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domingo, 4 de septiembre de 2011

LORENZO LUGONES

Conferencia pronunciada en la Escuela de Policía Coronel Lorenzo Lugones de Santiago del Estero en junio de 2011


MARÍA MERCEDES TENTI
Hijo de Germán Lugones y de Petrona Trejo, nació en Pampallajta, Santiago del Estero, el 10 de agosto de 1796. Ingresó al ejército libertador a su paso por Santiago en calidad de cadete del cuerpo de Patricios Santiagueños creado por Juan Francisco Borges, a la edad de 14 años. Como era menor de edad y su padre tenía la patria potestad, él lo autorizó. Cuenta Lugones en sus Recuerdos Históricos, que su padre le escribió una carta en la que le decía que le remitía la cama y la ropa militar, además de la fe de bautismo, y una orden a la tesorería y comisaría del ejército para que se le abone la onza mensual que le asignaba según ordenanza, hasta que llegue a ser oficial. Muchos jóvenes se enrolaban en el ejército o eran entregados por sus padres, por la posibilidad de lograr un salario seguro y la posibilidad de un ascenso social. La asalarización de los ejércitos fue una posibilidad, para los jóvenes pertenecientes a antiguas familias capitulares, de encontrar una ocupación rentable y prestigiosa. de Su padre había estado con Borges en los enfrentamientos con el cabildo santiagueño, por la no adhesión a la Junta revolucionaria de mayo, en 1810.
El ejército marchaba sin preparación previa, mal vestido y mal alimentado, en medio de miles de penurias y vicisitudes y, aún así, se enfrentaban con el enemigo con coraje y valentía.
Estuvo con el ejército en Tiahuanaco, el 25 de mayo de 1911, cuando Castelli leyó la proclama de libertad para los indios del Alto Perú. En ella, otorgaba la libertad a los indios, los liberaba de los servicios personales y los consideraba ciudadanos. Esta lección de civismo, seguramente caló hondo en el joven Lugones.
En Yuraicoragua, en junio de 1911, tuvo su bautismo de fuego, donde fue derrotado Viamonte.  Allí Castelli le entregó como distinción un cordón de plata, que, sumado al que tenía, llevó a que lo apodaran el cadete de los dos cordones”. Luego del desastre de Huaqui, el ejército patriota, ya al mando de Belgrano, se replegó hasta Jujuy. Allí el creador de la bandera dispuso el éxodo jujeño, una epopeya colectiva bajo la presión y los deseos de libertad. El éxodo fue pensado como una medida de protección de los territorios y de dejar la tierra arrasada para que los realistas no pudieran abastecerse. Por convicción o cumpliendo órdenes, todos marcharon abandonando sus casas y pertenencias, llevando en carretas lo que podían cargar, arriando mulas y ganados e incendiando cultivos.
Lugones marchaba atacando desde los flancos. Cuenta el temor que infundían las medidas severas en contra de los desertores que eran fusilados. Participó en el combate de Las Piedras, Tucumán, Salta, Ayohuma, Puesto de Marquez, Venta y Media, Vilcapugio y Sipe-Sipe, hasta alcanzar el grado de capitán. Así fue ascendiendo a medida de su participación en la campaña.
Refiriéndose a la batalla de Las Piedras, luego del éxodo jujeño, describe la actuación de la sociedad civil y ejército mancomunado:
“Emigrados de Jujuy y Salta, peones de servicio, comerciantes y cuántos más venían a la par del ejército, todos tomaron parte en aquel glorioso lance que dio vida a la patria. El enemigo, completamente ofuscado, huía en desordenados trozos, sin mirar en lo que dejaban atrás; fue perseguido con el mayor rigor el espacio de una legua, dejando en todo el camino muchos despojos, prisioneros, heridos y cadáveres; más de cien prisioneros de los nuestros lograron escaparse, rescatamos las carretas que poco antes nos habían tomado y por último pudimos recuperar en mucha parte nuestras pérdidas” (…) “El triunfo hizo desaparecer de golpe la fatiga, el cansancio, el hambre, la sed y el desaliento; en aquellos momentos de alegría inexplicables, no se pensaba más que en las glorias de la patria”.
Luego de la victoria de Tucumán, teniendo en cuenta sus méritos en la batalla, Lorenzo Lugones fue ascendido a porta-estandarte del regimiento de Dragones, aún siendo menor de edad. Pensemos que los enfrentamientos eran bastante desordenados. El ejército realista era disciplinado y adiestrado y debía enfrentarse a las tropas criollas poco preparadas, a pesar de los esfuerzos de Belgrano, en parte indisciplinadas, montadas en mulas y caballos y con armamentos dispares.
Estos pormenores los conocemos no sólo por Recuerdos Históricos del propio Lugones, sino también por las Memorias de Paz y por las de La Madrid. Teniendo en cuenta unas y otras podemos hacer un parangón y tratar de clarificar la misma. Recordemos que cada quien que escribe sus “Memorias” lo hace para dejar a la posteridad su actuación y, en consecuencia, la misma está sesgada por el interés de lo que quiere mostrar. Sin embargo, las mismas son un documento importante para el historiador.
Después del triunfo de Tucumán estuvo junto a Belgrano en el juramento a la bandera a orillas del río Pasaje que, por ese glorioso momento, pasó a denominarse Río Juramento. Así describe Lugones el momento:
“Habiendo el ejército formado en parada conforme a la orden general, se presentó en el cuadro, Belgrano con su bandera blanca y celeste en la mano que la colocó con mucha circunspección y reverencia en un altar situado en medio del cuadro (…) y concluyó diciendo: Este será el color de la nueva divisa con la que marcharán a la lid los nuevos campeones de la Patria (…) El ejército ratificó su juramento besando una cruz que formaba la espada de Belgrano, tendida horizontalmente sobre el asta de la bandera (…) A distancia de cien pasos del paso del río, sobre la ribera que gira al oeste, a la altura de un notable barranco, había un árbol que por su magnitud se distinguía sobre todos los de sus cercanías; limpiando una parte de su corteza, hacia media altura de un hombre, en medio de un círculo de palma y laurel, dibujado en el tronco del árbol se garbó una inscripción que decía; Río del Juramento, y más abajo la siguiente estrofa:
Triunfaréis de los tiranos
Y a la patria daréis gloria
Si, fieles americanos
Juráis obtener victoria”.
Durante la jefatura de Belgrano al frente del ejército del norte, Lugones fue ayudante de campo de creador de la bandera.
Pero no todo era gloria. Luego de la derrota de Vilcapugio, Lugones continúa con su relato, esta vez desalentador: “No me detendré en los pormenores de cuanto padeció y sufrió en esta campaña el ejercicito auxiliar: Entre las remesas de abastos que nos hicieron de Potosí y Chuquisaca, se encontró una porción considerable de chalonas y charquis podridos, que los rancheros no  podían hacer uso sino a costa de mucho trabajo entresacando lo mejor y despreciando la mayor parte: sin embargo el general mandaba repartir esos charquis un día si y otro no, hasta que se acabase la mala provisión”.
En diciembre de 1816, Lugones unió a Borges y Goncebat en lo que se conoce como el segundo intento autonomista de Borges. Derrotado Borges en Pitambalá, fue condenado por Belgrano a morir fusilado, según las órdenes del Congreso de Tucumán que establecían que, en caso de revueltas internas fuesen así tratados quienes atentasen contra el orden. Sólo podían ser indultados los reos “menos principales”. Lugones fue perdonado por Belgrano, estuvo cuarenta días en prisionero y fue degradado como castigo, perdiendo su rango y sólo permitiéndole continuar en el ejército como “aventurero”.
Esta forma data de la dominación española; según una antigua ordenanza se permitía la existencia de aventureros en el ejército. Eran individuos que entraban voluntariamente a la milicia a servir al rey, sin sueldo ni gratificación alguna. Se mantenían a su costa y eran tenidos en poca estima.
Aún así continuó luchando en el ejército libertador, participando en las luchas en el Alto Perú bajo las órdenes de Belgrano. Luego de la batalla de la Tablada, y debido a su actuación, recuperó su jerarquía militar y continuó luchando hasta la pérdida definitiva del Alto Perú, en Sipe Sipe.
Colmado de gloria pero pobre, regresó a Tucumán, en donde se casó en 1818 con Eulalia Drago. Después de la crisis del año 20, Lugones participó de las guerras civiles aliado con sus antiguos jefes, Aráoz de La Madrid, José María Paz y Lavalle, del bando de los unitarios y en contra de los caudillos federales, primero Facundo Quiroga, Juan Felipe Ibarra y luego Juan Manuel de Rosas. Así participó en las batallas de La Tablada y Oncativo, en 1830.
Luego de firmado el Pacto Federal, en el mismo años, la guerra civil se agudizó. Lugones pasó a luchar por la Liga unitaria. Derrotada esta, partió al exilio en Bolivia. En 1832 regresó a Tucumán cuando el coronel Alejandro Heredia asumió como gobernador. Si bien se mantuvo al margen de las luchas intestinas fue confinado a prisión por su antigua participación y luego, liberado. Se trasladó a Buenos Aires en donde se dedicó al comercio.
Comisionado La Madrid por Rosas, en 1840, a traer armamentos de Tucumán, Lugones partió con su antiguo camarada y amigo y se plegó a la Coalición del Norte. Posteriormente  se sublevó Lavalle en el litoral y continuó hasta el norte, hasta que fue herido y muerto en Jujuy. Lugones tuvo que exiliarse nuevamente en Bolivia, donde mantuvo a su familia trabajando de panadero. Luego de un destierro de 12 años y, una vez producida la batalla de Caseros donde fue derrotado Rosas, regresó a Tucumán y más tarde a Rosario donde puso una agencia de negocios comerciales.
El presidente Urquiza le reconoció  por decreto el cargo de coronel de caballería con goce de sueldo en “disponibilidad”. Después de Cepeda, en 1859, se retiró definitivamente a Tucumán, donde murió en 1868.
Sus últimos años debieron ser tranquilos. La república ya estaba organizada, había caído Rosas contra quien luchó en sus últimos tiempos de actuación militar. Fue un hombre que luchó por sus ideales, aún a costa de postergar sus propias ambiciones personales y teniendo que sufrir destierros y degradaciones. La historia no está para juzgar a quienes vivieron en el pasado. Por el contrario está para comprenderlos dentro del contexto en que les tocó actuar. Así tenemos que intentar analizar la vida y obra de Lorenzo Lugones, un santiagueño destacado que antepuso su amor por la patria, la justicia y la libertad en pos de una Patria grande, única indivisible y soberana.

