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sábado, 18 de junio de 2011

NUEVA COLONIAMANTA de Ilda Juárez de Paz

MARÍA MERCEDES TENTI
Hoy presentamos esta segunda edición del libro Nueva Coloniamanta, de Ilda Juárez de Paz, ‘un libro con historia’, como la autora lo define para hacer referencia a su primera edición, en 1987, hace veinticuatro años. Esta definición hace, verdaderamente, honor a esta obra, originariamente pensada para enseñar la escritura de la lengua quichua, concebida por esta docente de alma -como es Ilda-, con la colaboración de sus entonces pequeños alumnos de la escuelita de Nueva Colonia, en el departamento Figueroa.
No sólo es un libro con historia, porque fue concebido hace un cuarto de siglo, sino también porque en él se ven los frutos de una empresa aún mayor, iniciada por Domingo Bravo cuando concibió una signografía especial para esta lengua ágrafa, como es el quichua. Bravo fue, sin lugar a dudas, quien más aportó para el estudio de este dialecto santiagueño, su difusión y conservación. Fueron sus estudiantes, egresados del curso que dictó en la UNSE hasta su muerte, quienes continuaron con su obra en aulas, cursos y obras de divulgación de distinta índole.
Ilda siguió este camino y su primera publicación, que es precisamente el libro que hoy presenta, reeditado,  fue nada más que el inicio de otros, pensados todos con fines didácticos, con el propósito de llevar el quichua santiagueño a las escuelas y brindar a los docentes un material pedagógico útil y sencillo, como contribución invalorable para la preservación de esta lengua, en vías de extinción.
Concebido casi como una empresa colectiva, en él se ve palpitar a gran parte de la comunidad de Nueva Colonia, tanto en los diálogos, en la forma de expresarse, típica de quienes hablan quichua como lengua materna, en las coplas, en los dichos, en las costumbres y actividades cotidianas, algunas ya casi olvidadas,  otras aún vigentes.
Mención especial merecen sus estudiantes, algunos presentes en la fotografía de la contratapa, que fueron quienes ilustraron la tapa y cada una de las lecturas, según los códigos de su propio lenguaje visual, y quienes también elaboraron algunos de los textos. A través de ellos, vislumbramos formas de vida y paisajes que, como el quichua, se van extinguiendo de a poco, ante el avance de la deforestación y de la frontera agrícola, modificando el ecosistema, liquidando también especies vegetales y animales, a pesar del poco tiempo transcurrido. Parecería que los cambios se aceleran pero, sin embargo, el quichua como algunas costumbres, empecinadamente se conservan, casi con un esfuerzo sobrehumano de resistencia cultural, frente a los embates de factores externos, globalizados, que tratan de disolverlos.
El quichua, como muchas lenguas de los pueblos originarios, se encuentra hoy amenazada y en vías de extinción. Las lenguas indígenas son parte integrante del patrimonio cultural y lingüístico nacional. La pluralidad de lenguas es una expresión  de la composición multicultural de la nación argentina. Está en nosotros preservarlas.
Para ello se debe trabajar en conjunto con las comunidades reservorio de las lenguas, preservándolas a las propias lenguas y  a su enseñanza, y asegurando su derecho a salvaguardarlas y trasmitirlas, y el derecho de los quichua hablantes a una educación multicultural bilingüe, a través de proyectos de mayor cobertura, como los de mejoras en la calidad de vida, de planes educativos propios, reafirmando, asimismo, su derecho a desarrollarlos.
Otras actividades importantes, además de la formación de docentes que conozcan la lengua de sus estudiantes, son la formación continua a través de eventos, como encuentros, congresos o seminarios; producción de materiales lingüísticos de diversa índole (diccionarios,  rescates de archivos, archivos orales, recopilación de historias de vida, etc.) y la elaboración de una base de datos sobre las diferentes lenguas indígenas del país.
La incorporación en el censo 2010 de la pertenencia a pueblos originarios abre un camino. Sin embargo, podría haber sido más abarcativo, si se hubiese incluido la pregunta sobre el uso y conocimiento de lenguas aborígenes. Ello nos hubiera permitido tener un conocimiento cabal sobre la persistencia y/o desaparición de lenguas indígenas, entre ellas el quichua. 
Convencidos de que el rescate y valoración de este patrimonio intangible o inmaterial de la nación -como es el quichua, junto con otras lenguas-,  de inmensa riqueza cultural y humana, dará pie a una mayor comprensión sobre las características particulares de los argentinos en general y de los santiagueños en particular  y, por ende, contribuirá mejor al entendimiento entre los argentinos, heterogéneos y multiculturales, a pesar de los intentos de homogeneización, promovido desde los medios de comunicación hegemónicos.
El trabajo de varias décadas de Ilda Juárez de Paz, coronado con esta reedición de su primer libro, más otro aparecido el año pasado sobre vocablos quichuas en la toponimia de Santiago del Estero, son un gran aporte para el rescate y valoración de las lenguas originarias y la afirmación de la provincia como una región bilingüe, patrimonio de población criolla  e indígena (según las zonas), con muchos hablantes receptivos de la lengua, que les permite comprender órdenes, palabras sueltas, frases frecuentes del dialecto de sus mayores, aunque no  hablarlo fluidamente.
Estos semi hablantes, más otros que alguna vez hablaron, pero que por el contexto en que se desenvuelven fueron olvidando,  pero que, sin embargo, pueden recordar palabras o frases en la lengua de sus padres o abuelos, aunque no la utilizan como instrumento de comunicación, ni las transmiten a sus hijos, tienen que romper las barreras del monolingüismo.
Los libros de Ilda Juárez de Paz nos muestran cómo el quichua santiagueño, resistido y resistente es, por sí mismo, un instrumento propio de quienes lo hablan para  manifestar el conocimiento del mundo. En consecuencia, constituye un símbolo de la identidad cultural del santiagueño y, por derivación, patrimonio cultural argentino.
Nueva Coloniamanta, de Ilda Juárez de Paz, escrito desde Nueva Colonia “para los hermanos santiagueños, como homenaje a la comunidad bilingüe de la provincia”, según lo sostiene la autora, contribuye a la preservación de la lengua quichua santiagueña, sus usos y costumbres.

miércoles, 15 de junio de 2011

LA NACIÓN INTERIOR


Canal Feijóo, Di Lullo y los hermanos Wagner. El discurso culturalista de estos intelectuales en la provincia de Santiago del Estero de BEATRIZ OCAMPO

María Mercedes Tenti

Los procesos de construcción de la nación han sido uno de los campos que más preocupó a los intelectuales, de las más diversas disciplinas, en los últimos tiempos. Frente a los procesos de globalización, que pareciera reprueban el modelo de construcción del estado-nación moderno, surgen nuevas interpetaciones que, desde el interior de las naciones, intentan elaborar discursos diferentes con el propósito de superar las asimetrías manifiestas e insertar las problemáticas locales junto a las propias del  mundo globalizado.
Nuevos objetos de estudio permiten a los cientistas sociales inquirir, con distintas miradas, discursos ya estudiados desde otras perspectivas en la búsqueda de originales teorías que permitan explicar diferentes realidades, pero teniendo siempre presente que toda producción está surcada por pautas desiguales de relaciones de poder.
Beatriz Ocampo, una intelectual entrerriana que las circunstancias de la vida fue llevando por distintos caminos que abarcaron varios continentes (América latina y anglo sajona, Europa y África), desde Santiago del Estero intenta escudriñar la conformación de “la nación interior”. Esta suerte de ‘nomadismo cultural’ le permitió construir una visión más amplia de la ‘aldea global’, y reforzada por su mirada antropológica, indaga en esta obra los particularismos provinciales que, paradójicamente -en tensión dialéctica no resuelta- buscan diferenciarse en el contexto nacional para poder insertarse con  cierta solidez en este mundo heterogéneo y asimétrico.
Desde la periferia de la periferia, su mirada sagaz avizoró las diferentes configuraciones que, desde la provincia, buscaban construir un discurso legitimador que resaltara su singularidad y, paradójicamente, su universalidad. Tres exponentes de la intelectualidad santiagueña la desvelan (en realidad cuatro): los hermanos Wagner (Emile y Duncan), Bernardo Canal Feijóo y Orestes Di Lullo; tres miradas diferentes, tres concepciones distintas de la provincia. Todas con la misma intencionalidad manifiesta: sus pensamientos los sepa y los une.
Los Wagner, desde una visión universalista,  trataron de ‘construir’ el ‘otro’ santiagueño -originado en un supuesto pasado de grandeza-, concibiendo la ‘civilización chaco-santiagueña’ para coronar su propia inserción en la comunidad científica internacional. Canal Feijóo, a partir de una concepción moderna y liberal, buscaba resolver la oposición interior vis-à-vis puerto de Buenos Aires.  Di Lullo, desde un pensamiento nacionalista, católico e hispanista reducía su mirada a la configuración de la provincia buscando, especialmente, lo que la singularizaba.
Su nexo de unión más importante fue sin dudas su pertenencia a La Brasa, institución que floreció en la provincia entre los 20’ y los 40’ del siglo pasado y que aglutinó a hombres de la élite intelectual santiagueña, de diferentes ideologías y posturas políticas, en la construcción de un espacio trascendente para la cultura local. La Brasa se constituyó así en la arena sobre la que se fueron dibujando los discursos culturalistas de estos intelectuales, con sus concepciones de la provincia vis-à-vis la nación.
Con una narrativa rica y amena Beatriz Ocampo nos introduce en las vidas de los autores y, a través del análisis de documentación inédita, reconstruye sus biografías y desentraña sus pensamientos. Paralelamente intercala argumentos interpretativos basándose en una amplia bibliografía que da sustento a su teoría.
Indagando en archivos privados sin catalogar, especialmente el archivo Wagner, descubre documentos que le permiten abordar su interpretación en clave antropológica. Mito y realidad se entretejen en la construcción de diferentes identidades que, sin embargo, tienen algún punto de confluencia.
El interés de Beatriz, según ella misma lo sostiene, no es, en el caso de los Wagner, desentrañar la verdad o falsedad del ‘descubrimiento’ arqueológico, sino tratar de descubrir la representación que del mismo tenían las élites santiagueñas, dentro de un ethos culturalista propio de la provincia en la primera mitad del siglo XX; Representación contraria a la del proyecto civilizador decimonónico que olvidó el interior en pro de una visión demasiado orientada al puerto.
Advierte que los intelectuales de La Brasa se apoyaban en el descubrimiento arqueológico para dar origen al mito de la provincia. Ello explica la opción de los Wagner por el término ‘civilización chaco-santiagueña”; enfrentada a la tradicional dicotomía sarmientina de civilización o barbarie, en la que los indios estaban incluidos en la segunda categoría. A pesar de ello, en el libro de los Wagner no se vislumbran los ‘hacedores’ de la civilización. La ‘civilización’ descubierta parece emerger de seres superiores emparentados con antiguas civilizaciones orientales, sin conexión con los nativos santiagueños.
Canal Feijóo, martinfierrista, antipositivisa, mundano, elitista, brindó a su provincia natal de un prestigio intelectual que antes no había gozado. Veía la pobreza santiagueña y del noroeste argentino como consecuencia del abandono de la nación y el desgranamiento de cada provincia en sus ‘provincianías’, en lugar de abordar entre todas la búsqueda de soluciones comunes a problemas comunes. A través de diversos ensayos indagó conceptos y realidades, explorando respuestas que permitieran modificar el presente de su ‘provincia pobre’ devenida en ‘pobre provincia’.
Beatriz analiza la obra de Canal desde múltiples perspectivas: sus estudios, influencias intelectuales, investigaciones. En su narrativa indaga los intentos del autor por desentrañar la relación sociedad, política y economía a partir de un ethos culturalista específico, afirmando su universalismo, desde lo particular. Sus estudios del folklore resitúan a la provincia dentro del contexto nacional, defendiendo la continuidad hispano-indígena. El pensamiento de Canal Feijóo es minuciosamente desarrollado teniendo como premisa interpretar la concepción de identidad subyacente en el mismo. Su propósito fue interpretar la nación desde la provincia para insertarla en el concierto de las naciones del orbe.
Di Lullo -al igual que los autores precedentes y  que otros científicos y artistas de la época- se preocupó, dentro de su múltiple producción intelectual,  por el estudio del folklore santiagueño. A través del mismo, buscó afianzar su sentido de nacionalidad y construir su propia representación de la provincia, pensada desde una perspectiva nativista, hispanista y católica. Beatriz Ocampo indaga los motivos de la circunscripción de Di Lullo al nativismo, constituido, a su juicio, “en una especie de nacionalismo étnico de la región”. Advierte su nostalgia por el pasado y su oposición a la modernidad, amenazadora de la cultura local.
Los tres autores constituyen, a juicio de la autora, una vanguardia intelectual que elabora diferentes discursos fundacionales, cargados de elementos simbólicos. En todos ve evidencias de un reclamo por una forma diferente de otredad; de construcción de un ‘nosotros’ (la provincia) frente a los ‘otros’ (la nación), pero desde distintas perspectivas analíticas y diferentes caminos de resolución de conflictos.
A partir de un enfoque propio de lo que podríamos denominar estudios culturales, pone en duda los supuestos existentes sobre los autores que analiza -en lo relativo a la construcción de la provincia vis-à-vis la nación-, buscando la comprensión de símbolos y mensajes en los discursos de los referentes intelectuales y demostrando su preocupación por la interpretación de la cultura contemporánea santiagueña, desde nuevas configuraciones. La investigación realizada le permite vislumbrar un ámbito diferente para tratar de comprender la construcción de la nación desde una mirada local. Esto, paradójicamente, impulsa su pensamiento y líneas de análisis hacia un escenario y una concepción más universal.
“La nación interior” nos permite pensarnos a nosotros mismos, comprender que las ideas tienen una historia y que su despliegue en el tiempo nos exige una indagación que dirija a la comprensión de sus originalidades y de las mutaciones que las diversas interpretaciones generaron en la recepción de esas obras y de esos pensadores.


