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martes, 12 de julio de 2011

ICAÑO, LOS ORÍGENES ENTRE EL MITO Y LA CONSTRUCCIÓN COLECTIVA

María Mercedes Tenti
Icaño está ubicado a ciento ochenta y cinco kilómetros al sudedeste de Santiago del Estero, sobre la ruta nacional Nº 34, que acerca a las provincias del noroeste al litoral. El 15 de julio de 1892, la cámara de Diputados dictó una ley mediante la cual creaba el pueblo de Icaño, aunque ello no implica que, antes de esa fecha, no hubiese existido población, ya que, aparentemente es el poblado más antiguo del departamento Avellaneda. Antes, pertenecía a la jurisdicción de El Bracho, en una zona ganadera. Ubicado en la costa del río Salado, data del tiempo de la conquista. Según notas de Alfredo Gárgaro, la voz Icaño proviene del nombre de un pueblo indígena, radicado sobre la margen derecha del río. Por su parte, Andrés Figueroa, sostuvo que la palabra Icaño corresponde a chingolo -icancho en quechua- por la abundancia de este pájaro en la región.
Originariamente, esta zona estuvo habitada por los tonocotés, de origen brasílido. Poco se conoce de sus características físicas, pero de acuerdo a los estudios realizados con los restos fósiles encontrados en la zona del río Salado, se infiere que eran de estatura regular, de cara ancha y nariz mediana. Vestían con un delantal de plumas de avestruz, los hombres, y las mujeres delantales confeccionados con fibra de chaguar o de tela de guanaco o llama. Ambos solían cubrirse el torso con mantas, en el invierno. Eran sedentarios. Practicaban la agricultura además de la caza, pesca y recolección; cultivaban maíz, zapallo y porotos. Eran muy buenos pescadores. Criaban aves domésticas y ñandúes y recolectaban algarroba, tuna, chañar, mistol y raíces silvestres. Eran hábiles tejedores. Teñían las fibras de vivos colores con tinturas de origen vegetal, animal o mineral. Conocían la alfarería y fabricaban diversos utensilios de cerámica como pucos, urnas funerarias, vasijas, jarras, pipas, ocarinas, silbatos, etc., decorados de distintas formas y colores. También fabricaban diversos objetos de hueso como agujas, punzones, flechas, quenas, etc.
Vivían en aldeas ubicadas en prominencias artificiales denominadas túmulos, a la orilla del río. Las chozas eran de planta circular con techos a dos aguas. El poblado estaba rodeado de palos a pique como defensa de los ataques de los pueblos invasores. Sus armas eran el arco, la flecha, las boleadoras y las lanzas. Enterraban a sus muertos en urnas de gran tamaño, o en otras más pequeñas depositaban los huesos luego de producido el descarne. A las urnas funerarias las decoraban con dibujos e incisiones. Los tonocotés eran gente alegre, aficionada a cantar y bailar y a embriagarse. Preparaban sus bebidas de algarroba y maíz.
Cuando llegaron los españoles los sometieron rápidamente, gracias a que eran pacíficos. Les interesaba esta zona por la abundancia de mano de obra servil para explotar en su provecho. Así, los hacían trabajar, sometidos al sistema de encomiendas, en los obrajes de paño de algodón, en los que tejían los más diversos productos, que eran aprovechados por los conquistadores para comercializarlos. Después de las Ordenanzas de Alfaro, en 1612, se crearon los pueblos de indios que eran agrupaciones de aborígenes, del mismo pueblo u otros dispersos, que debían tener autoridades propias, hecho que, muchas veces, no se cumplía y que, en realidad, llevó a la desestructuración de las antiguas comunidades originarias. En Santiago del Estero la institución fracasó porque los españoles preferían tener a los indios en encomiendas, para mayor control y aprovechamiento propio.
Di Lullo, en su libro Viejos Pueblos, señala que era encomendera de esta zona, en 1717, Josefa de la Cerda, viuda del capitán Diego Ramírez. La primera vez que encontramos la mención a Icaño en las Actas Capitulares de Santiago del Estero es, en referencia a un pueblo de indios llamado así, en 1737. En el acta se fijaba que para la festividad de Corpus debía decorarse el pueblo con arcos, a costa de los españoles. En 1737 aparece como encomendero Agustín Díaz Caballero, superponiéndose, como vemos las instituciones de pueblo de indios y encomienda.
En el período independiente y autonomista, perdemos rastros de Icaño, por falta de documentos, aunque se encontraba cerca de la línea de fortines. Juan Felipe Ibarra convirtió a estos parajes en importante zona ganadera. Recién vemos que cobra visibilidad, nuevamente, en la segunda mitad del siglo XIX, a partir del avance que hacen los Taboada sobre la frontera india, es decir el río Salado que actuaba como límite natural. Iniciaron tres acciones: apropiación de la tierra, proyecto de navegación del Salado, para buscar una salida por agua al mar y construcción de un canal que uniera los ríos Dulce y Salado. Para la construcción del canal se había firmado un convenio con una compañía de capitales mixtos, en la que participaba el representante norteamericano Tomas Page –que había planeado la navegación del Salado- y se planeaba la construcción del ferrocarril al Chaco, proyectos, todos, que no se concretaron.
El clan Taboada y sus familiares, entre 1856 y 1858 compraron más de 200 leguas en el departamento Matará a vil precio. En algunos casos las adquirían por compra directa y, en otros, las compraban luego en los remates. Más tarde, vendieron parte a Esteban Rams y Robert, el empresario interesado también en la navegación del Salado y a otros capitalistas extranjeros o de Buenos Aires que comenzaron la explotación del bosque. Se especulaba con la valorización de las tierras, después del trazado ferroviario y del canal. Esteban Rams hizo construir hacia 1866 el primer canal del departamento y, probablemente, de la provincia, que lleva su nombre (de dos km.), cuyas aguas eran aprovechadas para la ganadería y la agricultura. Por entonces se nucleaba la población en el lugar denominado Las Trincheras, poblado de arboledas, donde se cree que la gente se atrincheraba frente al ataque de los indios.
En esta época ubica Di Lullo la existencia del legendario baqueano Pérez, llevado a las tolderías, siendo niño, luego de un malón, y que regresó al poblado como ‘lenguaraz’ e intermediario entre indios y criollos. A su gestión se debió la incorporación de aborígenes como mano de obra barata para desmonte, luego de la llegada del ferrocarril y comenzar la explotación forestal. Algunos se plegaron a vivir como los cristianos, otros regresaron al monte.
El ferrocarril Buenos Aires y Rosario se empezó a construir en 1876. Recién en 1890 se inauguró el tramo entre Pinto y La Banda. A la vera de los rieles fueron creciendo poblaciones, entre ellas, cobró fuerzas la estación Icaño. La población según consigna El Liberal fue iniciada por Mariano Palavecino quien, desde Gramilla, se trasladó al lugar con su familia para dedicarse, especialmente a la siembra y cosecha de trigo. Poseía dos molinos de piedra. Uno de sus primeros comerciantes fue Timoteo Pacheco, quien se dedicaba también a la agricultura.
La creación del pueblo en 1892 respondía a una política pública desarrollada por los gobiernos provinciales, de creación de pueblos en lugares aledaños a las estaciones ferroviarias y la reorganización de los ya existentes. Por ello, comenzaron a legislarse fundaciones, con delineaciones pre-establecidas, repartir terrenos entre los allegados al gobierno y percibir mejor la renta pública. El Poder Ejecutivo adquiriría las tierras, de conformidad con la ley general de expropiación, y fundaba en ellas las villas o pueblos, diseñados en cuadrículas, con una extensión de cien manzanas, de una hectárea cada una, divididas en ocho solares y separadas por calles de veinte metros de ancho, rodeada por una calle más amplia, de cuarenta metros; Las quintas eran de dos hectáreas y las chacras de cuatro.
El gobierno reservaba los terrenos necesarios para establecimientos públicos, plazas y paseos y el resto de los solares y los lotes de quintas y chacras eran cedidos, durante el primer año, a quienes lo solicitaban y cumplían las condiciones exigidas por ley. De esta manera, las familias cercanas a la élite se apoderaron de lotes estratégicos en las principales zonas de la provincia. Antes de la fundación de los pueblos, en zonas en las que se asentaban las estaciones, en primer lugar se nombraba al recaudador, luego al juez de paz y al comisario y, recién, se sancionaba la ley fundacional; Se observa, en consecuencia, que interesaba, en primer lugar, la percepción de las rentas y luego disciplinar a la población rural aledaña, para realizar finalmente el acto fundante de erección del pueblo. Todo esto debe enmarcarse dentro del impulso económico que fue tomando por entonces la explotación forestal y la importancia que adquirió el impuesto a dicha explotación que, poco a poco, fue transformándose en uno de los más importantes ingresos del fisco.
La firma Barbel Mutal y Cía. fue la primera que se estableció en la zona, con un aserradero en 1889, para explotar los bosques vírgenes. En 1890 se designó el primer comisario de la localidad: José Lugones, como se dijo, antes de la fundación del pueblo. El comisario, además de las funciones señaladas era una pieza clave en época de elecciones para llevar a los votantes.
