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miércoles, 4 de mayo de 2011

NUEVOS ESTUDIOS DE LA HISTORIA DE SANTIAGO DEL ESTERO por María Mercedes Tenti

Hoy me toca presentar, con gran satisfacción este libro Nuevos estudios de la Historia de Santiago del Estero, escrito por Alberto Tasso, sociólogo experimentado en el oficio y jóvenes historiadores como Julio Carrizo, Daniel Guzmán y Roberto Orellana, editado por el Profesorado de Historia, del Instituto La Sagrada Familia.
Creo que este libro es una buena síntesis de dos valores fundamentales combinados en este trabajo académico: la utopía y el esfuerzo compartido.
¿Por qué digo la utopía? Porque cuando Alfredo Basualdo se propuso crear un profesorado privado, con orientación en historia en el barrio Autonomía, parecía no sólo imposible, sino casi hasta absurdo. Existiendo el ISPP Nº1, con una importante tradición en el campo de la historia, este nuevo profesorado, en la periferia de la capital santiagueña, no auguraba, aparentemente, éxito alguno.
Sin embargo, con el tesón de sus directivos y profesores, especialmente jóvenes estudiosos e investigadores, fue cimentando su prestigio y hoy sorprende a la comunidad académica con la presentación de este libro de Historia de Santiago del Estero. Su aparición nos hace vislumbrar una luz de esperanza y reafirmar que las utopías son factibles.
Fruto de la utopía a la que hacía referencia es este libro, síntesis del esfuerzo compartido entre autoridades de la institución y estos investigadores que quieren poner a consideración de la comunidad académica el producto de sus investigaciones.
En primer lugar haré referencia al trabajo de Alberto Tasso sociólogo de vasta trayectoria que incursiona en este libro en el campo de la historiografía, tratando de reseñar parte de los trabajos historiográficos de los últimos veinte años, clasificándolos por períodos de estudio y por temáticas abordadas. Al final incluye una lista de obras según el abordaje disciplinar y la fecha de publicación.
Sin dudas el esfuerzo que hizo Tasso en recopilar estas obras y analizarlas, interrogándose sobre los enfoques y géneros, es de gran importancia para quienes quieren indagar sobre la escritura de la historia santiagueña. Si bien no se agota la publicación y presentación de historiadores sobre temas santiagueños, que lo hacen a lo largo y a lo ancho del país, en congresos y jornadas de historia, publicadas en cd o en la web, además de revistas y libros, su trabajo nos brinda una interesante selección que permite vislumbrar el desarrollo de la historiografía en las últimas décadas.
Quiero detenerme en particular en los trabajos de Daniel Guzmán, Roberto Orellana y Julio Carrizo, los tres ex alumnos en el profesorado, la licenciatura y algunos también en carreras de pos grado, o que trabajaron y trabajan como investigadores asociados en proyectos de investigación, a mi cargo.
Daniel Guzmán indaga sobre Las revistas culturales en Santiago del Estero, tema que conoce en profundidad ya que sus investigaciones se centran, precisamente, en el rol de los intelectuales santiagueños y sus publicaciones en revistas especializadas, como lo atestiguan sus numerosas publicaciones sobre el tema.
En este caso, su preocupación se focaliza en dos revistas católicas El Almanaque santiagueño, aparecida en 1904 y Primaveral, de 1918, ambas imbuidas del pensamiento católico emergente en la época, con una marcada postura anti positivista. En su trabajo emergen los intelectuales católicos que escribían en las revistas, de los que analiza su pensamiento en el contexto de un mundo de preguerra y guerra mundial, respectivamente, con el socialismo y el comunismo amenazantes emergiendo en el horizonte global, atentando contra el mundo católico proyectado desde el papado, especialmente a partir de la convocatoria del Concilio Plenario Latinoamericano, en 1899.
Las posturas contrarias al modernismo, al liberalismo y al socialismo, tres patas en las que se apoya lo que Guzmán denomina anti positivismo católico, surgen de la pluma de autores santiagueños y de otros ámbitos, pensamiento que analiza el autor dentro del contexto de la intelectualidad de la época.
Roberto Orellana investiga sobre el rol del Estado y el proceso de expansión agropecuaria del departamento Belgrano, entre 1960 y 1980, enmarcado dentro de las políticas desarrollistas iniciadas durante la presidencia de Frondizi y continuadas, de una u otra manera, en los gobiernos de facto y democracias débiles, hasta la década del 70’.
Algo se ha indagado sobre estas políticas en el ámbito nacional, pero muy poco en provincias periféricas como Santiago del Estero, alejada de la zona pampeana y más aún de un departamento como el de referencia, con menor desarrollo aún, ya que las políticas desarrollistas en Santiago estuvieron orientadas, en particular, hacia el área de riego del río Dulce y la Corporación del Río Dulce.
El trabajo de Orellana brinda un aporte interesante para el conocimiento del desarrollo del departamento Belgrano en lo referente a pasturas, ganado, red vial, expansión agropecuaria y tenencia de la tierra. Este trabajo de historia económica, al igual que el de Julio Carrizo, da una visión política de economía local.
Julio Carrizo continúa con sus trabajos minuciosos sobre las políticas fiscales santiagueñas entre 1841 y 1875, parte de su tesis de maestría en curso. El rol del Estado en formación se entreteje con las políticas económicas en general, y fiscales en particular, investigadas, sacadas a la luz y analizadas meticulosamente por Carrizo.
El trabajo de archivo realizado por Julio es encomiable. No sólo consiguió e interpretó los presupuestos de entradas y salidas y las leyes ampliatorias de los mismos, sino que buceó hasta encontrar las planillas de información de gastos y recaudaciones mensuales, para compararlas con las propuestas anualmente. Los cuadros y gráficos que acompañan el trabajo son una fuente insoslayable de consulta para quienes tienen interés en estudiar la historia económica provincial. Realiza un seguimiento exhaustivo de las modificaciones en la burocracia estatal del área económica y los cambios en el diseño de las reparticiones creadas al efecto, sus continuidades y quiebres.
Este trabajo no se trata de un frío análisis de la corriente historiográfica que podríamos denominar cliometría. Es un excelente aporte, dentro de lo que designaría como ‘nueva historia económica’, en la que lo económico se entrecruza con lo político para enriquecer su análisis e interpretación.
Tuve la suerte de conocerlos, a Daniel, Roberto y Julio como estudiantes, muy jóvenes, y verlos hoy como investigadores serios y pujantes, que dieron un salto cualitativo importante en sus carreras, especialmente si consideramos las condiciones en que los tres investigan.
Me parece oportuno destacar este aspecto que tiene que ver con quienes llevan el oficio en la sangre y que pueden sortear todo tipo de vicisitudes, al tener que trabajar para mantener sus familias y dedicarse a la investigación, sin sustento económico o con muy poca paga (como lo hacen quienes investigan trabajando en el nivel secundario o superior de las escuelas provinciales), robando tiempo a su tiempo libre, para dedicarse a esta profesión que abrazaron con pasión y dedicación. Esto también corrobora mi afirmación primera, de que las utopías son posibles.
No me queda más que felicitar al Instituto la Sagrada Familia, a los autores del libro, Julio Carrizo, Daniel Guzmán, Roberto Orellana y Alberto Tasso por este emprendimiento colectivo e incentivar a los presentes a una lectura detallada del mismo para valorar, cada uno desde su propia lectura, el aporte de todos y cada uno de los investigadores que hoy ponen a consideración de ustedes estos Nuevos estudios de la Historia de Santiago del Estero.

domingo, 24 de abril de 2011

EL SIGNIFICADO DE LA AUTONOMÍA SANTIAGUEÑA

Juan Felipe Ibarra, óleo de Absalón Argañarás
María Mercedes Tenti

Producida la revolución de mayo y realizado el pasaje del pacto de sujeción al pacto social para fundamentar el derecho a la emancipación, surgió otro conflicto en torno a la discusión sobre la existencia de una o de varias soberanías. Desde Buenos Aires, la afirmación de una única soberanía como depositaria del pacto social, llevó a la consolidación de una tendencia centralista o unitaria que se contraponía a la sustentada desde el interior del ex Virreinato, que argumentaba la existencia de tantas soberanías como pueblos interiores existían.
Teniendo en cuenta las categorías usadas en la época, la expresión ‘los pueblos’ hacía referencia a las ciudades convocadas por la Primera Junta a participar a través de sus cabildos. ‘Los pueblos’ designaban a las comunidades, a las futuras provincias y también a las ciudades, con sentido político, no territorial. En general implicaba la pertenencia a un grupo humano con lazos comunes, a una colectividad.
Desde el inicio de la revolución coexistieron conflictivamente las soberanías de las ciudades con la de los gobiernos centrales que trataban de delimitar una soberanía única. De allí es que resulta confuso discernir cuáles eran las pretensiones de los pueblos al autogobierno y cuáles procesos que podríamos denominar autonómicos.
En las luchas autonómicas en la provincia de Santiago del Estero podemos distinguir dos momentos. El primero, correspondiente al movimiento encabezado por Juan Francisco Borges, a partir de 1814, y el segundo el liderado por Juan Felipe Ibarra en 1820. Ambos en consonancia con dos etapas diferentes en los que distintos sectores de las élites dirigentes pujaban por conservar espacios de poder y afianzarse en ellos.
En el primero, fueron las antiguas familias afincadas en la capital provinciana, funcionarios del nuevo cabildo surgido a partir de la revolución de mayo integrado por comerciantes y propietarios de tierras cercanas a la capital, con acceso al riego del río Dulce, cuya posesión les venía del pasado colonial. Fueron precisamente estas élites las que se vieron más afectadas, en la primera década revolucionaria, por las consecuencias de la revolución. Como lo señala Tulio Halperin Donghi en Revolución y guerra, su decadencia se precipitó como consecuencia de la ruina del comercio altoperuano, la escasez de mano de obra, por cuanto los hombres útiles eran reclutados por los ejércitos revolucionarios, y la falta de recursos para su reconstrucción.
Contrariamente, el sector ganadero, con propiedades cercanas a la frontera con el indio en las márgenes del río Salado, fue el que menos sufrió los avatares de la revolución. Si bien contribuía con su ganado a los ejércitos patriotas, la coyuntura económica le resultaba favorable como consecuencia de la apertura del puerto de Buenos Aires al comercio libre y la ruina de la ganadería del litoral que trajo como aparejada la demanda de cueros santiagueños.
Frente a esta situación imperante, el cambio del equilibrio político local era inminente ya que la hegemonía de la capital y de los sectores propietarios de las tierras irrigadas del Dulce y funcionarios del cabildo se veía seriamente amenazada.
Esto se agudizó cuando unificado el gobierno nacional en 1814 en la figura de un Director Supremo, el primero en ocupar este cargo, Gervasio Antonio de Posadas, el 8 de octubre suscribió un decreto por el que dividía la antigua Gobernación Intendencia de Salta en dos gobernaciones: Salta, con capital en Salta, e integrada por las provincias de Salta y Jujuy, y Tucumán con capital en San Miguel, conformada por Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca. La consecuencia inmediata fue el comienzo de la lucha de Santiago del Estero -nuevamente considerada subalterna- por independizarse de la cabecera tucumana.
Desde enero de 1815 era teniente de gobernador de la provincia, Pedro Domingo Isnardi, simpatizante de la causa del denominado precursor de la autonomía santiagueña, Juan Francisco Borges. En abril, el gobernador de Tucumán, Bernabé Aráoz depuso a Isnardi de su cargo y designó jefe militar al comandante Antonio María Taboada, que apoyaba su gestión. Tanto el cabildo como las milicias locales no aprobaban esta designación y convocaron a un cabildo abierto que envió un petitorio al Director Supremo, expresándole que estaban dispuestos a sostener a su teniente gobernador ya que, decían “... no tuvimos un día más amargo que aquel aciago en que se estableció Tucumán en cabeza de provincia y se nos sometió a este Gobierno bajo el cuál no hemos experimentado otra cosa que vejaciones, insultos y despotismos”. El nuevo jefe del ejecutivo, Álvarez Thomas, contestó al ayuntamiento solicitándole que tuviese resignación para esperar que, una vez que se reuniera el Congreso General -que iba a congregarse en Tucumán al año siguiente-, resolviese en forma definitiva la forma de gobierno que conviniera a todos los pueblos.