miércoles, 17 de agosto de 2011

SAN MARTÍN EN SANTIAGO DEL ESTERO



María Mercedes Tenti



Luego de las derrotas de Vilcapugio  y Ayohuma sufridas por el Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano, a fines de 1813 el Segundo Triunvirato encomendó al entonces Coronel José de San Martín el mando de las fuerzas que debían marchar en auxilio -unos mil doscientos hombres- y la jefatura del ejército. Tanta cantidad de hombres transitaban con caballos y mulas y llevaban los víveres y armamentos en pesadas carretas. El viaje era lento y tortuoso, por caminos sinuosos e intransitables, por lo que debían detener su marcha, a lo largo de las postas, para alimentar y hacer descansar animales y tropas. Junto a San Martín, marchaban también doscientos cincuenta granaderos a caballo y cien artilleros montados. A todo esto debemos sumar la enfermedad del Libertador y los calores tórridos del verano que dificultaban y hacían aún más lenta la travesía.

Era función de San Martín ir incorporando reclutas, a lo largo del camino, y disciplinarlos para la lucha. Los gobernadores y tenientes de gobernadores de los pueblos del interior colaboraban enganchando hombres, además de aportar con alimentos, pólvora y ganado en pie.

La notificación del Triunvirato a los Maestros de Postas, para que preparasen la recepción del ejército libertador, se hizo con urgencia. Teniendo como fuente la documentación inédita analizada por el historiador Alfredo Gargaro, las postas correspondientes al territorio santiagueño eran las siguientes, de sur a norte:

  • AMBARGASTA O REMANSO, en el actual departamento Ojo de Agua; Carlos Peralta era el maestro de posta.
  • NORIA DE AYUNCHA, en el actual departamento San Martín, a treinta leguas de la anterior; maestro de posta José Sinforoso Santillán.
  • SIMBOLAR, en el actual departamento Silípica; maestro de posta Bernardo Morales.
  • SILÍPICA, en el actual departamento del mismo nombre, cerca de la capilla erigida bajo la advocación de la Virgen de Monserrat; maestro de posta José Vicente Rojas.
  • MANOGASTA, en el actual departamento Silípica, muy cerca de la capilla erigida en honor a Santa Bárbara. El maestro de posta era Bernardo Roldán.
  • SANTIAGO DEL ESTERO, en la actual capital de la provincia; por entonces eran maestros de posta Roque Jacinto Suárez y Juan Osvaldo Paz
  • JIMÉNEZ, en el actual departamento Río Hondo, cercana a la capilla que veneraba al Señor Hallado. Pedro Pablo Soria era el maestro de posta. 
  • VINARÁ, en el actual departamento Río Hondo;  José Marcos Jiménez era el maestro de posta.

Generalmente las postas estaban instaladas en estancias de propiedad de hacendados acaudalados, que contaban con lugares para alojar a los viajeros, albergar a los animales y  numeroso personal que atendía las tareas del servicio.

Durante el trayecto, San Martín recibió el nombramiento de Mayor General del Ejército Auxiliar del Perú, en reemplazo de Eustaquio Díaz Vélez. Con esta designación quedaba bajo su responsabilidad todo el ejército derrotado, para su reorganización y adiestramiento. El nuevo jefe del ejército se abocó de inmediato a la tarea encomendada, consiguiendo durante los cuatro meses que permaneció en Tucumán levantar la moral de la tropa y disciplinarla.

En el viaje de ida -que duró casi un mes- viajaba entre las huestes el Capitán de Infantería Martín Miguel de Güemes, quien había sido enviado  por Manuel Belgrano, castigado a la Capital. Durante el trayecto y los meses que estuvo Güemes con San Martín en Tucumán, seguramente sirvieron para que el futuro libertador tuviera más claro su proyecto  emancipador y se convenciese aún más que no era posible el camino por el norte. Lo escarpado del territorio, que atravesaba el actual noroeste argentino hasta Perú, era un flanco fácil de derrotar para los realistas.  En el norte bastaba la presencia de Güemes con sus gauchos quienes, a través de la guerra de guerrillas, podían poner una barrera sólida al avance enemigo.

La ruta libertadora debía ser por Cuyo: cruzar la cordillera de los Andes, con varias columnas que sorprendieran al enemigo y luego, una vez derrotados y con la ayuda de los patriotas chilenos, partir por mar al Perú para atacar a los realistas en el corazón del virreinato más poderoso de Sud América.

Convencido de su estrategia comenzó a poner en práctica su plan: en abril de 1914 solicitó licencia a Rodríguez Peña, para reponerse de su enfermedad en Córdoba, al tiempo que le expresaba su anhelo de que se lo nombrara gobernador de Cuyo, para iniciar desde allí la campaña liberadora.  Aceptada su licencia, entregó el mando del ejército a Fernández de la Cruz y partió rumbo a Córdoba, atravesando nuevamente los polvorientos caminos santiagueños.