En el siglo XX el flamante pueblo ya contaba con comisión municipal, que tenía comunicación directa con el gobernador. Los obreros lograron la conformación de un centro obrero que respondía a ideas socialistas. En 1906 se llevó a cabo la primera huelga del aserradero, apoyados por la Central de Trabajadores de La Banda. No consiguieron la adhesión de los trabajadores del aserradero de Colonia Dora.
De la mano del ferrocarril, llegaron inmigrantes italianos, árabes, judíos, alemanes, franceses, norteamericano, españoles, checoslovacos, ucranianos, que junto a la población criolla (mestiza e india), fueron forjando este pueblo que, a pesar de un pasado de grandeza soñado y con una realidad dura y difícil por el desgranamiento económico y social que tuvo que atravesar, continúa luchando gracias al tesón y amor de sus habitantes.
El pueblo fue conformándose con sus instituciones claves: La primera escuela pública provincial -hoy escuela Absalón Rojas- se abrió en 1891 -en realidad antes de la creación oficial- y la nacional en 1910. También de fines del siglo XIX se sabe de la conformación de la Sociedad de Beneficencia, integrada por mujeres de la élite pueblerina, empeñadas en la atención de niños pobres y fomento de la educación, de allí su esfuerzo en la construcción de un edificio para la escuela. La asociación femenina ocupaba un espacio de prestigio, que brindaba la beneficencia.
La crónica de El Liberal, en la transición entre siglos, destaca las riquezas del actual departamento Avellaneda, la importancia de la ganadería y la gran cantidad de agua que transportaba el río Salado. Los moradores construían pozos para juntar el agua para la agricultura, y, en consecuencia, el paisano, con poco esfuerzo, sembraba y cosechaba. La zona estaba poblada de grandes bosques de quebracho donde trabajaban miles de obreros que labraban durmientes, postes, rollizos y cortaban leña. El movimiento comercial era bastante satisfactorio.
Según el diario, asolaban al poblado, siete plagas que eran: 1) Los indios: frecuente robo de ganado; mataban y saqueaban. 2) El cuatrerismo. 3) La langosta. 4) El carbunclo, que diezmaba el ganado vacuno. Era una peste que contagiaba también a las personas y, en consecuencia, algunos hasta morían. 5) La renguera; peste por la que moría el 50 % de hacienda yeguariza y mular por año. 6) Las autoridades principales que hacían de agentes judiciales o procuradores. 7) El juez de paz, especulando en los zapatos de los muertos iniciaba juicios testamentarios de oficio para asegurar bienes.
Durante la primera década del siglo, los indios continuaban con sus ataques en las costas del Salado, como respuesta a la invasión de los blancos sobre sus tierras. Los malones dejaban numerosas víctimas y robos de haciendas. Las poblaciones, completamente desamparadas, sin armas para defenderse y sin medios, se refugiaban en los montes quedando sus bienes al capricho y antojo de los indios.
En 1904, se editó el periódico “El Icañense” dirigido por Luis Contreras. La imprenta, que lo hizo posible, fue adquirida por medio de acciones entre los principales vecinos del lugar. Si bien era una población con pocos habitantes tenía ‘vida propia’. Se creó el Registro Civil, se estableció un polígono de tiro, para la práctica de tiro al blanco, y, más tarde un cine teatro que permitía que la magia del celuloide llegara a la población.
Con las vías férreas, también llegó el deporte. En 1905 se creó el primer club de futbol, el Atlético Icaño que lucía su camiseta roja y blanca con rayas verticales. En 1920 fue cambiada por camiseta blanca con una franja roja cruzada en la espalda, en 1922 por celeste con bolsillo blanco y, a partir de 1923 se adopta el negro con pechera, puño y bolsillo con ribetes blancos. Además del divertimiento y la competencia entre los futbolistas, se organizaban torneos regionales con Colonia Dora y Herrera. Los terrenos del ferrocarril era, en un principio, la cancha donde se disputaba el triunfo.
Como para reforzar el mito fundacional, en Icaño también vivió Fabián Tomás Gómez y Anchorena, llamado “el Conde del Castaño”. Hijo del santiagueño Fabián Gómez del Castaño y de la porteña Mercedes de Anchorena. Tuvo una vida novelesca: Por la familia de su madre, perteneciente a una élite ganadera y terrateniente, heredó una cuantiosa fortuna. Este “dandi” porteño en ciernes, al cumplir 18 años, se enamoró de la cantante de ópera italiana Josefina Gavotti, que le llevaba más de doce años, y que había llegado al país para actuar en el Teatro Colón. Fabián Gómez inició su vida aventurera con un casamiento sensacional en Buenos Aires, que más tarde habría de anular el Papa, al saberse que Josefina estaba casada en Italia.
Empezó a viajar por Europa y en uno de sus viajes entabló amistad con la reina Isabel de Borbón, a quien ofreció su fortuna para la restauración de la colonia española. En premio a sus servicios, el rey le concedió el título de “Conde del Castaño”. Después de una vida de derroche, pobre y arruinado regresó a la Argentina, donde contrajo matrimonio, por tercera vez, con una santiagueña, Victoria Ponce. Su segundo casamiento había sido con una marquesa española. Este personaje murió en Icaño, el 25 de Julio de 1918. Su tumba permaneció muchos años olvidada en el cementerio de Icaño, hasta que los Anchorena, sus familiares, lo trasladaron a Buenos Aires. Se lo recuerda como el conde de Icaño.
Pero sin dudas, quien dejaría más su impronta en la región fue Emilio Wagner, perteneciente a la nobleza francesa y miembro de la Legión de Honor llegó siendo muy joven a América del Sur, a fines del siglo XIX. Viajero, naturalista, explorador, botanista, arqueólogo, desarrolló, a partir de 1901 una intensa vida científica a la que se unió tiempo más tarde su hermano Duncan. La vida de Emilio, estuvo siempre ligada a la de intelectuales, asociaciones e instituciones académicas, sobre todo francesas.
Los Hnos. Wagner desarrollaron la teoría de la existencia de una denominada Civilización Chaco-santiagueña, que descubrieron en Llajta Mauca, con el testimonio de cientos de urnas funerarias, con adornos en relieve, torteros, piezas de alfarería, ocarinas de arcilla cocida, cráneos y restos humanos, pequeñas estatuillas. Basándose en ello postularon el descubrimiento de un Imperio de las Llanuras o Imperio de las Planicies, de constructores de túmulos, para ellos antecesora de las civilizaciones de las Altas Planicies. Además de ser reconocido por la academia europea, aunque no por la argentina, fue designado director del Museo Arcaico. Emilio Wagner se instaló en Icaño que fue su pasión. Construyó su casa, en Mistol Paso, sobre las barrancas del Salado, donde vivió con su mujer y sus hijas. Allí cultivaba la tierra, realizó obras hidráulicas para levanta el agua del río, para regar plantaciones de alfalfa, maíz, tomates y toda clase de hortalizas.
El siglo XX fue, en general, para Icaño un siglo de trabajo y sacrificios. Hacia 1911 la Jewish Coloniation Association, compró al este de Icaño y en Colonia Dora, 3.000 has. para la conformación de una colonia, donde sembraban, entre otras cosas, algodón y maíz. El intento fracasó posteriormente por la falta de agua.
Siempre quedó pendiente la construcción del canal que uniera el río Dulce con el Salado. Como ustedes saben, el Salado puede traer gran cantidad de agua, inundar las tierras cercanas, pero también traer muy poco caudal. Después de la desforestación y a pesar de un apogeo inicial de la agricultura, a partir de la trágica sequía de 1937 se agudizó el drama de la falta de riego.
En 1949 se inauguró un canal en Bandera Bajada, de 30 km. La obra se comenzó en 1946, pero diversas dificultades administrativas retrasaron su terminación. El objetivo vital del canal era restablecer la producción agrícola de Colonia Dora, Icaño, Herrera y otros centros, ya que una extraordinaria masa de agua se perdía en extensiones enormes. Más tarde, el canal de Jume Esquina constituyó una nueva esperanza, también frustrada. La construcción de diques en la cuenca salteña, agudizó aún más el problema.
La cuenca baja del Salado podríamos decir que vive en “estado de emergencia” e Icaño, como el resto de las poblaciones aledañas, se ve perjudicada. Sin embargo, a pesar de ser tradicionalmente de muy poca densidad poblacional y, a la vez, expulsora de población, posee ese algo que ata a la gente a la tierra y, con tesón y empeño continúa luchando para insertarse en la comunidad provincial y nacional. Ese esfuerzo se ve en los niños y adolecentes que concurren a la escuela, en la labor de la biblioteca popular, en la prensa, como aquella Tribuna Libre de los 60’, en la conformación de la Sociedad de Agricultores Icañenses, afiliados a las Federación Agraria Argentina, en la continuidad de antiguas tradiciones como las trincheras, en las que desfilan engalanados jinetes alrededor de la pista y a la que concurren cientos de personas, de diferentes parajes y regiones, en pro de divertimiento y celebración.
De una u otra manera Icaño está presente y sobrevive a los avatares de la vida con una vocación de continuidad que transmite a las jóvenes generaciones. La historia de Icaño se sigue construyendo con esfuerzo y tesón de sus habitantes que la hacen día a día.