La sublevación de Borges
Al no recibir apoyo del gobierno nacional, Isnardi renunció a su cargo, hecho que fue aprovechado por los partidarios de Aráoz, que convocaron al Cabildo para elegir un teniente de gobernador provisorio. La elección recayó en Tomás Juan de Taboada, partidario de Aráoz. La reacción no se hizo esperar. El 4 de setiembre de 1815 Juan Francisco Borges, a la cabeza de unos setenta hombres, marchó rumbo a la casa de Taboada al que exigió la renuncia. Luego se dirigió hacia la plaza principal y mediante el tañido de las campanas del Cabildo convocó al vecindario, quien a viva voz lo proclamó gobernador provisorio. Aráoz mandó de inmediato tropas que se enfrentaron con las fuerzas rebeldes en la plaza principal. Borges fue herido y enviado prisionero a Tucumán, aunque al poco tiempo logró huir rumbo a Salta. Al año siguiente regresó a su ciudad natal.
Manuel Belgrano, jefe del ejército del Norte, propuso al Congreso, reunido en Tucumán en 1816, el nombramiento del sargento Gabino Ibáñez como teniente de gobernador y comandante de armas de Santiago del Estero. Ibáñez asumió el cargo ante la contrariedad de Borges y sus seguidores. El 10 de diciembre de 1816, Juan Francisco Borges inició su segundo movimiento emancipador. Apresó a Ibáñez, lo envió prisionero a Loreto, asumió nuevamente el cargo de gobernador provisorio y marchó al interior de la provincia a reclutar gente.
Enterado Belgrano de los sucesos, mandó una expedición al mando del comandante Gregorio Aráoz de Lamadrid, para reprimir a Borges y a sus seguidores. Éste había acampado en Pitambalá donde fue localizado y derrotadas sus fuerzas. La orden del Congreso era fusilar a los cabecillas de cualquier rebelión armada y Belgrano como jefe del ejército la hizo cumplir. Juan Francisco Borges fue fusilado el 1 de enero de 1817 en el paraje de Santo Domingo. Sus compañeros, Lorenzo Lugones, Pedro Pablo Montenegro y Lorenzo Goncebat, fueron castigados con menos rigor.
Más que la lucha por un federalismo comunal como consideraba Ricardo Levene, la sublevación de Borges se trató de la disputa de la burguesía santiagueña por ejercer su soberanía, iniciando el camino de separación de las provincias que componían el antiguo régimen de intendencias. Fue, en consecuencia, un proceso de retroversión de la soberanía ya que los pueblos concebían la relación con la autoridad central en términos de acuerdos pactados entre ciudades. El imaginario pactista, según el modelo formulado por Artigas, era más bien confederal que federativo.

Las luchas por la autonomía
Los primeros meses de 1820 fueron decisivos para el futuro de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La Constitución de 1819, centralista y monárquica, rechazada por los caudillos del litoral, Francisco Ramírez de Entre Ríos y Estanislao López de Santa Fe, fue el detonante que determinó la marcha de las tropas federales hacia Buenos Aires, con el propósito de derrocar al gobierno directorial de Rondeau. Los ejércitos se enfrentaron el 1 de febrero de 1820 en la batalla de Cepeda y terminó con el triunfo de las montoneras de López y Ramírez. Como consecuencia el directorio y el Congreso fueron suprimidos. No había ya autoridades nacionales. Sin embargo, ese cúmulo de odios y enfrentamientos que estallaron en el año 20 y que llevó a un proceso de descomposición y desorganización nacional, marcó el inicio de la organización de las provincias que, en definitiva, revitalizó el proceso revolucionario por la participación de todas y cada una de las partes integrantes de la nacionalidad.
A fines de 1819, en Tucumán se había producido una sublevación que puso nuevamente al frente de la gobernación a Bernabé Aráoz. Mientras las provincias del litoral trataban de organizarse firmando pactos entre ellas, en el norte, Aráoz quería conformar un núcleo territorial autónomo integrado por las provincias de Tucumán, Catamarca y Santiago del Estero, aunque reconociendo la inclusión en un todo, que era la propia nación. Por ello el gobernador tucumano instó a las provincias de Catamarca y Santiago para que enviasen sus diputados, a fin de constituir la denominada República del Tucumán. Para asegurarse una elección favorable envió tropas con el pretexto de escoltar al general Manuel Belgrano, con la salud sumamente quebrantada, en su viaje rumbo a Buenos Aires. Realizada la elección con la presencia coercitiva de las tropas tucumanas, los partidarios de la autonomía llamaron en auxilio al comandante de la frontera de Abipones, el general Juan Felipe Ibarra.
Ibarra pertenecía a una familia hegemónica en la zona fronteriza de Matará, aunque también tenía poder en la ciudad ya que algunos de sus miembros habían ocupado magistraturas en el cabildo. Era un caudillo que sustentaba su influencia en bases campesinas convertidas en montoneras criollas. Su poder se lo había ganado en su actuación en el Ejército del Norte, en las incursiones contra los indios que asolaban las fronteras y en el punto estratégico de la sede de su comandancia, situada en la unión de las rutas interprovinciales.
Si bien Ibarra no pertenecía a las familias capitulares de antigua raigambre virreinal y revolucionaria, estaba emparentado con ellas y su hegemonía política se sustentaba en las fuerzas armadas permanentes, custodias de la línea de fronteras, distintas a los grupos milicianos que se reclutaban en la ciudad en momentos de crisis. En consecuencia, su poder resultaba más independiente y menos compartido por las zonas que dominaba, con mayor equilibrio social y escasez de franjas en disputa.
Su poderío provenía de la militarización y asalarización de las tropas defensoras de la frontera indígena, que concentraban la mayor cantidad de la fuerza militar de la provincia. El impulso de la frontera como base del poder político procedía del predominio militar de ésta y de la crisis de poder de las burguesías urbanas.
Frente a la intromisión tucumana Ibarra marchó de inmediato rumbo a la capital santiagueña, con el apoyo de tropas santafesinas de Estanislao López. Enterado de su avance, el Cabildo encargó la protección de la ciudad al capitán Echauri e instó a todos los habitantes, mediante un bando, a alistarse para la defensa. En la madrugada del día 31 llegó al ayuntamiento una nota de Ibarra que decía: “No puedo ser ya más insensible a los clamores con que me llama ese pueblo en su auxilio por la facciosa opinión que sufre indebidamente de V. S. para cimentar de mucho su esclavitud. Me hallo ya a las inmediaciones de ese pueblo benemérito y si V.S. en el preciso término de dos horas desde el recibo de esta intimación, que desde luego lo hago, no le permite reunir libremente en un Cabildo abierto a manifestar su voluntad, cargo con toda mi fuerza al momento...”
El combate se dio en las inmediaciones de la iglesia Santo Domingo y concluyó con el rotundo triunfo de Ibarra. Inmediatamente un cabildo abierto lo eligió por unanimidad teniente de gobernador interino y proclamó un nuevo cabildo adicto a la causa de la autonomía. El 17 de abril, y sustentándose en teorías de derecho público similares a las sostenidas en la Revolución de Mayo, Ibarra y el Cabildo fundamentaron la reasunción de la soberanía ante la disolución del Congreso Nacional.
El nuevo gobernador juró su cargo el 25 y finalmente, el 27 de abril de 1820, los electores, reunidos en el cabildo, proclamaron solemnemente la autonomía de la provincia, para lo cual se labró el Acta correspondiente. En ella se especificaba que no se reconocía otra autoridad más que la del Congreso de todos los estados provinciales y se auspiciaba la reunión de una Junta Constitucional, que debía redactar una constitución provisoria según el sistema federal.
El movimiento autonómico invocaba los derechos del pueblo de auto gobierno, aunque manteniendo relación de dependencia con un poder central fruto de la organización nacional a partir de la reunión futura de un congreso general constituyente. La emergencia de las soberanías locales fue la respuesta de los pueblos del interior a las pretensiones centralistas de Buenos Aires. La cuestión de la soberanía pasó a ocupar el lugar protagónico al reasumirla los pueblos del interior, entre ellos, Santiago del Estero.
Las provincias, en consecuencia, no surgieron como parte constitutivas de un Estado central sino como Estados independientes, autónomos, con un nuevo régimen representativo. La antigua estructura virreinal fue disgregándose y surgieron soberanías autónomas que constituyeron nuevas provincias con nuevas jurisdicciones. A pesar de ello, se buscó reorganizar un orden social a través de la firma de pactos interprovinciales.
Los gobiernos provinciales conformados a partir de 1820, fueron al decir de Juan Bautista Alberdi, gobiernos de “carácter nacional por el rango, calidad y extensión de sus poderes”; consecuencia de la resistencia a la usurpación de atribuciones soberanas de la nación por parte de Buenos Aires. La cuestión de la soberanía provincial aparece, así, relacionada íntimamente con la de la ciudadanía. La emancipación de los poderes de base regional o provincial, a partir de 1820, pudo concretarse gracias a la disolución del poder central. Sin embargo fueron estos gobiernos locales los que hicieron posible la constitución del poder central en 1853 con la sanción de la Constitución Nacional.

Bibliografía
- Alen Lascano Luis (1992): Historia de Santiago del Estero; Plus Ultra; Buenos Aires.
- Chiaramonte, José Carlos (1997): Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina; Ariel, Buenos Aires.
- Goldman, Noemí (directora) (1998): Revolución, república, confederación; Sudamericana, Buenos Aires.
- Halperin Donghi, Tulio (2005): Revolución y guerra; Siglo Veintiuno. Buenos Aires.
- Tenti, María Mercedes (1997): Santiago del Estero, desde los primitivos habitantes hasta el período ibarrista; Santiago del Estero.