El 22 de mayo desde Loreto escribió a Manuel Belgrano, que se encontraba en la ciudad de Santiago del Estero. Por la fecha de esa carta y de la que escribió a Fernández de la Cruz el 29 de mayo, diciéndole que comenzaba la ‘travesía’ a Córdoba -es decir que iba a cruzar las salinas-, se infiere que entre los días 23 y 26 de mayo permaneció en nuestra ciudad.

Teniendo en cuenta que el 25 de mayo se cumplía el cuarto aniversario de la revolución de mayo el hay quienes concluyen en que ambos próceres participaron de la ceremonia de la celebración maya (hecho no comprobado) y que el Cabildo ordenó pasear por la ciudad la bandera de la patria creada por Belgrano.

Si bien el paso del libertador por Santiago del Estero fue fugaz, recordarlo es tener presente la gesta libertadora y el aporte a la misma, con hombres, animales y pertrechos, de la sociedad santiagueña. Mientras Europa sucumbía presa del despotismo, el ideal de libertad fraterna, enarbolado por San Martín, encontró eco a lo largo de los caminos que transitaba, logrando que las poblaciones se pusiesen al servicio de la causa emancipadora.


Bibliografía

       Díaz de Raed, Sara (1978): San Martín en Santiago del Estero, Santiago del Estero.

-  Instituto Nacional Sanmartiniano (2007): Documentos para la Historia del Libertador General San Martín, Tomo XIX, Buenos Aires.

-  Gargaro, Alfredo (1950): Itinerario de San Martín al Ejército del Norte y abrazo con Belgrano en Tucumán, Santiago del Estero.

-  Lizondo Borda, Manuel (1978): San Martín y Tucumán, Junta Conservadora del Archivo Histórico de Tucumán, Tucumán.

-   Mitre, Bartolomé (1977): Historia de San Martín y la independencia americana; EUDEBA,  Buenos Aires.


lunes, 15 de agosto de 2011

MARÍA ANTONIA DE PAZ Y FIGUEROA. La primera ‘rebelde’ santiagueña


MARÍA MERCEDES TENTI
Primeros años
El papel de las mujeres argentinas en el siglo XVIII, inmersas en una sociedad patriarcal, era, sin dudas, de un rol subordinado: se dedicaban a las tareas del hogar y se preparaban para el matrimonio. No podían tomar decisiones por sí mismas, ya que eran los hombres -padres, esposos o hermanos mayores- los que lo hacían por ellas. La cultura imperante por entonces determinaba los modos de conducirse y de relacionarse, según el género.
Los espacios de sociabilidad de las mujeres eran reducidos: el hogar doméstico, las reuniones familiares, la concurrencia a la iglesia. La educación estaba restringida a unas pocas, sólo a las pertenecientes a familias de la élite, quienes accedían a los estudios elementales en sus propias casas, de la mano de algún familiar o de un maestro particular.
La niñez de María Antonia de Paz y Figueroa, nacida en Santiago del Estero en 1730, no varió respecto de la de muchas niñas de su edad. Hija del maestre de campo Francisco Solano de Paz y Figueroa y de Andrea de Figueroa, su niñez transcurrió en la encomienda de indios de su padre, seguramente correteando por las tierras de Silípica, jugando con sus hermanas y con los hijos de los nativos que integraban la encomienda paterna. Ello no fue impedimento para que recibiera una esmerada educación, poco frecuente por entonces.
Siendo adolescente, su familia se estableció en la ciudad y allí la joven María Antonia comenzó a visitar la iglesia de los jesuitas, con quienes empezó a colaborar en la preparación de los ejercicios espirituales, que se impartían en el antiguo convento. Inmersa en estas funciones, a los quince años adoptó la túnica negra como vestimenta, en calidad de beata de la compañía. No era precisamente una monja ya que, por entonces, no había, en Santiago del Estero, religiosas de vida activa. Su consagración a Dios se dio a través de un voto íntimo y personal, como una forma de religiosidad laica. A partir de entonces, su función fue ayudar a los sacerdotes, enseñar el catecismo a los niños, coser, bordar, repartir limosnas y cuidar a los enfermos.
Las prácticas benéficas le permitían, junto a otras mujeres de vida consagrada –siempre en forma privada-, desarrollar nuevos roles que la ponían en contacto con otros sujetos sociales, incluidos los provenientes de sectores populares, y salir de la esfera doméstica a la que estaban relegadas las mujeres por entonces. En ella primaba el amor, la paciencia y la entrega, tras el ejercicio del apostolado que había elegido por vocación.
Las beatas vivían en comunidad, sin votos de clausura, colaborando con las tareas de los jesuitas. Generalmente, tomaban el nombre de algún santo, por ello, María Antonia abandonó su apellido y adoptó el de María Antonia de San José. Consagrada como laica a la vida religiosa, adoptó como vestimenta el sayal negro de los jesuitas y, junto con sus hermanas en la religión, asistía a enfermos, auxiliaba a los pobres y colaboraba con los sacerdotes ignacianos en la preparación de los ejercicios espirituales, que realizaban periódicamente.


La expulsión de los jesuitas y el comienzo de su peregrinar
Cuando, por real orden del rey Carlos III, fueron expulsados los jesuitas, en 1767, quienes estaban bajo su tutela, no sólo temporal sino también espiritual, quedaron desamparados. El poder alcanzado por la orden de San Ignacio se había tornado ‘sospechoso’ para la corona, que veía peligrar su autoridad. Los jesuitas habían logrado gran influencia entre la población americana, como consecuencia de la instalación de misiones, en zonas donde los blancos no tenían prácticamente acceso, y por el desarrollo de la educación entre nativos y criollos -con su impulso y sostenimiento-, a través de colegios, bibliotecas, universidades y verdaderos centros de investigación científica. Con esta drástica medida, el rey trataba de poner fin a su ascendiente, no solamente en el plano espiritual, sino también en los aspectos científico, cultural y económico.
Sus bienes, que eran muchos y valiosos (propiedades, ganados, esclavos, etc.), pasaron prontamente a manos privadas, diputados como botín de guerra. Los nativos abandonaron las reducciones y muchos colegios cerraron sus puertas. Las bibliotecas -las de mayor valor en la colonia por la cantidad y variedad de volúmenes- fueron desarmadas y sus libros dispersados. Los ejercicios espirituales que organizaban los religiosos quedaron sin sus figuras rectoras y, como consecuencia, dejaron de realizarse.
Frente al abandono espiritual, María Antonia, que por entonces tenía 37 años, decidió tomar la bandera de los expatriados y reinstaurar los ejercicios, antes de cumplido un año de su expulsión. Comenzó a transitar, de puerta en puerta, invitando a realizar los ejercicios, bajo la dirección de sacerdotes que la respaldaban y apoyaban.
Los inició en su ciudad natal y, poco a poco, empezó a caminar los polvorientos caminos del campo santiagueño, expandiendo la práctica de los expulsos a través de los antiguos poblados que salpicaban el camino real: Silípica, Loreto, Atamisqui, Salavina y Soconcho. No conforme con ello, decidió extenderlos por los pueblos del noroeste argentino, para lo que solicitó permiso al obispo del Tucumán, Juan Manuel de Moscoso y Peralta, para pedir limosnas por las ciudades principales de la gobernación, con el fin de solventarlos.
La presencia de los jesuitas, a pesar de la expulsión real, se sentía en los ejercicios organizados por la ‘mama’ Antula –como la llamaban cariñosamente en Santiago del Estero-, ahora no solamente destinados a los hombres, sino también a las mujeres, ambos provenientes de distintos sectores sociales. Casa por casa recorría pueblos y ciudades, invitando a las familias a sumarse a los ejercicios y pidiendo limosna para mantener a los ejercitantes.
Las prácticas se realizaban, en un primer momento, en casas particulares, donde los fieles permanecían diez jornadas, reflexionando y orando en comunidad, bajo la guía de un sacerdote. Durante esos días, los participantes se alimentaban con la comida realizada con alimentos donados por la comunidad y preparados por el grupo de beatas consagradas. Así, recorrieron las provincias de Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca y La Rioja.
A los ejercicios concurrían hombres y mujeres, por separado, sin distinción de clases sociales, participando unos y otras con sus criados y sirvientas. En 1777 pasó a Córdoba donde continuó con los ejercicios en la antigua iglesia jesuita, apoyada por Ambrosio Funes -luego gobernador-, con quien cultivó una larga amistad y un interesante epistolario y con quien compartía la admiración por la obra jesuítica.