Bibliografía y fuentes
Boletín Oficial (1892), Santiago del Estero.
Carrera, Julio (2011): Historia de Icaño, Comisión Municipal de Icaño, Icaño, Santiago del Estero.
Di Lullo, Orestes (1954): Viejos Pueblos, Santiago del Estero.
Tenti, María Mercedes (1995): Historia de Santiago del Estero, Santiago del Estero.
Tenti, María Mercedes (1998): “Cien años de Historia”, en El Liberal Cien años, Santiago del Estero.
El Liberal (1899-1911): Varios, Santiago del Estero.
El Liberal (1968): 7º Aniversario, Santiago del Estero.
Ocampo, Beatriz (2004): La nación interior, Antropofagia, Buenos Aires.

sábado, 18 de junio de 2011

NUEVA COLONIAMANTA de Ilda Juárez de Paz

MARÍA MERCEDES TENTI
Hoy presentamos esta segunda edición del libro Nueva Coloniamanta, de Ilda Juárez de Paz, ‘un libro con historia’, como la autora lo define para hacer referencia a su primera edición, en 1987, hace veinticuatro años. Esta definición hace, verdaderamente, honor a esta obra, originariamente pensada para enseñar la escritura de la lengua quichua, concebida por esta docente de alma -como es Ilda-, con la colaboración de sus entonces pequeños alumnos de la escuelita de Nueva Colonia, en el departamento Figueroa.
No sólo es un libro con historia, porque fue concebido hace un cuarto de siglo, sino también porque en él se ven los frutos de una empresa aún mayor, iniciada por Domingo Bravo cuando concibió una signografía especial para esta lengua ágrafa, como es el quichua. Bravo fue, sin lugar a dudas, quien más aportó para el estudio de este dialecto santiagueño, su difusión y conservación. Fueron sus estudiantes, egresados del curso que dictó en la UNSE hasta su muerte, quienes continuaron con su obra en aulas, cursos y obras de divulgación de distinta índole.
Ilda siguió este camino y su primera publicación, que es precisamente el libro que hoy presenta, reeditado,  fue nada más que el inicio de otros, pensados todos con fines didácticos, con el propósito de llevar el quichua santiagueño a las escuelas y brindar a los docentes un material pedagógico útil y sencillo, como contribución invalorable para la preservación de esta lengua, en vías de extinción.
Concebido casi como una empresa colectiva, en él se ve palpitar a gran parte de la comunidad de Nueva Colonia, tanto en los diálogos, en la forma de expresarse, típica de quienes hablan quichua como lengua materna, en las coplas, en los dichos, en las costumbres y actividades cotidianas, algunas ya casi olvidadas,  otras aún vigentes.
Mención especial merecen sus estudiantes, algunos presentes en la fotografía de la contratapa, que fueron quienes ilustraron la tapa y cada una de las lecturas, según los códigos de su propio lenguaje visual, y quienes también elaboraron algunos de los textos. A través de ellos, vislumbramos formas de vida y paisajes que, como el quichua, se van extinguiendo de a poco, ante el avance de la deforestación y de la frontera agrícola, modificando el ecosistema, liquidando también especies vegetales y animales, a pesar del poco tiempo transcurrido. Parecería que los cambios se aceleran pero, sin embargo, el quichua como algunas costumbres, empecinadamente se conservan, casi con un esfuerzo sobrehumano de resistencia cultural, frente a los embates de factores externos, globalizados, que tratan de disolverlos.
El quichua, como muchas lenguas de los pueblos originarios, se encuentra hoy amenazada y en vías de extinción. Las lenguas indígenas son parte integrante del patrimonio cultural y lingüístico nacional. La pluralidad de lenguas es una expresión  de la composición multicultural de la nación argentina. Está en nosotros preservarlas.
Para ello se debe trabajar en conjunto con las comunidades reservorio de las lenguas, preservándolas a las propias lenguas y  a su enseñanza, y asegurando su derecho a salvaguardarlas y trasmitirlas, y el derecho de los quichua hablantes a una educación multicultural bilingüe, a través de proyectos de mayor cobertura, como los de mejoras en la calidad de vida, de planes educativos propios, reafirmando, asimismo, su derecho a desarrollarlos.
Otras actividades importantes, además de la formación de docentes que conozcan la lengua de sus estudiantes, son la formación continua a través de eventos, como encuentros, congresos o seminarios; producción de materiales lingüísticos de diversa índole (diccionarios,  rescates de archivos, archivos orales, recopilación de historias de vida, etc.) y la elaboración de una base de datos sobre las diferentes lenguas indígenas del país.
La incorporación en el censo 2010 de la pertenencia a pueblos originarios abre un camino. Sin embargo, podría haber sido más abarcativo, si se hubiese incluido la pregunta sobre el uso y conocimiento de lenguas aborígenes. Ello nos hubiera permitido tener un conocimiento cabal sobre la persistencia y/o desaparición de lenguas indígenas, entre ellas el quichua. 
Convencidos de que el rescate y valoración de este patrimonio intangible o inmaterial de la nación -como es el quichua, junto con otras lenguas-,  de inmensa riqueza cultural y humana, dará pie a una mayor comprensión sobre las características particulares de los argentinos en general y de los santiagueños en particular  y, por ende, contribuirá mejor al entendimiento entre los argentinos, heterogéneos y multiculturales, a pesar de los intentos de homogeneización, promovido desde los medios de comunicación hegemónicos.
El trabajo de varias décadas de Ilda Juárez de Paz, coronado con esta reedición de su primer libro, más otro aparecido el año pasado sobre vocablos quichuas en la toponimia de Santiago del Estero, son un gran aporte para el rescate y valoración de las lenguas originarias y la afirmación de la provincia como una región bilingüe, patrimonio de población criolla  e indígena (según las zonas), con muchos hablantes receptivos de la lengua, que les permite comprender órdenes, palabras sueltas, frases frecuentes del dialecto de sus mayores, aunque no  hablarlo fluidamente.
Estos semi hablantes, más otros que alguna vez hablaron, pero que por el contexto en que se desenvuelven fueron olvidando,  pero que, sin embargo, pueden recordar palabras o frases en la lengua de sus padres o abuelos, aunque no la utilizan como instrumento de comunicación, ni las transmiten a sus hijos, tienen que romper las barreras del monolingüismo.
Los libros de Ilda Juárez de Paz nos muestran cómo el quichua santiagueño, resistido y resistente es, por sí mismo, un instrumento propio de quienes lo hablan para  manifestar el conocimiento del mundo. En consecuencia, constituye un símbolo de la identidad cultural del santiagueño y, por derivación, patrimonio cultural argentino.
Nueva Coloniamanta, de Ilda Juárez de Paz, escrito desde Nueva Colonia “para los hermanos santiagueños, como homenaje a la comunidad bilingüe de la provincia”, según lo sostiene la autora, contribuye a la preservación de la lengua quichua santiagueña, sus usos y costumbres.

miércoles, 15 de junio de 2011

LA NACIÓN INTERIOR


Canal Feijóo, Di Lullo y los hermanos Wagner. El discurso culturalista de estos intelectuales en la provincia de Santiago del Estero de BEATRIZ OCAMPO