viernes, 22 de abril de 2011

HOMENAJE AL HISTORIADOR JOSÉ NÉSTOR ACHÁVAL

En 1995 tuve oportunidad de publicar una breve reseña sobre la obra de José Néstor Achával, en la Revista de la Sociedad Argentina de Historiadores de Santiago del Estero, a raíz de un trabajo presentado en el Congreso Internacional de Historia del Libro, realizado en Buenos Aires. Enmarcado dentro de un breve estudio sobre la bibliografía histórica de Santiago del Estero, fue esta la primera vez que intenté esbozar un estudio de su labor historiográfica.
Al profesor Achával lo conocí desde mi ingreso al profesorado provincial, como estudiante de Historia y, posteriormente, cuando me desempeñé como profesora adscripta, durante cuatro años, en las cátedras de Historia Argentina Contemporánea e Historia de Santiago del Estero, a su cargo. Fue en particular, en esta última etapa, en donde pude valorar muchos aspectos de su obra ya que, cuando una es estudiante, a veces no aprecia en sus profesores -en su real magnitud- cualidades tales como su dedicación, empeño y tesón por dejar una huella profunda en sus alumnos. Resulta difícil tratar de bosquejar su labor docente e historiográfica, entrecruzando ambos aspectos que, sin lugar a dudas, modelaron su trabajo Su trayectoria de vida también fue, sin dudas, el motor y disparador de su expresión escrita que hoy intentaré analizar.
Su militancia desde joven en la Acción Católica, en sus años formativos, fue cimentando su pensamiento dentro de las corrientes nacionalistas -en boga por entonces-, con una marcada perspectiva hispanista y católica en la interpretación de los procesos del pasado. Creo que fue su paso por la docencia de nivel superior y universitaria, en particular por la cátedra de Historia de Santiago del Estero, lo que lo llevó a investigar con obstinación y a tratar de registrar la historia santiagueña, no escrita en un compendio sistemático, hasta la aparición de su voluminosa Historia de Santiago del Estero, siglos XVI a XIX, en 1988, de cuatrocientos cincuenta páginas, extensión que da cuenta del esfuerzo del autor en concretarla.
Con anterioridad, había publicado otros trabajos de menor aliento, pero no por ello menos valiosos, referidos a María Antonia de Paz y Figueroa, a Manuel Belgrano y su vinculación con Santiago del Estero, a la enseñanza religiosa en la República Argentina, a Francisco de Victoria y a la Conquista del desierto, entre otros, además de numerosas publicaciones en el diario El Liberal y de participaciones a través de la Radio LV 11, durante muchos años bajo su dirección.
Quienes fuimos sus alumnos tenemos conciencia que sus apuntes, organizados prolijamente para las clases diarias, fueron el origen de su obra historiográfica, referida a la historia santiagueña. Inicia el prefacio de su Historia de Santiago del Estero, reconociendo el legado de dos maestros santiagueños, Orestes Di Lullo y Alfredo Gargaro, hecho que nos habla de su amplitud de miras -a pesar de su postura histórica a la que hice referencia-, por cuanto, quienes conocemos sobre la orientación e influencias teóricas de ambos autores, sabemos que se ubicaban en dos campos interpretativos diferentes y, en muchos casos, antagónicos; conservador el primero, liberal el segundo.
Aceptando la labor de sus antecesores santiagueños y de los historiadores que, en el ámbito de la historia americana y nacional, abrevaron las fuentes de su conocimiento, da su visión de los procesos y hechos históricos de la provincia, desde la etapa fundacional hasta fines del siglo XIX. Como señala Luis Alen Lascano -en el prólogo de la obra-, el hecho de haber dedicado dos tercios del libro al período hispánico patentiza la importancia que daba el autor a ese momento, como un hito modelador de la historia santiagueña posterior.
Conocer sus mentores historiográficos también nos permite ahondar en el pensamiento y orientación de José Néstor Achával: el padre Lozano, Roberto Levillier, Vicente Sierra, Eudoxio de Jesús Palacio, entre los más destacados. Esta inclinación por una tesitura teórica definida, muestra su posición en corrientes del nacionalismo hispanista católico, a la que hacía referencia, en pos de resaltar la obra de España en América y el proceso evangelizador, en la conformación de la nacionalidad argentina.
Su meta va más allá de delinear una historia política y social santiagueña, aspira a recrear, en forma entrelazada, la historia de la Iglesia por estas tierras, como parte constitutiva de la estructuración y consolidación de una suerte de ‘ser provincial’, puesto de manifiesto desde los inicios, aún con los conflictos fundacionales desatados desde Perú o Chile.
A la historia política - institucional de la gobernación del Tucumán, primero, y a la de Santiago del Estero después, las relata entrelazadas con la historia del obispado del Tucumán y de la Iglesia santiagueña, destacando sus períodos de esplendor y despojo, con sus virtudes reconocidas, pero también con sus intereses y disputas internas.
Su postura sobre la fundación de Santiago del Estero no escapa a esta visión global de la historia santiagueña. Por ello se alinea en la corriente interpretativa de Eudoxio Palacio, Vicente Sierra y Di Lullo y designa como fundador a Juan Núñez de Prado, oponiéndose a la figura del conquistador Francisco de Aguirre, dos veces juzgado por la Inquisición.
Sin embargo, su apego por la búsqueda de la ‘verdad’ histórica, como lo señala en el prefacio, lo llevaron a publicar una separata, complemento de la segunda edición, en 1993, en la que, de acuerdo con las investigaciones de Gastón Doucet y los comentarios de Alen Lascano en su Historia de Santiago del Estero, publicada el año anterior, explicita la fecha fundacional de la ciudad centenaria, consignándola como el 29 de junio de 1550, coincidente con la primera fundación de El Barco, en tierras tucumanas. Pese a ello, y con mayor porfía, ratifica como fundador a Núñez de Prado, señala la identidad de El Barco con Santiago del Estero y destaca la posterior traslación de Aguirre, a la vez que insta a las autoridades institucionales y a los historiadores a hacer justicia con quien fue, a su juicio, el verdadero fundador de la ciudad.
La construcción del mito fundacional no es ajena a la interpretación de los historiadores, tampoco lo es a la del profesor Achával. El mito fundacional comenzó para él con la conquista, se afianzó con la afirmación de los valores hispánicos - católicos y se consolidó, posteriormente, con el proceso autonómico de la época de Ibarra, gestor de la autonomía y defensor de los principios federales, constitutivos de lo netamente nacional, ante amenazas del centralismo porteño y de las influencias foráneas.
Los logros originarios de la ‘madre de ciudades’ como primera ciudad fundada en territorio argentino, única con escudo de armas otorgado por la corona, cuna de la evangelización, sede del primer obispado, origen de la universidad y de la industria nacional, no lograron ser opacados, a su juicio, a pesar del expolio que fue sufriendo a través de los siglos.
La segunda parte de su libro, referido al período independiente y constitucional, comienza con la participación santiagueña en el proceso de las luchas por la revolución e independencia y continúa con las distintas ocasiones de participación, a través de sus representantes, en los diferentes ámbitos de confluencia de los denominados pueblos del interior, hoy provincias. En su relato va bosquejando las rebeldías santiagueñas, comenzando con la actuación de Borges y la conformación de una corriente federalista local, hasta la participación destacada de Ibarra en la constitución de una provincia autónoma, frente a los intentos vanos del centralismo porteño, en el ámbito nacional, o de los gobiernos tucumanos, en el regional, sustentadas en fuentes éditas, dispersas en bibliografía de difícil acceso.
Tanto las administraciones de los Taboada, como las que las sucedieron después de su caída, se abrevan, en particular, en documentación inédita existente en el Archivo General de la Provincia, recopilada, en gran parte, desde las cátedras de Seminario y de Historia de Santiago del Estero, de la carrera de Historia del Profesorado Provincial, al que hice referencia. Una verdadera tarea hermenéutica -de interpretación de fuentes-, lo llevan a analizar pormenorizadamente los sucesivos gobiernos constitucionales, las intervenciones militares y federales, las luchas intestinas, los grupos y sectores de poder y los avances y retrocesos de la provincia, hasta los albores del siglo XX.
Miembro correspondiente de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, la segunda obra de envergadura, de José Néstor Achával, es la Historia de la Iglesia en Santiago del Estero, divulgada en dos tomos. El primero, que abarca los siglos XIX y XX, publicado como homenaje a la Universidad Católica -de la que fue uno de sus fundadores- en ocasión de la conmemoración del Vº Centenario de la Evangelización en América, y el segundo, editado cuatro años después, complemento del anterior, con la gestión del obispo Sueldo, los templos e imágenes religiosas más relevantes de la provincia, la labor de las fundadoras santiagueñas de congregaciones y casas religiosas y las figuras más destacadas del clero de Santiago del Estero.
Según lo expresa Rubén González, quien prologa el primer tomo, la obra se encontraba, por entonces, a la vanguardia de las provincias -después de Entre Ríos-, al contar con una historia eclesiástica propia. Si bien realiza una síntesis introductoria, referida a la creación del obispado del Tucumán, se centra en la inserción diocesana de Santiago del Estero durante el siglo XIX, sobre la base de diferentes fuentes documentales y bibliográficas. Sin embargo, creo que la contribución más medulosa es la referente a la iglesia santiagueña durante el siglo XX, no sólo por las fuentes consultadas sino, especialmente, por sus aportes como protagonista de ese laicado militante, que integró las filas de la Acción Católica, desde la década del 30’ en adelante. Los datos y análisis que presenta son de trascendental importancia, por cuanto no hay un registro tan pormenorizado de los mismos, en el ámbito santiagueño.
El testimonio del historiador, a la vez partícipe e intérprete de la historia política y social de la Iglesia local, resulta de trascendental importancia. Luego desarrolla la creación y organización de la diócesis de Añatuya, la acción del asociacionismo católico, la conformación de instituciones educativas privadas, de nivel secundario y universitario, diversas obras diocesanas, celebraciones, etc., en las que se vislumbra la presencia de otro actor social, muchas veces olvidado en la historia de la Iglesia, el laicado católico.
Corona su obra historiográfica el segundo tomo de la Historia de la Iglesia en Santiago del Estero, en el que aporta nuevos datos sobre la creación de la Universidad Católica, la organización y desarrollo del Congreso Eucarístico Nacional, realizado en Santiago del Estero en 1994, contribuciones para el estudio de templos y festividades religiosas en la provincia, con la participación de distinguidos historiadores como Alfonso de la Vega, Luis Alen Lascano, Eduardo Martínez Bertolí, Gerardo Montenegro y Carlos Bustamante, y un rico apéndice documental, fuente imprescindible a la que se debe recurrir para historiar la Iglesia en Santiago del Estero.
La labor historiográfica de José Néstor Achával, enmarcada dentro del revisionismo histórico y el nacionalismo católico, en franca oposición a interpretaciones liberales de la historia, en una suerte de ‘contra historia oficial’, permite vislumbrar algunas corrientes de pensamiento en boga y difusión, dentro de los ámbitos educativos de la provincia, en la segunda mitad del siglo pasado, y su impacto en la conformación de imaginarios colectivos, muchos de ellos aún vigentes.