María Antonia en Buenos Aires
Dos años más tarde llegó a Buenos Aires. No le fue fácil insertarse en la capital del virreinato. Tanto el obispo como el virrey se mostraron, en un principio, recelosos de estas mujeres, objeto de burlas, calificadas por algunos de locas o de brujas, como cuenta María Antonia en cartas que escribió al padre Gaspar Juárez, jesuita santiagueño radicado en Roma, luego de la expulsión.
Tras nueve meses de espera, el obispo Sebastián Malvar y Pinto terminó aceptando su petición y, en agosto de 1780, se abrieron los ejercicios en Buenos Aires. Al principio asistían pocas personas hasta que, vencido el recelo, comenzaron a concurrir cada vez más, según lo relata la propia María Antonia:
"La gente se tira sobre esteras, colchas y colchones. Es necesario que su Divina Majestad y mi señora de Dolores me provean de habitación correspondiente a la multitud de almas que anhelan nutrirse con el mane que adquieren mediante las sabias cristianas reglas que nos prescribió San Ignacio. El alimento(…) lo da Dios muy sobrante, excesivo y sazonado, con que logro complacer a todas las que participan, quien a mas de esta dicha que logro no rehúsan mezclarse las señoras principales, con las pobrecitas domésticas, negras y pardas que admito con ellas" .

Las barreras sociales se rompían en la intimidad de los ejercicios. La concurrencia era cada vez más numerosa:

“Hubo tandas de 200 personas y la Providencia fue tan generosa que diariamente sobraba para proveer comida a los presos de la cárcel y alimentar a los mendigos que concurrían a la casa. Conque a la vista de tanto beneficio, le alabo y le doy infinitas gracias” .

Por acción de María Antonia, la fiesta de San Ignacio, que había sido suprimida en cumplimiento de las ordenanzas reales, fue restablecida después de diecinueve años. Su labor se desplegaba también en la atención de enfermos, visita a las cárceles y ayuda a los carenciados, con los sobrantes de la limosna que ella y las mujeres que la apoyaban pedían para sostener los ejercicios. Según el obispo Malavar, en los primeros cuatro años de permanencia en Buenos Aires habían concurrido a los ejercicios unas 15.000 personas,

“…sin que se les haya pedido ni un dinero por diez días de su estada y abundante manutención (…) La gente viene desde la campaña, donde viven lejos de las parroquias y de los curas. Unos que nunca se han confesado, otros que en muchos años no lo han hecho, y todos con arrepentimiento verdadero, lloran sus miserias y hacen firmes propósitos de enmendarse. Y en todos se palpa el aprovechamiento espiritual" .


Por ello Malvar dispuso que

"…ningún seminarista se ordenase sin que primero la Beata certificase la conducta con que se hubiesen portado en sus Ejercicios" .

En ocasiones, fue el obispo el encargado de dar personalmente las pláticas. Asistían grupos -separados por sexo- y participaban de los ejercicios, conducidos por sacerdotes que confesaban y daban la comunión. María Antonia tenía la virtud de atraer a la gente, no solamente para participar de estos verdaderos ‘retiros espirituales’, sino también para colaborar con limosnas, que hacían posible el sustento de los participantes.
El virrey Juan José de Vértiz y Salcedo, que en un principio objetaba la realización de estas prácticas religiosas, poco a poco cambió de opinión, no solamente por acción de la beata, sino también por influencia de la llegada del ex virrey de Lima, Manuel Guirior, cuya esposa asistía a los ejercicios con mucha humildad y devoción. Vértiz autorizó a María Antonia a trasladarse a la costa uruguaya para continuar su obra, costeándole el pasaje y yendo personalmente a despedirla. Permaneció tres años en territorio oriental -en Colonia y Montevideo- y dejó todo preparado para la instalación de una casa de ejercicios en Uruguay.
A su regreso a Buenos Aires -respaldada por varias mujeres que la ayudaba a atender a los ejercitantes, realizando labores domésticas y enseñando las primeras letras a los analfabetos-, inició una forma de organización religiosa destinada, precisamente, a mujeres que realizaban una vida en común, hacían votos privados, vestían la túnica ignaciana y obedecían a quien presidiera la casa, en este caso la propia María Antonia de San José.
Conseguida la donación de un terreno, y luego de sortear varios impedimentos, inició la construcción de un edificio, con beaterio para mujeres y un hogar anexo, refugio para prostitutas que querían cambiar su forma de vida. Enseguida comenzó la construcción de la obra y entró a funcionar la casa de Ejercicios, aún antes de estar la obra terminada. Allí, además de auxiliar en las prácticas religiosas y en los ejercicios, las beatas cosían y bordaban ornamentos religiosos y hábitos para los sacerdotes, además de ropa para familias indigentes.

Su epistolario
Conocedores de la obra de María Antonia, por el epistolario que mantenía con los sacerdotes expulsados, en particular con el santiagueño Gaspar Juárez -residente en Roma-, los jesuitas hicieron traducir sus cartas a diversos idiomas (latín, francés, inglés, alemán y ruso) y difundieron su labor a través de un opúsculo titulado “El estandarte de la mujer fuerte en nuestros días” . Su fama trascendió el virreinato para expandirse por Europa y Asia, al igual que sus prodigios.
Las cartas que María Antonia escribió al exjesuita Juárez, durante once años, se encuentran en el Archivo di Stato di Roma y fueron recopilados por Beguirztain. Alicia Fraschina analiza la cuestión autobiográfica en el epistolario de la beata, indagando cómo fue construyendo su ‘yo’, como ‘heredera’ de la Compañía, al tomar como objetivo de su misión el lema de los jesuitas “la mayor gloria de Dios y provecho de las almas” .
Por pedido del padre Juan Nicolás Aráoz, María Antonia escribió a Juárez narrándole con precisión su empresa: los lugares transitados, las mujeres que la acompañaban y los sacerdotes que daban los ejercicios. Su construcción autobiográfica, en realidad, no sólo está dirigida a los destinatarios de sus cartas, sino que trasciende el tiempo y el espacio, al ser traducidas a distintos idiomas y circular por diferentes países.
Complementa este epistolario, el que mantuvo Ambrosio Funes con el Padre Juárez quien, consciente de la importancia de la obra de María Antonia, instaba al cordobés a que
“…desde ahora y me alegraría fuese una relación exacta desde cuándo comenzó su felicísima misión dicha Beata: con qué ocasión, con qué medios y auxilios de Dios y de los hombres: el número de Ejercicios que se han dado: y en qué partes: con qué fruto particular: o qué conversiones raras ha habido en dichos Ejercicios; qué contradicciones de los hombres, y qué trabajos personales ha padecido ella, etc., etc., etc., para que de esta suerte se pudiese formar aquí una carta edificante de que resultaría grande gloria de Dios y honor de nuestras Provincias Americanas; y de no poco crédito para en delante de dicha Señora para autorizar más sus misiones, y si alguno de sus confesores o directores de conciencia enviase también por escrito un testimonio de algunas cosas particulares suyas, a que ella diese primero licencia, y declarase con humildad de espíritu y sinceridad de corazón, sería muy acertado y daría mayor realce para dicha carta edificante” .