María Mercedes Tenti

Los procesos de construcción de la nación han sido uno de los campos que más preocupó a los intelectuales, de las más diversas disciplinas, en los últimos tiempos. Frente a los procesos de globalización, que pareciera reprueban el modelo de construcción del estado-nación moderno, surgen nuevas interpetaciones que, desde el interior de las naciones, intentan elaborar discursos diferentes con el propósito de superar las asimetrías manifiestas e insertar las problemáticas locales junto a las propias del  mundo globalizado.
Nuevos objetos de estudio permiten a los cientistas sociales inquirir, con distintas miradas, discursos ya estudiados desde otras perspectivas en la búsqueda de originales teorías que permitan explicar diferentes realidades, pero teniendo siempre presente que toda producción está surcada por pautas desiguales de relaciones de poder.
Beatriz Ocampo, una intelectual entrerriana que las circunstancias de la vida fue llevando por distintos caminos que abarcaron varios continentes (América latina y anglo sajona, Europa y África), desde Santiago del Estero intenta escudriñar la conformación de “la nación interior”. Esta suerte de ‘nomadismo cultural’ le permitió construir una visión más amplia de la ‘aldea global’, y reforzada por su mirada antropológica, indaga en esta obra los particularismos provinciales que, paradójicamente -en tensión dialéctica no resuelta- buscan diferenciarse en el contexto nacional para poder insertarse con  cierta solidez en este mundo heterogéneo y asimétrico.
Desde la periferia de la periferia, su mirada sagaz avizoró las diferentes configuraciones que, desde la provincia, buscaban construir un discurso legitimador que resaltara su singularidad y, paradójicamente, su universalidad. Tres exponentes de la intelectualidad santiagueña la desvelan (en realidad cuatro): los hermanos Wagner (Emile y Duncan), Bernardo Canal Feijóo y Orestes Di Lullo; tres miradas diferentes, tres concepciones distintas de la provincia. Todas con la misma intencionalidad manifiesta: sus pensamientos los sepa y los une.
Los Wagner, desde una visión universalista,  trataron de ‘construir’ el ‘otro’ santiagueño -originado en un supuesto pasado de grandeza-, concibiendo la ‘civilización chaco-santiagueña’ para coronar su propia inserción en la comunidad científica internacional. Canal Feijóo, a partir de una concepción moderna y liberal, buscaba resolver la oposición interior vis-à-vis puerto de Buenos Aires.  Di Lullo, desde un pensamiento nacionalista, católico e hispanista reducía su mirada a la configuración de la provincia buscando, especialmente, lo que la singularizaba.
Su nexo de unión más importante fue sin dudas su pertenencia a La Brasa, institución que floreció en la provincia entre los 20’ y los 40’ del siglo pasado y que aglutinó a hombres de la élite intelectual santiagueña, de diferentes ideologías y posturas políticas, en la construcción de un espacio trascendente para la cultura local. La Brasa se constituyó así en la arena sobre la que se fueron dibujando los discursos culturalistas de estos intelectuales, con sus concepciones de la provincia vis-à-vis la nación.
Con una narrativa rica y amena Beatriz Ocampo nos introduce en las vidas de los autores y, a través del análisis de documentación inédita, reconstruye sus biografías y desentraña sus pensamientos. Paralelamente intercala argumentos interpretativos basándose en una amplia bibliografía que da sustento a su teoría.
Indagando en archivos privados sin catalogar, especialmente el archivo Wagner, descubre documentos que le permiten abordar su interpretación en clave antropológica. Mito y realidad se entretejen en la construcción de diferentes identidades que, sin embargo, tienen algún punto de confluencia.
El interés de Beatriz, según ella misma lo sostiene, no es, en el caso de los Wagner, desentrañar la verdad o falsedad del ‘descubrimiento’ arqueológico, sino tratar de descubrir la representación que del mismo tenían las élites santiagueñas, dentro de un ethos culturalista propio de la provincia en la primera mitad del siglo XX; Representación contraria a la del proyecto civilizador decimonónico que olvidó el interior en pro de una visión demasiado orientada al puerto.
Advierte que los intelectuales de La Brasa se apoyaban en el descubrimiento arqueológico para dar origen al mito de la provincia. Ello explica la opción de los Wagner por el término ‘civilización chaco-santiagueña”; enfrentada a la tradicional dicotomía sarmientina de civilización o barbarie, en la que los indios estaban incluidos en la segunda categoría. A pesar de ello, en el libro de los Wagner no se vislumbran los ‘hacedores’ de la civilización. La ‘civilización’ descubierta parece emerger de seres superiores emparentados con antiguas civilizaciones orientales, sin conexión con los nativos santiagueños.
Canal Feijóo, martinfierrista, antipositivisa, mundano, elitista, brindó a su provincia natal de un prestigio intelectual que antes no había gozado. Veía la pobreza santiagueña y del noroeste argentino como consecuencia del abandono de la nación y el desgranamiento de cada provincia en sus ‘provincianías’, en lugar de abordar entre todas la búsqueda de soluciones comunes a problemas comunes. A través de diversos ensayos indagó conceptos y realidades, explorando respuestas que permitieran modificar el presente de su ‘provincia pobre’ devenida en ‘pobre provincia’.
Beatriz analiza la obra de Canal desde múltiples perspectivas: sus estudios, influencias intelectuales, investigaciones. En su narrativa indaga los intentos del autor por desentrañar la relación sociedad, política y economía a partir de un ethos culturalista específico, afirmando su universalismo, desde lo particular. Sus estudios del folklore resitúan a la provincia dentro del contexto nacional, defendiendo la continuidad hispano-indígena. El pensamiento de Canal Feijóo es minuciosamente desarrollado teniendo como premisa interpretar la concepción de identidad subyacente en el mismo. Su propósito fue interpretar la nación desde la provincia para insertarla en el concierto de las naciones del orbe.
Di Lullo -al igual que los autores precedentes y  que otros científicos y artistas de la época- se preocupó, dentro de su múltiple producción intelectual,  por el estudio del folklore santiagueño. A través del mismo, buscó afianzar su sentido de nacionalidad y construir su propia representación de la provincia, pensada desde una perspectiva nativista, hispanista y católica. Beatriz Ocampo indaga los motivos de la circunscripción de Di Lullo al nativismo, constituido, a su juicio, “en una especie de nacionalismo étnico de la región”. Advierte su nostalgia por el pasado y su oposición a la modernidad, amenazadora de la cultura local.
Los tres autores constituyen, a juicio de la autora, una vanguardia intelectual que elabora diferentes discursos fundacionales, cargados de elementos simbólicos. En todos ve evidencias de un reclamo por una forma diferente de otredad; de construcción de un ‘nosotros’ (la provincia) frente a los ‘otros’ (la nación), pero desde distintas perspectivas analíticas y diferentes caminos de resolución de conflictos.
A partir de un enfoque propio de lo que podríamos denominar estudios culturales, pone en duda los supuestos existentes sobre los autores que analiza -en lo relativo a la construcción de la provincia vis-à-vis la nación-, buscando la comprensión de símbolos y mensajes en los discursos de los referentes intelectuales y demostrando su preocupación por la interpretación de la cultura contemporánea santiagueña, desde nuevas configuraciones. La investigación realizada le permite vislumbrar un ámbito diferente para tratar de comprender la construcción de la nación desde una mirada local. Esto, paradójicamente, impulsa su pensamiento y líneas de análisis hacia un escenario y una concepción más universal.
“La nación interior” nos permite pensarnos a nosotros mismos, comprender que las ideas tienen una historia y que su despliegue en el tiempo nos exige una indagación que dirija a la comprensión de sus originalidades y de las mutaciones que las diversas interpretaciones generaron en la recepción de esas obras y de esos pensadores.


[1] Historiadora; Doctora en Ciencias Sociales,  Magíster en Estudios Sociales para América Latina.

sábado, 4 de junio de 2011

HOMENAJE AL HISTORIADOR LUIS ALEN LASCANO

MARÍA MERCEDES TENTI

La historia no es una ciencia exacta sino más bien una forma de memoria, que se diferencia de las memorias “sueltas” o colectivas, que se generan en todas las sociedades y grupos sociales, porque es sistemática, científica (o con pretensiones de serlo), responde a reglas de una disciplina y es sometida al juicio crítico de una comunidad académica.
Luis Alen Lascano, decano de los historiadores santiagueños, nos dejó el 25 de septiembre de 2010, aunque su obra perdurará en las próximas generaciones. Autodidacta, discípulo de historiadores que marcaron huella en la historiografía santiagueña como Orestes Di Lullo y Alfredo Gargaro, fue descubriendo los secretos del oficio llevado por su inquietud personal en indagar el pasado, para poder comprender mejor la realidad en la que se encontraba inmerso. En 1951, cuando partía a cumplir con el servicio militar, apareció su primer trabajo historiográfico, Pueyrredón, el mensajero de un destino, que se convirtió en el eslabón  inaugural de una larga serie de publicaciones, que fueron jalonando su fructífera labor de historiador y consolidando su legado.
Haciendo un análisis de sus obras podríamos dividir su producción historiográfica en tres etapas, aunque no rigurosamente delimitadas: La primera, correspondiente a las décadas del cincuenta y sesenta, en la que, paralelamente a su militancia radical, indagó sobre temas que preocupaban a la juventud de entonces, relacionados a la inserción de América Latina y Argentina en el complejo panorama mundial de la pos guerra y de reacomodamiento de los países periféricos al orden imperialista diseñado, por entonces, por los países centrales. Fruto de esta época son Hispanoamérica en el pensamiento de Irigoyen, Imperialismo y comercio libre y en la década del setenta, Dependencia y liberación en los orígenes argentinos y La Argentina ilusionada. Si bien se trata de narrativas correspondientes al ámbito nacional, en ellas no está ausente la historia santiagueña, entretejida dentro del entramado de la historia más amplia de la Argentina toda.
La segunda etapa, que podríamos extenderla hasta fines de la década del 80’, se inicia en 1968, cuando vio la luz Felipe Ibarra y el federalismo del norte, sin lugar a dudas, un hito en la historiografía santiagueña, no solamente porque consolidó el revisionismo histórico en la provincia, sino, fundamentalmente, porque el meduloso estudio que realizó sobre Ibarra, trascendió el simple enfoque biográfico para analizar el proceso histórico santiagueño, desde la revolución de mayo hasta la muerte del caudillo en 1851, etapa clave para entender la conformación de la provincia y la impronta que fue adquiriendo a lo largo de los años, con sus componentes sociales, económicos, ideológicos y políticos.
La visión revisionista, hispanista y católica de la historia provincial  aparece en la mirada inquisidora de Alen Lascano, aunque consonante con un revisionismo ‘moderno’, que apunta no solamente a describir los hechos del pasado, sino a interpretarlos y comprenderlos en su contexto. Sin dudas, por esta causa, fue convocado por Tulio Halperin Donghi para colaborar, hacia fines de los 90’, en la obra Historia de los caudillos argentinos, en la que Alen escribe nuevamente sobre Ibarra, siempre desde su óptica.
En esta fase de su producción historiográfica está presente también su preocupación por otros temas referidos a la problemática santiagueña como El obraje, Homero Manzi, poesía y política y Andrés Chazarreta y el folclore. En ellos inquiere sobre el paisaje y la sociedad santiagueña, la destrucción del bosque y la explotación de los hacheros, la cultura y sus hacedores, proyectando la realidad local a la nacional, dentro del andamiaje latinoamericano.
En la tercera etapa -a partir de la década del 90´- nos encontramos con un Alen Lascano maduro en su producción historiográfica, que publica Historia de Santiago del Estero, primera y única historia integral de la provincia, hoy lamentablemente agotada. En ella vemos al historiador de oficio que utiliza el método historiográfico con preciso rigor, tanto en la búsqueda de fuentes como en el análisis, narración y explicación de la historia local. La obra nos permite comprender, desde la larga duración, los ciclos históricos de la provincia, en claves políticas, socio-económicas y culturales, inmersas siempre en el contexto de la historia nacional. 
En el prólogo de su Historia santiagueña sostiene: “Siempre hemos deseado contribuir al esclarecimiento de los hombres, circunstancias, fundaciones y hazañas que tuvieron por epicentro a la ciudad de Santiago del Estero, la primera entidad política, institucional, religiosa y cultural que tuvo la Argentina actual”, y precisamente, esta frase, resume, en gran medida, su perspectiva historiográfica desarrollada en más de medio siglo.
Su preocupación por bucear en los orígenes de la historia provinciana tiene que ver con su concepción de la provincia dentro del contexto nacional. Alen Lascano concibió el pasado de Santiago, casi como una epopeya en la que era necesaria rescatar del olvido a los ‘héroes’ que la llevaron a cabo.
El mérito de la obra radica en ofrecer un panorama particular santiagueño, frente al conjunto heterogéneo de la etapa de la conquista, en las demás fundaciones. El autor quiere convalidar, una vez más, el papel que le cupo a Santiago del Estero como madre de la colonización argentina, fundadora de ciudades, forjadora de la educación y de la cultura nacional, primera en la defensa de los derechos de los aborígenes, pionera de la evangelización en el Tucumán, sede del primer obispado y origen de la industria nacional. En su relato se va construyendo, paso a paso, el mito fundacional instaurado por él mismo y por otros historiadores alineados en la misma concepción del pasado.
A lo largo de la obra Alen narra la historia santiagueña desde sus orígenes hasta nuestros días. Presenta la problemática propia de cada período y analiza el conjunto de medidas que tomaron los santiagueños en la búsqueda de soluciones. Cada hecho, cada movimiento político, social o cultural, trata de explicarlos en virtud de sus ecos o resonancias y buscando su vinculación con procesos nacionales y aún internacionales.
Escribe la historia santiagueña para contestar a las preguntas que se formula permanentemente la comunidad: de dónde venimos, cómo somos y a hacia dónde vamos. Sólo así la historia tiene realmente sentido: cuando se trata de aportar algo positivo y duradero en la indagación de nuestra identidad como pueblo, como nación.
A partir de entonces, el vigor del historiador aparece inagotable y puede explicarse por la calidad y cantidad de sus contribuciones al estudio de la historia provinciana. Sus trabajos continuaron sin declinar hasta su muerte, con temáticas tales como Santiago del Estero, recorrido por una ciudad histórica, Los orígenes de Santiago del Estero, El folclore santiagueño, entre muchas otras. En reconocimiento de su aporte a la historiografía nacional, con una treintena de libros publicados y más de doscientos opúsculos, separatas y prólogos, la Academia Nacional de la Historia lo honró designándolo miembro correspondiente por Santiago del Estero.
El propósito general, frente a la condición humana de estar condenados al tiempo, es rescatar del olvido aquellos elementos que sirven para construir la identidad –que en definitiva es un constructo- concebida por cada autor. A veces se piensa la memoria y la identidad como dos elementos distintos. Indudablemente la primera es anterior a la segunda. Sin embargo, memoria e identidad se compenetran, son indisociables, se refuerzan mutuamente. No hay búsqueda identitaria sin memoria e, inversamente, la búsqueda memorialista está siempre acompañada de un sentimiento de identidad, al menos individual.
El propósito final de Alen Lascano, en su larga producción historiográfica es, precisamente, apelar a sus estudios del pasado para aportar a la construcción de una representación o memoria colectiva. Su discurso identitario está plasmado en toda su obra con el propósito de producir representaciones en cuanto al origen, la naturaleza y la historia de la propia sociedad santiagueña.
El papel de los intelectuales en la construcción de la identidad, en la reconstrucción de la memoria colectiva, es, sin dudas, de capital importancia. En este caso, el papel de Alen Lascano como historiador  fue aportar a la construcción de la memoria, con el propósito de allanar el camino para la comprensión del pasaje del individuo al colectivo, de la transformación de lo singular a lo general, en síntesis, de la conformación de la memoria social. 
Un párrafo aparte merece Luis Alen Lascano, el maestro, el hombre de bien. Si bien transitó por aulas de distintos niveles educativos, su generosidad manifiesta, con propios y extraños, lo convirtió en consejero de varias generaciones. Siempre pronto para brindar un dato, hacer una sugerencia, prestar un libro, sacar de una duda, analizar trabajos de jóvenes y no tan jóvenes historiadores y cientistas sociales, a los que alentaba y estimulaba en forma desinteresada y a veces poco usual en los ámbitos académicos.
Sus trabajos son de consulta obligada para todos los que quieran inquirir sobre el pasado santiagueño, en la búsqueda de respuestas para poder comprender el presente y vislumbrar, por qué no, el futuro. A través de ellos podemos recorrer el largo itinerario de una sociedad con vocación originaria de grandeza, jaqueada a lo largo de los siglos por factores adversos, a los que debieron enfrentarse hombres y mujeres, protagonistas -reconocidos y anónimos- presentes en sus obras.
La producción de Alen Lascano, consagrada al estudio del pasado santiagueño, se ha convertido en un dato central para la historiografía provincial, regional y nacional. Esta característica es poco usual en una época en que cada vez más se nota la especialización disciplinaria, sin embargo se desplegó en su obra, en un marco temporal que comprende prácticamente el conjunto  de la experiencia histórica de la provincia. Por ello, podemos afirmar, sin lugar a dudas, que Alen, a través de sus múltiples producciones, contribuyó, cabalmente, a desentrañar la historia integral de Santiago del Estero. Su partida nos dejo un vacío, difícil de llenar.