martes, 8 de marzo de 2011

LA MUJER EN SANTIAGO DEL ESTERO por María Mercedes Tenti

En 1910, el Congreso Internacional de Mujeres Socialistas propuso el 8 de marzo como día internacional de la mujer, en memoria de las mujeres que iniciaron una huelga textil en Nueva York en 1857 y de otras mujeres, del mismo gremio y ciudad, que murieron en 1908 en el incendio intencional de la fábrica, a cuyos dueños peticionaban mejores condiciones de trabajo. Pasado el tiempo, en 1975, las Naciones Unidas ratificaron, el 8 de marzo, como día internacional de la mujer. Si bien se pretendió transformar la fecha en un día de celebración, somos conscientes de la importancia de mantenerla como día de reivindicación en la lucha de las mujeres por ejercer los mismos derechos y tener las mismas oportunidades que los hombres.
En todo el mundo las mujeres siguen demandando igualdad de oportunidades para ejercer los derechos civiles, políticos, económicos y gremiales. En Santiago del Estero si bien se lograron muchos avances, todavía queda camino por recorrer. En la historia de las santiagueñas está generalmente circunscripta a la actuación de algunas que se destacaron en algún ámbito de las ciencias, las letras o las artes. No es la intención de esta exposición hacer una descripción de la labor desplegada por estas últimas. Más bien me interesa hacer una apretada síntesis del accionar de las mujeres, como colectivo en los ámbitos laborales y políticos.
Poco se sabe de la situación de la mujer en los pueblos originarios, antes de la llegada de los españoles, sin embargo, al irrumpir la conquista, los colonizadores valiéndose de la superioridad que le otorgaban las armas de fuego y los caballos para someter a todos y, en particular, a las mujeres.
Aprovechando las técnicas que ya habían adquirido para la tejeduría y cestería, las encomiendas y los obrajes de paño fueron los ámbitos de mayor dominación de las mujeres santiagueñas. Algunos españoles hicieron conocer el sometimiento de hombres y mujeres, como Alonso de Rivera, gobernador del Tucumán que, en 1608 denunciaba al rey cómo, en su gobernación –entre otras atrocidades- pobleros, mulatos y mestizos quitaban las mujeres a los indios, sin dejarles hacer vida en común. El maltrato era moneda corriente hacia hombres y mujeres, aunque la situación de éstas estaba agravada por el sometimiento sexual.
La misma carta denuncia la explotación a que eran sometidas en los obrajes de paño, en donde hilaban todo el año, sin respetar la ordenanza referente a los descansos de viernes y sábados, ni los domingos, fiestas y pascuas, además de someterlas a castigos corporales y violaciones.
A pesar de la legislación protectora de indios, en la práctica, las leyes y ordenanzas no se cumplían, al ser Santiago del Estero un lugar tan alejado de los centros de decisión. Sólo algunas hijas de españoles recibían algún tipo de educación. La instrucción, por estas tierras, era bastante precaria, ya que funcionaban algunas pocas escuelas conventuales a las que asistían pocos niños divididos por sexo. Las mujeres siempre eran minoría.
La primera ‘rebelde’ santiagueña fue María Antonia de Paz y Figueroa, perteneciente a una familia de raigambre capitular. Los espacios de sociabilidad de las mujeres de la élite eran reducidos: el hogar doméstico, las reuniones familiares, la concurrencia a la iglesia. La educación estaba restringida a unas pocas, quienes accedían a los estudios elementales en sus propias casas, de la mano de algún familiar o maestro particular.
María Antonia comenzó a frecuentar los ejercicios espirituales dados por los jesuitas y, a partir de los 15 años, se asumió como beata de la Compañía. Expulsada la orden en 1767, acompañada de un grupo de mujeres como ella, decidió tomar su bandera y reinstaurar los ejercicios -antes de cumplido un año de su expulsión-, no sólo destinados a hombres, sino también a mujeres. A los ejercicios concurrían hombres y mujeres por separado, sin distinción de clases sociales, participando unos y otras con sus criados y sirvientas. En un largo peregrinar, junto a otras compañeras de lucha, recorrió el noroeste argentino, hasta llegar, finalmente a Buenos Aires, donde estableció una casa de ejercicios espirituales, a pesar de la oposición del virrey y del obispo. Con el tiempo, su labor fue reconocida, por ambas autoridades, y extendió su labor por la costa uruguaya. Su epistolario muestra una mujer con fortaleza, que pudo superar las restricciones de su tiempo y trascender también en el espacio, ya que sus cartas fueron traducidas y difundidas por diversos países del mundo. Su rebeldía radica en no tener en cuenta la orden real de expulsión de los jesuitas y reivindicar su obra, desde su rol femenino.
Las mujeres santiagueñas en el siglo XIX tienen poca visibilidad en los documentos oficiales. Sin embargo, si uno indaga más allá de los textos, puede intuir que la visión tradicional de la mujer, destinada sólo al cuidado del hogar, estaba casi constreñida a unas pocas ya que, la mayoría, contribuía con su trabajo al sostenimiento de la familia. El informe de José Domingo Iramaín, de 1805, al Consulado de Buenos Aires, consigna que el principal ingreso de Santiago del Estero provenía de los telares, la mayoría accionados por mujeres.
Producido el derrumbe de las artesanías santiagueñas por el ingreso de productos manufacturados provenientes del exterior, la labor de las teleras fue mermando. Sin embargo, en la exposición industrial de Córdoba, de 1871, Santiago del Estero expuso sus escasos productos manufacturados: lienzos de hilo, tejidos a mano, toallas, enaguas, vuelos, pañuelos de hilo bordados a mano, botas, botines, cueros curtidos, añil, jabones y vino, la mayoría producidos por el trabajo de las mujeres.
Una carta existente en el Museo Histórico Sarmiento escrita por Pastora Ruiz, que acompañaba una colcha de lana tejida por sus propias manos “a costa de mucha paciencia y trabajo durante un dilatado número de meses”, muestra el interés de esta ‘niña pobre’, como se autodefinía, por llamar la atención del presidente sobre la falta de apoyo a este tipo de manufacturas que demandaban “tanto tiempo de paciencia, constancia y trabajo”.
La tejeduría continuó siendo uno de las principales industrias de la provincia, siempre en manos de mujeres. Según la Memoria descriptiva de Gancedo, escrita en 1876, “la industria de tejidos da origen al principal ramo de comercio entre las mujeres de la provincia, quienes se dedican exclusivamente a su manufactura”. La mayoría con lana y pocas con algodón, tejían colchas y ponchos, a mano, sin maquinaria moderna; se valían tan sólo del primitivo uso para el hilado, del telar y la pala. Teñían también las fibras con vegetales y con la tintura extraída de la cochinilla. Los bordados y pasamanerías también eran productos femeninos.
Con el impulso que se le dio a la educación, a partir de las presidencias de Sarmiento y Avellaneda y con la creación de escuelas normales y, luego, con la sanción de la ley Láinez, las mujeres comenzaron a ocupar otro espacio importante en el mercado laboral, como maestras y profesoras. Si bien, en principio no eran muchas, poco a poco superaron en número a los hombres. Sin embargo, los principales cargos de la ecuación en la provincia (presidente del Consejo de Educación, inspectores) estaban en mano de hombres. Algunas mujeres lograron ocupar un papel relevante en este campo como Juan Pérez, primera rectora de la Escuela Normal y Francisca Jaques, que llegó a ocupar, aunque por un breve período, un cargo en el Consejo de Educación.
Las argumentaciones en las que se apoyaba la promoción de políticas, relacionadas con la ocupación de cargos docentes por parte de mujeres, estaba basada en la escasez de escuelas y la falta de maestros competentes en las provincias, en la responsabilidad de la nación, en calidad de ‘contribución’ para las provincias, en la fundación y sostenimiento de establecimientos específicos (las escuelas normales), en la falta de ambición que tenían las mujeres, en las dificultades de acceso a otras carreras y en los salarios más económicos. Si bien no se excluía a los varones como destinatarios de la iniciativa estatal, el discurso oficial incitaba a la movilización de las mujeres a través de una legitimación de la división sexual del trabajo. La docencia exigía perseverancia, dedicación y la mujer estaba dotada, ‘naturalmente’, de las cualidades necesarias: delicadeza, dulzura, gracia, belleza, en fin, las competencias comunicacionales básicas para relacionarse con los niños, según las concepciones de la sociedad moderna. La escuela como prolongación del hogar doméstico era otra construcción simbólica, enunciada con el propósito de favorecer la salida de las mujeres a uno de los pocos lugares que se percibían como ‘decentes’.
La editorial, de 1900, de la revista “Los anales de la educación”, órgano del Consejo General de Educación de Santiago del Estero, escrita por el inspector Maximio S. Victoria, sintetiza el pensamiento de los sectores dirigentes. En ella jerarquizaba la organización de la humanidad, según su criterio: la familia dentro de la Patria y la Patria edificando la Humanidad. A continuación sintetizaba el modelo positivista vigente, dirigiendo su prédica a: “…los hombres útiles, inteligentes y enérgicos nuestro grito de aliento; a la mujer, amiga en la tormenta y en el idilio del protagonista del drama”. El protagonista de la historia era el hombre, la mujer sólo la amiga y compañera en los avatares de la vida y en los lazos de amor y sexo.
A pesar de que las mujeres no figuraban en las estadísticas laborales, siempre estuvieron integradas al mundo del trabajo. En la Memoria Descriptiva de Fazio, de 1890, sólo aparecían aquellas que se desempeñaban en el servicio doméstico: cocineras, amas de llave, amas de leche, sirvientas y planchadoras. Cuando detalla los salarios percibidos, por igual trabajo, por ambos sexos, saltan las desigualdades: los cocineros cobraban $40 por mes, mientras que las cocineras sólo $16; los sirvientes $12 y las sirvientas $8. Las asimetrías eran manifiestas.
Las mujeres de la élite participaban en la Sociedad de Beneficencia, tutelando a pobres, ancianos, desamparados y a las mujeres detenidas en la cárcel, que hasta mediados de los años 30, del siglo XX, compartían con los hombres. Las ‘tuteladas’, que no podían accionar por si mismas, salvo bajo la tutela de padres, esposos o hermanos, tutelaban a los sectores desprotegidos.
Una intervención interesante de las mujeres de la élite católica fue en ocasión de la convención constituyente, que reformó la constitución provincial en 1884. Por entonces, se discutía el sostenimiento del culto católico por parte del Estado. La campaña en pro de su sostenimiento estaba encabezada por grupos cercanos a la Iglesia, el vicario foráneo y por Manuel Argañarás, diputado y dueño del periódico El País, desde el que encabezaba la prédica. La esposa de Argañarás, junto a un grupo numeroso de mujeres de la élite católica, en un hecho inédito para Santiago del Estero, concurrieron en manifestación a la legislatura para hacer oír sus reclamos por la no inclusión del sostenimiento del culto. En una sociedad tradicional como la santiagueña, la presencia femenina, en un ámbito eminentemente masculino, generaba reacciones encontradas. El País justificaba su accionar:
“Pudo todavía decirse que iban extraviadas, pero jamás que las arrastraron móviles indignos (…) No hay que juzgar si ellas debieron ir personalmente a peticionar a la convención, son cuestiones que nadie debe tocar, dejando a cubierto el pudor y el honor de nuestras familias, que es el nuestro. Pero como quiera que se considere su conducta, lo cierto es que el espíritu se sentía agitado al verlas a ellas, que son la santa custodia del hogar, luchando con su palabra y su aliento por su religión y su Dios”.
A pesar de que la sociedad de la época no veía con buenos ojos la movilización de mujeres por sí mismas, sin la representación masculina que las legitimara, se argüía, como paliativo, el papel que ellas cumplían como custodia de las virtudes domésticas. En tal carácter ocupaban un espacio -vedado hasta entonces para ellas- en la arena política, para hacer pública su postura.
Como testimonio de la vida que sufrían las mujeres en la Argentina el informe que Bialet Massé elevó al gobierno nacional, a principios del siglo XX, da cuenta que:
“No eran pocas las mujeres que cargaban con el sostén de la familia, con la rudeza de la vida; de aquí que acepten resignadas que se pague su trabajo de manera que sobrepasa la explotación y con tal de satisfacer las necesidades de los que ama prescinde de las suyas hasta la desnudez y el hambre (...) La clase más numerosa la constituyen las costureras (…)”. Luego se refiere a la situación de las mujeres en Tucumán, similar a las de Santiago del Estero y de todo el norte argentino: “El ramo de las planchadoras en Tucumán está tan malo como en las otras ciudades del país. Muchas mujeres trabajan en sus casas, y hay varios conatos de taller con una oficiala y dos o tres aprendices. Trabajan de 6 de la mañana a las 6 de la tarde, teniendo un descanso de media hora para el mate, mañana y tarde, y hora y media a mediodía, de modo que la jornada efectiva es de diez horas y media (...) otro oficio era la lavandera. Estas son unas desgraciadas; flacas, enjutas, pobres hasta la miseria. Visité algunas lavanderas y planchadoras y me enteré cómo efectúan estos trabajos de modo primitivo. En una batea, debajo de un árbol o de unas ramas, unos tarros de petróleo, en el que hacen hervir la ropa, puestos en un fogón, que son tres o cuatro piedras en el suelo (...) La mujer del artesano tucumano es la bestia de carga sobre la que pesa toda la familia; ella es la que revendiendo frutas o amasando o lavando o recibiendo pensionistas para darles de comer, consigue economizar unos centavos para vestir a sus hijos y no pocas veces para alimentarlos (...) ¿Cómo vive la mujer del peón? En medio de la inmundicia; el agua sólo entra en el rancho para la alimentación, nunca para la higiene. La mujer del peón, la lavandera, la que hace la comida con destino a las cárceles, la amasadora, llevan una vida de trabajos y sufrimientos; trabajan durante el tiempo de la gestación; trabajan en cuanto abandonan el lecho en donde han alumbrado y trabajan mientras dan de mamar y continúan haciéndolo hasta que la tuberculosis las consume”. El informe de Bialet Massé mostró que la idea imperante de que la mujer vivía en su casa con su familia, era más una expresión de deseo.
Las primeras huelgas organizadas por mujeres en Santiago del Estero, las encontramos en el año 1908. El numeroso gremio de mujeres comerciantes del mercado de la Capital y de La Banda, especialmente las verduleras y vendedoras del campo, que concurrían diariamente con pequeños bultos de comestibles, iniciaron una huelga por habérseles aumentado el derecho de sisa, que percibía como rentas el municipio. Apoyadas por el Partido Socialista y el diario El pueblo, de esa orientación política. Luego de varios días de huelgas y manifestaciones por las calles de la ciudad portando escobas como estandarte, consiguieron su objetivo.
En la Argentina, y en particular en Santiago del Estero, las mujeres vivieron la experiencia de ser la periferia de la periferia. Todo les llegó con retraso y deteriorado. Durante las dos primeras décadas del siglo XX, la mayoría de ellas siguió trabajando en las explotaciones de tipo familiar y en las pequeñas empresas artesanales. Las modistas y costureras realizaban trabajo a domicilio. El Censo de 1914 comprobó la existencia de las siguientes ocupaciones femeninas en la provincia: empleadas de comercio (1151, duplicada por el número de hombres), 460, en total, en la industria, aunque muchas costureras, lavanderas, modistas, tejedoras, mucamas, cocineras, maestras y parteras, no figuraban en el censo. Tampoco figuraban aquellas que con su trabajo contribuían al sostenimiento del hogar en el campo, ayudando con las majadas, ordeñando, amasando, y en las ciudades vendiendo de puerta en puerta empanadas, tortillas, chipacos, cabritos, pollos o huevos, fruto de la producción doméstica.
Durante el período radical, en la década del 20, las maestras obtuvieron la ley de jubilación para docentes y la de licencia para maestras parturientas; En la década iniciada en 1930, con el golpe militar de Uriburu y continuada con los gobiernos conservadores, que se apropiaron del gobierno a través de un sistemático fraude electoral, disminuyó notablemente el desarrollo del pensamiento progresista. A pesar de ello, las mujeres, en particular de sectores medios emergentes, tuvieron cierta participación en cuestiones debatidas por entonces como el divorcio vincular y el voto femenino, aunque con una fuerte influencia de la Iglesia Católica, en la cual algunas de ellas participaban en la naciente Acción Católica. Las posturas opuestas entre católicos y socialistas eran manifiestas, aunque no se observa mayor pronunciación femenina. Sin embargo, cuando se dio la discusión por la enseñanza laica, en la convención constituyente de 1939, las encuestas realizadas por El Liberal a profesoras y maestras del medio, dan cuenta de la inclinación de la mayoría, a sostener la enseñanza laica en la provincia, más allá de sus creencias religiosas particulares.
Quizá Eva Perón constituya el mito femenino de la historia argentina del siglo XX. Si bien es cierto que Evita tuvo una posición subordinada con relación a Perón y, en sus discursos criticaba a las feministas, en una muestra más de su ambigüedad, en su cotidianeidad estimuló el protagonismo social de la mujer argentina.
Su praxis rebasó el papel formal de Primera Dama de la República, trabajando en favor de los sectores subalternos. En un momento llegó a decir: “Así como los obreros sólo pudieron salvarse por sí mismos y así como siempre he dicho, repitiéndolo a Perón, que solamente los humildes salvaran a los humildes, también pienso que únicamente las mujeres serán la salvación de las mujeres. Allí está la causa de mi decisión de organizar el Partido Femenino, fuera de la organización política de los hombres peronistas. Nos une totalmente el líder, único e indiscutido por todos. Pero nos separa una sola cosa, nosotras tenemos un objetivo nuestro que es redimir a la mujer. Ese objetivo está en la doctrina justicialista pero nos toca a nosotras, mujeres, alcanzarlo”.
Con la irrupción del peronismo en la provincia y, particularmente luego de la sanción del voto femenino, comenzaron a incorporarse mujeres a la Cámara de Diputados. Cuando Perón visitó Santiago, en ocasión del IVº centenario, visitó la sede local del Partido Peronista Femenino, representado por subdelegadas censistas, dirigentes del partido en el orden local. Por entonces la misión de las unidades básicas femeninas eran centros de instrucción para chicos y chicas, para “enseñarles sus deberes, corte y confección, economía doméstica”, es decir repitiendo el modelo patriarcal que relegaba a la mujer al hogar. “La acción en la mujer va a permitir una mayor ampliación en el orden familiar, de lo que nosotros llamaremos la verdadera cultura cívica de nuestro pueblo”, sostenía Perón en ocasión de su visita.
La mujer santiagueña acompañaba al hombre al obraje y trabajaba en el campo aunque, en ninguno de los dos casos, era considerada ‘trabajadora’. Estudios realizados sobre el trabajo en Santiago del Estero, como los de Carlos Zurita y Nora Gómez, dan cuenta del incremento de la emigración en la época, de hombres y mujeres hacia el litoral. De las mujeres, la mayoría se empelaban en el trabajo doméstico según los censos y noticias publicadas por periódicos locales. La idea imperante de desigualdad natural entre el hombre y la mujer se ponía de manifiesto a la hora de de las asignaciones laborales.
Una de las excepciones fue Antonia Banegas, obrera textil santiagueña, que trabajaba en una fábrica del gran Buenos Aires, quien, como miembro del Comité Central de Partido Comunista, participó en el Primer Congreso de Mujeres en París, en 1945.
Durante el régimen peronista, con relación al trabajo femenino, en la legislatura se discutió el aumento de las ganancias de las teleras, lo que nos habla de la supervivencia de esta industria artesanal, y de las costureras que trabajaban en condiciones precarias y eran mal pagadas. Con ello reforzaban esta actividad tradicional para el sector femenino, En 1951, se logró la sanción de la ley que fijaba el pago del aguinaldo, para el personal de servicio doméstico.
Una de las medidas más progresistas de Perón fue el voto femenino -largamente reclamado por socialistas y anarquistas-, que permitió llegar a la legislatura a las primeras diputadas mujeres, y el divorcio; este último fue precisamente lo que aceleró su caída. La Iglesia Católica, en alianza con las Fuerzas Armadas, el empresariado —y los opositores al régimen, alentaron el golpe militar de 1955. Uno de primeros decretos del gobierno militar fue la anulación de la ley de divorcio.
Durante las décadas de 1960 y 1970 los jóvenes (hombres y mujeres) irrumpieron en la arena política y aportaron en la difusión de ideas de emancipación de la mujer, a través de publicaciones y de mayor participación. Cuando este movimiento estaba en los inicios de una fase ascendente fue cortado abruptamente por la dictadura militar. Durante la dictadura se acentuó el curso reaccionario en relación a la mujer, que había inaugurado otra mujer, Isabel Perón, que en su gobierno prohibió, por ejemplo, el libre uso de anticonceptivos y vetó la ley de Patria Potestad.
La ideología de la dictadura militar insistió entonces en que la excesiva politización del período anterior había provenido de un descuido en “el reducto que garantizaba el orden. Así, la familia ‘célula básica de la sociedad’ se convirtió en el refugio, que había que recuperar para no volver a caer nuevamente en el peligro de la disgregación y la subversión. Naturalmente, ese retorno a la familia reforzaba más la posición subordinada de la mujer, a quien se interpelaba como madre y como esposa, constituida en custodio del orden familiar.
Hombres y mujeres, de una u otra manera, se oponían al orden burocrático autoritario fueron perseguidos. Entre los detenidos-desparecidos, exiliados y cesanteados, las mujeres santiagueñas estuvieron presentes.
La caída de la dictadura significó la apertura de un proceso, cuyos espacios democráticos trataron de ganar rápidamente los grupos femeninos. No obstante su débil implantación en el seno de la clase trabajadora y de los sectores populares, se han desarrollado numerosos grupos, algunos de los cuales participaron en Congresos Latinoamericanos de Mujeres, en Encuentros Nacionales anuales y promoviendo talleres de discusión y trabajo, tendientes a enfrentar problemáticas específicas de la mujer.
En la actualidad, resulta difícil cuantificar la participación de la mujer santiagueña como sujeto y actor de su propia historia, El hecho de tener, por primera vez una mujer presidenta electa para el cargo, Cristina Fernández de Kirchner, nos da la pauta del avance logrado por la mujer.
La opresión de la mujer cruza todos los aspectos de la vida, por eso su participación protagónica presenta una característica de diversificación sumamente rica, por la experiencia que aún está acumulando desde sus diferentes lugares de lucha.
La dispersión que presenta el accionar femenino también dificulta la tarea de rastrear en detalle lo que ocurre en el presente. Sin embargo, tanto en los Encuentros Regionales como Nacionales o Latinoamericanos se produce un intercambio de experiencias, dificultades y logros que contribuye, decisivamente, a clarificar el rol de las mujeres. Cada mujer que sale de su casa a participar, da el primer paso que transgrede el sistema de dominación e impide las manipulaciones del sistema patriarcal dominante.
Por ser Santiago del Estero una provincia tradicional, con una cultura patriarcal muy arraigada, resulta difícil erradicar ciertos rasgos culturales, acendrados por las costumbres, que coartan la participación femenina en ciertos ámbitos de la vida pública, asignándole todavía un papel casi insustituible en los quehaceres del hogar. A la hora de querer participar en actividades gremiales, políticas o culturales, tiene que multiplicarse en el juego de roles, recargándose con mayor número de tareas, gran parte de ellas no remuneradas.
Su participación en política, si bien amparada en la actualidad por la ley de cupo femenino (sancionada durante la última gobernación de Juárez), se ve opacada a la hora de ocupar puestos claves en los lugares de decisión, en donde muchas veces se privilegia el parentesco (esposa, madre, hermana) con un político de actuación destacada y no su militancia o su capacidad para la dirigencia. Tal el caso de la primera gobernadora electa en el siglo XXI, Marina Aragonés de Juárez que, con sus contradicciones, propiciaba, por un lado, algunas medidas que favorecían a la mujer, como la ley de jubilación de las amas de casa, pero, por otro, no permitía su integración con los hombres, en los ámbitos partidario y de gobierno
Si bien hay excepciones a la regla, mayoritariamente se advierte este comportamiento tanto en los partidos tradicionales, como en los gremios, en las empresas, asociaciones o lugares donde se concentra el poder de decisión.
La generación de estos espacios de poder es de por sí muy disputada por los hombres y, frente a ello, el sitio a alcanzar por la mujer queda relegado a un segundo lugar, en una condición de desigualdad manifiesta. Algo similar sucede a la hora de buscar empleo. Frente a mujeres en edad fértil o con hijos menores a su cargo, se prefiere ocupar hombres en empleos estables. Prueba de ello es que, en el censo de 2001, la ocupación masculina superó en la provincia en 23.8 puntos a la femenina. Aunque aumentó la participación económica femenina, las mujeres, en particular las menos calificadas, alcanzaron un registro mayor en tareas informales.
En la vida académica, las mujeres también van logrando ocupar espacios de conducción. En la Universidad Nacional de Santiago del Estero, la asunción de la primera mujer rectora es, sin dudas, un hecho auspicioso. En un ámbito opuesto, las mujeres campesinas luchan, junto a los hombres, por la defensa de sus tierras en instituciones y organizaciones que se ocupan de la problemática.
Sin embargo, la participación no es el signo mayoritario, frente a la movilización. Si bien la movilización está ligada a movimientos de autogestión y autodefensa, en la práctica se circunscribe a responder a consignas pre establecidas de antemano por otros actores. La participación apunta a la inclusión de todos los actores sociales con el fin de darles un lugar protagónico en la toma de decisiones y en la ejecución de acciones resultantes.
Si bien las mujeres debemos seguir luchando por ocupar un lugar igualitario en la sociedad, indudablemente, quienes manejan los centros de decisión y la sociedad toda deben facilitar la tarea, brindando correspondencia de oportunidades, igual salario por igual trabajo, guarderías o jardines maternales barriales o en los lugares de trabajo, para que las madres jóvenes puedan dejar a sus hijos atendidos por personal especializado cuando se ausenten del hogar, protección contra la violencia de género, etc. La propuesta es un cambio duradero de valores y actitudes que permita a la mujer cumplir un rol equivalente, tanto en la vida cotidiana como en la laboral, gremial y en la función pública. Sólo así, mujeres y hombres podrán construir una sociedad más justa e igualitaria.

