo Borda, Manuel (1978): San Martín y Tucumán, Junta Conservadora del Archivo Histórico de Tucumán, Tucumán.

-   Mitre, Bartolomé (1977): Historia de San Martín y la independencia americana; EUDEBA,  Buenos Aires.


lunes, 15 de agosto de 2011

MARÍA ANTONIA DE PAZ Y FIGUEROA. La primera ‘rebelde’ santiagueña


MARÍA MERCEDES TENTI
Primeros años
El papel de las mujeres argentinas en el siglo XVIII, inmersas en una sociedad patriarcal, era, sin dudas, de un rol subordinado: se dedicaban a las tareas del hogar y se preparaban para el matrimonio. No podían tomar decisiones por sí mismas, ya que eran los hombres -padres, esposos o hermanos mayores- los que lo hacían por ellas. La cultura imperante por entonces determinaba los modos de conducirse y de relacionarse, según el género.
Los espacios de sociabilidad de las mujeres eran reducidos: el hogar doméstico, las reuniones familiares, la concurrencia a la iglesia. La educación estaba restringida a unas pocas, sólo a las pertenecientes a familias de la élite, quienes accedían a los estudios elementales en sus propias casas, de la mano de algún familiar o de un maestro particular.
La niñez de María Antonia de Paz y Figueroa, nacida en Santiago del Estero en 1730, no varió respecto de la de muchas niñas de su edad. Hija del maestre de campo Francisco Solano de Paz y Figueroa y de Andrea de Figueroa, su niñez transcurrió en la encomienda de indios de su padre, seguramente correteando por las tierras de Silípica, jugando con sus hermanas y con los hijos de los nativos que integraban la encomienda paterna. Ello no fue impedimento para que recibiera una esmerada educación, poco frecuente por entonces.
Siendo adolescente, su familia se estableció en la ciudad y allí la joven María Antonia comenzó a visitar la iglesia de los jesuitas, con quienes empezó a colaborar en la preparación de los ejercicios espirituales, que se impartían en el antiguo convento. Inmersa en estas funciones, a los quince años adoptó la túnica negra como vestimenta, en calidad de beata de la compañía. No era precisamente una monja ya que, por entonces, no había, en Santiago del Estero, religiosas de vida activa. Su consagración a Dios se dio a través de un voto íntimo y personal, como una forma de religiosidad laica. A partir de entonces, su función fue ayudar a los sacerdotes, enseñar el catecismo a los niños, coser, bordar, repartir limosnas y cuidar a los enfermos.
Las prácticas benéficas le permitían, junto a otras mujeres de vida consagrada –siempre en forma privada-, desarrollar nuevos roles que la ponían en contacto con otros sujetos sociales, incluidos los provenientes de sectores populares, y salir de la esfera doméstica a la que estaban relegadas las mujeres por entonces. En ella primaba el amor, la paciencia y la entrega, tras el ejercicio del apostolado que había elegido por vocación.
Las beatas vivían en comunidad, sin votos de clausura, colaborando con las tareas de los jesuitas. Generalmente, tomaban el nombre de algún santo, por ello, María Antonia abandonó su apellido y adoptó el de María Antonia de San José. Consagrada como laica a la vida religiosa, adoptó como vestimenta el sayal negro de los jesuitas y, junto con sus hermanas en la religión, asistía a enfermos, auxiliaba a los pobres y colaboraba con los sacerdotes ignacianos en la preparación de los ejercicios espirituales, que realizaban periódicamente.