miércoles, 4 de mayo de 2011

NUEVOS ESTUDIOS DE LA HISTORIA DE SANTIAGO DEL ESTERO por María Mercedes Tenti

Hoy me toca presentar, con gran satisfacción este libro Nuevos estudios de la Historia de Santiago del Estero, escrito por Alberto Tasso, sociólogo experimentado en el oficio y jóvenes historiadores como Julio Carrizo, Daniel Guzmán y Roberto Orellana, editado por el Profesorado de Historia, del Instituto La Sagrada Familia.
Creo que este libro es una buena síntesis de dos valores fundamentales combinados en este trabajo académico: la utopía y el esfuerzo compartido.
¿Por qué digo la utopía? Porque cuando Alfredo Basualdo se propuso crear un profesorado privado, con orientación en historia en el barrio Autonomía, parecía no sólo imposible, sino casi hasta absurdo. Existiendo el ISPP Nº1, con una importante tradición en el campo de la historia, este nuevo profesorado, en la periferia de la capital santiagueña, no auguraba, aparentemente, éxito alguno.
Sin embargo, con el tesón de sus directivos y profesores, especialmente jóvenes estudiosos e investigadores, fue cimentando su prestigio y hoy sorprende a la comunidad académica con la presentación de este libro de Historia de Santiago del Estero. Su aparición nos hace vislumbrar una luz de esperanza y reafirmar que las utopías son factibles.
Fruto de la utopía a la que hacía referencia es este libro, síntesis del esfuerzo compartido entre autoridades de la institución y estos investigadores que quieren poner a consideración de la comunidad académica el producto de sus investigaciones.
En primer lugar haré referencia al trabajo de Alberto Tasso sociólogo de vasta trayectoria que incursiona en este libro en el campo de la historiografía, tratando de reseñar parte de los trabajos historiográficos de los últimos veinte años, clasificándolos por períodos de estudio y por temáticas abordadas. Al final incluye una lista de obras según el abordaje disciplinar y la fecha de publicación.
Sin dudas el esfuerzo que hizo Tasso en recopilar estas obras y analizarlas, interrogándose sobre los enfoques y géneros, es de gran importancia para quienes quieren indagar sobre la escritura de la historia santiagueña. Si bien no se agota la publicación y presentación de historiadores sobre temas santiagueños, que lo hacen a lo largo y a lo ancho del país, en congresos y jornadas de historia, publicadas en cd o en la web, además de revistas y libros, su trabajo nos brinda una interesante selección que permite vislumbrar el desarrollo de la historiografía en las últimas décadas.
Quiero detenerme en particular en los trabajos de Daniel Guzmán, Roberto Orellana y Julio Carrizo, los tres ex alumnos en el profesorado, la licenciatura y algunos también en carreras de pos grado, o que trabajaron y trabajan como investigadores asociados en proyectos de investigación, a mi cargo.
Daniel Guzmán indaga sobre Las revistas culturales en Santiago del Estero, tema que conoce en profundidad ya que sus investigaciones se centran, precisamente, en el rol de los intelectuales santiagueños y sus publicaciones en revistas especializadas, como lo atestiguan sus numerosas publicaciones sobre el tema.
En este caso, su preocupación se focaliza en dos revistas católicas El Almanaque santiagueño, aparecida en 1904 y Primaveral, de 1918, ambas imbuidas del pensamiento católico emergente en la época, con una marcada postura anti positivista. En su trabajo emergen los intelectuales católicos que escribían en las revistas, de los que analiza su pensamiento en el contexto de un mundo de preguerra y guerra mundial, respectivamente, con el socialismo y el comunismo amenazantes emergiendo en el horizonte global, atentando contra el mundo católico proyectado desde el papado, especialmente a partir de la convocatoria del Concilio Plenario Latinoamericano, en 1899.
Las posturas contrarias al modernismo, al liberalismo y al socialismo, tres patas en las que se apoya lo que Guzmán denomina anti positivismo católico, surgen de la pluma de autores santiagueños y de otros ámbitos, pensamiento que analiza el autor dentro del contexto de la intelectualidad de la época.
Roberto Orellana investiga sobre el rol del Estado y el proceso de expansión agropecuaria del departamento Belgrano, entre 1960 y 1980, enmarcado dentro de las políticas desarrollistas iniciadas durante la presidencia de Frondizi y continuadas, de una u otra manera, en los gobiernos de facto y democracias débiles, hasta la década del 70’.
Algo se ha indagado sobre estas políticas en el ámbito nacional, pero muy poco en provincias periféricas como Santiago del Estero, alejada de la zona pampeana y más aún de un departamento como el de referencia, con menor desarrollo aún, ya que las políticas desarrollistas en Santiago estuvieron orientadas, en particular, hacia el área de riego del río Dulce y la Corporación del Río Dulce.
El trabajo de Orellana brinda un aporte interesante para el conocimiento del desarrollo del departamento Belgrano en lo referente a pasturas, ganado, red vial, expansión agropecuaria y tenencia de la tierra. Este trabajo de historia económica, al igual que el de Julio Carrizo, da una visión política de economía local.
Julio Carrizo continúa con sus trabajos minuciosos sobre las políticas fiscales santiagueñas entre 1841 y 1875, parte de su tesis de maestría en curso. El rol del Estado en formación se entreteje con las políticas económicas en general, y fiscales en particular, investigadas, sacadas a la luz y analizadas meticulosamente por Carrizo.
El trabajo de archivo realizado por Julio es encomiable. No sólo consiguió e interpretó los presupuestos de entradas y salidas y las leyes ampliatorias de los mismos, sino que buceó hasta encontrar las planillas de información de gastos y recaudaciones mensuales, para compararlas con las propuestas anualmente. Los cuadros y gráficos que acompañan el trabajo son una fuente insoslayable de consulta para quienes tienen interés en estudiar la historia económica provincial. Realiza un seguimiento exhaustivo de las modificaciones en la burocracia estatal del área económica y los cambios en el diseño de las reparticiones creadas al efecto, sus continuidades y quiebres.
Este trabajo no se trata de un frío análisis de la corriente historiográfica que podríamos denominar cliometría. Es un excelente aporte, dentro de lo que designaría como ‘nueva historia económica’, en la que lo económico se entrecruza con lo político para enriquecer su análisis e interpretación.
Tuve la suerte de conocerlos, a Daniel, Roberto y Julio como estudiantes, muy jóvenes, y verlos hoy como investigadores serios y pujantes, que dieron un salto cualitativo importante en sus carreras, especialmente si consideramos las condiciones en que los tres investigan.
Me parece oportuno destacar este aspecto que tiene que ver con quienes llevan el oficio en la sangre y que pueden sortear todo tipo de vicisitudes, al tener que trabajar para mantener sus familias y dedicarse a la investigación, sin sustento económico o con muy poca paga (como lo hacen quienes investigan trabajando en el nivel secundario o superior de las escuelas provinciales), robando tiempo a su tiempo libre, para dedicarse a esta profesión que abrazaron con pasión y dedicación. Esto también corrobora mi afirmación primera, de que las utopías son posibles.
No me queda más que felicitar al Instituto la Sagrada Familia, a los autores del libro, Julio Carrizo, Daniel Guzmán, Roberto Orellana y Alberto Tasso por este emprendimiento colectivo e incentivar a los presentes a una lectura detallada del mismo para valorar, cada uno desde su propia lectura, el aporte de todos y cada uno de los investigadores que hoy ponen a consideración de ustedes estos Nuevos estudios de la Historia de Santiago del Estero.