lunes, 28 de febrero de 2011

EFEMÉRIDES SANTIAGUEÑAS: 1 DE MARZO

1 de marzo de 1955: se hizo efectiva la intervención  federal por la que caducaron los tres poderes del Estado  y las autoridades comunales, poniendo fin al gobierno de Francisco Javier González.

jueves, 24 de febrero de 2011

EN EL ANIVERSARIO DEL NATALICIO DEL PADRE DE LA PATRIA

por María Mercedes Tenti

En un nuevo aniversario del paso a la inmortalidad de José de San Martín, podemos destacar distintos aspectos de su vida y de su trayectoria tales como San Martín estratega, héroe de la independencia gobernante, ejemplo de renunciamiento, libertador de América.
Sin embargo hoy, en los comienzos del tercer milenio, inmersos en un mundo donde términos como globalización plantean una engañosa universalidad, nos interesa rescatar otro aspecto a veces poco difundido: el pensamiento de José de San Martín; pensamiento que conocemos a través de sus numerosos escritos y que nos muestra a un hombre comprometido con el tiempo que le tocó vivir, impregnado de su problemática, pero con una visión que va más allá y lo trasciende.
Si bien era un militar de carrera, un hombre educado en los cuarteles como él mismo decía, conoció los principios éticos y jurídicos que reglan las instituciones políticas. Por ello buscó la emancipación de los pueblos americanos por dos caminos: el de las armas y el de las ideas.
Su meta principal era lograr la independencia de América, pero consolidada con la unión de los pueblos. Por ello, para evitar la anarquía, fruto de las pasiones encontradas, se debía respetar la voluntad popular. En 1823 desde Mendoza, enterado de las agitaciones internas del Perú, escribía: “... sin perder un solo momento, cedan las quejas o resentimientos que puedan tener; reconózcase la autoridad del Congreso, malo, bueno o como sea, pues los pueblos lo han jurado: únanse como es necesario y con este paso desaparezcan los españoles del Perú”. La unión de los pueblos americanos para derrotar al enemigo común era imprescindible.
Para lograrlo, las instituciones debían estar en armonía con el carácter, educación, castas, religión y hasta con la ignorancia de la población. Por ello consideraba que los pueblos no debían darse las mejores leyes, sino las más apropiadas a su modo de ser. Su principal aspiración era, precisamente, alcanzar la felicidad de todos y, para conseguirla, se debía proclamar la independencia y organizar institucionalmente a los países americanos.
La idea de la unidad moral y material de la nación, presente en el pensamiento sanmartiniano, enlazaba a todos en el deber moral de salvar a la Patria, de fomentar la felicidad pública por encima de las diferencias de partido y conservar y defender el territorio nacional frente a ataques exteriores.
Otro tema interesante para considerar es el que se refiere al uso de la fuerza, tan común en nuestra América Latina y de cuyas consecuencias no podemos todavía salir indemnes. San Martín colocaba en el lugar más importante a las instituciones. Frente a la fuerza de las armas le importaba más la fuerza de la opinión pública.
Fue fiel a sus principios y al mandato de su época y de las poblaciones por las que luchó hasta el renunciamiento. Por ello continúa vigente como modelo de definición de vida su frase “Serás lo que deba ser o no serás nada”. Ese es el mensaje que queda latente para la juventud argentina. La juventud quiere y debe ser más, pero para serlo necesita vivir al calor de las grandes causas de entonces y de ahora: el afianzamiento de la independencia nacional, el respeto por la voluntad popular y el desarrollo del bienestar de la población.
La vigencia contemporánea de José de San Martín se dilata a medida que se intensifica el conocimiento de su pensamiento. Recordémoslo hoy intentando perfilar nuestra vida como sociedad civil, con la misma fuerza y objetivos con los que él definió la suya como hombre público. Intentemos campear las crisis, a las que debe enfrentarse permanentemente la república, rescatando valores que necesitan revitalizarse para evitar la fragmentación y el caos. Valoremos hoy, más que nunca, los principios sustentados por San Martín, de soberanía popular, respeto por la voluntad soberana del pueblo y por la opinión pública, unidad e independencia nacional y felicidad de la población por encima de las diferencias partidarias, para tratar de emprender, entre todos, la empresa colectiva de reconstrucción de la nación.

lunes, 21 de febrero de 2011

LOS ORÍGENES DE LA COLONIZACIÓN AGRÍCOLA EN SANTIAGO DEL ESTERO. El caso de Colonia Dora


por María Mercedes Tenti

Publicado: en Nuevas Propuestas Nº 31  (Pág. 79-92); Universidad Católica de Santiago del Estero; Santiago del Estero (2002).


Abstract
Los orígenes de Colonia Dora, la primera colonia agrícola santiagueña, se remontan a los albores del siglo XX. En corto tiempo se convirtió en un floreciente centro de actividad en la zona cruzada por el ferrocarril Buenos Aires - Rosario. Colonia Dora, a diferencia de las demás estaciones del ferrocarril se convirtió en polo de desarrollo por el proceso de colonización que la llevó a una expansión agrícola importante para la época y permitió el arraigo de inmigrantes europeos, italianos primero y judíos a partir de la segunda década del siglo XX, además de una mayoritaria población criolla.
El interés de este trabajo no radica en estudiar los años formativos de Colonia Dora desde una perspectiva meramente coyuntural, sino en abordarlos desde una estructura enmarcada dentro del panorama de la colonización agrícola de la época, además de gestora de vínculos sociales entre los primitivos habitantes.