[1] Historiadora; Doctora en Ciencias Sociales,  Magíster en Estudios Sociales para América Latina.

sábado, 4 de junio de 2011

HOMENAJE AL HISTORIADOR LUIS ALEN LASCANO

MARÍA MERCEDES TENTI

La historia no es una ciencia exacta sino más bien una forma de memoria, que se diferencia de las memorias “sueltas” o colectivas, que se generan en todas las sociedades y grupos sociales, porque es sistemática, científica (o con pretensiones de serlo), responde a reglas de una disciplina y es sometida al juicio crítico de una comunidad académica.
Luis Alen Lascano, decano de los historiadores santiagueños, nos dejó el 25 de septiembre de 2010, aunque su obra perdurará en las próximas generaciones. Autodidacta, discípulo de historiadores que marcaron huella en la historiografía santiagueña como Orestes Di Lullo y Alfredo Gargaro, fue descubriendo los secretos del oficio llevado por su inquietud personal en indagar el pasado, para poder comprender mejor la realidad en la que se encontraba inmerso. En 1951, cuando partía a cumplir con el servicio militar, apareció su primer trabajo historiográfico, Pueyrredón, el mensajero de un destino, que se convirtió en el eslabón  inaugural de una larga serie de publicaciones, que fueron jalonando su fructífera labor de historiador y consolidando su legado.
Haciendo un análisis de sus obras podríamos dividir su producción historiográfica en tres etapas, aunque no rigurosamente delimitadas: La primera, correspondiente a las décadas del cincuenta y sesenta, en la que, paralelamente a su militancia radical, indagó sobre temas que preocupaban a la juventud de entonces, relacionados a la inserción de América Latina y Argentina en el complejo panorama mundial de la pos guerra y de reacomodamiento de los países periféricos al orden imperialista diseñado, por entonces, por los países centrales. Fruto de esta época son Hispanoamérica en el pensamiento de Irigoyen, Imperialismo y comercio libre y en la década del setenta, Dependencia y liberación en los orígenes argentinos y La Argentina ilusionada. Si bien se trata de narrativas correspondientes al ámbito nacional, en ellas no está ausente la historia santiagueña, entretejida dentro del entramado de la historia más amplia de la Argentina toda.
La segunda etapa, que podríamos extenderla hasta fines de la década del 80’, se inicia en 1968, cuando vio la luz Felipe Ibarra y el federalismo del norte, sin lugar a dudas, un hito en la historiografía santiagueña, no solamente porque consolidó el revisionismo histórico en la provincia, sino, fundamentalmente, porque el meduloso estudio que realizó sobre Ibarra, trascendió el simple enfoque biográfico para analizar el proceso histórico santiagueño, desde la revolución de mayo hasta la muerte del caudillo en 1851, etapa clave para entender la conformación de la provincia y la impronta que fue adquiriendo a lo largo de los años, con sus componentes sociales, económicos, ideológicos y políticos.
La visión revisionista, hispanista y católica de la historia provincial  aparece en la mirada inquisidora de Alen Lascano, aunque consonante con un revisionismo ‘moderno’, que apunta no solamente a describir los hechos del pasado, sino a interpretarlos y comprenderlos en su contexto. Sin dudas, por esta causa, fue convocado por Tulio Halperin Donghi para colaborar, hacia fines de los 90’, en la obra Historia de los caudillos argentinos, en la que Alen escribe nuevamente sobre Ibarra, siempre desde su óptica.
En esta fase de su producción historiográfica está presente también su preocupación por otros temas referidos a la problemática santiagueña como El obraje, Homero Manzi, poesía y política y Andrés Chazarreta y el folclore. En ellos inquiere sobre el paisaje y la sociedad santiagueña, la destrucción del bosque y la explotación de los hacheros, la cultura y sus hacedores, proyectando la realidad local a la nacional, dentro del andamiaje latinoamericano.
En la tercera etapa -a partir de la década del 90´- nos encontramos con un Alen Lascano maduro en su producción historiográfica, que publica Historia de Santiago del Estero, primera y única historia integral de la provincia, hoy lamentablemente agotada. En ella vemos al historiador de oficio que utiliza el método historiográfico con preciso rigor, tanto en la búsqueda de fuentes como en el análisis, narración y explicación de la historia local. La obra nos permite comprender, desde la larga duración, los ciclos históricos de la provincia, en claves políticas, socio-económicas y culturales, inmersas siempre en el contexto de la historia nacional. 
En el prólogo de su Historia santiagueña sostiene: “Siempre hemos deseado contribuir al esclarecimiento de los hombres, circunstancias, fundaciones y hazañas que tuvieron por epicentro a la ciudad de Santiago del Estero, la primera entidad política, institucional, religiosa y cultural que tuvo la Argentina actual”, y precisamente, esta frase, resume, en gran medida, su perspectiva historiográfica desarrollada en más de medio siglo.
Su preocupación por bucear en los orígenes de la historia provinciana tiene que ver con su concepción de la provincia dentro del contexto nacional. Alen Lascano concibió el pasado de Santiago, casi como una epopeya en la que era necesaria rescatar del olvido a los ‘héroes’ que la llevaron a cabo.
El mérito de la obra radica en ofrecer un panorama particular santiagueño, frente al conjunto heterogéneo de la etapa de la conquista, en las demás fundaciones. El autor quiere convalidar, una vez más, el papel que le cupo a Santiago del Estero como madre de la colonización argentina, fundadora de ciudades, forjadora de la educación y de la cultura nacional, primera en la defensa de los derechos de los aborígenes, pionera de la evangelización en el Tucumán, sede del primer obispado y origen de la industria nacional. En su relato se va construyendo, paso a paso, el mito fundacional instaurado por él mismo y por otros historiadores alineados en la misma concepción del pasado.
A lo largo de la obra Alen narra la historia santiagueña desde sus orígenes hasta nuestros días. Presenta la problemática propia de cada período y analiza el conjunto de medidas que tomaron los santiagueños en la búsqueda de soluciones. Cada hecho, cada movimiento político, social o cultural, trata de explicarlos en virtud de sus ecos o resonancias y buscando su vinculación con procesos nacionales y aún internacionales.
Escribe la historia santiagueña para contestar a las preguntas que se formula permanentemente la comunidad: de dónde venimos, cómo somos y a hacia dónde vamos. Sólo así la historia tiene realmente sentido: cuando se trata de aportar algo positivo y duradero en la indagación de nuestra identidad como pueblo, como nación.
A partir de entonces, el vigor del historiador aparece inagotable y puede explicarse por la calidad y cantidad de sus contribuciones al estudio de la historia provinciana. Sus trabajos continuaron sin declinar hasta su muerte, con temáticas tales como Santiago del Estero, recorrido por una ciudad histórica, Los orígenes de Santiago del Estero, El folclore santiagueño, entre muchas otras. En reconocimiento de su aporte a la historiografía nacional, con una treintena de libros publicados y más de doscientos opúsculos, separatas y prólogos, la Academia Nacional de la Historia lo honró designándolo miembro correspondiente por Santiago del Estero.
El propósito general, frente a la condición humana de estar condenados al tiempo, es rescatar del olvido aquellos elementos que sirven para construir la identidad –que en definitiva es un constructo- concebida por cada autor. A veces se piensa la memoria y la identidad como dos elementos distintos. Indudablemente la primera es anterior a la segunda. Sin embargo, memoria e identidad se compenetran, son indisociables, se refuerzan mutuamente. No hay búsqueda identitaria sin memoria e, inversamente, la búsqueda memorialista está siempre acompañada de un sentimiento de identidad, al menos individual.
El propósito final de Alen Lascano, en su larga producción historiográfica es, precisamente, apelar a sus estudios del pasado para aportar a la construcción de una representación o memoria colectiva. Su discurso identitario está plasmado en toda su obra con el propósito de producir representaciones en cuanto al origen, la naturaleza y la historia de la propia sociedad santiagueña.
El papel de los intelectuales en la construcción de la identidad, en la reconstrucción de la memoria colectiva, es, sin dudas, de capital importancia. En este caso, el papel de Alen Lascano como historiador  fue aportar a la construcción de la memoria, con el propósito de allanar el camino para la comprensión del pasaje del individuo al colectivo, de la transformación de lo singular a lo general, en síntesis, de la conformación de la memoria social. 
Un párrafo aparte merece Luis Alen Lascano, el maestro, el hombre de bien. Si bien transitó por aulas de distintos niveles educativos, su generosidad manifiesta, con propios y extraños, lo convirtió en consejero de varias generaciones. Siempre pronto para brindar un dato, hacer una sugerencia, prestar un libro, sacar de una duda, analizar trabajos de jóvenes y no tan jóvenes historiadores y cientistas sociales, a los que alentaba y estimulaba en forma desinteresada y a veces poco usual en los ámbitos académicos.
Sus trabajos son de consulta obligada para todos los que quieran inquirir sobre el pasado santiagueño, en la búsqueda de respuestas para poder comprender el presente y vislumbrar, por qué no, el futuro. A través de ellos podemos recorrer el largo itinerario de una sociedad con vocación originaria de grandeza, jaqueada a lo largo de los siglos por factores adversos, a los que debieron enfrentarse hombres y mujeres, protagonistas -reconocidos y anónimos- presentes en sus obras.
La producción de Alen Lascano, consagrada al estudio del pasado santiagueño, se ha convertido en un dato central para la historiografía provincial, regional y nacional. Esta característica es poco usual en una época en que cada vez más se nota la especialización disciplinaria, sin embargo se desplegó en su obra, en un marco temporal que comprende prácticamente el conjunto  de la experiencia histórica de la provincia. Por ello, podemos afirmar, sin lugar a dudas, que Alen, a través de sus múltiples producciones, contribuyó, cabalmente, a desentrañar la historia integral de Santiago del Estero. Su partida nos dejo un vacío, difícil de llenar.