El fruto de las cartas de Funes a Juárez, fue El estandarte de la mujer fuerte, opúsculo anónimo, verdadera hagiografía de la beata –descripta como una heroína-, a quien el autor compara con los apóstoles, santos y figuras bíblicas, aunque la describe, también, según la concepción de mujer, vigente en la época:

“…mujer de edad avanzada, ignorada, pobre, sin poder, sin crédito, sin autoridad, sin talentos en apariencia, y aún casi sin razón (…) es el imán, la veneración y aprecio de cuantos la oyen y miran pues en ella está el dedo de Dios acreditando el imperio de los débiles” .

María Antonia, en su construcción personal de la vida jesuítica, apeló también a imágenes mediadoras, puestas en evidencia durante las celebraciones o en su vida diaria: el Nazareno, que sacaban en procesión por las calles de Buenos Aires los jueves santos; su Manolito –un cristo niño sobre la cruz- que llevaba al cuello y al que atribuían capacidad milagrosa ; la virgen de los Dolores, imagen de María presenciando la muerte de su hijo, que perteneció a la antigua Compañía de Jesús, y San Cayetano, ‘santo de la providencia’, cuya veneración inicia en la Argentina.

Muerte y legado
El 7 de marzo de 1799, a los 69 años, María Antonia de San José murió en Buenos Aires. En su testamento dio cuenta de sus actos y dejó encomendado, expresamente, que una mujer debía hacerse cargo del gobierno económico de la Casa de Ejercicios. Con ello dejaba sentadas las bases de lo que fue, más adelante, la congregación de Hijas del Divino Salvador. Sus restos se encuentran sepultados en la iglesia de la Piedad. En 1905 se inició el proceso de beatificación y canonización y hoy todavía se espera, de la Santa Sede, su aprobación. En mayo de 1929, Pío XI la declaró venerable.
La primera ‘rebelde’ santiagueña, consiguió dignificar el papel de la mujer, cumpliendo funciones vinculadas culturalmente a la maternidad, en las que primaban el amor a Dios y a sus semejantes -en particular a los más necesitados-, la entrega, la paciencia y el brindarse en esta misión, que derribaba barreras sociales, ya que se preocupaba también por los pobres, los presos y las prostitutas y, a la vez, le permitía cumplir su apostolado. Supo también relacionarse con el poder político y religioso, papel que hasta entonces sólo desempeñaban los hombres, sin dejar de lado los rasgos femeninos que la sociedad de la época le asignaba a las mujeres.
Si bien los roles que desempeñaron las beatas fueron prolongación de los tradicionales, el grupo tuvo que aprender otros, nuevos para las mujeres de entonces, relacionados con aspectos legales, contables, etc. Sin lugar a dudas, y mirado desde una perspectiva histórica, María Antonia contribuyó a consolidar el papel de la mujer como sujeto social, de allí que se reafirma su denominación de “primera rebelde santiagueña”.

Bibliografía
Barbero, Estela (2002): Mª Antonia de Paz y Figueroa. La mujer fuerte; Fundación Mater Dei, Rosario.
Blanco, José (1942): Vida documentada de la Sierva de Dios María Antonia de la Paz y Figueroa fundadora de la Casa de Ejercicios de Buenos Aires, Amorrortu, Buenos Aires.
Beguiriztain, Justo (1933): Apuntes biográficos, cartas y otros documentos referentes a la sierva e Dios María Antonia de la Paz y Figueroa; Baiocco; Buenos Aires.
Bruno, Cayetano (1970): Historia de la Iglesia en la Argentina; V. VI; Don Bosco. Buenos Aires.
Fraschina, Alicia (2004): “La cuestión autobiográfica en el epistolario de María Antonia de San José, Beata de la Compañía de Jesús, 1730-1799”, en Congreso internacional del monacato femenino en España, Portugal y América, 1492-1992, Universidad de León.
Gorostiaga Saldías, Leonor ((2008): María Antonia de Paz y Figueroa. La Beata de los Ejercicios (1730-1799): Dunken, Buenos Aires.
Miglioranza, Contardo (1989): María Antonia de Paz y Figueroa, La beata de los ejercicios; Misiones franciscanas conventuales; Buenos Aires.
Olaechea y Alcorta, Baltasar (1909): Vida religiosa de Santiago del Estero, Santiago del Estero.
Tenti, María Mercedes (28 de marzo de 1999): “La primera rebelde santiagueña, María Antonia de Paz y Figueroa” en El Liberal; Santiago del Estero.
Tenti, María Mercedes (julio 2002): “La beata de los ejercicios: María Antonia de San José” en El Liberal, Santiago del Estero.

En Sitiales, libro de la Academia de Artes, Ciencias y Letras de Santiago del Estero (2010).

sábado, 6 de agosto de 2011

¿CÓMO Y PARA QUÉ INVESTIGAR EN LA ARGENTINA DE HOY?



María Mercedes Tenti


           Cómo y para qué investigar en la Argentina de hoy es una pregunta que muchos investigadores e investigadoras, más o menos avezados, con mayor o menor experiencia, jóvenes y no tan jóvenes, nos hacemos en pos de encontrar líneas de respuestas que nos permitan seguir por este camino que elegimos por vocación y convicción, sin resultar por ello, sin embargo, menos tortuoso e intrincado.Indudablemente no hay modelos estándar de investigadores a los que podamos adherir para llegar a tener éxito en la no tan sencilla empresa de adentrarnos en el campo científico -propio de las distintas disciplinas- con el objeto de buscar responder a tantos interrogantes.
           Algunos manuales, con sus ‘recetas’ de investigación, intentan convencernos para adherirnos a una u otra corriente metodológica en boga, olvidando, en la mayoría de los casos, aconsejarnos como primer paso imprescindible introducirnos en la ‘cocina’ de la investigación y, de ser posible, bajo la tutela de un avezado maestro en el oficio. 
Adquirir el oficio de investigador no es tarea sencilla y como todo oficio que se precie de tal, necesita algo de inspiración, mucho de conocimientos previos y grandes cuotas de sudor y esfuerzo puestos al servicio de esa meta lejana que nos proponemos alcanzar. Lograr la experticia en el quehacer científico requiere, finalmente, transitar un largo y a veces duro aprendizaje, aunque no por ello menos deslumbrante y apasionado.
Pero, cómo articular este camino escarpado en una sociedad en crisis como la de hoy, en una sociedad inmersa en una compleja crisis multicausal que golpea también a los investigadores que encuentran, como consecuencia, cada vez menos incentivos en su trabajo, que tienen dificultades para recrear ámbitos de discusión e intercambio y espacios para dar a conocer a sus pares, y a la sociedad en su conjunto, el fruto de tantos esfuerzos.
La investigación científica se desarrolla sincrónicamente con el transcurrir de la sociedad que la produce: nace, crece y declina con ella. Sin embargo, la mayoría de las sociedades no muere categóricamente sino que asume nuevas formas en cuya proyección no son ajenos los científicos, los artistas, los creadores y en general todos aquellos que nos comprometemos  de una u otra manera, quienes creemos en la capacidad creadora y realizadora de los seres humanos individualmente y de las sociedades colectivamente y, en consecuencia, quienes estamos convencidos  de la posibilidad de generar un cambio.
Para poder proyectar un mañana mejor para las nuevas generaciones hay que partir de una comprensión cabal de los fenómenos sociales, políticos, económicos y culturales en los que estamos sumergidos; a través de la investigación se intenta encontrar respuestas, se busca el sentido de las cosas.  Por ello, este complejo camino de la indagación crítica, si bien carga con una gran cuota de trabajo solitario y silencioso, debe ser apoyado por instituciones oficiales y privadas, abriendo sus puertas a la discusión y al diálogo, renovando sus bibliotecas para socializar los nuevos saberes entre la comunidad de estudiosos en particular y entre el público lector en general -ávidos de nuevos conocimientos-, extendiendo el marco de discusión académica en un clima de pluralismo y respeto por la diversidad de pensamiento y, finalmente, relacionándose con otras instituciones similares del país y del exterior para lograr una mayor y mejor inserción en este  mundo dinámico y globalizado que se modifica día a día.
Nuevos problemas acucian permanentemente nuestras investigaciones, nuevos enfoques modifican y transforman investigaciones tradicionales, nuevos temas aparecen en el campo epistemológico como un desafío a nuestra creatividad. Cuando tomemos conciencia del relativismo del  conocimiento científico, los investigadores e investigadoras tomaremos también conciencia de que aún hay un largo camino por recorrer.
Mientras más jóvenes en crecimiento se incorporen a este ‘metiér’, el cambio y la transformación del conocimiento científico posibilitará, sin lugar a dudas, realizar un aporte concreto tras la utopía aún vigente -a pesar de los vaticinios de los profetas del fin de la historia- de tratar de modificar algo de este difícil y conflictivo presente. Este aporte implica, indudablemente, asumir compromisos frente a la sociedad y no consentir cómplices silencios.