Palabras claves

Colonización – agricultura – inmigración – ferrocarril – vínculos sociales -

Introducción

Los orígenes de Colonia Dora, la primera colonia agrícola santiagueña, se remontan a los albores del siglo XX cuando en 1.900 los fundadores, Antonio López Agrelo y José María Lastra, pisaron por primera vez la comarca, por entonces un desierto cercado de dificultades y amenazas. Sin embargo con el aporte financiero del primero y los sacrificios y emprendimientos del segundo, en corto tiempo esta colonia agrícola del sudeste de la provincia, se convirtió en un floreciente centro de actividad en la zona cruzada por el ferrocarril Buenos Aires - Rosario.
Colonia Dora, a diferencia de las demás estaciones del ferrocarril de San Cristóbal a Santiago y Tucumán, llamado luego General Mitre, se convirtió en un polo de desarrollo por el proceso de colonización que la llevó a una expansión agrícola importante para la época y permitió el arraigo de inmigrantes europeos, italianos primero y judíos a partir de la segunda década del siglo XX, además de una mayoritaria población criolla. Es necesario destacar que, a partir de la construcción de las vías férreas, se desató en casi toda la provincia, una explotación forestal intensiva, en contra de los cálculos primitivos que apostaban a que el ferrocarril iba a impulsar el desarrollo de colonias agrícolas[1].
Este trabajo - parte de otro mayor en preparación -, se circunscribe a los diez primeros años de la colonia. Debido a la escasez de documentación referente al tema la investigación se basa especialmente en la crónica de “El Liberal”, que a través de sus corresponsales seguía con atención los avances producidos en la naciente Colonia Dora, además de la bibliografía general y especial citada.
El interés no radica en estudiar los años formativos de Colonia Dora desde una perspectiva meramente coyuntural, sino en abordarlos desde una estructura enmarcada dentro del panorama de la colonización agrícola de la época, además de gestora de vínculos sociales entre los primitivos habitantes.

Nacimiento de Colonia Dora

La primera ley de colonización que se dictó durante la presidencia de Nicolás Avellaneda en 1.876 lleva el número 871. Ella contemplaba el desarrollo de colonia agrícolas, ya sea por parte del Estado en tierras fiscales, por empresas particulares, por iniciativas individuales, por acción de los gobiernos provinciales o por particulares. En Santiago del Estero el 10 de diciembre de 1.889 se dictó recién la ley provincial respectiva por la que se eximía de impuestos por diez años a las colonias que tuviesen más de 10 kilómetros cuadrados de superficie o de menos de 200 hectáreas en la zona de riego, con una población de 100 y 50 habitantes respectivamente[2].
Con la sanción de esta ley que alentaba la colonización  se inició en la provincia la adquisición de tierras con destino a la conformación de colonias agrícolas. En 1.891 Antonio López Agrelo adquirió a la Sociedad Territorial y Agrícola Brasil[3] el terreno donde surgió posteriormente Colonia Dora, la primera colonia agrícola santiagueña, ubicado a dos leguas de Icaño, paraje conocido a principios de siglo como La Manga por los pobladores de la región.

Antonio López Agrelo, el propietario de Colonia Dora

El Liberal del 7 de mayo de 1.907 transcribe fragmentos de “La Argentina Industrial”, importante revista editada en Buenos Aires, que dedicó un espacio al propietario de Colonia Dora don Antonio López Agrelo, en la ‘Galería de hombres distinguidos’ que publicaba. A través de ellos podemos conocer quién era el empresario que apostó al desarrollo de esta zona del sudeste santiagueño.
Antonio López Agrelo había nacido en la ciudad portuguesa de San Mamede de Riba Tua e inició su carrera industrial en 1.877 constituyendo la fábrica de bolsas que llevó su nombre en un principio y que luego se convirtió en la Sociedad Anónima La Primitiva. Con Juan Bernardo Iturraspe y otros se dedicó a la colonización  de tierras en Santa Fe, dejando luego activas colonias prósperas y florecientes. Se desempeñó como presidente de la Sociedad Puerto de San Nicolás, también ejerció la presidencia de la Sociedad de Minas Matto Grosso y fue fundador de la compañía de seguros La República.
Fue promotor y sostenedor de la Sociedad  de socorros mutuos portugueses y en recompensa de estos y otros  servicios prestados a su patria, el gobierno de Portugal le otorgó títulos de nobleza y misivas honoríficas y lo nombró encargado de negocios de Portugal ante los gobiernos de la República Oriental del Uruguay  y de la Argentina, sin remuneración pecuniaria alguna[4].
Como por sus múltiples actividades no podía atender personalmente lo atinente a la instauración  y organización de la nueva colonia santiagueña, encomendó esta tarea a José María Lastra, hombre del que se desconoce su procedencia y accionar anterior, pero que tuvo una destacada actuación en todo lo referente a la conformación y asentamiento de la colonia.

Los primeros años de la Colonia Dora

Ya a fines de 1.901 la naciente Colonia Dora[5] poseía  una casilla de madera a guisa de estación a donde todavía no se tomaba boleto de pasaje pero sí se despachaban cargas y telegramas por intermedio del jefe, único personal. Al principio sólo se enviaba  mucho y buen carbón, a pesar de que en los terrenos de la colonia -que abarcaban una extensión de 15 leguas con 2.000 has. cultivadas-  crecían lozanos maizales, algún tipo de trigo, alfalfa, mucha sandía, melones y zapallos.  También había plantaciones de maní y porotos[6], poco desarrollados en la provincia.
Desde principio de 1.902, la empresa colonizadora  comenzó a vender terrenos (de 25 m.  por 60) a plazos y condiciones moderadas para la construcción de viviendas. La edificación fue tomando vuelo poco a poco, particularmente alrededor de la estación, substituyendo a la ranchería casitas de regular apariencia. Coronaba este pequeño núcleo la mansión de José Lastra de construcción moderna. El comercio estaba representado por cuatro casas de negocio de Carlos Vidal, Esteban Venetto, Carlos Roquette y L. Contreras y Cía. La primera, regenteada por Enrique Vidal, giraba bastante capital. La estación  del ferrocarril consistía en una casilla de madera. Estaba calificada como ‘desvío’,  pero había cobrado importancia al ser ya no solamente estación de carga sino también de  pasajeros.
Con la venta de terrenos fue transformándose lentamente en colonia propiamente dicha ya que comenzó a haber colonos, además de aparceros. Las tareas agrícolas  tenían  dos enemigos insuperables: el subsuelo seco y el clima poco lluvioso. La cuestión del agua era de palpitante interés público y entrañaba un problema que arrojaba sombras sobre el porvenir de la colonia. Desde un primer momento se  cavaron algunos pozos, desde los que se extraía poca agua buena a la profundidad de 10 o 12 metros. El río había  mermado bastante de caudal y, en consecuencia, los canales que arrancaban de sus orillas no alcanzaban a regar sino una zona muy limitada de las chacras. Por entonces  la empresa del ferrocarril estaba haciendo construir un gran estanque de 80 m. por 60 m. con 3 de profundidad que aspiraba a represar aproximadamente  14.400 metros  cúbicos de agua. A pesar de que la presa quedó colmada en octubre de ese año, el agua no duraba porque como era nueva, resumía en más de la mitad.
Para 1.902 calculábase una población de  500 habitantes y el censo escolar levantado por entonces, arrojaba poco más de setenta niños en el radio de un kilómetro, aunque aún no tenía escuela. Dora era colonia maicera por excelencia. Sin embargo, la explotación del carbón y corte de algunas maderas, ocupaba más de 150 peones.[7]

La vida social en la naciente colonia

A pesar de los ingentes sacrificios que demandaba a los pioneros de la colonización estas alejadas tierras del sudeste santiagueño - sólo unidas a la ‘civilización’ por el ferrocarril -, por impulso de sus pobladores, especialmente de los inmigrantes que llegaron con un gran  bagaje de esperanzas por conseguir un mundo mejor, no faltaron  oportunidades para organizar alegres veladas que les servía de  aliento y estímulo a las tareas diarias.
La colectividad italiana proyectaba cada año los festejos del 20 de septiembre para conmemorar la entrada de las tropas italianas a Roma, como una forma de preservar sus tradiciones y acercarlas a la vez, a los demás pobladores.  El  corresponsal de El Liberal con sus minuciosas descripciones permite recrear la vida social en la colonia.
El amanecer del XX de 1.903 –relata- fue saludado con bombas, ante la algarabía del pueblo que se sentía así integrado, quizás, al resto del mundo. El tren de las 6 trajo la orquesta contratada para los festejos y al vecindario de Herrera y Lugones que se sumaba a la celebración. A las 9 arribó  el convoy de zorras y carros conduciendo a la gente de Icaño que fue saludada con vivas y aplausos. El acto se inauguró en una carpa instalada en el campo por la comisión, con ayuda del inspector del ferrocarril  Mr. Hemes. Antonio Giura, secretario del grupo organizador de los festejos, abrió la lista de oradores. Luego habló el joven Carlos Lastra, hijo del administrador y estudiante de derecho, con sentidas frases de confraternidad ítalo-argentina.
 Una compacta columna recorrió las calles hasta la estación,  donde la Sra. Ángela de Giura subió a un banco y pronunció una alocución  patriótica en castellano con dejos de italiano, que hizo arrancar lágrimas a muchos de los presentes. De regreso se sirvió un lunch. Para el almuerzo se trasladaron a la casa del comerciante Amado Neme pues el viento fuerte parecía hacer querer volar la carpa. José Lastra y Antonio Giura habían sido los principales organizadores de los festejos ayudados por Esteban Venetto y el inspector del tráfico ferroviario,  Hemes, que asistió desde Ceres para participar de las fiestas. La población entera había sido  embanderada con banderas argentinas e italianas como símbolo de la comunión de razas y culturas[8].
La utilización de la hemeroteca de El Liberal como fuente resulta en este caso de incalculable valor ya que en la actual ciudad de Colonia Dora no se conserva documentación de sus primeros años. Los aportes de la señora Lía Sánchez de Oliva en pro de la recuperación de la memoria colectiva resultan también significativos.

Los progresos agrícolas

La única colonia netamente  agrícola de la provincia por entonces, crecía lentamente ante el asombro de los santiagueños que veían en la ‘fiebre’ del obraje la única opción para su desarrollo económico[9]. La vista de los grandes sembradíos impactaba al cronista. Los extensos maizales, la alfalfa que crecía lozana, el algodón, los frutales, demostraban  que el esfuerzo individual podía sacar mucho provecho de los terrenos de la región.
En 1.904 Colonia Dora había  incrementado su población  y aumentado los cultivos. El núcleo de casas crecía considerablemente  alrededor de la estación  en una superficie  de 54 has. y 63 as.  que eran las destinadas a planta urbana del pueblo, aparte de las 207 has. y 47 as. para chacras. Una gran represa construida en 1.901 surtía de agua a la empresa ferroviaria, estando alimentada por uno de los canales de la colonia. La casa habitación del administrador se hallaba a 300 metros de la estación, con frente a la vía férrea y precedida de una ancha avenida. La población contaba con varias casas de negocio al menudeo.
El centro agrícola distaba nueve kilómetros del río Salado y once de la estación Icaño. Estaba dividido en tres secciones y la extensión cultivada alcanzaba a 1.825 has. de los siguientes cultivos:  maíz 1.500 has., trigo 200, algodón 25 y alfalfa y otros 100 has. Las perspectivas del cultivo de maíz eran excelentes y  los sobrantes de la cosecha del año anterior  habían influido para abaratar su precio en 25 centavos los 10 Kg. Contaba con dos canales que derivaban agua  del río, ambos con un recorrido de 10 Km y con capacidad de regar 3.157 has. Cada uno tenía su correspondiente compuerta cerca de la bocatoma. El agua de pozo, de excelente calidad, se obtenía a 4 metros y medio de profundidad.
El elemento criollo era el único  ocupado en la colonia. Por entonces la propiedad tenía 670 arrendatarios que pagaban $6 al año por derecho de residencia, más $0,50 por cada vacuno que poseían  y $0,15 por cada cabeza de especies menores. A los campesinos que querían sembrar en la zona de la colonia les costaba  $6 el arriendo de cada hectárea regada por cosecha[10].
El cultivo principal era el maíz que alcanzaba cerca de 1.500 has., calculándose la cosecha de 1.904 en  6.750.000 Kg de los cuales era muy difícil  obtener salida por la falta de mercados y por el bajo precio de dicho renglón. La elección  de este sembrado había sido hecha con la oposición del administrador de la colonia  que quería imprimir nuevos rumbos a los cultivos.
La crecida cantidad de maíz plantado y la mala perspectiva que ofrecía su colocación  precipitaron la acción de  José María Lastra en la búsqueda de una solución al problema a través del impulso de la siembra de alfalfa y  algodón. Para la alfalfa, el terreno y clima de Santiago eran propicios. La ubicación de Dora, mucho más cercana del Litoral que los grandes alfalfares de La Banda constituía una ventaja, permitiendo la competencia en los mercados santafecinos con los similares cordobeses. Por otra parte, los 9 o 10 cortes que se daban  al año y la excelente calidad del artículo, invitaban a enfardar y presentarse en los centros consumidores vecinos. Por estos motivos ya se habían empezado a cultivar 100 has. de alfalfa. Respecto al  algodón,  la semejanza de nuestro clima con el del Chaco y Paraguay, la bondad del terreno y las facilidades para la colocación,  así como el buen precio, hacían concebir halagadoras esperanzas en este cultivo. Se habían sembrado 25 has. como ensayo, siendo notable el desarrollo de las plantas[11].
Decidido a cambiar la orientación de los sembrados en la colonia, el administrador encaró con empeño la siembra del algodón en medio de expectativas y esperanzas de los pobladores del departamento, ya que el comercio se encontraba paralizado. Dora era el único lugar de la provincia donde se habían  hecho ensayos de importancia en este cultivo. En este sentido José M. Lastra, era un verdadero pionero que insistía y perseveraba. Todos tenían fe en que triunfaría en toda la línea (afirmaba El Liberal) y que la provincia le reconocería el título de haber sido el primero en abordar el cultivo de una ‘industria’ llamada a jugar un rol importante en la vida económica de Santiago [12]. Con el tiempo su visión pudo concretarse aunque más en otras comarcas.
Al poco tiempo, la siembra del algodón estaba en su apogeo y en muchos sitios las plantitas iban asomando a la superficie. En la quinta del administrador se habían sembrado como ensayo porotos y garbanzos[13].  Las nuevas perspectivas impulsaban el progreso de la zona. Así comenzó a alambrarse la parte correspondiente al centro agrícola con sus respectivos puentes y tranqueras, mientras los algodonales crecían altos y erguidos. Paralelamente se vendieron varios solares más del pueblo y empezaron a construirse algunos edificios de material al costado de la vía férrea. En 1.904 ya funcionaba la escuela primaria que fue visitada por el inspector de escuelas Federico Lannes, quien en vista de las pocas comodidades que ofrecía el local escolar, convocó a los vecinos a contribuir pecuniariamente para la construcción  de un nuevo edificio[14].