miércoles, 4 de mayo de 2011

NUEVOS ESTUDIOS DE LA HISTORIA DE SANTIAGO DEL ESTERO por María Mercedes Tenti

Hoy me toca presentar, con gran satisfacción este libro Nuevos estudios de la Historia de Santiago del Estero, escrito por Alberto Tasso, sociólogo experimentado en el oficio y jóvenes historiadores como Julio Carrizo, Daniel Guzmán y Roberto Orellana, editado por el Profesorado de Historia, del Instituto La Sagrada Familia.
Creo que este libro es una buena síntesis de dos valores fundamentales combinados en este trabajo académico: la utopía y el esfuerzo compartido.
¿Por qué digo la utopía? Porque cuando Alfredo Basualdo se propuso crear un profesorado privado, con orientación en historia en el barrio Autonomía, parecía no sólo imposible, sino casi hasta absurdo. Existiendo el ISPP Nº1, con una importante tradición en el campo de la historia, este nuevo profesorado, en la periferia de la capital santiagueña, no auguraba, aparentemente, éxito alguno.
Sin embargo, con el tesón de sus directivos y profesores, especialmente jóvenes estudiosos e investigadores, fue cimentando su prestigio y hoy sorprende a la comunidad académica con la presentación de este libro de Historia de Santiago del Estero. Su aparición nos hace vislumbrar una luz de esperanza y reafirmar que las utopías son factibles.
Fruto de la utopía a la que hacía referencia es este libro, síntesis del esfuerzo compartido entre autoridades de la institución y estos investigadores que quieren poner a consideración de la comunidad académica el producto de sus investigaciones.
En primer lugar haré referencia al trabajo de Alberto Tasso sociólogo de vasta trayectoria que incursiona en este libro en el campo de la historiografía, tratando de reseñar parte de los trabajos historiográficos de los últimos veinte años, clasificándolos por períodos de estudio y por temáticas abordadas. Al final incluye una lista de obras según el abordaje disciplinar y la fecha de publicación.
Sin dudas el esfuerzo que hizo Tasso en recopilar estas obras y analizarlas, interrogándose sobre los enfoques y géneros, es de gran importancia para quienes quieren indagar sobre la escritura de la historia santiagueña. Si bien no se agota la publicación y presentación de historiadores sobre temas santiagueños, que lo hacen a lo largo y a lo ancho del país, en congresos y jornadas de historia, publicadas en cd o en la web, además de revistas y libros, su trabajo nos brinda una interesante selección que permite vislumbrar el desarrollo de la historiografía en las últimas décadas.
Quiero detenerme en particular en los trabajos de Daniel Guzmán, Roberto Orellana y Julio Carrizo, los tres ex alumnos en el profesorado, la licenciatura y algunos también en carreras de pos grado, o que trabajaron y trabajan como investigadores asociados en proyectos de investigación, a mi cargo.
Daniel Guzmán indaga sobre Las revistas culturales en Santiago del Estero, tema que conoce en profundidad ya que sus investigaciones se centran, precisamente, en el rol de los intelectuales santiagueños y sus publicaciones en revistas especializadas, como lo atestiguan sus numerosas publicaciones sobre el tema.
En este caso, su preocupación se focaliza en dos revistas católicas El Almanaque santiagueño, aparecida en 1904 y Primaveral, de 1918, ambas imbuidas del pensamiento católico emergente en la época, con una marcada postura anti positivista. En su trabajo emergen los intelectuales católicos que escribían en las revistas, de los que analiza su pensamiento en el contexto de un mundo de preguerra y guerra mundial, respectivamente, con el socialismo y el comunismo amenazantes emergiendo en el horizonte global, atentando contra el mundo católico proyectado desde el papado, especialmente a partir de la convocatoria del Concilio Plenario Latinoamericano, en 1899.
Las posturas contrarias al modernismo, al liberalismo y al socialismo, tres patas en las que se apoya lo que Guzmán denomina anti positivismo católico, surgen de la pluma de autores santiagueños y de otros ámbitos, pensamiento que analiza el autor dentro del contexto de la intelectualidad de la época.
Roberto Orellana investiga sobre el rol del Estado y el proceso de expansión agropecuaria del departamento Belgrano, entre 1960 y 1980, enmarcado dentro de las políticas desarrollistas iniciadas durante la presidencia de Frondizi y continuadas, de una u otra manera, en los gobiernos de facto y democracias débiles, hasta la década del 70’.
Algo se ha indagado sobre estas políticas en el ámbito nacional, pero muy poco en provincias periféricas como Santiago del Estero, alejada de la zona pampeana y más aún de un departamento como el de referencia, con menor desarrollo aún, ya que las políticas desarrollistas en Santiago estuvieron orientadas, en particular, hacia el área de riego del río Dulce y la Corporación del Río Dulce.
El trabajo de Orellana brinda un aporte interesante para el conocimiento del desarrollo del departamento Belgrano en lo referente a pasturas, ganado, red vial, expansión agropecuaria y tenencia de la tierra. Este trabajo de historia económica, al igual que el de Julio Carrizo, da una visión política de economía local.
Julio Carrizo continúa con sus trabajos minuciosos sobre las políticas fiscales santiagueñas entre 1841 y 1875, parte de su tesis de maestría en curso. El rol del Estado en formación se entreteje con las políticas económicas en general, y fiscales en particular, investigadas, sacadas a la luz y analizadas meticulosamente por Carrizo.
El trabajo de archivo realizado por Julio es encomiable. No sólo consiguió e interpretó los presupuestos de entradas y salidas y las leyes ampliatorias de los mismos, sino que buceó hasta encontrar las planillas de información de gastos y recaudaciones mensuales, para compararlas con las propuestas anualmente. Los cuadros y gráficos que acompañan el trabajo son una fuente insoslayable de consulta para quienes tienen interés en estudiar la historia económica provincial. Realiza un seguimiento exhaustivo de las modificaciones en la burocracia estatal del área económica y los cambios en el diseño de las reparticiones creadas al efecto, sus continuidades y quiebres.
Este trabajo no se trata de un frío análisis de la corriente historiográfica que podríamos denominar cliometría. Es un excelente aporte, dentro de lo que designaría como ‘nueva historia económica’, en la que lo económico se entrecruza con lo político para enriquecer su análisis e interpretación.
Tuve la suerte de conocerlos, a Daniel, Roberto y Julio como estudiantes, muy jóvenes, y verlos hoy como investigadores serios y pujantes, que dieron un salto cualitativo importante en sus carreras, especialmente si consideramos las condiciones en que los tres investigan.
Me parece oportuno destacar este aspecto que tiene que ver con quienes llevan el oficio en la sangre y que pueden sortear todo tipo de vicisitudes, al tener que trabajar para mantener sus familias y dedicarse a la investigación, sin sustento económico o con muy poca paga (como lo hacen quienes investigan trabajando en el nivel secundario o superior de las escuelas provinciales), robando tiempo a su tiempo libre, para dedicarse a esta profesión que abrazaron con pasión y dedicación. Esto también corrobora mi afirmación primera, de que las utopías son posibles.
No me queda más que felicitar al Instituto la Sagrada Familia, a los autores del libro, Julio Carrizo, Daniel Guzmán, Roberto Orellana y Alberto Tasso por este emprendimiento colectivo e incentivar a los presentes a una lectura detallada del mismo para valorar, cada uno desde su propia lectura, el aporte de todos y cada uno de los investigadores que hoy ponen a consideración de ustedes estos Nuevos estudios de la Historia de Santiago del Estero.