domingo, 24 de abril de 2011

EL SIGNIFICADO DE LA AUTONOMÍA SANTIAGUEÑA

Juan Felipe Ibarra, óleo de Absalón Argañarás
María Mercedes Tenti

Producida la revolución de mayo y realizado el pasaje del pacto de sujeción al pacto social para fundamentar el derecho a la emancipación, surgió otro conflicto en torno a la discusión sobre la existencia de una o de varias soberanías. Desde Buenos Aires, la afirmación de una única soberanía como depositaria del pacto social, llevó a la consolidación de una tendencia centralista o unitaria que se contraponía a la sustentada desde el interior del ex Virreinato, que argumentaba la existencia de tantas soberanías como pueblos interiores existían.
Teniendo en cuenta las categorías usadas en la época, la expresión ‘los pueblos’ hacía referencia a las ciudades convocadas por la Primera Junta a participar a través de sus cabildos. ‘Los pueblos’ designaban a las comunidades, a las futuras provincias y también a las ciudades, con sentido político, no territorial. En general implicaba la pertenencia a un grupo humano con lazos comunes, a una colectividad.
Desde el inicio de la revolución coexistieron conflictivamente las soberanías de las ciudades con la de los gobiernos centrales que trataban de delimitar una soberanía única. De allí es que resulta confuso discernir cuáles eran las pretensiones de los pueblos al autogobierno y cuáles procesos que podríamos denominar autonómicos.
En las luchas autonómicas en la provincia de Santiago del Estero podemos distinguir dos momentos. El primero, correspondiente al movimiento encabezado por Juan Francisco Borges, a partir de 1814, y el segundo el liderado por Juan Felipe Ibarra en 1820. Ambos en consonancia con dos etapas diferentes en los que distintos sectores de las élites dirigentes pujaban por conservar espacios de poder y afianzarse en ellos.
En el primero, fueron las antiguas familias afincadas en la capital provinciana, funcionarios del nuevo cabildo surgido a partir de la revolución de mayo integrado por comerciantes y propietarios de tierras cercanas a la capital, con acceso al riego del río Dulce, cuya posesión les venía del pasado colonial. Fueron precisamente estas élites las que se vieron más afectadas, en la primera década revolucionaria, por las consecuencias de la revolución. Como lo señala Tulio Halperin Donghi en Revolución y guerra, su decadencia se precipitó como consecuencia de la ruina del comercio altoperuano, la escasez de mano de obra, por cuanto los hombres útiles eran reclutados por los ejércitos revolucionarios, y la falta de recursos para su reconstrucción.
Contrariamente, el sector ganadero, con propiedades cercanas a la frontera con el indio en las márgenes del río Salado, fue el que menos sufrió los avatares de la revolución. Si bien contribuía con su ganado a los ejércitos patriotas, la coyuntura económica le resultaba favorable como consecuencia de la apertura del puerto de Buenos Aires al comercio libre y la ruina de la ganadería del litoral que trajo como aparejada la demanda de cueros santiagueños.
Frente a esta situación imperante, el cambio del equilibrio político local era inminente ya que la hegemonía de la capital y de los sectores propietarios de las tierras irrigadas del Dulce y funcionarios del cabildo se veía seriamente amenazada.
Esto se agudizó cuando unificado el gobierno nacional en 1814 en la figura de un Director Supremo, el primero en ocupar este cargo, Gervasio Antonio de Posadas, el 8 de octubre suscribió un decreto por el que dividía la antigua Gobernación Intendencia de Salta en dos gobernaciones: Salta, con capital en Salta, e integrada por las provincias de Salta y Jujuy, y Tucumán con capital en San Miguel, conformada por Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca. La consecuencia inmediata fue el comienzo de la lucha de Santiago del Estero -nuevamente considerada subalterna- por independizarse de la cabecera tucumana.
Desde enero de 1815 era teniente de gobernador de la provincia, Pedro Domingo Isnardi, simpatizante de la causa del denominado precursor de la autonomía santiagueña, Juan Francisco Borges. En abril, el gobernador de Tucumán, Bernabé Aráoz depuso a Isnardi de su cargo y designó jefe militar al comandante Antonio María Taboada, que apoyaba su gestión. Tanto el cabildo como las milicias locales no aprobaban esta designación y convocaron a un cabildo abierto que envió un petitorio al Director Supremo, expresándole que estaban dispuestos a sostener a su teniente gobernador ya que, decían “... no tuvimos un día más amargo que aquel aciago en que se estableció Tucumán en cabeza de provincia y se nos sometió a este Gobierno bajo el cuál no hemos experimentado otra cosa que vejaciones, insultos y despotismos”. El nuevo jefe del ejecutivo, Álvarez Thomas, contestó al ayuntamiento solicitándole que tuviese resignación para esperar que, una vez que se reuniera el Congreso General -que iba a congregarse en Tucumán al año siguiente-, resolviese en forma definitiva la forma de gobierno que conviniera a todos los pueblos.

La sublevación de Borges
Al no recibir apoyo del gobierno nacional, Isnardi renunció a su cargo, hecho que fue aprovechado por los partidarios de Aráoz, que convocaron al Cabildo para elegir un teniente de gobernador provisorio. La elección recayó en Tomás Juan de Taboada, partidario de Aráoz. La reacción no se hizo esperar. El 4 de setiembre de 1815 Juan Francisco Borges, a la cabeza de unos setenta hombres, marchó rumbo a la casa de Taboada al que exigió la renuncia. Luego se dirigió hacia la plaza principal y mediante el tañido de las campanas del Cabildo convocó al vecindario, quien a viva voz lo proclamó gobernador provisorio. Aráoz mandó de inmediato tropas que se enfrentaron con las fuerzas rebeldes en la plaza principal. Borges fue herido y enviado prisionero a Tucumán, aunque al poco tiempo logró huir rumbo a Salta. Al año siguiente regresó a su ciudad natal.
Manuel Belgrano, jefe del ejército del Norte, propuso al Congreso, reunido en Tucumán en 1816, el nombramiento del sargento Gabino Ibáñez como teniente de gobernador y comandante de armas de Santiago del Estero. Ibáñez asumió el cargo ante la contrariedad de Borges y sus seguidores. El 10 de diciembre de 1816, Juan Francisco Borges inició su segundo movimiento emancipador. Apresó a Ibáñez, lo envió prisionero a Loreto, asumió nuevamente el cargo de gobernador provisorio y marchó al interior de la provincia a reclutar gente.
Enterado Belgrano de los sucesos, mandó una expedición al mando del comandante Gregorio Aráoz de Lamadrid, para reprimir a Borges y a sus seguidores. Éste había acampado en Pitambalá donde fue localizado y derrotadas sus fuerzas. La orden del Congreso era fusilar a los cabecillas de cualquier rebelión armada y Belgrano como jefe del ejército la hizo cumplir. Juan Francisco Borges fue fusilado el 1 de enero de 1817 en el paraje de Santo Domingo. Sus compañeros, Lorenzo Lugones, Pedro Pablo Montenegro y Lorenzo Goncebat, fueron castigados con menos rigor.
Más que la lucha por un federalismo comunal como consideraba Ricardo Levene, la sublevación de Borges se trató de la disputa de la burguesía santiagueña por ejercer su soberanía, iniciando el camino de separación de las provincias que componían el antiguo régimen de intendencias. Fue, en consecuencia, un proceso de retroversión de la soberanía ya que los pueblos concebían la relación con la autoridad central en términos de acuerdos pactados entre ciudades. El imaginario pactista, según el modelo formulado por Artigas, era más bien confederal que federativo.