lunes, 25 de julio de 2011

LOS ORÍGENES DE SANTIAGO DEL ESTERO

Disertación Colegio de Médicos de Santiago del Estero
19 de julio de 2011
María Mercedes Tenti



Cuando llegaron los españoles al noroeste argentino, se encontraron con una zona densamente poblada. El actual territorio santiagueño estaba habitado por pueblos originarios de procedencia, modos de vida y lenguas distintas. Sin embargo los confundieron entre sí y los designaron genéricamente juríes. Este nombre proviene de xuri, voz quechua que significa ñandú, denominación que les dieron los españoles a los nativos, que vestían con una especie de delantal de plumas de avestruz y que se desplazaban en verdaderas "bandadas". Por este motivo llamaron a la región como de "los juríes". Pero, en realidad, los pueblos que allí habitaban eran completamente distintos.

El grupo étnico más importante era el de los tonocoté, que habitaba en la mesopotamia santiagueña –entre los ríos Dulce y Salado-, hace unos 1000 años. Eran agricultores, aunque combinaban esta práctica con la caza, pesca y recolección. Cultivaban maíz, zapallo y porotos. Vivían en aldeas ubicadas en prominencias artificiales denominadas túmulos, a la orilla de los ríos. Las chozas eran de planta circular o rectangular, con techos a dos aguas. El poblado estaba rodeado de palos a pique como defensa de los ataques de los pueblos invasores. Eran hábiles tejedores, hecho que fue aprovechado por los españoles para hacerlos trabajar en los obrajes de paños, cuando se introdujo el algodón en el Tucumán, sometidos al sistema de encomiendas. Teñían las fibras de vivos colores. Conocían la alfarería y fabricaban diversos utensilios de cerámica como pucos, urnas funerarias, vasijas, jarras, pipas, ocarinas, silbatos, etc., decorados de distintas formas y colores, grabados o pintados. También fabricaban diversos objetos de hueso como agujas, flechas, quenas, etc. En algunas zonas del río Salado se han encontrado objetos de metal como campanillas, punzones, cuchillos, pectorales, pinzas y otros, que nos hablan del contacto activo de estos pueblos con los de culturas andinas, que conocían la metalurgia.

Antes de la llegada de los españoles, grupos de pueblos huárpidos chaqueños comenzaron a desplazarse hacia el oeste y el sur, empujando y sometiendo a las tribus allí asentadas. Eran los lules, belicosos, nómades, que vivían de la caza, pesca y de la recolección de frutos y raíces silvestres. En su avance se pusieron en contacto con pueblos agricultores y así aprendieron a cultivar, aunque lo hacían temporariamente.

Los sanavirones se ubicaban al sur de los tonocotés, en la zona baja del río Dulce hasta la laguna de Mar Chiquita. Eran sedentarios y agricultores, aunque también cazaban, pescaban y recolectaban. Eran buenos alfareros y en la zona que habitaron se encontraron importantes yacimientos arqueológicos con restos de cerámica y petroglifos. También fueron encontrados gran número de torteros, usados para hilar, que nos hablan del desarrollo de la tejeduría. Enterraban a sus muertos en urnas funerarias. Vivían en casas grandes que albergaban a varias familias y estaban semi enterradas, por  falta de madera y para abrigo en el invierno. Se agrupaban en aldeas.

No se tiene certeza que los pueblos originarios, ubicados en el actual territorio de Santiago del Estero, hayan sido dominados por los incas. El contacto llegó mediante la lengua quechua, expandida por las zonas altas e introducida a Santiago por los españoles, a través de los lenguaraces con los que se comunicaban con los pueblos sometidos.

La conquista y población del antiguo Tucumán guardó relación estrecha con el espíritu moderno de toda la conquista de América. Hombres provistos de aliento conquistador y medieval que partieron en busca de posibilidades de enriquecimiento y ascenso social, forjaron los hábitos y técnicas de apropiación y colonización territorial.  La expansión de los europeos por el continente en busca de metales preciosos, pareció llegar a su fin, al sur del imperio incaico.

A partir de 1535 al disminuir el ritmo -antes vertiginoso- de la expansión territorial española en América, luego de las conquistas de México y Perú, sobrevino la conquista más difícil de territorios con poblaciones en estadio cazador-recolector asociados a agricultura incipiente, de menor densidad y de estructuras políticas y sociales más débiles. La expansión se precipitó como  consecuencia de las guerras civiles del Perú y de la necesidad de desembarazarse de los conquistadores sin empleo, aventureros, soldados y mestizos, sin ocupación, que podían volver a perturbar la paz colonial. De allí la extensión de la conquista a lo largo de la costa del Pacífico, por Chile, y la internación por la región del Tucumán, expandiéndose por el sur en búsqueda del puerto atlántico. Ambas regiones respondían a las necesidades del Perú minero. Si bien la exigencias del momento incitaban a los gobernadores del Perú a ‘descargar la tierra’ para aminorar la tensión social, al poco tiempo la acción adquirió otro valor: el de empujar las fronteras, incorporando nuevos territorios.

En 1536 Diego de Almagro había incursionado por la región del Tucumán en su paso para Chile. Pero, la primera expedición que penetró en territorio santiagueño, con genuinos deseos de conquista, fue la de Diego de Rojas. El gobernador del Perú, Cristóbal Vaca de Castro, nombró a Rojas, que había sido gobernador de La Plata (Charcas), para reconocer la región del Tucumán. En 1543 partió desde el Perú con unos cien hombres. Luego debía seguirle Gutiérrez y más tarde Heredia. Pasó por el valle Calchaquí y los llanos tucumanos; Tras continuos enfrentamientos con los aborígenes, penetró en territorio santiagueño por las sierras de Guasayayán,

En la zona de Maquijata, en un enfrentamiento con los tonocotés, Rojas fue herido en una pierna con una flecha probablemente envenenada y finalmente murió. La expedición siguió por el país de los diaguitas, recorriendo las actuales provincias de Catamarca, La Rioja y norte de San Juan, hasta entrar en Córdoba y continuar rumbo al Paraná. En esta primera entrada se levantaron, en tierras de indios, reales y fuertes de efímera existencia. La importancia de esta empresa reside, en  que fue la primera que realizó un reconocimiento efectivo de la región del Tucumán, base para expediciones pobladoras posteriores.

El movimiento de expansión y ocupación del espacio se explica como respuesta a vastos intereses privados.  Lo hizo la corona, de acuerdo con particulares decididos a arriesgar sus capitales en el sometimiento de los nuevos territorios, a cabio de beneficios económicos; Para ello firmaba capitulaciones -instrumento legal-contractual. En otros casos, aventureros y soldados decidían, por su cuenta, la empresa. Si bien las capitulaciones eran firmadas generalmente por un solo hombre, por detrás había socios capitalistas que costeaban las sociedades de conquista y participaban de sus beneficios.