domingo, 24 de abril de 2011

EL SIGNIFICADO DE LA AUTONOMÍA SANTIAGUEÑA

Juan Felipe Ibarra, óleo de Absalón Argañarás
María Mercedes Tenti

Producida la revolución de mayo y realizado el pasaje del pacto de sujeción al pacto social para fundamentar el derecho a la emancipación, surgió otro conflicto en torno a la discusión sobre la existencia de una o de varias soberanías. Desde Buenos Aires, la afirmación de una única soberanía como depositaria del pacto social, llevó a la consolidación de una tendencia centralista o unitaria que se contraponía a la sustentada desde el interior del ex Virreinato, que argumentaba la existencia de tantas soberanías como pueblos interiores existían.
Teniendo en cuenta las categorías usadas en la época, la expresión ‘los pueblos’ hacía referencia a las ciudades convocadas por la Primera Junta a participar a través de sus cabildos. ‘Los pueblos’ designaban a las comunidades, a las futuras provincias y también a las ciudades, con sentido político, no territorial. En general implicaba la pertenencia a un grupo humano con lazos comunes, a una colectividad.
Desde el inicio de la revolución coexistieron conflictivamente las soberanías de las ciudades con la de los gobiernos centrales que trataban de delimitar una soberanía única. De allí es que resulta confuso discernir cuáles eran las pretensiones de los pueblos al autogobierno y cuáles procesos que podríamos denominar autonómicos.
En las luchas autonómicas en la provincia de Santiago del Estero podemos distinguir dos momentos. El primero, correspondiente al movimiento encabezado por Juan Francisco Borges, a partir de 1814, y el segundo el liderado por Juan Felipe Ibarra en 1820. Ambos en consonancia con dos etapas diferentes en los que distintos sectores de las élites dirigentes pujaban por conservar espacios de poder y afianzarse en ellos.
En el primero, fueron las antiguas familias afincadas en la capital provinciana, funcionarios del nuevo cabildo surgido a partir de la revolución de mayo integrado por comerciantes y propietarios de tierras cercanas a la capital, con acceso al riego del río Dulce, cuya posesión les venía del pasado colonial. Fueron precisamente estas élites las que se vieron más afectadas, en la primera década revolucionaria, por las consecuencias de la revolución. Como lo señala Tulio Halperin Donghi en Revolución y guerra, su decadencia se precipitó como consecuencia de la ruina del comercio altoperuano, la escasez de mano de obra, por cuanto los hombres útiles eran reclutados por los ejércitos revolucionarios, y la falta de recursos para su reconstrucción.
Contrariamente, el sector ganadero, con propiedades cercanas a la frontera con el indio en las márgenes del río Salado, fue el que menos sufrió los avatares de la revolución. Si bien contribuía con su ganado a los ejércitos patriotas, la coyuntura económica le resultaba favorable como consecuencia de la apertura del puerto de Buenos Aires al comercio libre y la ruina de la ganadería del litoral que trajo como aparejada la demanda de cueros santiagueños.
Frente a esta situación imperante, el cambio del equilibrio político local era inminente ya que la hegemonía de la capital y de los sectores propietarios de las tierras irrigadas del Dulce y funcionarios del cabildo se veía seriamente amenazada.
Esto se agudizó cuando unificado el gobierno nacional en 1814 en la figura de un Director Supremo, el primero en ocupar este cargo, Gervasio Antonio de Posadas, el 8 de octubre suscribió un decreto por el que dividía la antigua Gobernación Intendencia de Salta en dos gobernaciones: Salta, con capital en Salta, e integrada por las provincias de Salta y Jujuy, y Tucumán con capital en San Miguel, conformada por Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca. La consecuencia inmediata fue el comienzo de la lucha de Santiago del Estero -nuevamente considerada subalterna- por independizarse de la cabecera tucumana.
Desde enero de 1815 era teniente de gobernador de la provincia, Pedro Domingo Isnardi, simpatizante de la causa del denominado precursor de la autonomía santiagueña, Juan Francisco Borges. En abril, el gobernador de Tucumán, Bernabé Aráoz depuso a Isnardi de su cargo y designó jefe militar al comandante Antonio María Taboada, que apoyaba su gestión. Tanto el cabildo como las milicias locales no aprobaban esta designación y convocaron a un cabildo abierto que envió un petitorio al Director Supremo, expresándole que estaban dispuestos a sostener a su teniente gobernador ya que, decían “... no tuvimos un día más amargo que aquel aciago en que se estableció Tucumán en cabeza de provincia y se nos sometió a este Gobierno bajo el cuál no hemos experimentado otra cosa que vejaciones, insultos y despotismos”. El nuevo jefe del ejecutivo, Álvarez Thomas, contestó al ayuntamiento solicitándole que tuviese resignación para esperar que, una vez que se reuniera el Congreso General -que iba a congregarse en Tucumán al año siguiente-, resolviese en forma definitiva la forma de gobierno que conviniera a todos los pueblos.

La sublevación de Borges
Al no recibir apoyo del gobierno nacional, Isnardi renunció a su cargo, hecho que fue aprovechado por los partidarios de Aráoz, que convocaron al Cabildo para elegir un teniente de gobernador provisorio. La elección recayó en Tomás Juan de Taboada, partidario de Aráoz. La reacción no se hizo esperar. El 4 de setiembre de 1815 Juan Francisco Borges, a la cabeza de unos setenta hombres, marchó rumbo a la casa de Taboada al que exigió la renuncia. Luego se dirigió hacia la plaza principal y mediante el tañido de las campanas del Cabildo convocó al vecindario, quien a viva voz lo proclamó gobernador provisorio. Aráoz mandó de inmediato tropas que se enfrentaron con las fuerzas rebeldes en la plaza principal. Borges fue herido y enviado prisionero a Tucumán, aunque al poco tiempo logró huir rumbo a Salta. Al año siguiente regresó a su ciudad natal.
Manuel Belgrano, jefe del ejército del Norte, propuso al Congreso, reunido en Tucumán en 1816, el nombramiento del sargento Gabino Ibáñez como teniente de gobernador y comandante de armas de Santiago del Estero. Ibáñez asumió el cargo ante la contrariedad de Borges y sus seguidores. El 10 de diciembre de 1816, Juan Francisco Borges inició su segundo movimiento emancipador. Apresó a Ibáñez, lo envió prisionero a Loreto, asumió nuevamente el cargo de gobernador provisorio y marchó al interior de la provincia a reclutar gente.
Enterado Belgrano de los sucesos, mandó una expedición al mando del comandante Gregorio Aráoz de Lamadrid, para reprimir a Borges y a sus seguidores. Éste había acampado en Pitambalá donde fue localizado y derrotadas sus fuerzas. La orden del Congreso era fusilar a los cabecillas de cualquier rebelión armada y Belgrano como jefe del ejército la hizo cumplir. Juan Francisco Borges fue fusilado el 1 de enero de 1817 en el paraje de Santo Domingo. Sus compañeros, Lorenzo Lugones, Pedro Pablo Montenegro y Lorenzo Goncebat, fueron castigados con menos rigor.
Más que la lucha por un federalismo comunal como consideraba Ricardo Levene, la sublevación de Borges se trató de la disputa de la burguesía santiagueña por ejercer su soberanía, iniciando el camino de separación de las provincias que componían el antiguo régimen de intendencias. Fue, en consecuencia, un proceso de retroversión de la soberanía ya que los pueblos concebían la relación con la autoridad central en términos de acuerdos pactados entre ciudades. El imaginario pactista, según el modelo formulado por Artigas, era más bien confederal que federativo.