La expulsión de los jesuitas y el comienzo de su peregrinar
Cuando, por real orden del rey Carlos III, fueron expulsados los jesuitas, en 1767, quienes estaban bajo su tutela, no sólo temporal sino también espiritual, quedaron desamparados. El poder alcanzado por la orden de San Ignacio se había tornado ‘sospechoso’ para la corona, que veía peligrar su autoridad. Los jesuitas habían logrado gran influencia entre la población americana, como consecuencia de la instalación de misiones, en zonas donde los blancos no tenían prácticamente acceso, y por el desarrollo de la educación entre nativos y criollos -con su impulso y sostenimiento-, a través de colegios, bibliotecas, universidades y verdaderos centros de investigación científica. Con esta drástica medida, el rey trataba de poner fin a su ascendiente, no solamente en el plano espiritual, sino también en los aspectos científico, cultural y económico.
Sus bienes, que eran muchos y valiosos (propiedades, ganados, esclavos, etc.), pasaron prontamente a manos privadas, diputados como botín de guerra. Los nativos abandonaron las reducciones y muchos colegios cerraron sus puertas. Las bibliotecas -las de mayor valor en la colonia por la cantidad y variedad de volúmenes- fueron desarmadas y sus libros dispersados. Los ejercicios espirituales que organizaban los religiosos quedaron sin sus figuras rectoras y, como consecuencia, dejaron de realizarse.
Frente al abandono espiritual, María Antonia, que por entonces tenía 37 años, decidió tomar la bandera de los expatriados y reinstaurar los ejercicios, antes de cumplido un año de su expulsión. Comenzó a transitar, de puerta en puerta, invitando a realizar los ejercicios, bajo la dirección de sacerdotes que la respaldaban y apoyaban.
Los inició en su ciudad natal y, poco a poco, empezó a caminar los polvorientos caminos del campo santiagueño, expandiendo la práctica de los expulsos a través de los antiguos poblados que salpicaban el camino real: Silípica, Loreto, Atamisqui, Salavina y Soconcho. No conforme con ello, decidió extenderlos por los pueblos del noroeste argentino, para lo que solicitó permiso al obispo del Tucumán, Juan Manuel de Moscoso y Peralta, para pedir limosnas por las ciudades principales de la gobernación, con el fin de solventarlos.
La presencia de los jesuitas, a pesar de la expulsión real, se sentía en los ejercicios organizados por la ‘mama’ Antula –como la llamaban cariñosamente en Santiago del Estero-, ahora no solamente destinados a los hombres, sino también a las mujeres, ambos provenientes de distintos sectores sociales. Casa por casa recorría pueblos y ciudades, invitando a las familias a sumarse a los ejercicios y pidiendo limosna para mantener a los ejercitantes.
Las prácticas se realizaban, en un primer momento, en casas particulares, donde los fieles permanecían diez jornadas, reflexionando y orando en comunidad, bajo la guía de un sacerdote. Durante esos días, los participantes se alimentaban con la comida realizada con alimentos donados por la comunidad y preparados por el grupo de beatas consagradas. Así, recorrieron las provincias de Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca y La Rioja.
A los ejercicios concurrían hombres y mujeres, por separado, sin distinción de clases sociales, participando unos y otras con sus criados y sirvientas. En 1777 pasó a Córdoba donde continuó con los ejercicios en la antigua iglesia jesuita, apoyada por Ambrosio Funes -luego gobernador-, con quien cultivó una larga amistad y un interesante epistolario y con quien compartía la admiración por la obra jesuítica.

María Antonia en Buenos Aires
Dos años más tarde llegó a Buenos Aires. No le fue fácil insertarse en la capital del virreinato. Tanto el obispo como el virrey se mostraron, en un principio, recelosos de estas mujeres, objeto de burlas, calificadas por algunos de locas o de brujas, como cuenta María Antonia en cartas que escribió al padre Gaspar Juárez, jesuita santiagueño radicado en Roma, luego de la expulsión.
Tras nueve meses de espera, el obispo Sebastián Malvar y Pinto terminó aceptando su petición y, en agosto de 1780, se abrieron los ejercicios en Buenos Aires. Al principio asistían pocas personas hasta que, vencido el recelo, comenzaron a concurrir cada vez más, según lo relata la propia María Antonia:
"La gente se tira sobre esteras, colchas y colchones. Es necesario que su Divina Majestad y mi señora de Dolores me provean de habitación correspondiente a la multitud de almas que anhelan nutrirse con el mane que adquieren mediante las sabias cristianas reglas que nos prescribió San Ignacio. El alimento(…) lo da Dios muy sobrante, excesivo y sazonado, con que logro complacer a todas las que participan, quien a mas de esta dicha que logro no rehúsan mezclarse las señoras principales, con las pobrecitas domésticas, negras y pardas que admito con ellas" .