Las luchas por la autonomía
Los primeros meses de 1820 fueron decisivos para el futuro de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La Constitución de 1819, centralista y monárquica, rechazada por los caudillos del litoral, Francisco Ramírez de Entre Ríos y Estanislao López de Santa Fe, fue el detonante que determinó la marcha de las tropas federales hacia Buenos Aires, con el propósito de derrocar al gobierno directorial de Rondeau. Los ejércitos se enfrentaron el 1 de febrero de 1820 en la batalla de Cepeda y terminó con el triunfo de las montoneras de López y Ramírez. Como consecuencia el directorio y el Congreso fueron suprimidos. No había ya autoridades nacionales. Sin embargo, ese cúmulo de odios y enfrentamientos que estallaron en el año 20 y que llevó a un proceso de descomposición y desorganización nacional, marcó el inicio de la organización de las provincias que, en definitiva, revitalizó el proceso revolucionario por la participación de todas y cada una de las partes integrantes de la nacionalidad.
A fines de 1819, en Tucumán se había producido una sublevación que puso nuevamente al frente de la gobernación a Bernabé Aráoz. Mientras las provincias del litoral trataban de organizarse firmando pactos entre ellas, en el norte, Aráoz quería conformar un núcleo territorial autónomo integrado por las provincias de Tucumán, Catamarca y Santiago del Estero, aunque reconociendo la inclusión en un todo, que era la propia nación. Por ello el gobernador tucumano instó a las provincias de Catamarca y Santiago para que enviasen sus diputados, a fin de constituir la denominada República del Tucumán. Para asegurarse una elección favorable envió tropas con el pretexto de escoltar al general Manuel Belgrano, con la salud sumamente quebrantada, en su viaje rumbo a Buenos Aires. Realizada la elección con la presencia coercitiva de las tropas tucumanas, los partidarios de la autonomía llamaron en auxilio al comandante de la frontera de Abipones, el general Juan Felipe Ibarra.
Ibarra pertenecía a una familia hegemónica en la zona fronteriza de Matará, aunque también tenía poder en la ciudad ya que algunos de sus miembros habían ocupado magistraturas en el cabildo. Era un caudillo que sustentaba su influencia en bases campesinas convertidas en montoneras criollas. Su poder se lo había ganado en su actuación en el Ejército del Norte, en las incursiones contra los indios que asolaban las fronteras y en el punto estratégico de la sede de su comandancia, situada en la unión de las rutas interprovinciales.
Si bien Ibarra no pertenecía a las familias capitulares de antigua raigambre virreinal y revolucionaria, estaba emparentado con ellas y su hegemonía política se sustentaba en las fuerzas armadas permanentes, custodias de la línea de fronteras, distintas a los grupos milicianos que se reclutaban en la ciudad en momentos de crisis. En consecuencia, su poder resultaba más independiente y menos compartido por las zonas que dominaba, con mayor equilibrio social y escasez de franjas en disputa.
Su poderío provenía de la militarización y asalarización de las tropas defensoras de la frontera indígena, que concentraban la mayor cantidad de la fuerza militar de la provincia. El impulso de la frontera como base del poder político procedía del predominio militar de ésta y de la crisis de poder de las burguesías urbanas.
Frente a la intromisión tucumana Ibarra marchó de inmediato rumbo a la capital santiagueña, con el apoyo de tropas santafesinas de Estanislao López. Enterado de su avance, el Cabildo encargó la protección de la ciudad al capitán Echauri e instó a todos los habitantes, mediante un bando, a alistarse para la defensa. En la madrugada del día 31 llegó al ayuntamiento una nota de Ibarra que decía: “No puedo ser ya más insensible a los clamores con que me llama ese pueblo en su auxilio por la facciosa opinión que sufre indebidamente de V. S. para cimentar de mucho su esclavitud. Me hallo ya a las inmediaciones de ese pueblo benemérito y si V.S. en el preciso término de dos horas desde el recibo de esta intimación, que desde luego lo hago, no le permite reunir libremente en un Cabildo abierto a manifestar su voluntad, cargo con toda mi fuerza al momento...”
El combate se dio en las inmediaciones de la iglesia Santo Domingo y concluyó con el rotundo triunfo de Ibarra. Inmediatamente un cabildo abierto lo eligió por unanimidad teniente de gobernador interino y proclamó un nuevo cabildo adicto a la causa de la autonomía. El 17 de abril, y sustentándose en teorías de derecho público similares a las sostenidas en la Revolución de Mayo, Ibarra y el Cabildo fundamentaron la reasunción de la soberanía ante la disolución del Congreso Nacional.
El nuevo gobernador juró su cargo el 25 y finalmente, el 27 de abril de 1820, los electores, reunidos en el cabildo, proclamaron solemnemente la autonomía de la provincia, para lo cual se labró el Acta correspondiente. En ella se especificaba que no se reconocía otra autoridad más que la del Congreso de todos los estados provinciales y se auspiciaba la reunión de una Junta Constitucional, que debía redactar una constitución provisoria según el sistema federal.
El movimiento autonómico invocaba los derechos del pueblo de auto gobierno, aunque manteniendo relación de dependencia con un poder central fruto de la organización nacional a partir de la reunión futura de un congreso general constituyente. La emergencia de las soberanías locales fue la respuesta de los pueblos del interior a las pretensiones centralistas de Buenos Aires. La cuestión de la soberanía pasó a ocupar el lugar protagónico al reasumirla los pueblos del interior, entre ellos, Santiago del Estero.
Las provincias, en consecuencia, no surgieron como parte constitutivas de un Estado central sino como Estados independientes, autónomos, con un nuevo régimen representativo. La antigua estructura virreinal fue disgregándose y surgieron soberanías autónomas que constituyeron nuevas provincias con nuevas jurisdicciones. A pesar de ello, se buscó reorganizar un orden social a través de la firma de pactos interprovinciales.
Los gobiernos provinciales conformados a partir de 1820, fueron al decir de Juan Bautista Alberdi, gobiernos de “carácter nacional por el rango, calidad y extensión de sus poderes”; consecuencia de la resistencia a la usurpación de atribuciones soberanas de la nación por parte de Buenos Aires. La cuestión de la soberanía provincial aparece, así, relacionada íntimamente con la de la ciudadanía. La emancipación de los poderes de base regional o provincial, a partir de 1820, pudo concretarse gracias a la disolución del poder central. Sin embargo fueron estos gobiernos locales los que hicieron posible la constitución del poder central en 1853 con la sanción de la Constitución Nacional.

Bibliografía
- Alen Lascano Luis (1992): Historia de Santiago del Estero; Plus Ultra; Buenos Aires.
- Chiaramonte, José Carlos (1997): Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina; Ariel, Buenos Aires.
- Goldman, Noemí (directora) (1998): Revolución, república, confederación; Sudamericana, Buenos Aires.
- Halperin Donghi, Tulio (2005): Revolución y guerra; Siglo Veintiuno. Buenos Aires.
- Tenti, María Mercedes (1997): Santiago del Estero, desde los primitivos habitantes hasta el período ibarrista; Santiago del Estero.