Las luchas por la autonomía
Los primeros meses de 1820 fueron decisivos para el futuro de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La Constitución de 1819, centralista y monárquica, rechazada por los caudillos del litoral, Francisco Ramírez de Entre Ríos y Estanislao López de Santa Fe, fue el detonante que determinó la marcha de las tropas federales hacia Buenos Aires, con el propósito de derrocar al gobierno directorial de Rondeau. Los ejércitos se enfrentaron el 1 de febrero de 1820 en la batalla de Cepeda y terminó con el triunfo de las montoneras de López y Ramírez. Como consecuencia el directorio y el Congreso fueron suprimidos. No había ya autoridades nacionales. Sin embargo, ese cúmulo de odios y enfrentamientos que estallaron en el año 20 y que llevó a un proceso de descomposición y desorganización nacional, marcó el inicio de la organización de las provincias que, en definitiva, revitalizó el proceso revolucionario por la participación de todas y cada una de las partes integrantes de la nacionalidad.
A fines de 1819, en Tucumán se había producido una sublevación que puso nuevamente al frente de la gobernación a Bernabé Aráoz. Mientras las provincias del litoral trataban de organizarse firmando pactos entre ellas, en el norte, Aráoz quería conformar un núcleo territorial autónomo integrado por las provincias de Tucumán, Catamarca y Santiago del Estero, aunque reconociendo la inclusión en un todo, que era la propia nación. Por ello el gobernador tucumano instó a las provincias de Catamarca y Santiago para que enviasen sus diputados, a fin de constituir la denominada República del Tucumán. Para asegurarse una elección favorable envió tropas con el pretexto de escoltar al general Manuel Belgrano, con la salud sumamente quebrantada, en su viaje rumbo a Buenos Aires. Realizada la elección con la presencia coercitiva de las tropas tucumanas, los partidarios de la autonomía llamaron en auxilio al comandante de la frontera de Abipones, el general Juan Felipe Ibarra.
Ibarra pertenecía a una familia hegemónica en la zona fronteriza de Matará, aunque también tenía poder en la ciudad ya que algunos de sus miembros habían ocupado magistraturas en el cabildo. Era un caudillo que sustentaba su influencia en bases campesinas convertidas en montoneras criollas. Su poder se lo había ganado en su actuación en el Ejército del Norte, en las incursiones contra los indios que asolaban las fronteras y en el punto estratégico de la sede de su comandancia, situada en la unión de las rutas interprovinciales.
Si bien Ibarra no pertenecía a las familias capitulares de antigua raigambre virreinal y revolucionaria, estaba emparentado con ellas y su hegemonía política se sustentaba en las fuerzas armadas permanentes, custodias de la línea de fronteras, distintas a los grupos milicianos que se reclutaban en la ciudad en momentos de crisis. En consecuencia, su poder resultaba más independiente y menos compartido por las zonas que dominaba, con mayor equilibrio social y escasez de franjas en disputa.
Su poderío provenía de la militarización y asalarización de las tropas defensoras de la frontera indígena, que concentraban la mayor cantidad de la fuerza militar de la provincia. El impulso de la frontera como base del poder político procedía del predominio militar de ésta y de la crisis de poder de las burguesías urbanas.
Frente a la intromisión tucumana Ibarra marchó de inmediato rumbo a la capital santiagueña, con el apoyo de tropas santafesinas de Estanislao López. Enterado de su avance, el Cabildo encargó la protección de la ciudad al capitán Echauri e instó a todos los habitantes, mediante un bando, a alistarse para la defensa. En la madrugada del día 31 llegó al ayuntamiento una nota de Ibarra que decía: “No puedo ser ya más insensible a los clamores con que me llama ese pueblo en su auxilio por la facciosa opinión que sufre indebidamente de V. S. para cimentar de mucho su esclavitud. Me hallo ya a las inmediaciones de ese pueblo benemérito y si V.S. en el preciso término de dos horas desde el recibo de esta intimación, que desde luego lo hago, no le permite reunir libremente en un Cabildo abierto a manifestar su voluntad, cargo con toda mi fuerza al momento...”
El combate se dio en las inmediaciones de la iglesia Santo Domingo y concluyó con el rotundo triunfo de Ibarra. Inmediatamente un cabildo abierto lo eligió por unanimidad teniente de gobernador interino y proclamó un nuevo cabildo adicto a la causa de la autonomía. El 17 de abril, y sustentándose en teorías de derecho público similares a las sostenidas en la Revolución de Mayo, Ibarra y el Cabildo fundamentaron la reasunción de la soberanía ante la disolución del Congreso Nacional.
El nuevo gobernador juró su cargo el 25 y finalmente, el 27 de abril de 1820, los electores, reunidos en el cabildo, proclamaron solemnemente la autonomía de la provincia, para lo cual se labró el Acta correspondiente. En ella se especificaba que no se reconocía otra autoridad más que la del Congreso de todos los estados provinciales y se auspiciaba la reunión de una Junta Constitucional, que debía redactar una constitución provisoria según el sistema federal.
El movimiento autonómico invocaba los derechos del pueblo de auto gobierno, aunque manteniendo relación de dependencia con un poder central fruto de la organización nacional a partir de la reunión futura de un congreso general constituyente. La emergencia de las soberanías locales fue la respuesta de los pueblos del interior a las pretensiones centralistas de Buenos Aires. La cuestión de la soberanía pasó a ocupar el lugar protagónico al reasumirla los pueblos del interior, entre ellos, Santiago del Estero.
Las provincias, en consecuencia, no surgieron como parte constitutivas de un Estado central sino como Estados independientes, autónomos, con un nuevo régimen representativo. La antigua estructura virreinal fue disgregándose y surgieron soberanías autónomas que constituyeron nuevas provincias con nuevas jurisdicciones. A pesar de ello, se buscó reorganizar un orden social a través de la firma de pactos interprovinciales.
Los gobiernos provinciales conformados a partir de 1820, fueron al decir de Juan Bautista Alberdi, gobiernos de “carácter nacional por el rango, calidad y extensión de sus poderes”; consecuencia de la resistencia a la usurpación de atribuciones soberanas de la nación por parte de Buenos Aires. La cuestión de la soberanía provincial aparece, así, relacionada íntimamente con la de la ciudadanía. La emancipación de los poderes de base regional o provincial, a partir de 1820, pudo concretarse gracias a la disolución del poder central. Sin embargo fueron estos gobiernos locales los que hicieron posible la constitución del poder central en 1853 con la sanción de la Constitución Nacional.

Bibliografía
- Alen Lascano Luis (1992): Historia de Santiago del Estero; Plus Ultra; Buenos Aires.
- Chiaramonte, José Carlos (1997): Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina; Ariel, Buenos Aires.
- Goldman, Noemí (directora) (1998): Revolución, república, confederación; Sudamericana, Buenos Aires.
- Halperin Donghi, Tulio (2005): Revolución y guerra; Siglo Veintiuno. Buenos Aires.
- Tenti, María Mercedes (1997): Santiago del Estero, desde los primitivos habitantes hasta el período ibarrista; Santiago del Estero.

viernes, 22 de abril de 2011

HOMENAJE AL HISTORIADOR JOSÉ NÉSTOR ACHÁVAL

En 1995 tuve oportunidad de publicar una breve reseña sobre la obra de José Néstor Achával, en la Revista de la Sociedad Argentina de Historiadores de Santiago del Estero, a raíz de un trabajo presentado en el Congreso Internacional de Historia del Libro, realizado en Buenos Aires. Enmarcado dentro de un breve estudio sobre la bibliografía histórica de Santiago del Estero, fue esta la primera vez que intenté esbozar un estudio de su labor historiográfica.
Al profesor Achával lo conocí desde mi ingreso al profesorado provincial, como estudiante de Historia y, posteriormente, cuando me desempeñé como profesora adscripta, durante cuatro años, en las cátedras de Historia Argentina Contemporánea e Historia de Santiago del Estero, a su cargo. Fue en particular, en esta última etapa, en donde pude valorar muchos aspectos de su obra ya que, cuando una es estudiante, a veces no aprecia en sus profesores -en su real magnitud- cualidades tales como su dedicación, empeño y tesón por dejar una huella profunda en sus alumnos. Resulta difícil tratar de bosquejar su labor docente e historiográfica, entrecruzando ambos aspectos que, sin lugar a dudas, modelaron su trabajo Su trayectoria de vida también fue, sin dudas, el motor y disparador de su expresión escrita que hoy intentaré analizar.
Su militancia desde joven en la Acción Católica, en sus años formativos, fue cimentando su pensamiento dentro de las corrientes nacionalistas -en boga por entonces-, con una marcada perspectiva hispanista y católica en la interpretación de los procesos del pasado. Creo que fue su paso por la docencia de nivel superior y universitaria, en particular por la cátedra de Historia de Santiago del Estero, lo que lo llevó a investigar con obstinación y a tratar de registrar la historia santiagueña, no escrita en un compendio sistemático, hasta la aparición de su voluminosa Historia de Santiago del Estero, siglos XVI a XIX, en 1988, de cuatrocientos cincuenta páginas, extensión que da cuenta del esfuerzo del autor en concretarla.