Tal el caso de la entrada de Diego de Rojas, solventada por el propio Rojas, más Felipe Gutiérrez y Nicolás de Heredia, con un aporte de 30.000 pesos oro, cada uno, suma muy considerable para la época. También invirtieron montos similares o mayores otros conquistadores como Jerónimo Luis de Cabrera, Juan Núñez del Prado y Francisco de Aguirre. La carga económica recaía enteramente sobre quien capitulaba. En las probanzas de méritos y servicios de los conquistadores constaban las sumas invertidas por cada uno de ellos. Los costos de la jornada explican por qué las capitulaciones fueron siempre firmadas con personajes de caudales y alguna figuración, ya que el que capitulaba financiaba el grueso de los gastos, además de costear el equipo de los pobres y endeudados, que debían reembolsarlo al repartirse el primer botín. Había también quienes se pagaban su propio equipo y armamentos y el de otros combatientes.

Las condiciones en que se estipulaba la participación pesaban en el momento de repartir los premios. Si bien la adjudicación de mercedes de tierra, encomiendas de indios o cargos de gobierno podía recaer en guerreros de lucida actuación en el campo de batalla, frecuentemente se distinguía a la jerarquía económica del militar, que había convenido de antemano la categoría que asumiría en el reparto.

Los españoles tendían a extenderse sobre espacios desmesurados cuando el número de indios no colmaba las ambiciones de encomiendas, por ello era importante contar con cierto número de soldados que les garantizara oposición a la resistencia indígena. Muchas veces la soldadesca constituía un foco de presión que estallaba a menudo en disturbios y conspiraciones, como sucedió con la expedición de Diego de Rojas y  la de Núñez del Prado.

El carácter privado de la expansión entrañó la obligación de premiar a los responsables de la avanzada conquistadora sobre los vastos espacios vacíos. El régimen de recompensas fue establecido en función de la necesidad de incentivar el interés por la riesgosa aventura, aunque apareciera como un reconocimiento de servicios. Las mercedes, de corte señorial, fueron provistas por el mismo conquistado: indios y tierras. Las encomiendas constituían el premio más codiciado. Las disputas suscitadas en torno de ellas creaban rencillas y litigios permanentes. Cada cambio de gobernador presuponía el cambio de titular de numerosas encomiendas. Los indios encomendados fueron uno de los móviles principales de la población en territorio del Tucumán, además de la pregonada expansión de la fe cristiana.

Debemos entender la conquista del Tucumán y la fundación de Santiago del Estero como el resultado de la necesidad de ampliar las fronteras y anexar territorios, que iban a ser a la vez proveedores y contrafuertes para el desarrollo y la seguridad del Perú que, por su producción de plata, era una pieza vital del imperio. La entrada de Rojas, de una duración de tres años y medio, permitió dar una información muy valiosa sobre la región central y norte de nuestro país.

A mediados del siglo XVI, el Licenciado La Gasca acababa de poner fin a una guerra civil en el Perú y se veía en la necesidad, como antes Vaca de Castro, de emplear a la soldadesca que se encontraba desocupada y promovía desórdenes. Por ello encomendó a Juan Núñez de Prado que organizara una expedición y fundara una ciudad para proteger el camino a Chile y para que se informase de las probabilidades de ocupación del territorio y facilitara el descubrimiento de la ruta al Río de la Plata.

Núñez de Prado partió de Potosí con doscientos hombres y el 29 de junio de 1550 fundó una ciudad en el valle de Gualán -actual territorio de la provincia de Tucumán- y le puso por nombre El Barco, en honor a La Gasca que había nacido en El Barco de Ávila, en España. Realizó el trazado del poblado, conformó el Cabildo y distribuyó los indios en encomiendas.

Estando allí instalado se planteó el primer conflicto de jurisdicción con tropas chilenas, que al mando de Francisco de Villagra, obligaron a Núñez a reconocer la dependencia de su ciudad respecto de la gobernación de Chile. Una vez que se retiraron Villagra y sus hombres, Núñez de Prado desconoció su autoridad y decidió trasladar la ciudad. En 1551 la ubicó en el valle de Quiriquiri  -actual provincia de Salta- y cambió su nombre por el de El Barco del Nuevo Maestrazgo de Santiago. Poco duró en esta ubicación ya que al año siguiente, por los ataques continuos de los naturales y cumpliendo órdenes de las autoridades del Perú –ante la inseguridad de saber en qué jurisdicción se encontraba-  la trasladó en 1552,  a orillas del río del Estero - hoy río Dulce-, cerca de la actual Santiago del Estero.

El gobernador de Chile Pedro de Valdivia, por creer que El Barco estaba dentro de sus territorios, designó gobernador de esta ciudad a Francisco de Aguirre -destacado capitán que había luchado en Europa y América- y lo envió a tomar posesión de ella. Su objetivo era unir en una sola gobernación toda la tierra existente entre el Atlántico y el Pacífico, desde La Serena hasta el Río de la Plata.

Aguirre, apenas llegó a territorio santiagueño en mayo de 1553, se apoderó de la ciudad, designó otras autoridades, organizó un nuevo cabildo, distribuyó nuevas encomiendas, apresó a Núñez de Prado que estaba explorando en las cercanías, lo envió prisionero a Chile y decidió trasladar la ciudad a corta distancia de su antigua ubicación, por estar demasiado expuesta a las crecidas del río. Así lo hizo el 25 de julio de 1553 y, finalmente, le puso por nombre Santiago del Estero. Con la fundación de Aguirre comenzó  el proceso de asentamiento hispano en forma estable en la región.

Mudar la ciudad implicaba riesgos: elegir nuevo lugar, lograr la adhesión, consensuada o por la fuerza, de los capitulares -o cambiarlos como se hizo en el caso de Santiago del Estero- alterar la distribución de solares y los repartimientos de indios, etc. Si a esto sumamos que era la única ciudad existente en la zona, razón por la cual tenía que resolver sola los problemas de abastecimiento, provisiones, armas y hombres, podemos imaginarnos que los primeros años debieron ser muy difíciles. Así lo atestiguan los documentos: fueron de extrema dureza para los pobladores, que se veían obligados a alimentarse con insectos, hierbas y raíces y a vestirse con cueros de venados, además de estar permanentemente acosados por la hostilidad de los indígenas.

La importancia de fundar una ciudad en estas tierras bajas, además del pleito jurisdiccional, radicaba en instalar un poblado en una zona habitada por pueblos originarios numerosos, que ofrecieron poca resistencia, a diferencia de los diaguitas y calchaquíes, de las tierras altas, que continuaron rebelándose por más de un siglo.



La explotación del territorio se asentaba en el aprovechamiento de la mano de obra indígena. Los pueblos sometidos eran convertidos en tributarios, es decir, que estaban obligados a pagar tributos a la corona, como todo súbdito, prestando trabajo o contribuciones, en especie o en dinero. Los funcionarios reales fijaban los montos y cobraban.  La forma más común de recaudación fue mediante la implantación del sistema de encomiendas. Mediante este sistema la corona transfería a un español (generalmente en reconocimiento a sus servicios) el derecho a cobrar el tributo que los pueblos indígenas debían pagar a la corona. Como la conquista había sido financiada por los propios conquistadores, a quienes el rey otorgaba el derecho a percibir el tributo que las comunidades indígenas debían pagar a la corona, el otorgamiento de tierras o de encomiendas, aparecía como una forma de compensación. A cambio, el encomendero debía velar por los indios y convertirlos al catolicismo.

A pesar de ello, las obligaciones de los indígenas no terminaban con estas prestaciones directas. También eran sometidos a la mita –prestación copiada a los incas-, por la cual en una cantidad fija de días anuales, las comunidades debían mandar grupos de indios para realizar determinado tipo de servicios, que podía ser en la agricultura, recolección de miel, algarroba y cera o el hilado de tejido de algodón. Con ello pagaban la tasa al encomendero. También realizaban la mita de plaza, con la que contribuían en las construcciones y en la limpieza y cuidado de las obras públicas en las ciudades.  Cuando se desarrolló la explotación minera en el Alto Perú, extraían nativos de la región para el trabajo en las minas.