viernes, 22 de abril de 2011

HOMENAJE AL HISTORIADOR JOSÉ NÉSTOR ACHÁVAL

En 1995 tuve oportunidad de publicar una breve reseña sobre la obra de José Néstor Achával, en la Revista de la Sociedad Argentina de Historiadores de Santiago del Estero, a raíz de un trabajo presentado en el Congreso Internacional de Historia del Libro, realizado en Buenos Aires. Enmarcado dentro de un breve estudio sobre la bibliografía histórica de Santiago del Estero, fue esta la primera vez que intenté esbozar un estudio de su labor historiográfica.
Al profesor Achával lo conocí desde mi ingreso al profesorado provincial, como estudiante de Historia y, posteriormente, cuando me desempeñé como profesora adscripta, durante cuatro años, en las cátedras de Historia Argentina Contemporánea e Historia de Santiago del Estero, a su cargo. Fue en particular, en esta última etapa, en donde pude valorar muchos aspectos de su obra ya que, cuando una es estudiante, a veces no aprecia en sus profesores -en su real magnitud- cualidades tales como su dedicación, empeño y tesón por dejar una huella profunda en sus alumnos. Resulta difícil tratar de bosquejar su labor docente e historiográfica, entrecruzando ambos aspectos que, sin lugar a dudas, modelaron su trabajo Su trayectoria de vida también fue, sin dudas, el motor y disparador de su expresión escrita que hoy intentaré analizar.
Su militancia desde joven en la Acción Católica, en sus años formativos, fue cimentando su pensamiento dentro de las corrientes nacionalistas -en boga por entonces-, con una marcada perspectiva hispanista y católica en la interpretación de los procesos del pasado. Creo que fue su paso por la docencia de nivel superior y universitaria, en particular por la cátedra de Historia de Santiago del Estero, lo que lo llevó a investigar con obstinación y a tratar de registrar la historia santiagueña, no escrita en un compendio sistemático, hasta la aparición de su voluminosa Historia de Santiago del Estero, siglos XVI a XIX, en 1988, de cuatrocientos cincuenta páginas, extensión que da cuenta del esfuerzo del autor en concretarla.
Con anterioridad, había publicado otros trabajos de menor aliento, pero no por ello menos valiosos, referidos a María Antonia de Paz y Figueroa, a Manuel Belgrano y su vinculación con Santiago del Estero, a la enseñanza religiosa en la República Argentina, a Francisco de Victoria y a la Conquista del desierto, entre otros, además de numerosas publicaciones en el diario El Liberal y de participaciones a través de la Radio LV 11, durante muchos años bajo su dirección.
Quienes fuimos sus alumnos tenemos conciencia que sus apuntes, organizados prolijamente para las clases diarias, fueron el origen de su obra historiográfica, referida a la historia santiagueña. Inicia el prefacio de su Historia de Santiago del Estero, reconociendo el legado de dos maestros santiagueños, Orestes Di Lullo y Alfredo Gargaro, hecho que nos habla de su amplitud de miras -a pesar de su postura histórica a la que hice referencia-, por cuanto, quienes conocemos sobre la orientación e influencias teóricas de ambos autores, sabemos que se ubicaban en dos campos interpretativos diferentes y, en muchos casos, antagónicos; conservador el primero, liberal el segundo.
Aceptando la labor de sus antecesores santiagueños y de los historiadores que, en el ámbito de la historia americana y nacional, abrevaron las fuentes de su conocimiento, da su visión de los procesos y hechos históricos de la provincia, desde la etapa fundacional hasta fines del siglo XIX. Como señala Luis Alen Lascano -en el prólogo de la obra-, el hecho de haber dedicado dos tercios del libro al período hispánico patentiza la importancia que daba el autor a ese momento, como un hito modelador de la historia santiagueña posterior.
Conocer sus mentores historiográficos también nos permite ahondar en el pensamiento y orientación de José Néstor Achával: el padre Lozano, Roberto Levillier, Vicente Sierra, Eudoxio de Jesús Palacio, entre los más destacados. Esta inclinación por una tesitura teórica definida, muestra su posición en corrientes del nacionalismo hispanista católico, a la que hacía referencia, en pos de resaltar la obra de España en América y el proceso evangelizador, en la conformación de la nacionalidad argentina.
Su meta va más allá de delinear una historia política y social santiagueña, aspira a recrear, en forma entrelazada, la historia de la Iglesia por estas tierras, como parte constitutiva de la estructuración y consolidación de una suerte de ‘ser provincial’, puesto de manifiesto desde los inicios, aún con los conflictos fundacionales desatados desde Perú o Chile.
A la historia política - institucional de la gobernación del Tucumán, primero, y a la de Santiago del Estero después, las relata entrelazadas con la historia del obispado del Tucumán y de la Iglesia santiagueña, destacando sus períodos de esplendor y despojo, con sus virtudes reconocidas, pero también con sus intereses y disputas internas.
Su postura sobre la fundación de Santiago del Estero no escapa a esta visión global de la historia santiagueña. Por ello se alinea en la corriente interpretativa de Eudoxio Palacio, Vicente Sierra y Di Lullo y designa como fundador a Juan Núñez de Prado, oponiéndose a la figura del conquistador Francisco de Aguirre, dos veces juzgado por la Inquisición.
Sin embargo, su apego por la búsqueda de la ‘verdad’ histórica, como lo señala en el prefacio, lo llevaron a publicar una separata, complemento de la segunda edición, en 1993, en la que, de acuerdo con las investigaciones de Gastón Doucet y los comentarios de Alen Lascano en su Historia de Santiago del Estero, publicada el año anterior, explicita la fecha fundacional de la ciudad centenaria, consignándola como el 29 de junio de 1550, coincidente con la primera fundación de El Barco, en tierras tucumanas. Pese a ello, y con mayor porfía, ratifica como fundador a Núñez de Prado, señala la identidad de El Barco con Santiago del Estero y destaca la posterior traslación de Aguirre, a la vez que insta a las autoridades institucionales y a los historiadores a hacer justicia con quien fue, a su juicio, el verdadero fundador de la ciudad.
La construcción del mito fundacional no es ajena a la interpretación de los historiadores, tampoco lo es a la del profesor Achával. El mito fundacional comenzó para él con la conquista, se afianzó con la afirmación de los valores hispánicos - católicos y se consolidó, posteriormente, con el proceso autonómico de la época de Ibarra, gestor de la autonomía y defensor de los principios federales, constitutivos de lo netamente nacional, ante amenazas del centralismo porteño y de las influencias foráneas.
Los logros originarios de la ‘madre de ciudades’ como primera ciudad fundada en territorio argentino, única con escudo de armas otorgado por la corona, cuna de la evangelización, sede del primer obispado, origen de la universidad y de la industria nacional, no lograron ser opacados, a su juicio, a pesar del expolio que fue sufriendo a través de los siglos.
La segunda parte de su libro, referido al período independiente y constitucional, comienza con la participación santiagueña en el proceso de las luchas por la revolución e independencia y continúa con las distintas ocasiones de participación, a través de sus representantes, en los diferentes ámbitos de confluencia de los denominados pueblos del interior, hoy provincias. En su relato va bosquejando las rebeldías santiagueñas, comenzando con la actuación de Borges y la conformación de una corriente federalista local, hasta la participación destacada de Ibarra en la constitución de una provincia autónoma, frente a los intentos vanos del centralismo porteño, en el ámbito nacional, o de los gobiernos tucumanos, en el regional, sustentadas en fuentes éditas, dispersas en bibliografía de difícil acceso.
Tanto las administraciones de los Taboada, como las que las sucedieron después de su caída, se abrevan, en particular, en documentación inédita existente en el Archivo General de la Provincia, recopilada, en gran parte, desde las cátedras de Seminario y de Historia de Santiago del Estero, de la carrera de Historia del Profesorado Provincial, al que hice referencia. Una verdadera tarea hermenéutica -de interpretación de fuentes-, lo llevan a analizar pormenorizadamente los sucesivos gobiernos constitucionales, las intervenciones militares y federales, las luchas intestinas, los grupos y sectores de poder y los avances y retrocesos de la provincia, hasta los albores del siglo XX.
Miembro correspondiente de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, la segunda obra de envergadura, de José Néstor Achával, es la Historia de la Iglesia en Santiago del Estero, divulgada en dos tomos. El primero, que abarca los siglos XIX y XX, publicado como homenaje a la Universidad Católica -de la que fue uno de sus fundadores- en ocasión de la conmemoración del Vº Centenario de la Evangelización en América, y el segundo, editado cuatro años después, complemento del anterior, con la gestión del obispo Sueldo, los templos e imágenes religiosas más relevantes de la provincia, la labor de las fundadoras santiagueñas de congregaciones y casas religiosas y las figuras más destacadas del clero de Santiago del Estero.
Según lo expresa Rubén González, quien prologa el primer tomo, la obra se encontraba, por entonces, a la vanguardia de las provincias -después de Entre Ríos-, al contar con una historia eclesiástica propia. Si bien realiza una síntesis introductoria, referida a la creación del obispado del Tucumán, se centra en la inserción diocesana de Santiago del Estero durante el siglo XIX, sobre la base de diferentes fuentes documentales y bibliográficas. Sin embargo, creo que la contribución más medulosa es la referente a la iglesia santiagueña durante el siglo XX, no sólo por las fuentes consultadas sino, especialmente, por sus aportes como protagonista de ese laicado militante, que integró las filas de la Acción Católica, desde la década del 30’ en adelante. Los datos y análisis que presenta son de trascendental importancia, por cuanto no hay un registro tan pormenorizado de los mismos, en el ámbito santiagueño.
El testimonio del historiador, a la vez partícipe e intérprete de la historia política y social de la Iglesia local, resulta de trascendental importancia. Luego desarrolla la creación y organización de la diócesis de Añatuya, la acción del asociacionismo católico, la conformación de instituciones educativas privadas, de nivel secundario y universitario, diversas obras diocesanas, celebraciones, etc., en las que se vislumbra la presencia de otro actor social, muchas veces olvidado en la historia de la Iglesia, el laicado católico.
Corona su obra historiográfica el segundo tomo de la Historia de la Iglesia en Santiago del Estero, en el que aporta nuevos datos sobre la creación de la Universidad Católica, la organización y desarrollo del Congreso Eucarístico Nacional, realizado en Santiago del Estero en 1994, contribuciones para el estudio de templos y festividades religiosas en la provincia, con la participación de distinguidos historiadores como Alfonso de la Vega, Luis Alen Lascano, Eduardo Martínez Bertolí, Gerardo Montenegro y Carlos Bustamante, y un rico apéndice documental, fuente imprescindible a la que se debe recurrir para historiar la Iglesia en Santiago del Estero.
La labor historiográfica de José Néstor Achával, enmarcada dentro del revisionismo histórico y el nacionalismo católico, en franca oposición a interpretaciones liberales de la historia, en una suerte de ‘contra historia oficial’, permite vislumbrar algunas corrientes de pensamiento en boga y difusión, dentro de los ámbitos educativos de la provincia, en la segunda mitad del siglo pasado, y su impacto en la conformación de imaginarios colectivos, muchos de ellos aún vigentes.

EL FOLCLORE EN LASLUCHAS POR LA ORGANIZACIÓN NACIONAL   https://www.academia.edu/168899440/El_folclore_en_las_luchas_por_la_organizaci%C3%B3...