 Trazado y riego de la colonia
A principios de 1.905 y como resultado de la labor desplegada,  Dora tenía alambradas 1.600 has. de terreno y desmontadas alrededor de 3.000. Sobre esa extensión se realizó el trazado de calles que se cortaban perpendicularmente de este a oeste y de norte a sur. Dos acequias principales  formaban la base del sistema de irrigación  ideado por  Lastra y habían merecido la aprobación del presidente del departamento topográfico  Francisco David. Dichas acequias eran amplias lo que permitía llevar un buen caudal de agua. Servían de surtidoras y desagotadoras y tenían un juego de hijuelas como una red sobre la extensión  cultivada.  Se pensaba prologar la acequia Nº 1 hasta Icaño. El riego abundante permitía el progreso de los cultivos, especialmente del algodón que ondulaba en 25 cuadras. Entre otros sembradíos  figuraba en primer lugar el maíz, que abarcaba grandes extensiones. Había también hectáreas de alfalfa, melones, sandías y zapallos de excelente calidad.
Ante los  evidentes progresos alcanzados por la colonia, el propio el gobernador de la provincia -el doctor José D. Santillán- acompañado de  su comitiva, visitó el lejano paraje. Fue recibido por el administrador que le informó en detalle lo más sobresaliente de la misma. A los progresos agrícolas y comerciales había que sumar los primeros intentos de manufacturas. Por entonces funcionaba una fábrica de licores de Schwarz cuya especialidad  la constituían los refrescos y aperitivos. Allí se los elaboraba  y embotellaba.
En todas las faenas se destacaba el obrero criollo. Las apreciaciones de Lastra respecto al peón santiagueño eran elocuentes: “Es bueno, fuerte, sano y honrado; hay que saber tratarlo con las consideraciones debidas, no abusar de su rango y cumplir fielmente las obligaciones con él contraídas. Yo estoy rodeado de puro elemento criollo y me siento de ello altamente satisfecho”[15].

Progresos económicos y sociales

De año en año los progresos de la colonia eran alentadores y saltaban a la vista. Al desmonte de una gran extensión  sucedió el trazado de nuevas quintas, muchas de las cuales  estaban alambradas y con plantaciones. La acción del trabajo se extendía hacia el oeste de la vía. En esa dirección se había delineado el terreno para la granja que sirvió de marco al chalet del propietario de la colonia, obra  iniciada en 1.906.
La actividad era febril. La construcción de compuertas, acequias, caminos, puentes, etc. progresaba día a día. La alfalfa alcanzaba un desarrollo importante, al igual que el maíz. El alumbrado público - 20 lámparas de alcohol carburado, en postes con faroles - contribuía al embellecimiento del pueblo como síntesis de progreso. Además de las actividades primarias se desarrollaban también las secundarias y las de servicio: un aserradero de Tiscornia, las instalaciones de corte de ladrillo de Lastra, el campamento de elaboración de carbón y leña de Antenor Acosta, la casa de comercio de Neme, acrecentaban el ritmo comercial e industrial. Sólo la escuela ponía una nota disonante en el cuadro de prosperidad. La obra del edificio escolar estaba paralizada y la enseñanza se impartía en un desvencijado cuartujo. En la faz religiosa, el propietario de la colonia había prometido la  construcción  de un templo[16].
A pesar de haberse organizado centros obreros en Icaño y Dora[17], en esta última localidad los movimientos de los trabajadores no tuvieron repercusión como en otras partes de la provincia, tales como la Capital, La Banda o Colonia Pinto. En diciembre de 1.906, un grupo de peones del aserradero de Icaño que se encontraban en huelga desde hacía varios días apoyado por la Unión General de Trabajadores (UGT) de La Banda fue en gira de propaganda hacia Colonia Dora, pero a las pocas horas regresaron sin conseguir que los obreros del aserradero de ésta hicieran causa común con ellos, pues los de allí –decían-  se creían en condiciones distintas a las planteadas por los visitantes. Consideraban que en la colonia el trabajador, con pocas excepciones, era propietario de un pedazo de suelo por pequeño que fuera, al que dedicaba parte de su tiempo y vivía contento con su familia[18].

Las celebraciones patrias

Si bien las celebraciones de la colectividad italiana brillaban por su organización y la participación de todo el pueblo, las fechas patrias como el 25 de mayo o el 9 de julio se destacaban dentro de las más caras al sentimiento de nacionalidad que se gestaba entre criollos e inmigrantes. Daba gusto ver el remolineo de gente que había bajado de los diferentes puntos de la colonia y que recorría las calles del pueblo embanderado formando un alegre conjunto de vida y movimiento en ocasión del 9 de julio de 1.907.
El Liberal calculaba en 5.000 personas las que se reunieron entonces, manteniendo un constante ir y venir a pie y a caballo desde las primeras horas de la mañana hasta la noche. Carreras, bailes y disparos atronadores de bombas y cohetes fomentaban la alegría en el  paisanaje sin que se produjera una nota discordante ni  asomo de desorden. La culminación  fue la fiesta que se celebró por la noche en la escuela y mediante la cual la directora pudo exhibir el adelanto de sus alumnos en el corto tiempo que ella los dirigía.
Habló también  el administrador José María Lastra. Había verdadero interés por escuchar a este hombre que era allí algo así como un patriarca, rodeado de una aureola de envidiable prestigio, según lo afirmaba el cronista. Nunca se lo había oído pronunciar discursos pero existía la predisposición  favorable respecto a su desempeño en caso de poner manos a la obra. Se le antojaba a la gente que quien sabía fundar pueblos  “...debía saber también levantarles el espíritu con la manifestación de sentimientos que se descontaban por la virtud de su sinceridad y de su altruismo”. Y así fue en efecto: “El pueblo delirante de entusiasmo lo aplaudió un largo rato, tributando un digno homenaje a su cabeza directriz, a su guía y compañero”. Habló también el escribano Flores Navarro y el señor Agustín Somorrostro[19], ambos caracterizados vecinos.

Altibajos

Sin embargo no todo eran fiestas y progreso. Las grandes cuotas de sacrificio invertidas no siempre fructificaban en la medida de lo aportado. Sequías prolongadas y la presencia de grandes mangas de langosta empañaban el cielo de progreso y prosperidad. En 1.907 la agricultura pasaba por un momento crítico de grandes sequías. La mitad del maíz sembrado en la colonia que alcanzaba a un crecido número de hectáreas, se perdía irremediablemente. La industria carbonera tenía también etapas de decadencia pues los fabricantes trabajaban según las fluctuaciones del mercado y en ocasiones a pura pérdida, según decían. Ante la falta de trabajo gran número de peones tenía que emigrar  para laborar en la recolección  de la cosecha de las colonias santafecinas.
Sin embargo, todas estas dificultades no ponían coto al avance urbanístico. La construcción de casas en la planta urbana de la población  no  cesaba, había varios edificios en construcción y otros en proyecto. El destinado a la escuela pública  estaba prácticamente terminado. En la esfera político-administrativa se había constituido  una comisión municipal aunque hasta 1.907 todavía no había entrado en funcionamiento[20].

Fin de un período

José María Lastra había administrado  la colonia desde su fundación.  A fines de 1.907 más de 800 familias subsistían del trabajo en ella generado. Como por decisión del propietario debía terminar su período de administración,  el 31 de diciembre quisieron los habitantes  solemnizar el suceso con el obsequio de medallas conmemorativas al propietario y al administrador. Ellas iban a ser entregadas en Buenos Aires por los diputados Napoleón Barraza y Ernesto Quadrio, comisionados al efecto.
Las medallas eran de oro y llevaban el retrato del obsequiado grabado en un lado y en el otro la siguiente inscripción:  “1.900-1.907- El pueblo de Colonia Dora a su fundador y propietario Antonio López Agrelo”; “1.900-1.907 - El pueblo de Colonia Dora a su fundador y administrador José María Lastra”[21].
Las medallas iban acompañadas de la siguiente nota: “Colonia Dora, diciembre 29 de 1.907. Sres. Antonio López Agrelo y José María Lastra. Buenos Aires. Distinguidos Sres.: La fundación de Colonia Dora es obra del esfuerzo de Uds. en su carácter de propietario el primero y de administrador el segundo: dos fuerzas que movidas por un solo impulso, inspiradas en un solo sentimiento de grandeza general, unieron capital, cabeza y corazón y se lanzaron a la conquista de estas desiertas selvas para edificar en ellas un pueblo y obtener el bienestar de sus habitantes.
Siete años han bastado desde 1.900 hasta el presente para que el triunfo coronara la empresa. Celebrando tan auspicioso suceso, incorporadas al progreso de la república solemnizarán el próximo 31 del mes haciendo entrega a Uds. por mano de los Sres. diputados nacionales don Napoleón Barraza y don Ernesto Quadrio, comisionados por este Centro Unión y Progreso, que lo formamos todos, dos medallas conmemorativas, que nos darán la honra de conservar como un recuerdo de un pueblo y testimonio de gratitud y respeto de sus moradores.
Salúdalos con tal motivo. Anacleto Oliva, presidente, D. Flores Navarro, Secretario”.
Con fecha 31 de diciembre contestó Antonio López Agrelo, manifestando haber recibido ya la medalla y destacando al Centro Unión y Progreso “que tantos servicios presta al desenvolvimiento moral e intelectual del pueblo de Colonia Dora, en su más expresivo agradecimiento. Si bien es cierto -agregaba Agrelo- que no he evitado sacrificios para conseguir que Dora figure entre los primeros pueblos de la provincia de Santiago, es cierto también, y con orgullo lo veo que ese pueblo sabe secundar esos sacrificios; y por sus adelantos y cultura social conseguirá dentro de poco el puesto prominente a que con derecho aspira”.
Terminaba la nota expresando su gratitud a todos y cada uno de los asociados del Centro Unión y Progreso por el importante obsequio recibido con motivo del séptimo aniversario de la fundación de Dora. En similares términos contestó José M. Lastra a la distinción de la que fue objeto[22]. Como vemos, los primitivos pobladores de Colonia Dora consideraban sus fundadores al dueño de la colonia, López Agrelo  y al administrador Lastra.