Las barreras sociales se rompían en la intimidad de los ejercicios. La concurrencia era cada vez más numerosa:

“Hubo tandas de 200 personas y la Providencia fue tan generosa que diariamente sobraba para proveer comida a los presos de la cárcel y alimentar a los mendigos que concurrían a la casa. Conque a la vista de tanto beneficio, le alabo y le doy infinitas gracias” .

Por acción de María Antonia, la fiesta de San Ignacio, que había sido suprimida en cumplimiento de las ordenanzas reales, fue restablecida después de diecinueve años. Su labor se desplegaba también en la atención de enfermos, visita a las cárceles y ayuda a los carenciados, con los sobrantes de la limosna que ella y las mujeres que la apoyaban pedían para sostener los ejercicios. Según el obispo Malavar, en los primeros cuatro años de permanencia en Buenos Aires habían concurrido a los ejercicios unas 15.000 personas,

“…sin que se les haya pedido ni un dinero por diez días de su estada y abundante manutención (…) La gente viene desde la campaña, donde viven lejos de las parroquias y de los curas. Unos que nunca se han confesado, otros que en muchos años no lo han hecho, y todos con arrepentimiento verdadero, lloran sus miserias y hacen firmes propósitos de enmendarse. Y en todos se palpa el aprovechamiento espiritual" .


Por ello Malvar dispuso que

"…ningún seminarista se ordenase sin que primero la Beata certificase la conducta con que se hubiesen portado en sus Ejercicios" .

En ocasiones, fue el obispo el encargado de dar personalmente las pláticas. Asistían grupos -separados por sexo- y participaban de los ejercicios, conducidos por sacerdotes que confesaban y daban la comunión. María Antonia tenía la virtud de atraer a la gente, no solamente para participar de estos verdaderos ‘retiros espirituales’, sino también para colaborar con limosnas, que hacían posible el sustento de los participantes.
El virrey Juan José de Vértiz y Salcedo, que en un principio objetaba la realización de estas prácticas religiosas, poco a poco cambió de opinión, no solamente por acción de la beata, sino también por influencia de la llegada del ex virrey de Lima, Manuel Guirior, cuya esposa asistía a los ejercicios con mucha humildad y devoción. Vértiz autorizó a María Antonia a trasladarse a la costa uruguaya para continuar su obra, costeándole el pasaje y yendo personalmente a despedirla. Permaneció tres años en territorio oriental -en Colonia y Montevideo- y dejó todo preparado para la instalación de una casa de ejercicios en Uruguay.
A su regreso a Buenos Aires -respaldada por varias mujeres que la ayudaba a atender a los ejercitantes, realizando labores domésticas y enseñando las primeras letras a los analfabetos-, inició una forma de organización religiosa destinada, precisamente, a mujeres que realizaban una vida en común, hacían votos privados, vestían la túnica ignaciana y obedecían a quien presidiera la casa, en este caso la propia María Antonia de San José.
Conseguida la donación de un terreno, y luego de sortear varios impedimentos, inició la construcción de un edificio, con beaterio para mujeres y un hogar anexo, refugio para prostitutas que querían cambiar su forma de vida. Enseguida comenzó la construcción de la obra y entró a funcionar la casa de Ejercicios, aún antes de estar la obra terminada. Allí, además de auxiliar en las prácticas religiosas y en los ejercicios, las beatas cosían y bordaban ornamentos religiosos y hábitos para los sacerdotes, además de ropa para familias indigentes.