Con anterioridad, había publicado otros trabajos de menor aliento, pero no por ello menos valiosos, referidos a María Antonia de Paz y Figueroa, a Manuel Belgrano y su vinculación con Santiago del Estero, a la enseñanza religiosa en la República Argentina, a Francisco de Victoria y a la Conquista del desierto, entre otros, además de numerosas publicaciones en el diario El Liberal y de participaciones a través de la Radio LV 11, durante muchos años bajo su dirección.
Quienes fuimos sus alumnos tenemos conciencia que sus apuntes, organizados prolijamente para las clases diarias, fueron el origen de su obra historiográfica, referida a la historia santiagueña. Inicia el prefacio de su Historia de Santiago del Estero, reconociendo el legado de dos maestros santiagueños, Orestes Di Lullo y Alfredo Gargaro, hecho que nos habla de su amplitud de miras -a pesar de su postura histórica a la que hice referencia-, por cuanto, quienes conocemos sobre la orientación e influencias teóricas de ambos autores, sabemos que se ubicaban en dos campos interpretativos diferentes y, en muchos casos, antagónicos; conservador el primero, liberal el segundo.
Aceptando la labor de sus antecesores santiagueños y de los historiadores que, en el ámbito de la historia americana y nacional, abrevaron las fuentes de su conocimiento, da su visión de los procesos y hechos históricos de la provincia, desde la etapa fundacional hasta fines del siglo XIX. Como señala Luis Alen Lascano -en el prólogo de la obra-, el hecho de haber dedicado dos tercios del libro al período hispánico patentiza la importancia que daba el autor a ese momento, como un hito modelador de la historia santiagueña posterior.
Conocer sus mentores historiográficos también nos permite ahondar en el pensamiento y orientación de José Néstor Achával: el padre Lozano, Roberto Levillier, Vicente Sierra, Eudoxio de Jesús Palacio, entre los más destacados. Esta inclinación por una tesitura teórica definida, muestra su posición en corrientes del nacionalismo hispanista católico, a la que hacía referencia, en pos de resaltar la obra de España en América y el proceso evangelizador, en la conformación de la nacionalidad argentina.
Su meta va más allá de delinear una historia política y social santiagueña, aspira a recrear, en forma entrelazada, la historia de la Iglesia por estas tierras, como parte constitutiva de la estructuración y consolidación de una suerte de ‘ser provincial’, puesto de manifiesto desde los inicios, aún con los conflictos fundacionales desatados desde Perú o Chile.
A la historia política - institucional de la gobernación del Tucumán, primero, y a la de Santiago del Estero después, las relata entrelazadas con la historia del obispado del Tucumán y de la Iglesia santiagueña, destacando sus períodos de esplendor y despojo, con sus virtudes reconocidas, pero también con sus intereses y disputas internas.
Su postura sobre la fundación de Santiago del Estero no escapa a esta visión global de la historia santiagueña. Por ello se alinea en la corriente interpretativa de Eudoxio Palacio, Vicente Sierra y Di Lullo y designa como fundador a Juan Núñez de Prado, oponiéndose a la figura del conquistador Francisco de Aguirre, dos veces juzgado por la Inquisición.
Sin embargo, su apego por la búsqueda de la ‘verdad’ histórica, como lo señala en el prefacio, lo llevaron a publicar una separata, complemento de la segunda edición, en 1993, en la que, de acuerdo con las investigaciones de Gastón Doucet y los comentarios de Alen Lascano en su Historia de Santiago del Estero, publicada el año anterior, explicita la fecha fundacional de la ciudad centenaria, consignándola como el 29 de junio de 1550, coincidente con la primera fundación de El Barco, en tierras tucumanas. Pese a ello, y con mayor porfía, ratifica como fundador a Núñez de Prado, señala la identidad de El Barco con Santiago del Estero y destaca la posterior traslación de Aguirre, a la vez que insta a las autoridades institucionales y a los historiadores a hacer justicia con quien fue, a su juicio, el verdadero fundador de la ciudad.
La construcción del mito fundacional no es ajena a la interpretación de los historiadores, tampoco lo es a la del profesor Achával. El mito fundacional comenzó para él con la conquista, se afianzó con la afirmación de los valores hispánicos - católicos y se consolidó, posteriormente, con el proceso autonómico de la época de Ibarra, gestor de la autonomía y defensor de los principios federales, constitutivos de lo netamente nacional, ante amenazas del centralismo porteño y de las influencias foráneas.
Los logros originarios de la ‘madre de ciudades’ como primera ciudad fundada en territorio argentino, única con escudo de armas otorgado por la corona, cuna de la evangelización, sede del primer obispado, origen de la universidad y de la industria nacional, no lograron ser opacados, a su juicio, a pesar del expolio que fue sufriendo a través de los siglos.
La segunda parte de su libro, referido al período independiente y constitucional, comienza con la participación santiagueña en el proceso de las luchas por la revolución e independencia y continúa con las distintas ocasiones de participación, a través de sus representantes, en los diferentes ámbitos de confluencia de los denominados pueblos del interior, hoy provincias. En su relato va bosquejando las rebeldías santiagueñas, comenzando con la actuación de Borges y la conformación de una corriente federalista local, hasta la participación destacada de Ibarra en la constitución de una provincia autónoma, frente a los intentos vanos del centralismo porteño, en el ámbito nacional, o de los gobiernos tucumanos, en el regional, sustentadas en fuentes éditas, dispersas en bibliografía de difícil acceso.
Tanto las administraciones de los Taboada, como las que las sucedieron después de su caída, se abrevan, en particular, en documentación inédita existente en el Archivo General de la Provincia, recopilada, en gran parte, desde las cátedras de Seminario y de Historia de Santiago del Estero, de la carrera de Historia del Profesorado Provincial, al que hice referencia. Una verdadera tarea hermenéutica -de interpretación de fuentes-, lo llevan a analizar pormenorizadamente los sucesivos gobiernos constitucionales, las intervenciones militares y federales, las luchas intestinas, los grupos y sectores de poder y los avances y retrocesos de la provincia, hasta los albores del siglo XX.
Miembro correspondiente de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, la segunda obra de envergadura, de José Néstor Achával, es la Historia de la Iglesia en Santiago del Estero, divulgada en dos tomos. El primero, que abarca los siglos XIX y XX, publicado como homenaje a la Universidad Católica -de la que fue uno de sus fundadores- en ocasión de la conmemoración del Vº Centenario de la Evangelización en América, y el segundo, editado cuatro años después, complemento del anterior, con la gestión del obispo Sueldo, los templos e imágenes religiosas más relevantes de la provincia, la labor de las fundadoras santiagueñas de congregaciones y casas religiosas y las figuras más destacadas del clero de Santiago del Estero.
Según lo expresa Rubén González, quien prologa el primer tomo, la obra se encontraba, por entonces, a la vanguardia de las provincias -después de Entre Ríos-, al contar con una historia eclesiástica propia. Si bien realiza una síntesis introductoria, referida a la creación del obispado del Tucumán, se centra en la inserción diocesana de Santiago del Estero durante el siglo XIX, sobre la base de diferentes fuentes documentales y bibliográficas. Sin embargo, creo que la contribución más medulosa es la referente a la iglesia santiagueña durante el siglo XX, no sólo por las fuentes consultadas sino, especialmente, por sus aportes como protagonista de ese laicado militante, que integró las filas de la Acción Católica, desde la década del 30’ en adelante. Los datos y análisis que presenta son de trascendental importancia, por cuanto no hay un registro tan pormenorizado de los mismos, en el ámbito santiagueño.
El testimonio del historiador, a la vez partícipe e intérprete de la historia política y social de la Iglesia local, resulta de trascendental importancia. Luego desarrolla la creación y organización de la diócesis de Añatuya, la acción del asociacionismo católico, la conformación de instituciones educativas privadas, de nivel secundario y universitario, diversas obras diocesanas, celebraciones, etc., en las que se vislumbra la presencia de otro actor social, muchas veces olvidado en la historia de la Iglesia, el laicado católico.
Corona su obra historiográfica el segundo tomo de la Historia de la Iglesia en Santiago del Estero, en el que aporta nuevos datos sobre la creación de la Universidad Católica, la organización y desarrollo del Congreso Eucarístico Nacional, realizado en Santiago del Estero en 1994, contribuciones para el estudio de templos y festividades religiosas en la provincia, con la participación de distinguidos historiadores como Alfonso de la Vega, Luis Alen Lascano, Eduardo Martínez Bertolí, Gerardo Montenegro y Carlos Bustamante, y un rico apéndice documental, fuente imprescindible a la que se debe recurrir para historiar la Iglesia en Santiago del Estero.
La labor historiográfica de José Néstor Achával, enmarcada dentro del revisionismo histórico y el nacionalismo católico, en franca oposición a interpretaciones liberales de la historia, en una suerte de ‘contra historia oficial’, permite vislumbrar algunas corrientes de pensamiento en boga y difusión, dentro de los ámbitos educativos de la provincia, en la segunda mitad del siglo pasado, y su impacto en la conformación de imaginarios colectivos, muchos de ellos aún vigentes.