Una nueva etapa

Antonio López  Agrelo (hijo), sucedió a Lastra en la administración y dirección. Sin embargo no terminaba allí la actuación de quien había dedicado siete años al progreso de este importante centro agrícola. José María Lastra había sido propuesto por el gobernador Pedro Barraza como jefe departamental. Una vez concluido su mandato en la colonia aceptó finalmente el cargo y fue nombrado jefe político del departamento 28 de marzo. El nombramiento fue recibido con beneplácito en la zona ya que en general, la mayoría coincidía  en que Lastra era un hombre intachable para el cargo y que el gobierno podía sentirse orgulloso de contar con un funcionario como él.
“Fundador de un pueblo, mentor y guía de sus habitantes, el hombre estaba ya consagrado por el consenso público como jefe político del departamento”.  El gobierno no había hecho más que dar sanción legal a lo que ya se había encarnado en la conciencia de todos. “Decir Lastra por esos lugares, era decir redentor”, publicaba El Liberal y agregaba que sólo había que formular un voto: “que no salga crucificado”[23].
El 16 de enero de 1.908 en Herrera se realizó la fiesta con motivo de la transmisión del mando. El jefe político saliente, Juan Paz, pronunció el discurso para entregar el cargo y luego contestó Lastra. A pedido del público hablaron Pedro Fernández en nombre del vecindario de Herrera y Flores Navarro en el de los moradores de Colonia Dora. Luego hubo banquete y baile. Como pocas veces en el período, caracterizado por la corrupción, el fraude y las influencias políticas de la camarilla gobernante, asumía la jefatura departamental un hombre que contaba con la conformidad de la mayoría, galardonado con méritos propios y de una reconocida honradez[24].

Colonia Dora al final de la primera década del siglo XX

Superada la etapa de sequía, la llegada a principios de 1.908 de Antonio López Agrelo (h), coincidió con un nuevo impulso al desarrollo de la floreciente colonia agrícola.  La cosecha de maíz estaba completamente salvada, así como la de frutas. La alfalfa seguía con un crecimiento sorprendente que permitía que los cortes se sucediesen cada veinte a veinticinco días, levantándose inmensas parvas para enfardar el año próximo, época en que el forraje sería exportado al Brasil.
El arribo del nuevo administrador se anunciaba con el aumento del presupuesto y una partida de dinero destinada a préstamos en cuenta corriente a fin de facilitar el cultivo de la alfalfa a los propietarios de tierras fraccionadas. También se esperaba comenzar a sembrar trigo y maní con el propósito de explotar en gran escala, y establecer luego un molino y una fábrica de aceite a fin de utilizar la materia prima de esos cultivos[25].
Dos kilómetros antes de llegar a la colonia ya se notaban los desmontes y sembrados de maizales y otros cultivos. Era una colonia agrícola digna de admiración, todo obra de siete años de activa labor y del riego que deparaban las lagunas del Bracho alimentadas con agua del Salado. Los sembradíos eran importantes. Estos se apreciaban en 1.800 has. cultivadas de maíz y alfalfa, en su gran mayoría perteneciente a los colonos. La administración tenía 70 has. de maíz con destino al consumo y se disponía a sembrar 200 has. más de alfalfa. Los colonos también comenzaban a dar preferencia a esta forrajera. Se habían hecho ensayos de maní, con excelente resultado. La administración contaba con dos enfardadoras: una con capacidad para hacer 200 fardos y la otra 100 fardos diarios. Entre los buenos productos de Dora figuraban también los melones. Funcionaban  tres pozos que extraían agua de la primera napa con otros tantos molinos de viento. Uno de éstos proveía de líquido a las instalaciones de la granja por medio de cañerías.
El establecimiento contaba con un excelente plantel de reproductores y animales finos. Los equinos y porcinos de raza estaban bien instalados en secciones y departamentos especiales. Entre los buenos ejemplares de reproductores figuraban dos burros, que habían costado $1.500 y $2.500 respectivamente. El nuevo administrador montaba un potro alazán de pura sangre, destinado a dar excelentes hijos. Había alrededor de 100 chanchos algunos de gran peso y volumen.
La edificación se había extendido. Ya no se trataba de un villorrio sino de un centro rural importante que contaba con un elegante chalet, magnífica mansión del acaudalado propietario de la colonia y tan lujosa como las mejores de la capital. Un edificio para escuela elegante y cómodo que estaba a punto de ser terminado. Este último había costado al erario alrededor de $23.500. En breve iba a comenzar  la construcción del edificio para la estación.
La valorización de la tierra marchaba paralela con el progreso de la colonia. El año anterior, Agrelo había vendido los dos últimos lotes de chacra vacantes con frente a la línea del ferrocarril  a $150 la ha., compradas por Pedro Bolsen inspector de tráfico de la sección de Sunchales, del ferrocarril Buenos  Aires  - Rosario.
Dos grandes acequias que arrancaban del canal madre que se surtía de una de las lagunas del Bracho constituían la base del sistema de riego establecido en la colonia. Una avanzaba de este a oeste y otra de norte a sur. De ambas acequias se bifurcaban las hijuelas que servían para regar los cultivos. Como el agua procedía del Salado, en épocas de sequía el riego de la colonia se resentía en razón directa de la disminución o agotamiento del caudal del río, pero no en las proporciones de los demás puntos favorecidos por esa corriente debido a que la laguna del Bracho, que era extensa, se llenaba con las crecientes, permitiendo  proveer al riego durante bastante tiempo, por más que después la corriente del Salado tendiese a agotarse[26].
El nuevo edificio escolar estaba terminado a mediados de 1.908, aunque sin ser ocupado. Por primera vez, para las fiestas julias, se corrieron carreras en el hipódromo que Agrelo había hecho construir. Por la noche se quemaron fuegos artificiales traídos desde Buenos Aires[27].

La inmigración judía

Si bien el presente trabajo tiene como objeto indagar el período formativo de Colonia Dora, y sin pretensión de realizar un análisis más profundo de la fase posterior, es interesante destacar que a partir de 1.910 se inició en la colonia una nueva etapa caracterizada por la llegada de inmigrantes rusos que establecieron, posteriormente, una colonia judía con cementerio y sinagoga propios[28].
Ese año de 1.910, la Jewish Colonization Association adquirió 1.980 hectáreas a orillas del río Salado con el propósito de fundar una colonia al estilo de las colonias que tenía la colectividad en Santa Fe. Los nuevos inmigrantes se dedicaron desde un principio al cultivo de maíz y alfalfa y, en menor escala, al de algodón. Los cultivos frutícolas y hortícolas se desarrollaron sólo para las necesidades personales debido al suelo salitroso.
Sin embargo, las dificultades surgidas como consecuencia de la irrigación, los desbordes del río y el drenaje insuficiente, provocaron muchas veces la pérdida de los alfalfares y el desaliento de los colonos. Por estas y otras causas a partir de 1.917 comenzó el éxodo paulatino de muchos de ellos. En 1.920 quedaban solamente veinte colonos. La experiencia había dejado un saldo negativo.

Conclusión

La experiencia agrícola de Colonia Dora permitió un desarrollo en la línea del ferrocarril Buenos Aires - Rosario distinto al producido en las otras estaciones del mismo ramal. La fiebre del obraje no fue la impulsora de esta población, sino la visión progresista de su propietario que apostó a invertir en una zona en principio árida y desierta pero que, con el correr del tiempo, se transformó en un importante polo de desarrollo que atrajo a corrientes inmigratorias provenientes de Rusia, por intermedio de la Jewish Colonization Association[29].
En Colonia Dora, a diferencia de lo sucedido con la colonización en la zona del Litoral, muchos de los trabajadores fueron convirtiéndose en propietarios de terrenos donde construyeron sus viviendas, aunque continuaban con el régimen de arrendamiento de las tierras que trabajaban.
Mientras hubo agua para riego, la colonia floreció. Sin embargo su prosperidad no duró mucho al aumentar el número de regantes y disminuir la provisión de agua del Salado, como consecuencia del incremento de su aprovechamiento no solamente en la propia colonia sino en los pueblos vecinos como Pinto, Icaño y otros. A esto debemos sumar, grandes períodos de sequía y el recorrido que debía realizar el agua por zonas estériles y salitrosas que absorbían el líquido vital para el desarrollo agrícola y para la vida de sus habitantes.
Otro elemento en contra fue la explotación intensiva de la agricultura que llevó a la búsqueda de nuevas tierras que reemplazaran las superficies agotadas. Para ello, los colonos debían realizar mayores inversiones e intensificar la explotación, hecho que no siempre era posible teniendo en cuenta la demanda del mercado, el incremento de los precios, el aumento de los salarios y las pérdidas a que se veían expuestos por causas fortuitas tales como sequías, langosta, etc.
Finalmente se debe destacar que el desarrollo inicial de la colonización en Santiago del Estero, en el caso particular de Colonia Dora, se debe encuadrar dentro del marco de los emprendimientos privados, ya que los gobiernos provinciales, tanto conservadores como radicales,  no apoyaron las iniciativas de los colonos que se vieron librados a su suerte y sujetos sólo al apoyo que podían encontrar en sus propias organizaciones.

Fuentes y bibliografía

-          Archivo General de la provincia de Santiago del Estero, Compilación de leyes, decretos y resoluciones, Tomo III.
-          Boletín Oficial de la provincia de Santiago del Estero, 1.911-1.917,
-          Brasky Osvaldo, Ciafardini Horacio y Cristiá Carlos Alberto; “Producción y tecnología en la región pampeana”; en Primera historia integral; N* 28; Centro Editor de América Latina; Buenos Aires; 1.980.
-          El Liberal; años 1.900 a 1.918. Santiago del Estero.
-          El Liberal; 25 aniversario; 3 de octubre de 1.923. Santiago del Estero.
-          Fazio, Lorenzo, Memoria descriptiva de la provincia de Santiago del Estero; Cía. Sud-Americana de billetes de banco; Buenos aires, 1.889.
-          Kusnir de Winkler, Liliana; “Los forjadores del cereal”; en Primera historia integral; N* 27; Centro Editor de América Latina; Buenos Aires; 1.980.
-          La Argentina industrial; 7 de mayo de 1.907. Buenos Aires.
-          Panettieri, José; “La política inmigratoria”, en Polémica, Centro editor de América Latina; Buenos Aires, 1.988.
-          Primera historia integral; Centro Editor de América Latina; Buenos Aires; 1.980.
-          Sánchez de Oliva, Lía;  Frías, Benjamín; Cuaderno para una Historia de Santiago del Estero Colonia Dora, Departamento Avellaneda;   N* 2;  Ministerio de Gobierno; Dirección General de Cultura de la Provincia; Santiago del Estero; 1.970.
-          Sánchez de Oliva, Lía; “Homenaje a don Antonio López Agrelo”;  Municipalidad de Colonia Dora (Santiago del Estero); 1.994.
-          Tenti de Laitán, María Mercedes; “La agricultura en Santiago del Estero antes y después del ferrocarril”; en Todo es Historia N* 283. Buenos Aires; enero de 1.991.


[1] Cuando se conformó la Colonizadora Argentina, de propiedad de Tristán Malbrán y Vicente L. Casares, generó expectativas sobre la conformación de una colonia agrícola, tal como lo manifiesta Fazio en su Memoria descriptiva, pero, contra todos los cálculos previstos, se ocupó fundamentalmente de la explotación del bosque.
[2]Archivo General de la Provincia de Santiago del Estero. Compilación de leyes, decretos y resoluciones, Tomo III.
[3]El liberal; “Colonia Dora”;  25º Aniversario; 3 de noviembre de 1.923.
[4]Ibídem; 7 de mayo de 1.907.
[5] No se sabe con exactitud el origen del nombre de la colonia. La tradición oral recoge la versión que su propietario, López Agrelo, la había bautizado así en honor a su esposa, de nombre Dora.
[6]El Liberal 29 de noviembre de 1.901.
[7]Ibídem; 22 de agosto de 1.902.
[8]Ibídem; 21 de setiembre de 1.903.
[9]Con posterioridad a la creación de Colonia Dora fueron fundadas otras colonias. En 1.912, Real Sayana, en el departamento Avellaneda, propiedad de Gabriel Lagleyze, y Colonia Urdaniz en el departamento Silípica, surgida tiempo después. Ambas se dedicaban especialmente al cultivo del algodón con bastante éxito.
[10]El Liberal; 22 de febrero de 1.904
[11]Ibídem; 25 de febrero de 1.904.
[12]Ibídem; 25 de agosto de 1.904.
[13]Ibídem; 26 de setiembre de 1.904.
[14]Ibídem; 3 de noviembre de 1.904.
[15]Ibídem; 25 de enero de 1.905.
[16]Ibídem; 6 de setiembre de 1.906.
[17]Ibídem; 14 de octubre de 1.904.
[18]Ibídem; 18 de diciembre de 1.906.
[19]Ibídem; 11 de julio de 1.907.
[20]Ibídem; 14 de diciembre de 1.907.
[21]Ibídem; 28 de diciembre de 1.907.
[22]Ibídem; 8 de enero de 1.908.
[23]Ibídem; 4 de enero de 1.908.
[24]Ibídem; 10 de enero de 1.908.
[25]Ibídem.
[26]Ibídem; 15 de enero de 1.908.
[27]Ibídem; 14 de julio de 1.908.
[28] Tanto el cementerio como la sinagoga fueron los primeros instalados en territorio provincial.
[29]Tenti de Laitán, María Mercedes, “La agricultura en Santiago del Estero, antes y después del ferrocarril”, en Todo es Historia, Nº 283, enero 1.991; Pág. 54.

EL FOLCLORE EN LASLUCHAS POR LA ORGANIZACIÓN NACIONAL   https://www.academia.edu/168899440/El_folclore_en_las_luchas_por_la_organizaci%C3%B3...