Otra forma de servicio fue el yanaconazgo, servidumbre personal perpetua de un español, sobre un indígena desarraigado de su pueblo. Muchas veces eran capturados en acciones de guerra o en correrías sobre los poblados indígenas. Estos yanaconas actuaron como mediadores entre la cultura española y los indígenas. Se piensa que ellos fueron los que introdujeron el quichua en Santiago del Estero.

Los abusos de los encomenderos con este sistema de dominación, especialmente con las encomiendas en los obrajes de paño, en donde hilaban, en particular las mujeres, llevó a que se promulgasen ordenanzas protectoras, la mayoría no acatada por los conquistadores.



Una vez fundada Santiago del Estero, desde Chile se continuó impulsando la población del Tucumán y desde la nueva ciudad partieron numerosas expediciones fundadoras. Así se fundaron San Miguel de Tucumán,  Nuestra Señora de Talavera de Estero –que luego fue abandonada- y Córdoba. Los problemas de jurisdicción entre Chile y Perú por la posesión del Tucumán concluyeron cuando el rey Felipe II, por Real Cédula de 1563 creó la Gobernación del Tucumán, dependiente en lo político del Virreinato del Perú y en lo judicial de la Audiencia de Charcas. A partir de entonces se desarrolló una política fundacional con objetivos precisos que eran: consolidar las fundaciones en el noroeste para una mejor unión con el Perú por Charcas y buscar una salida hacia el océano Atlántico que permitiera una comunicación más directa con España: Así se fundaron Salta, La Rioja, San Salvador de Jujuy y San Ferrando del Valle de Catamarca. Si bien hablamos de ciudades, en todos los casos se trataba de humildes villorios compuestos de casas precarias, rodeadas de palo a pique para frenar el ataque de los nativos, habitadas hacia el siglo XVI por no más de 250 vecinos españoles, que participaban, a su vez de las expediciones exploradoras y fundadoras y que eran encomenderos de varias decenas de miles de tributarios indígenas.



Se considera a Santiago del Estero ‘madre de ciudades’ porque desde aquí partieron expediciones que fundaron numerosas ciudades en el noroeste argentino. Por ello corresponde a Santiago, no sólo el mérito de ser la ciudad más antigua del país, sino también el de haberle dado un sinnúmero de ‘hijas’, muchas de las cuales subsisten en la actualidad y son pujantes cabeceras de provincias, mientras que otras desaparecieron como consecuencia de los avatares de la conquista. En realidad la formación de un modesto conjunto de asentamientos organizados en cabildos de vecinos fue el resultado de un lento proceso de fundaciones, destrucciones y traslados de ciudades que continuó aún durante el siglo XVII.

Santiago del Estero fue la primera ciudad mediterránea destinada a perdurar. La instalación en la gobernación de Tucumán tuvo características comunes y similares a las de otras áreas periféricas de las posesiones españolas y la continuidad de sus ciudades estuvo vinculada a la capacidad de administrar el trabajo indígena, para hacer producir las tierras en virtud de las demandas altoperuanas.

Además de las encomiendas, los nativos eran agrupados en los denominados pueblos de indios, en particular, luego de sancionadas las ordenanzas de amparo de Abreu y de Alfaro. Los más importantes de la zona fueron los de Soconcho y Manogasta. Estos pueblos fueron destinados a la producción textil en  los obrajes de paño. Pese a que los tributarios en sentido estricto eran los varones entre 15 y 50 años, el trabajo textil lo realizaban en particular, las mujeres. Tanto los pueblos de indios como la mita llevaron a la desestructuración de  las comunidades aborígenes. Otra encomienda importante fue la de Maquijata. Allí también producían hilados, además de ocuparse de la agricultura y de la cría de ganado.

La producción textil, sobrecamas, ponchos, alpargatas, calcetas constituían la denominada moneda de la tierra. Era un producto de intercambio que se direccionaba hacia Potosí para proveer de indumentaria a los indios que allí trabajaban. Asimismo, el primer obispo efectivo de diócesis del Tucumán, creada en 1570, con sede en Santiago del Estero, Francisco de Victoria, llegado a Santiago recién en 1582, fue quien inauguró la ruta comercial por el Atlántico con salida a través del puerto de Buenos Aires, buscando una nueva puerta hacia Europa, que no fuese la tradicional y larga, por el Pacífico a través del Perú.

La expedición que partió de Buenos Aires el 2 de setiembre de 1587, fue la primera asentada en el Libro de Tesorería de Buenos Aires y en él constan los productos exportados provenientes de Santiago del Estero: sayales, lienzo, telilla, cordobanes (ponchos), frazadas, costales, sobrecamas y lana. A sólo 34 años de la instalación de la ciudad por Francisco de Aguirre, lo producido en el Tucumán, no solamente servía para el abastecimiento de la población, sino que producía excedentes que eran comercializados hacia Potosí. Por ello se celebra el 2 de septiembre como el día de la industria. La industria argentina nació a la sombra de los telares santiagueños

Cuando los españoles ocuparon el territorio del Tucumán, la desigualdad numérica entre blancos e indios era muy grande. Un puñado de hombres consiguió sojuzgar a miles de naturales gracias a las armas de fuego y a la organización militar, sin dejar de lado la labor evangelizadora que colaboró con la empresa conquistadora.

Diego de Rojas entró con 200 hombres, Núñez de Prado con 70, Francisco de Aguirre con un número aproximado, Juan Ramírez de Velazco pobló La Rioja con unos 60 hombres y Diego de Villarroel fundó Tucumán con 50, llevados desde Santiago del Estero. Si comparamos las cifras con los aproximadamente 200.000 indios que habitaban el Tucumán, según los cronistas, podremos inferir la evidente superioridad numérica de los aborígenes, a pesar de lo cual fueron sometidos, gracias a las armas de fuego y al uso del caballo, especialmente.

 Si bien llegaron nuevos contingentes de españoles, muy pocos de los cuales trajeron sus familias (mujeres e hijos), la mayoría tuvo su descendencia del fruto de uniones, deseadas y no deseadas, con las indias. Este proceso permitió la conformación de una nueva sociedad caracterizada por el mestizaje. Santiago del Estero, estaba ubicada, en un primer momento, en un lugar estratégico, lejos de las tierras altas difíciles de dominar, en zona llana, con dos ríos caudalosos y paso en la salida hacia el Atlántico. Sirvió de polo económico por la producción de excedentes producto del uso intensivo de la mano de obra servil. Fue sede de la burocracia, del primer cabildo y centro religioso, sede del obispado, donde se alzaron las primeras iglesias.

La ciudad era, según el concepto hispánico de pueblo o ciudad, una comunidad socio-política. Un pequeño núcleo urbano poblado en un vasto y mal controlado espacio, con una periferia que constituía la campaña, con fincas, huertas, chacras y estancias, además de los pueblos de indios y luego de las reducciones. Era también una comunidad humana, un lugar de gestión y dominación vinculado a la primacía social del aparato político-administrativo.

Con el correr del tiempo, Santiago del Estero fue perdiendo su importancia frente a otras mejor ubicadas, situación que llevó al cambio de sede de la conducción política y religiosa. Su composición social también se modificó cuando se introdujeron negros africanos como mano de obra esclava, en reemplazo de la indígena que tendía a desaparecer como consecuencia de los enfrentamientos y enfermedades. A pesar de ello, su primacía urbana le cabe a Santiago del Estero, como la primera ciudad fundada en el actual territorio argentino, que permanece hasta la actualidad.

EL FOLCLORE EN LASLUCHAS POR LA ORGANIZACIÓN NACIONAL   https://www.academia.edu/168899440/El_folclore_en_las_luchas_por_la_organizaci%C3%B3...