martes, 8 de marzo de 2011

LA MUJER EN SANTIAGO DEL ESTERO por María Mercedes Tenti

En 1910, el Congreso Internacional de Mujeres Socialistas propuso el 8 de marzo como día internacional de la mujer, en memoria de las mujeres que iniciaron una huelga textil en Nueva York en 1857 y de otras mujeres, del mismo gremio y ciudad, que murieron en 1908 en el incendio intencional de la fábrica, a cuyos dueños peticionaban mejores condiciones de trabajo. Pasado el tiempo, en 1975, las Naciones Unidas ratificaron, el 8 de marzo, como día internacional de la mujer. Si bien se pretendió transformar la fecha en un día de celebración, somos conscientes de la importancia de mantenerla como día de reivindicación en la lucha de las mujeres por ejercer los mismos derechos y tener las mismas oportunidades que los hombres.
En todo el mundo las mujeres siguen demandando igualdad de oportunidades para ejercer los derechos civiles, políticos, económicos y gremiales. En Santiago del Estero si bien se lograron muchos avances, todavía queda camino por recorrer. En la historia de las santiagueñas está generalmente circunscripta a la actuación de algunas que se destacaron en algún ámbito de las ciencias, las letras o las artes. No es la intención de esta exposición hacer una descripción de la labor desplegada por estas últimas. Más bien me interesa hacer una apretada síntesis del accionar de las mujeres, como colectivo en los ámbitos laborales y políticos.
Poco se sabe de la situación de la mujer en los pueblos originarios, antes de la llegada de los españoles, sin embargo, al irrumpir la conquista, los colonizadores valiéndose de la superioridad que le otorgaban las armas de fuego y los caballos para someter a todos y, en particular, a las mujeres.
Aprovechando las técnicas que ya habían adquirido para la tejeduría y cestería, las encomiendas y los obrajes de paño fueron los ámbitos de mayor dominación de las mujeres santiagueñas. Algunos españoles hicieron conocer el sometimiento de hombres y mujeres, como Alonso de Rivera, gobernador del Tucumán que, en 1608 denunciaba al rey cómo, en su gobernación –entre otras atrocidades- pobleros, mulatos y mestizos quitaban las mujeres a los indios, sin dejarles hacer vida en común. El maltrato era moneda corriente hacia hombres y mujeres, aunque la situación de éstas estaba agravada por el sometimiento sexual.
La misma carta denuncia la explotación a que eran sometidas en los obrajes de paño, en donde hilaban todo el año, sin respetar la ordenanza referente a los descansos de viernes y sábados, ni los domingos, fiestas y pascuas, además de someterlas a castigos corporales y violaciones.
A pesar de la legislación protectora de indios, en la práctica, las leyes y ordenanzas no se cumplían, al ser Santiago del Estero un lugar tan alejado de los centros de decisión. Sólo algunas hijas de españoles recibían algún tipo de educación. La instrucción, por estas tierras, era bastante precaria, ya que funcionaban algunas pocas escuelas conventuales a las que asistían pocos niños divididos por sexo. Las mujeres siempre eran minoría.
La primera ‘rebelde’ santiagueña fue María Antonia de Paz y Figueroa, perteneciente a una familia de raigambre capitular. Los espacios de sociabilidad de las mujeres de la élite eran reducidos: el hogar doméstico, las reuniones familiares, la concurrencia a la iglesia. La educación estaba restringida a unas pocas, quienes accedían a los estudios elementales en sus propias casas, de la mano de algún familiar o maestro particular.
María Antonia comenzó a frecuentar los ejercicios espirituales dados por los jesuitas y, a partir de los 15 años, se asumió como beata de la Compañía. Expulsada la orden en 1767, acompañada de un grupo de mujeres como ella, decidió tomar su bandera y reinstaurar los ejercicios -antes de cumplido un año de su expulsión-, no sólo destinados a hombres, sino también a mujeres. A los ejercicios concurrían hombres y mujeres por separado, sin distinción de clases sociales, participando unos y otras con sus criados y sirvientas. En un largo peregrinar, junto a otras compañeras de lucha, recorrió el noroeste argentino, hasta llegar, finalmente a Buenos Aires, donde estableció una casa de ejercicios espirituales, a pesar de la oposición del virrey y del obispo. Con el tiempo, su labor fue reconocida, por ambas autoridades, y extendió su labor por la costa uruguaya. Su epistolario muestra una mujer con fortaleza, que pudo superar las restricciones de su tiempo y trascender también en el espacio, ya que sus cartas fueron traducidas y difundidas por diversos países del mundo. Su rebeldía radica en no tener en cuenta la orden real de expulsión de los jesuitas y reivindicar su obra, desde su rol femenino.
Las mujeres santiagueñas en el siglo XIX tienen poca visibilidad en los documentos oficiales. Sin embargo, si uno indaga más allá de los textos, puede intuir que la visión tradicional de la mujer, destinada sólo al cuidado del hogar, estaba casi constreñida a unas pocas ya que, la mayoría, contribuía con su trabajo al sostenimiento de la familia. El informe de José Domingo Iramaín, de 1805, al Consulado de Buenos Aires, consigna que el principal ingreso de Santiago del Estero provenía de los telares, la mayoría accionados por mujeres.
Producido el derrumbe de las artesanías santiagueñas por el ingreso de productos manufacturados provenientes del exterior, la labor de las teleras fue mermando. Sin embargo, en la exposición industrial de Córdoba, de 1871, Santiago del Estero expuso sus escasos productos manufacturados: lienzos de hilo, tejidos a mano, toallas, enaguas, vuelos, pañuelos de hilo bordados a mano, botas, botines, cueros curtidos, añil, jabones y vino, la mayoría producidos por el trabajo de las mujeres.
Una carta existente en el Museo Histórico Sarmiento escrita por Pastora Ruiz, que acompañaba una colcha de lana tejida por sus propias manos “a costa de mucha paciencia y trabajo durante un dilatado número de meses”, muestra el interés de esta ‘niña pobre’, como se autodefinía, por llamar la atención del presidente sobre la falta de apoyo a este tipo de manufacturas que demandaban “tanto tiempo de paciencia, constancia y trabajo”.
La tejeduría continuó siendo uno de las principales industrias de la provincia, siempre en manos de mujeres. Según la Memoria descriptiva de Gancedo, escrita en 1876, “la industria de tejidos da origen al principal ramo de comercio entre las mujeres de la provincia, quienes se dedican exclusivamente a su manufactura”. La mayoría con lana y pocas con algodón, tejían colchas y ponchos, a mano, sin maquinaria moderna; se valían tan sólo del primitivo uso para el hilado, del telar y la pala. Teñían también las fibras con vegetales y con la tintura extraída de la cochinilla. Los bordados y pasamanerías también eran productos femeninos.
Con el impulso que se le dio a la educación, a partir de las presidencias de Sarmiento y Avellaneda y con la creación de escuelas normales y, luego, con la sanción de la ley Láinez, las mujeres comenzaron a ocupar otro espacio importante en el mercado laboral, como maestras y profesoras. Si bien, en principio no eran muchas, poco a poco superaron en número a los hombres. Sin embargo, los principales cargos de la ecuación en la provincia (presidente del Consejo de Educación, inspectores) estaban en mano de hombres. Algunas mujeres lograron ocupar un papel relevante en este campo como Juan Pérez, primera rectora de la Escuela Normal y Francisca Jaques, que llegó a ocupar, aunque por un breve período, un cargo en el Consejo de Educación.
Las argumentaciones en las que se apoyaba la promoción de políticas, relacionadas con la ocupación de cargos docentes por parte de mujeres, estaba basada en la escasez de escuelas y la falta de maestros competentes en las provincias, en la responsabilidad de la nación, en calidad de ‘contribución’ para las provincias, en la fundación y sostenimiento de establecimientos específicos (las escuelas normales), en la falta de ambición que tenían las mujeres, en las dificultades de acceso a otras carreras y en los salarios más económicos. Si bien no se excluía a los varones como destinatarios de la iniciativa estatal, el discurso oficial incitaba a la movilización de las mujeres a través de una legitimación de la división sexual del trabajo. La docencia exigía perseverancia, dedicación y la mujer estaba dotada, ‘naturalmente’, de las cualidades necesarias: delicadeza, dulzura, gracia, belleza, en fin, las competencias comunicacionales básicas para relacionarse con los niños, según las concepciones de la sociedad moderna. La escuela como prolongación del hogar doméstico era otra construcción simbólica, enunciada con el propósito de favorecer la salida de las mujeres a uno de los pocos lugares que se percibían como ‘decentes’.
La editorial, de 1900, de la revista “Los anales de la educación”, órgano del Consejo General de Educación de Santiago del Estero, escrita por el inspector Maximio S. Victoria, sintetiza el pensamiento de los sectores dirigentes. En ella jerarquizaba la organización de la humanidad, según su criterio: la familia dentro de la Patria y la Patria edificando la Humanidad. A continuación sintetizaba el modelo positivista vigente, dirigiendo su prédica a: “…los hombres útiles, inteligentes y enérgicos nuestro grito de aliento; a la mujer, amiga en la tormenta y en el idilio del protagonista del drama”. El protagonista de la historia era el hombre, la mujer sólo la amiga y compañera en los avatares de la vida y en los lazos de amor y sexo.
A pesar de que las mujeres no figuraban en las estadísticas laborales, siempre estuvieron integradas al mundo del trabajo. En la Memoria Descriptiva de Fazio, de 1890, sólo aparecían aquellas que se desempeñaban en el servicio doméstico: cocineras, amas de llave, amas de leche, sirvientas y planchadoras. Cuando detalla los salarios percibidos, por igual trabajo, por ambos sexos, saltan las desigualdades: los cocineros cobraban $40 por mes, mientras que las cocineras sólo $16; los sirvientes $12 y las sirvientas $8. Las asimetrías eran manifiestas.
Las mujeres de la élite participaban en la Sociedad de Beneficencia, tutelando a pobres, ancianos, desamparados y a las mujeres detenidas en la cárcel, que hasta mediados de los años 30, del siglo XX, compartían con los hombres. Las ‘tuteladas’, que no podían accionar por si mismas, salvo bajo la tutela de padres, esposos o hermanos, tutelaban a los sectores desprotegidos.
Una intervención interesante de las mujeres de la élite católica fue en ocasión de la convención constituyente, que reformó la constitución provincial en 1884. Por entonces, se discutía el sostenimiento del culto católico por parte del Estado. La campaña en pro de su sostenimiento estaba encabezada por grupos cercanos a la Iglesia, el vicario foráneo y por Manuel Argañarás, diputado y dueño del periódico El País, desde el que encabezaba la prédica. La esposa de Argañarás, junto a un grupo numeroso de mujeres de la élite católica, en un hecho inédito para Santiago del Estero, concurrieron en manifestación a la legislatura para hacer oír sus reclamos por la no inclusión del sostenimiento del culto. En una sociedad tradicional como la santiagueña, la presencia femenina, en un ámbito eminentemente masculino, generaba reacciones encontradas. El País justificaba su accionar:
“Pudo todavía decirse que iban extraviadas, pero jamás que las arrastraron móviles indignos (…) No hay que juzgar si ellas debieron ir personalmente a peticionar a la convención, son cuestiones que nadie debe tocar, dejando a cubierto el pudor y el honor de nuestras familias, que es el nuestro. Pero como quiera que se considere su conducta, lo cierto es que el espíritu se sentía agitado al verlas a ellas, que son la santa custodia del hogar, luchando con su palabra y su aliento por su religión y su Dios”.
A pesar de que la sociedad de la época no veía con buenos ojos la movilización de mujeres por sí mismas, sin la representación masculina que las legitimara, se argüía, como paliativo, el papel que ellas cumplían como custodia de las virtudes domésticas. En tal carácter ocupaban un espacio -vedado hasta entonces para ellas- en la arena política, para hacer pública su postura.
Como testimonio de la vida que sufrían las mujeres en la Argentina el informe que Bialet Massé elevó al gobierno nacional, a principios del siglo XX, da cuenta que:
“No eran pocas las mujeres que cargaban con el sostén de la familia, con la rudeza de la vida; de aquí que acepten resignadas que se pague su trabajo de manera que sobrepasa la explotación y con tal de satisfacer las necesidades de los que ama prescinde de las suyas hasta la desnudez y el hambre (...) La clase más numerosa la constituyen las costureras (…)”. Luego se refiere a la situación de las mujeres en Tucumán, similar a las de Santiago del Estero y de todo el norte argentino: “El ramo de las planchadoras en Tucumán está tan malo como en las otras ciudades del país. Muchas mujeres trabajan en sus casas, y hay varios conatos de taller con una oficiala y dos o tres aprendices. Trabajan de 6 de la mañana a las 6 de la tarde, teniendo un descanso de media hora para el mate, mañana y tarde, y hora y media a mediodía, de modo que la jornada efectiva es de diez horas y media (...) otro oficio era la lavandera. Estas son unas desgraciadas; flacas, enjutas, pobres hasta la miseria. Visité algunas lavanderas y planchadoras y me enteré cómo efectúan estos trabajos de modo primitivo. En una batea, debajo de un árbol o de unas ramas, unos tarros de petróleo, en el que hacen hervir la ropa, puestos en un fogón, que son tres o cuatro piedras en el suelo (...) La mujer del artesano tucumano es la bestia de carga sobre la que pesa toda la familia; ella es la que revendiendo frutas o amasando o lavando o recibiendo pensionistas para darles de comer, consigue economizar unos centavos para vestir a sus hijos y no pocas veces para alimentarlos (...) ¿Cómo vive la mujer del peón? En medio de la inmundicia; el agua sólo entra en el rancho para la alimentación, nunca para la higiene. La mujer del peón, la lavandera, la que hace la comida con destino a las cárceles, la amasadora, llevan una vida de trabajos y sufrimientos; trabajan durante el tiempo de la gestación; trabajan en cuanto abandonan el lecho en donde han alumbrado y trabajan mientras dan de mamar y continúan haciéndolo hasta que la tuberculosis las consume”. El informe de Bialet Massé mostró que la idea imperante de que la mujer vivía en su casa con su familia, era más una expresión de deseo.