Su epistolario
Conocedores de la obra de María Antonia, por el epistolario que mantenía con los sacerdotes expulsados, en particular con el santiagueño Gaspar Juárez -residente en Roma-, los jesuitas hicieron traducir sus cartas a diversos idiomas (latín, francés, inglés, alemán y ruso) y difundieron su labor a través de un opúsculo titulado “El estandarte de la mujer fuerte en nuestros días” . Su fama trascendió el virreinato para expandirse por Europa y Asia, al igual que sus prodigios.
Las cartas que María Antonia escribió al exjesuita Juárez, durante once años, se encuentran en el Archivo di Stato di Roma y fueron recopilados por Beguirztain. Alicia Fraschina analiza la cuestión autobiográfica en el epistolario de la beata, indagando cómo fue construyendo su ‘yo’, como ‘heredera’ de la Compañía, al tomar como objetivo de su misión el lema de los jesuitas “la mayor gloria de Dios y provecho de las almas” .
Por pedido del padre Juan Nicolás Aráoz, María Antonia escribió a Juárez narrándole con precisión su empresa: los lugares transitados, las mujeres que la acompañaban y los sacerdotes que daban los ejercicios. Su construcción autobiográfica, en realidad, no sólo está dirigida a los destinatarios de sus cartas, sino que trasciende el tiempo y el espacio, al ser traducidas a distintos idiomas y circular por diferentes países.
Complementa este epistolario, el que mantuvo Ambrosio Funes con el Padre Juárez quien, consciente de la importancia de la obra de María Antonia, instaba al cordobés a que
“…desde ahora y me alegraría fuese una relación exacta desde cuándo comenzó su felicísima misión dicha Beata: con qué ocasión, con qué medios y auxilios de Dios y de los hombres: el número de Ejercicios que se han dado: y en qué partes: con qué fruto particular: o qué conversiones raras ha habido en dichos Ejercicios; qué contradicciones de los hombres, y qué trabajos personales ha padecido ella, etc., etc., etc., para que de esta suerte se pudiese formar aquí una carta edificante de que resultaría grande gloria de Dios y honor de nuestras Provincias Americanas; y de no poco crédito para en delante de dicha Señora para autorizar más sus misiones, y si alguno de sus confesores o directores de conciencia enviase también por escrito un testimonio de algunas cosas particulares suyas, a que ella diese primero licencia, y declarase con humildad de espíritu y sinceridad de corazón, sería muy acertado y daría mayor realce para dicha carta edificante” .

El fruto de las cartas de Funes a Juárez, fue El estandarte de la mujer fuerte, opúsculo anónimo, verdadera hagiografía de la beata –descripta como una heroína-, a quien el autor compara con los apóstoles, santos y figuras bíblicas, aunque la describe, también, según la concepción de mujer, vigente en la época:

“…mujer de edad avanzada, ignorada, pobre, sin poder, sin crédito, sin autoridad, sin talentos en apariencia, y aún casi sin razón (…) es el imán, la veneración y aprecio de cuantos la oyen y miran pues en ella está el dedo de Dios acreditando el imperio de los débiles” .

María Antonia, en su construcción personal de la vida jesuítica, apeló también a imágenes mediadoras, puestas en evidencia durante las celebraciones o en su vida diaria: el Nazareno, que sacaban en procesión por las calles de Buenos Aires los jueves santos; su Manolito –un cristo niño sobre la cruz- que llevaba al cuello y al que atribuían capacidad milagrosa ; la virgen de los Dolores, imagen de María presenciando la muerte de su hijo, que perteneció a la antigua Compañía de Jesús, y San Cayetano, ‘santo de la providencia’, cuya veneración inicia en la Argentina.