Las primeras huelgas organizadas por mujeres en Santiago del Estero, las encontramos en el año 1908. El numeroso gremio de mujeres comerciantes del mercado de la Capital y de La Banda, especialmente las verduleras y vendedoras del campo, que concurrían diariamente con pequeños bultos de comestibles, iniciaron una huelga por habérseles aumentado el derecho de sisa, que percibía como rentas el municipio. Apoyadas por el Partido Socialista y el diario El pueblo, de esa orientación política. Luego de varios días de huelgas y manifestaciones por las calles de la ciudad portando escobas como estandarte, consiguieron su objetivo.
En la Argentina, y en particular en Santiago del Estero, las mujeres vivieron la experiencia de ser la periferia de la periferia. Todo les llegó con retraso y deteriorado. Durante las dos primeras décadas del siglo XX, la mayoría de ellas siguió trabajando en las explotaciones de tipo familiar y en las pequeñas empresas artesanales. Las modistas y costureras realizaban trabajo a domicilio. El Censo de 1914 comprobó la existencia de las siguientes ocupaciones femeninas en la provincia: empleadas de comercio (1151, duplicada por el número de hombres), 460, en total, en la industria, aunque muchas costureras, lavanderas, modistas, tejedoras, mucamas, cocineras, maestras y parteras, no figuraban en el censo. Tampoco figuraban aquellas que con su trabajo contribuían al sostenimiento del hogar en el campo, ayudando con las majadas, ordeñando, amasando, y en las ciudades vendiendo de puerta en puerta empanadas, tortillas, chipacos, cabritos, pollos o huevos, fruto de la producción doméstica.
Durante el período radical, en la década del 20, las maestras obtuvieron la ley de jubilación para docentes y la de licencia para maestras parturientas; En la década iniciada en 1930, con el golpe militar de Uriburu y continuada con los gobiernos conservadores, que se apropiaron del gobierno a través de un sistemático fraude electoral, disminuyó notablemente el desarrollo del pensamiento progresista. A pesar de ello, las mujeres, en particular de sectores medios emergentes, tuvieron cierta participación en cuestiones debatidas por entonces como el divorcio vincular y el voto femenino, aunque con una fuerte influencia de la Iglesia Católica, en la cual algunas de ellas participaban en la naciente Acción Católica. Las posturas opuestas entre católicos y socialistas eran manifiestas, aunque no se observa mayor pronunciación femenina. Sin embargo, cuando se dio la discusión por la enseñanza laica, en la convención constituyente de 1939, las encuestas realizadas por El Liberal a profesoras y maestras del medio, dan cuenta de la inclinación de la mayoría, a sostener la enseñanza laica en la provincia, más allá de sus creencias religiosas particulares.
Quizá Eva Perón constituya el mito femenino de la historia argentina del siglo XX. Si bien es cierto que Evita tuvo una posición subordinada con relación a Perón y, en sus discursos criticaba a las feministas, en una muestra más de su ambigüedad, en su cotidianeidad estimuló el protagonismo social de la mujer argentina.
Su praxis rebasó el papel formal de Primera Dama de la República, trabajando en favor de los sectores subalternos. En un momento llegó a decir: “Así como los obreros sólo pudieron salvarse por sí mismos y así como siempre he dicho, repitiéndolo a Perón, que solamente los humildes salvaran a los humildes, también pienso que únicamente las mujeres serán la salvación de las mujeres. Allí está la causa de mi decisión de organizar el Partido Femenino, fuera de la organización política de los hombres peronistas. Nos une totalmente el líder, único e indiscutido por todos. Pero nos separa una sola cosa, nosotras tenemos un objetivo nuestro que es redimir a la mujer. Ese objetivo está en la doctrina justicialista pero nos toca a nosotras, mujeres, alcanzarlo”.
Con la irrupción del peronismo en la provincia y, particularmente luego de la sanción del voto femenino, comenzaron a incorporarse mujeres a la Cámara de Diputados. Cuando Perón visitó Santiago, en ocasión del IVº centenario, visitó la sede local del Partido Peronista Femenino, representado por subdelegadas censistas, dirigentes del partido en el orden local. Por entonces la misión de las unidades básicas femeninas eran centros de instrucción para chicos y chicas, para “enseñarles sus deberes, corte y confección, economía doméstica”, es decir repitiendo el modelo patriarcal que relegaba a la mujer al hogar. “La acción en la mujer va a permitir una mayor ampliación en el orden familiar, de lo que nosotros llamaremos la verdadera cultura cívica de nuestro pueblo”, sostenía Perón en ocasión de su visita.
La mujer santiagueña acompañaba al hombre al obraje y trabajaba en el campo aunque, en ninguno de los dos casos, era considerada ‘trabajadora’. Estudios realizados sobre el trabajo en Santiago del Estero, como los de Carlos Zurita y Nora Gómez, dan cuenta del incremento de la emigración en la época, de hombres y mujeres hacia el litoral. De las mujeres, la mayoría se empelaban en el trabajo doméstico según los censos y noticias publicadas por periódicos locales. La idea imperante de desigualdad natural entre el hombre y la mujer se ponía de manifiesto a la hora de de las asignaciones laborales.
Una de las excepciones fue Antonia Banegas, obrera textil santiagueña, que trabajaba en una fábrica del gran Buenos Aires, quien, como miembro del Comité Central de Partido Comunista, participó en el Primer Congreso de Mujeres en París, en 1945.
Durante el régimen peronista, con relación al trabajo femenino, en la legislatura se discutió el aumento de las ganancias de las teleras, lo que nos habla de la supervivencia de esta industria artesanal, y de las costureras que trabajaban en condiciones precarias y eran mal pagadas. Con ello reforzaban esta actividad tradicional para el sector femenino, En 1951, se logró la sanción de la ley que fijaba el pago del aguinaldo, para el personal de servicio doméstico.
Una de las medidas más progresistas de Perón fue el voto femenino -largamente reclamado por socialistas y anarquistas-, que permitió llegar a la legislatura a las primeras diputadas mujeres, y el divorcio; este último fue precisamente lo que aceleró su caída. La Iglesia Católica, en alianza con las Fuerzas Armadas, el empresariado —y los opositores al régimen, alentaron el golpe militar de 1955. Uno de primeros decretos del gobierno militar fue la anulación de la ley de divorcio.
Durante las décadas de 1960 y 1970 los jóvenes (hombres y mujeres) irrumpieron en la arena política y aportaron en la difusión de ideas de emancipación de la mujer, a través de publicaciones y de mayor participación. Cuando este movimiento estaba en los inicios de una fase ascendente fue cortado abruptamente por la dictadura militar. Durante la dictadura se acentuó el curso reaccionario en relación a la mujer, que había inaugurado otra mujer, Isabel Perón, que en su gobierno prohibió, por ejemplo, el libre uso de anticonceptivos y vetó la ley de Patria Potestad.
La ideología de la dictadura militar insistió entonces en que la excesiva politización del período anterior había provenido de un descuido en “el reducto que garantizaba el orden. Así, la familia ‘célula básica de la sociedad’ se convirtió en el refugio, que había que recuperar para no volver a caer nuevamente en el peligro de la disgregación y la subversión. Naturalmente, ese retorno a la familia reforzaba más la posición subordinada de la mujer, a quien se interpelaba como madre y como esposa, constituida en custodio del orden familiar.
Hombres y mujeres, de una u otra manera, se oponían al orden burocrático autoritario fueron perseguidos. Entre los detenidos-desparecidos, exiliados y cesanteados, las mujeres santiagueñas estuvieron presentes.
La caída de la dictadura significó la apertura de un proceso, cuyos espacios democráticos trataron de ganar rápidamente los grupos femeninos. No obstante su débil implantación en el seno de la clase trabajadora y de los sectores populares, se han desarrollado numerosos grupos, algunos de los cuales participaron en Congresos Latinoamericanos de Mujeres, en Encuentros Nacionales anuales y promoviendo talleres de discusión y trabajo, tendientes a enfrentar problemáticas específicas de la mujer.
En la actualidad, resulta difícil cuantificar la participación de la mujer santiagueña como sujeto y actor de su propia historia, El hecho de tener, por primera vez una mujer presidenta electa para el cargo, Cristina Fernández de Kirchner, nos da la pauta del avance logrado por la mujer.
La opresión de la mujer cruza todos los aspectos de la vida, por eso su participación protagónica presenta una característica de diversificación sumamente rica, por la experiencia que aún está acumulando desde sus diferentes lugares de lucha.
La dispersión que presenta el accionar femenino también dificulta la tarea de rastrear en detalle lo que ocurre en el presente. Sin embargo, tanto en los Encuentros Regionales como Nacionales o Latinoamericanos se produce un intercambio de experiencias, dificultades y logros que contribuye, decisivamente, a clarificar el rol de las mujeres. Cada mujer que sale de su casa a participar, da el primer paso que transgrede el sistema de dominación e impide las manipulaciones del sistema patriarcal dominante.
Por ser Santiago del Estero una provincia tradicional, con una cultura patriarcal muy arraigada, resulta difícil erradicar ciertos rasgos culturales, acendrados por las costumbres, que coartan la participación femenina en ciertos ámbitos de la vida pública, asignándole todavía un papel casi insustituible en los quehaceres del hogar. A la hora de querer participar en actividades gremiales, políticas o culturales, tiene que multiplicarse en el juego de roles, recargándose con mayor número de tareas, gran parte de ellas no remuneradas.
Su participación en política, si bien amparada en la actualidad por la ley de cupo femenino (sancionada durante la última gobernación de Juárez), se ve opacada a la hora de ocupar puestos claves en los lugares de decisión, en donde muchas veces se privilegia el parentesco (esposa, madre, hermana) con un político de actuación destacada y no su militancia o su capacidad para la dirigencia. Tal el caso de la primera gobernadora electa en el siglo XXI, Marina Aragonés de Juárez que, con sus contradicciones, propiciaba, por un lado, algunas medidas que favorecían a la mujer, como la ley de jubilación de las amas de casa, pero, por otro, no permitía su integración con los hombres, en los ámbitos partidario y de gobierno
Si bien hay excepciones a la regla, mayoritariamente se advierte este comportamiento tanto en los partidos tradicionales, como en los gremios, en las empresas, asociaciones o lugares donde se concentra el poder de decisión.
La generación de estos espacios de poder es de por sí muy disputada por los hombres y, frente a ello, el sitio a alcanzar por la mujer queda relegado a un segundo lugar, en una condición de desigualdad manifiesta. Algo similar sucede a la hora de buscar empleo. Frente a mujeres en edad fértil o con hijos menores a su cargo, se prefiere ocupar hombres en empleos estables. Prueba de ello es que, en el censo de 2001, la ocupación masculina superó en la provincia en 23.8 puntos a la femenina. Aunque aumentó la participación económica femenina, las mujeres, en particular las menos calificadas, alcanzaron un registro mayor en tareas informales.
En la vida académica, las mujeres también van logrando ocupar espacios de conducción. En la Universidad Nacional de Santiago del Estero, la asunción de la primera mujer rectora es, sin dudas, un hecho auspicioso. En un ámbito opuesto, las mujeres campesinas luchan, junto a los hombres, por la defensa de sus tierras en instituciones y organizaciones que se ocupan de la problemática.
Sin embargo, la participación no es el signo mayoritario, frente a la movilización. Si bien la movilización está ligada a movimientos de autogestión y autodefensa, en la práctica se circunscribe a responder a consignas pre establecidas de antemano por otros actores. La participación apunta a la inclusión de todos los actores sociales con el fin de darles un lugar protagónico en la toma de decisiones y en la ejecución de acciones resultantes.
Si bien las mujeres debemos seguir luchando por ocupar un lugar igualitario en la sociedad, indudablemente, quienes manejan los centros de decisión y la sociedad toda deben facilitar la tarea, brindando correspondencia de oportunidades, igual salario por igual trabajo, guarderías o jardines maternales barriales o en los lugares de trabajo, para que las madres jóvenes puedan dejar a sus hijos atendidos por personal especializado cuando se ausenten del hogar, protección contra la violencia de género, etc. La propuesta es un cambio duradero de valores y actitudes que permita a la mujer cumplir un rol equivalente, tanto en la vida cotidiana como en la laboral, gremial y en la función pública. Sólo así, mujeres y hombres podrán construir una sociedad más justa e igualitaria.

EL FOLCLORE EN LASLUCHAS POR LA ORGANIZACIÓN NACIONAL   https://www.academia.edu/168899440/El_folclore_en_las_luchas_por_la_organizaci%C3%B3...