Muerte y legado
El 7 de marzo de 1799, a los 69 años, María Antonia de San José murió en Buenos Aires. En su testamento dio cuenta de sus actos y dejó encomendado, expresamente, que una mujer debía hacerse cargo del gobierno económico de la Casa de Ejercicios. Con ello dejaba sentadas las bases de lo que fue, más adelante, la congregación de Hijas del Divino Salvador. Sus restos se encuentran sepultados en la iglesia de la Piedad. En 1905 se inició el proceso de beatificación y canonización y hoy todavía se espera, de la Santa Sede, su aprobación. En mayo de 1929, Pío XI la declaró venerable.
La primera ‘rebelde’ santiagueña, consiguió dignificar el papel de la mujer, cumpliendo funciones vinculadas culturalmente a la maternidad, en las que primaban el amor a Dios y a sus semejantes -en particular a los más necesitados-, la entrega, la paciencia y el brindarse en esta misión, que derribaba barreras sociales, ya que se preocupaba también por los pobres, los presos y las prostitutas y, a la vez, le permitía cumplir su apostolado. Supo también relacionarse con el poder político y religioso, papel que hasta entonces sólo desempeñaban los hombres, sin dejar de lado los rasgos femeninos que la sociedad de la época le asignaba a las mujeres.
Si bien los roles que desempeñaron las beatas fueron prolongación de los tradicionales, el grupo tuvo que aprender otros, nuevos para las mujeres de entonces, relacionados con aspectos legales, contables, etc. Sin lugar a dudas, y mirado desde una perspectiva histórica, María Antonia contribuyó a consolidar el papel de la mujer como sujeto social, de allí que se reafirma su denominación de “primera rebelde santiagueña”.

Bibliografía
Barbero, Estela (2002): Mª Antonia de Paz y Figueroa. La mujer fuerte; Fundación Mater Dei, Rosario.
Blanco, José (1942): Vida documentada de la Sierva de Dios María Antonia de la Paz y Figueroa fundadora de la Casa de Ejercicios de Buenos Aires, Amorrortu, Buenos Aires.
Beguiriztain, Justo (1933): Apuntes biográficos, cartas y otros documentos referentes a la sierva e Dios María Antonia de la Paz y Figueroa; Baiocco; Buenos Aires.
Bruno, Cayetano (1970): Historia de la Iglesia en la Argentina; V. VI; Don Bosco. Buenos Aires.
Fraschina, Alicia (2004): “La cuestión autobiográfica en el epistolario de María Antonia de San José, Beata de la Compañía de Jesús, 1730-1799”, en Congreso internacional del monacato femenino en España, Portugal y América, 1492-1992, Universidad de León.
Gorostiaga Saldías, Leonor ((2008): María Antonia de Paz y Figueroa. La Beata de los Ejercicios (1730-1799): Dunken, Buenos Aires.
Miglioranza, Contardo (1989): María Antonia de Paz y Figueroa, La beata de los ejercicios; Misiones franciscanas conventuales; Buenos Aires.
Olaechea y Alcorta, Baltasar (1909): Vida religiosa de Santiago del Estero, Santiago del Estero.
Tenti, María Mercedes (28 de marzo de 1999): “La primera rebelde santiagueña, María Antonia de Paz y Figueroa” en El Liberal; Santiago del Estero.
Tenti, María Mercedes (julio 2002): “La beata de los ejercicios: María Antonia de San José” en El Liberal, Santiago del Estero.

En Sitiales, libro de la Academia de Artes, Ciencias y Letras de Santiago del Estero (2010).

sábado, 6 de agosto de 2011

¿CÓMO Y PARA QUÉ INVESTIGAR EN LA ARGENTINA DE HOY?



María Mercedes Tenti


           Cómo y para qué investigar en la Argentina de hoy es una pregunta que muchos investigadores e investigadoras, más o menos avezados, con mayor o menor experiencia, jóvenes y no tan jóvenes, nos hacemos en pos de encontrar líneas de respuestas que nos permitan seguir por este camino que elegimos por vocación y convicción, sin resultar por ello, sin embargo, menos tortuoso e intrincado.Indudablemente no hay modelos estándar de investigadores a los que podamos adherir para llegar a tener éxito en la no tan sencilla empresa de adentrarnos en el campo científico -propio de las distintas disciplinas- con el objeto de buscar responder a tantos interrogantes.
           Algunos manuales, con sus ‘recetas’ de investigación, intentan convencernos para adherirnos a una u otra corriente metodológica en boga, olvidando, en la mayoría de los casos, aconsejarnos como primer paso imprescindible introducirnos en la ‘cocina’ de la investigación y, de ser posible, bajo la tutela de un avezado maestro en el oficio. 
Adquirir el oficio de investigador no es tarea sencilla y como todo oficio que se precie de tal, necesita algo de inspiración, mucho de conocimientos previos y grandes cuotas de sudor y esfuerzo puestos al servicio de esa meta lejana que nos proponemos alcanzar. Lograr la experticia en el quehacer científico requiere, finalmente, transitar un largo y a veces duro aprendizaje, aunque no por ello menos deslumbrante y apasionado.
Pero, cómo articular este camino escarpado en una sociedad en crisis como la de hoy, en una sociedad inmersa en una compleja crisis multicausal que golpea también a los investigadores que encuentran, como consecuencia, cada vez menos incentivos en su trabajo, que tienen dificultades para recrear ámbitos de discusión e intercambio y espacios para dar a conocer a sus pares, y a la sociedad en su conjunto, el fruto de tantos esfuerzos.
La investigación científica se desarrolla sincrónicamente con el transcurrir de la sociedad que la produce: nace, crece y declina con ella. Sin embargo, la mayoría de las sociedades no muere categóricamente sino que asume nuevas formas en cuya proyección no son ajenos los científicos, los artistas, los creadores y en general todos aquellos que nos comprometemos  de una u otra manera, quienes creemos en la capacidad creadora y realizadora de los seres humanos individualmente y de las sociedades colectivamente y, en consecuencia, quienes estamos convencidos  de la posibilidad de generar un cambio.
Para poder proyectar un mañana mejor para las nuevas generaciones hay que partir de una comprensión cabal de los fenómenos sociales, políticos, económicos y culturales en los que estamos sumergidos; a través de la investigación se intenta encontrar respuestas, se busca el sentido de las cosas.  Por ello, este complejo camino de la indagación crítica, si bien carga con una gran cuota de trabajo solitario y silencioso, debe ser apoyado por instituciones oficiales y privadas, abriendo sus puertas a la discusión y al diálogo, renovando sus bibliotecas para socializar los nuevos saberes entre la comunidad de estudiosos en particular y entre el público lector en general -ávidos de nuevos conocimientos-, extendiendo el marco de discusión académica en un clima de pluralismo y respeto por la diversidad de pensamiento y, finalmente, relacionándose con otras instituciones similares del país y del exterior para lograr una mayor y mejor inserción en este  mundo dinámico y globalizado que se modifica día a día.
Nuevos problemas acucian permanentemente nuestras investigaciones, nuevos enfoques modifican y transforman investigaciones tradicionales, nuevos temas aparecen en el campo epistemológico como un desafío a nuestra creatividad. Cuando tomemos conciencia del relativismo del  conocimiento científico, los investigadores e investigadoras tomaremos también conciencia de que aún hay un largo camino por recorrer.
Mientras más jóvenes en crecimiento se incorporen a este ‘metiér’, el cambio y la transformación del conocimiento científico posibilitará, sin lugar a dudas, realizar un aporte concreto tras la utopía aún vigente -a pesar de los vaticinios de los profetas del fin de la historia- de tratar de modificar algo de este difícil y conflictivo presente. Este aporte implica, indudablemente, asumir compromisos frente a la sociedad y no consentir cómplices silencios.

EL FOLCLORE EN LASLUCHAS POR LA ORGANIZACIÓN NACIONAL   https://www.academia.edu/168899440/El_folclore_en_las_luchas_por_la_organizaci%C3%B3...